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Historia de Pedro, en el comienzo de la Iglesia -- Xavier Pikaza, teólogo

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El Blog de X. Pikaza

[tu es petrus] Pedro es quizá el personaje más entrañable del origen de la Iglesia. Más “santa” parece Magdalena y más excelso María, madre de Jesús; más emprendedor y discutido es Pablo, más “místico” el discípulo amado. Pero no hay ninguno que resulte más entrañable, imitable, cercano como Pedro.
Muchas veces he tenido ocasión de presentarle en este blog, por sí mismo y por lo que supone su figura en la historia de la Iglesia Católica, que le ha visto cómo (le ha convertido en) el Primer Papa, como si fuera el primer Rey del Vaticano. Pero su historia resulta mucho más humilde y rica.

Así quiero evocar hoy, con cariño por lo que ha sido, sin polémica, ofreciendo un recorrido por todo el Nuevo Testamento, iniciando así un camino que sigue recorriendo la Iglesia, con el Papa Bergoglio, que quiso llamarse Francisco, pero que se llama también Pedro,como supone la palabra escrita en la cúpula del Vaticano: Tu es Petrus, tú eres Piedra…(cf. imagen)

— Siga leyendo quien quiera entender su sentido en el comienzo de la Iglesia, viéndole como cristiano, probado y comprometido.
— Siga leyendo también quien desee valorar el papado actual de Francisco a la luz de la misión de Pedro en el comienzo de la Iglesia.

Buen día a todos, buenas fiesta a los amigos de San Pedro. Retomaré mañana a la noche el tema del evangelio del domingo (que queda pendiente). Desde ahora quiero celebrar con mis amigos del blog la fiesta (figura) de Pedro.

1. HISTORIA BÁSICA 1. EN TIEMPO DE JESÚS.

Se llamaba Simón/Simeón Bar-Yona (hijo de Juan), como recuerda Mt 16, 17 (cf. Jn 21, 15). Pero, en un momento determinado, para constituir y formular su nueva función, como fundamento de la comunidad mesiánica, Jesús le llama en arameo Cefas (cf. 1 Cor 1, 12; 3, 22; 9, 5; 15, 5; Gal 1, 18; 2, 9. 11. 14; Jn 1, 42), que se traduce en griego Petros (en latín Petrus, Piedra, Pedro). Las comunidades helenistas le llamaron Petros, reconociéndole así, implícitamente, como piedra de la nueva comunidad escatológica de Jesús (cf. Mc 3, 13; Lc 6, 14; Mt 16, 18). La iglesia ha conservado y expandido ese nombre, que seguimos empleando todavía.

Se llamaba pues Simeón (como el primero de los doce patriarcas, hijos de Jacob), aunque «helenizó» su nombre y solía llamarse Simón. Parece que fue el primero de los discípulos de Jesús (su discípulo “primogénito”, uno de los Doce). Había sido pescador del lago de Galilea, de familia al parecer humilde, no tenía campos propios, vivía en la casa de su suegra y, posiblemente, era trabajador a cuenta ajena. No tenía campos, ni una cultura religiosa especializada (no era sacerdote, escriba o fariseo). Pero se hallaba interesado por la renovación religiosa de Israel y, al menos por un tiempo, había sido discípulo del Bautista (cf. Jn 1, 40-44).

Debía tener sus ideas propias sobre el mesianismo; por eso, si acogió la invitación de Jesús y se hizo su discípulo, abandonando a su familia (cf. Mc 1, 16-20) y dejando al mismo Juan Bautista, a quien había seguido por un tiempo, es que debía haber hallado fuertes razones para hacerlo. No vino como un simple espectador pasivo, sino que trajo unas convicciones fuertes sobre lo que debía ser la transformación y culminación de Israel (como las tenían otros muchos en la sociedad judía de aquel tiempo).

Es muy posible que Jesús confiara de un modo especial en Simón, a quien necesitaba (con otros discípulos y amigos) para llevar adelante su proyecto, para realizar su obra. Por otra parte, el mismo Simón se fiaba de Jesús, de manera que el texto básico de Mt 16, 13-20 (que incluye su confesión mesiánica y la bienaventuranza posterior de Jesús, que le llamada Pedro-Roma) puede tener un fondo histórico.

De todas formas, tal como supone el texto paralelo de Mc 8, 27-27, es muy posible que las relaciones entre Jesús y Simón nunca fueran plenamente fluidas. Jesús no logró trasmitir a Pedro, ni al resto de sus Doce, su experiencia básica de gratuidad y entrega no violenta de la vida, de manera que ellos siguieron a su lado, pero sin estar del todo satisfechos de la forma en que el mismo Jesús gestionaba su proyecto.

