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Iglesia y Democracia (3). Organización y estructura -- José María Castillo

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Moceop

Jose María Castillo22.jpgManuel González Santiago nos ha resumido una charla que dio Pepe Castillo.
El tema tratado cabe perfectamente en el nuestro.
La organización de la estructura de la Iglesia es un tema fundamental para entender cómo funcionan muchos asuntos que podrían ser de otra manera.
Dedicó Castillo más de media hora para explicar este punto de su charla, analizando las formas como esta estructura se ha ido organizando a través de la historia. Es un tema, dijo, del que no solo podemos hablar sino que tenemos que hablar, si de verdad queremos llegar a lo que fundamentalmente está haciendo a la Iglesia institución se nos presente en nuestros días sustancialmente infiel al mensaje de Jesús. Distinguió en su exposición cinco períodos en los que esta organización ha sido sustancialmente distinta.

RÉGIMEN DEMOCRÁTICO

En los orígenes y en los tres primeros siglos, fue una estructura de carácter fundamentalmente democrático. Democracia no en el sentido de hoy en el que pueblo, sujeto del poder, delega mediante unas elecciones en unos dirigentes. El poder que tienen los Obispos viene de arriba. La estructura era fundamentalmente democrática en la forma de ejercer el poder.

Para designarse lo primeros cristianos cambiaron el nombre primero de Secta de los Nazarenos por el de ECLESÍA:. Una palabra profana que significaba “ la asamblea de los ciudadanos libres que democráticamente ejercían su cuota de responsabilidad en el gobierno de la ciudad”. Y así funcionó. Decidían entre todos. Tenemos multitud de ejemplos que lo demuestran. Se eligían a los Obispos “votando a mano alzada”. La Iglesia se concebía cómo una gran comunidad formada por pequeñas comunidades, cada una con su autonomía propia.

RÉGIMEN SINODAL.

A partir del Siglo IV. Comienza un régimen sinodal. Eran los Sínodos locales los que decidían. En los Sínodos se discutían los problemas, se elegían a los Obispos y, con frecuencia, se deponían si no eran considerados verdaderos apóstoles. El Obispo de Roma tenía la misión de unión de toda la Iglesia e intervenir en los conflictos que no se podían resolver en los sínodos. Los Sínodos tenían poder para rechazar cuestiones que venían del Obispo de Roma. En cuestiones más importantes se reunían varios Sínodos.. El Concilio se le consideraba por encima de todos los Sínodos y del Obispo de Roma

San Cipriano en uno de su Sínodos decía: “el pueblo tiene poder por derechos divino para elegir a sus obispos, el pueblo tiene poder por derecho divino para deponer a sus obispos si no son considerados dignos y, en el caso concreto, el pueblo ha decidido que no vale la decisión tomada por nuestro “colega” Esteban (Obispo de Roma) porque cree que ha actuado mal informado”.

San Gregorio, Obispo de Roma, recibió una carta de un colega obispo en la que le llama papa universal. Y le contesta con esto términos: «le ruego a su dulcísima beatitud que no me vuelva a llamar papa universal, porque eso es un título de vanidad y yo no quiero estar por encima de los demás ni en títulos, ni en privilegios, sino que quiero estar al servicio incondicional de todos mis hermanos obispos».

RÉGIMEN DICTATORIAL.

En Siglo XI. se produce el gran cambio, el giro decisivo. Gregorio VII se autodefine Vicario de Cristo y en sus 27 proposiciones del «Dictatus Papae» presenta un régimen dictatorial en el que todos los poderes y de forma plena ( poder legislativo, judicial y punitivo) y universal (para todos los hombres) se centran en la Iglesia en un solo hombre, el Papa. Lo hizo con la buena voluntad de liberar a la Iglesia de la situación en que había llegado por la que eran los señores feudales, auténticos rufianes la gran mayoría de ellos, quienes en la práctica elegían a los obispos.

Con Inocencio III esta organización llegó hasta el extremo de considerar al Papa con la suprema potestad, la autoridad máxima del mundo. De forma que se elegían y deponían emperadores, se facilitaba bulas papales que legitimaban a los reyes europeos para la conquista y el saqueo de Africa y América, para hacer esclavos a millones de personas, para fundar la Inquisición etc. etc. Son impresionantes y aterradoras las bulas papales que dieron, entre otros , Nicolás V, Alejandro VI, León X, Pablo III. En este período se vivió en la Iglesia los acontecimientos más traumáticos y vergonzantes de su Historia.

De entonces acá las cosas han ido cambiando en esta forma de utilizar los papas su poder, pero sustancialmente la organización no ha variado. La estructura eclesial sigue hoy organizada en dos grupos: el Papa, Obispos y presbíteros, y por otro el pueblo, al que se le ha llamado laicos.

Estos dos grupos los definió el Papa San Pío X en su encíclica Vehementer Noster con estas palabras: “En la sola jerarquía (el clero: Papa, Obispos y presbíteros) residen el derecho y la autoridad necesarias para promover y dirigir a todos los miembros hacia el bien común. En cuanto a la multitud (los laicos) no tienen otro derecho que el de dejarse conducir dócilmente y seguir a sus pastores”.

Hoy no se dice esto de forma tan descarada, pero se sigue practicando. La Iglesia sigue estando formada por dos grupos de personas: una minoría, que ostentan el poder, y los otros, los mas, que si quieren estar en la Iglesia, se tienen que someter a los que tienen el poder. Los Consejos Pastorales, Presbiterios, Conferencias y Sínodos Episcopales .

La Conferencia Episcopal, La CONFER de los religiosos … todos tienen un valor meramente consultivo. La última palabra la tendrá siempre en cada grupo el párroco, el obispo, el superior religioso, el Papa. Y en esta pirámide la autoridad plena y universal, de la que depende todo en la Iglesia está centrada en un solo hombre: el Papa. Y, lo más grave de todo, es que en esta estructura el Papa actúa y ejerce su autoridad a atreves de La Curia Romana. Este hombre y este ente creado alrededor de él va a marcar en cada momento histórico las creencias, el modo de relacionarse con Dios, con los demás hombres, con la naturaleza, con el mundo, de los millones de cristianos esparcidos por el mundo entero.

EL PODER DEL PAPA HOY

Como se ha dicho, lo más grave es que en esta estructura hoy el poder sigue centrado de forma plena y absoluta en un solo hombre.
En el Código de Derecho Canónico vigente se afirma que el Papa tiene una potestad
+«plena, (legislativa, judicial y punitiva) inmediata y universal» que además
+«puede ejercer siempre libremente» ante la que
+«no cabe apelación ni recurso alguno» cuyas decisiones
+«no pueden ser juzgadas por nadie”, sin que
+«haya autoridad alguna a la que tenga que someterse, ni ante la cual tenga que dar cuenta» y ante la que
+“si alguien recurre debe ser castigado con una censura o un entredicho o una suspensión a divinis»…

Esta forma de organizar el poder hace que en la Iglesia
+todos sin excepción tengan que ir por donde va el Papa. Y
+nadie pueda tener en ella derechos adquiridos.
Y la cosa se complica mucho más cuando sabemos que quien de hecho, en nombre del Papa, ejerce la suprema potestad en la Iglesia es La Curia Romana. Un ente compuesto por cardenales, obispos, funcionarios… que nadie conoce cual es su organigrama, cómo funciona, cómo entenderse con ella..

Los «monitum», avisos, advertencias que diariamente emanan de ella están a la orden del día. Ello está creando que muchos se sientan controlados y amenazados, que haya crispación y miedo en muchos obispos, superiores de ordenes religiosas, teólogos, profesores etc. Está siendo motivo de mucho dolor, indefensión, mucha soledad, sufrida en silencio por amor a la Iglesia, por no escandalizar, porque de todas formas no se va a poder conseguir nada. Todos cuantos en los último años, incluyendo el Papa actual, han intentado un reforma de la misma se han estrellado.

(Es estos días hemos conocido el siguiente mensaje de Redes Cristianas:
«Acabamos de ser informados, por parte del Provincial de la Congregación de los Agustinos del cual depende el Colegio San Agustín de Madrid, que la I Asamblea de Redes Cristianas no podrá celebrarse en dicho colegio, por tanto tendrá lugar, con el mismo programa y en las mismas fechas en la Facultad de Ciencias Matemáticas de la Universidad Complutense de Madrid.» Redacción de T.H.))

¿QUÉ HACER?

El Concilio Vaticano II quiso una Iglesia, comunidad de comunidades, en la que todos son y se sienten responsables, porque pueden participar y de hecho participan en su pequeña comunidad en lo que se piensa , se dice y se decide. Una Iglesia que todos por igual sienten y viven como propio, como algo que les concierne vivamente y en lo que se sienten comprometidos. Una Iglesia en la que el clero no acapara y menos monopoliza el poder de pensar, de decir y de decidir

En una comunidad que se llame cristiana no puede haber unos por encima de otros, unos que mandan y otros que obedecen. Todos somos por igual sacerdotes, profetas y reyes Tendrá que haber siempre, como en todo grupo humano, quien oriente, guíe, coordine, presida… pero siempre desde una actitud de servicio a la comunidad, nunca jamás, bajo ningún concepto, como el que ordena y manda, como el amo del cortijo.

La obediencia y el consiguiente sometimiento, no ya sólo a Dios, sino además a un ser humano al que hay que aceptar como «voz de Dios”, mande lo que mande (con tal de que lo que mandee no sea pecado), es lo más opuesto al sentido de la libertad y responsabilidad inalienable que hoy tiene el común de los mortales.

En la Iglesia habrá más libertad, no en la medida en la que los que la dirigen y gobiernan nos vayan concediendo en asuntos concretos, sino en cuanto los cristianos seamos capaces de vivir en la libertad de los hijos de Dios y obrar en consecuencia. No hemos entendido lo más nuclear del Concilio cuando aceptamos sin más, que los que entienden y saben de Dios y los que tienen capacidad de tomar decisiones en cuestiones de Iglesia son los Obispos y los sacerdotes, y que los laicos lo que tienen que hacer es aprender, aceptar, obedecer y cumplir.

En la Iglesia todo poder que pretenda utilizarse para cosas que vayan en contra del Evangelio, que no sirve para asegurar el respeto a las personas, los derechos humanos de las personas , la dignidad de cualquier persona, no puede ser un poder que viene de Dios y no podemos sentirnos obligados a aceptar sus exigencias.

El Concilio dijo que lo que nos unifica a todos por igual en la Iglesia es la libertad. Pero no una libertad cualquiera sino “la libertad de los hijos de Dios”, es decir, de la libertad “que rechaza todas las esclavitudes y respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisión”. Es una libertad que “se enfrenta a las incontables esclavitudes que oprimen a las personas en la Iglesia y en el mundo contemporáneo” “No es una libertad que se nos da, sino más bien una libertad que conquistamos, que brota desde dentro de uno mismo, de la propia conciencia”. No es una libertad para «hacer lo que nos dé la gana” sino para “luchar contra todas las formas de esclavitud que oprimen a los seres de este mundo” Libertad que brota de la “dignidad de la conciencia y de su decisión libre” no de preceptos y obligaciones impuestos por otras personas.

Y estamos favoreciendo el clericalismo cuando nos preocupa el denunciar al Papa, a los obispos, al párroco. Cuando nos quejamos y les culpabilizamos, porque creemos que son ellos quienes tienen que ir cambiando las cosas. Con ello lo que conseguimos es hacerlos el centro, lo más importante en la Iglesia, les damos una importancia que el Concilio no quiso que tuvieran en el Pueblo de Dios. .

Favorecemos igualmente una Iglesia clerical cuando luchamos porque las mujeres sean sacerdotes o los curas casados vuelvan al rol y al puesto que dejaron, pues con ello lo que se consigue es potenciar el sistema clerical existente. En vez de más clérigos, se necesitan hombres y mujeres capaces de crear, presidir, animar, formar, coordinar… pequeñas comunidades de creyentes..

El poder religioso pertenece a ese tipo de poderes, de autoridad, que aceptamos de forma voluntaria y libre, porque es algo que le queremos dar a personas concretas por motivaciones generalmente religiosas. El que tiene poder religioso lo tiene para las personas que por motivaciones religiosas o por otras motivaciones le dan ese poder. Y no tiene poder ni autoridad para el que no es religioso o tiene otras motivaciones personales que le quitan ese poder. Por ello a todo lo que nos llegue desde el poder hay que ponerle interrogantes, porque es muy posible que los intereses del poder estén deformando el mensaje

El cristiano tiene en este tema un principio incuestionable: ninguna autoridad tiene poder ni autoridad para mandar cosa alguna, que esté en contra del mensaje de Jesús. Nadie tiene en la Iglesia poder ni autoridad para mandar o disponer nada que esté en contra del Evangelio. Consecuentemente cuando estoy obedeciendo, aceptando, siguiendo lo que en un momento determinado me dice una autoridad religiosa que creo que está en contra del Evangelio le estoy concediendo un poder que no tiene. Cuando estoy colaborando en movidas de Iglesia que están en contra de lo que nuclear e indiscutible en el Evangelio soy tan culpable como ellos en que esa situación se mantenga.

Cuando los grandes ideales, las grandes palabras, los grandes relatos y las utopías se hunden, arrasados por el huracán de la globalización y por la postmodernidad, se hace más apremiante que nunca la presencia, en la sociedad y en la Iglesia, de personas que digan algo distinto, radicalmente distinto, de las consignas que nos dicta a todas horas el «pensamiento único», esa forma de ver la vida que lo ha reducido todo a mercancía, bienestar y satisfacción plena, sin otro horizonte que la garantía de estar siempre como estamos. o mejor de lo que estamos, con tal de no salirse de lo establecido, resignadamente acomodados al sistema que se nos ha impuesto. Desde este punto de vista, la vida religiosa, con los tres votos de castidad, pobreza y obediencia y o sin ellos, tendrían que constituirse por grupos de personas libres, con la libertad de los hijos de Dios, que se quieren y quieren de verdad, y que hacen de su vida un grito de protesta –en la Iglesia y en la sociedad–, contra las incontables formas de agresión contra la vida y la esperanza que se cometen a diario por todas partes.

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