Es evidente que Jesús y Pedro (Jesús y los Doce) nunca lograron formar un grupo cerrado y compacto, de fidelidad hasta la muerte, en contra de lo que ha sucedido en otros grupos políticos, religiosos y revolucionarios (como entre los seguidores de Mahoma). La tradición cristina ha sabido (y no se ha esforzado en ocultarlo, sino todo lo contrario), que los Doce abandonaron a Jesús, cuando éste fue juzgado y condenado a muerte (a pesar de haber sellado con él su compromiso en una cena de solidaridad y comunión).

Parece seguro que Pedro le negó de un modo peculiar, no por simple miedo (que también pudo tenerlo), sino por discrepancias de fondo sobre la actuación “suicida” de su maestro, que parecía dispuesto a ser juzgado y morir en Jerusalén, sin acudir a una estrategia política o militar de toma de poder, sin defenderse de un modo violento (cf. Mc 14, 54-72 par).

La consecuencia de ello fue que Jesús murió solo, sin que sus seguidores más íntimos fueran juzgados y crucificados con él. Las únicas cruces que se alzaban al lado de la suya, en el Calvario, fueron las de unos “bandidos” no cristianos, reos comunes o miembros de la resistencia armada contra Roma (el evangelio no ha querido precisarlo). Entre los seguidores de Jesús, sólo unas mujeres que parecían de menos importancia asistieron a su muerte (cf. Mc 15, 40-47 y paralelos).

Lógicamente, la representación de Pedro podía haber terminado ahí, tras la negación, el abandono y la muerte de su maestro en el Calvario. Pero la amistad de Pedro hacia Jesús (que respondía a la amistad de Jesús hacia Pedro) era más fuerte que las razones sociales y religiosas de su distanciamiento y traición. La lógica y el orden religioso estaban de parte del Sumo Sacerdote (aliado en este caso a los romanos). Pero el amor superó la lógica de los sacerdotes y Pedro descubrió la razón del Jesús muerto y experimentó el sentido de su vida, por encima de la religión oficial de su pueblo y del imperio de Roma.

En este contexto se entiende la confesión fundacional de la iglesia, cuando afirma que Pedro “vio” a Jesús después de su muerte, es decir, tuvo una experiencia integral de la verdad de su propuesta mesiánica y de la radicalidad de su amor. Sólo al situarse ante el conjunto del mensaje y vida de aquel a quien había seguido y amado, Pedro pudo descubrir que Jesús tenía razón, que su propuesta de Reino era verdadera, pues Dios había estado presente en su camino y había ratificado su obra, resucitándole de entre los muertos (cf. 1 Cor 15, 5 y Lc 23, 34).

Esta “visión” pascual de Pedro no fue una simple alucinación, como tantas otras, ni una aparición espectacular (de visiones imaginativas y apariciones gloriosas está llena la historia), sino una experiencia de renacimiento radical, una revelación de Dios que funda y edifica sobre un crucificado el camino de unificación de amor entre todos los hombres. Una vez que se ha descubierto eso, todo lo demás es simple consecuencia: la verdadera autoridad, aquella que funda la unión entre todos los hombres, no la tienen ni los sacerdotes que matan a sus víctimas, ni los soldados que imponen su norma de poder, sino, con Jesús y como Jesús, los asesinados de la historia.

Ésta fue la experiencia de un hombre que “supo” que Jesús, su amigo crucificado, estaba vivo y le encargaba la tarea de seguir realizando su obra mesiánica. Ésta fue una tarea que Pedro compartió con otros, para recrear y expandir la buena nueva o evangelio de Jesús, de tal forma que diversos grupos de cristianos le consideraron como fundador de la Iglesia pascual, su Roca (por eso le llamaron en arameo Cefas y en griego Petros: Pedro, el Piedra).

Parece seguro que Pedro volvió a instaurar el grupo de los Doce (que se había disgregado tras la muerte de Jesús), confesando de esa forma, de manera práctica, que el movimiento mesiánico seguía vivo, de manera que en nombre de Jesús podía ofrecerse un mensaje de salvación a todo Israel (las Doce Tribus simbólicas). Es evidente que, al menos en un primer momento, Pedro y los Doce se presentaron como signo y garantía de que el Crucificado estaba vivo y que vendría pronto como salvador final, pues el tiempo del mundo viejo parecía consumido. Su ministerio básico será anunciar y simbolizar la llegada o parusía mesiánica de Jesús, es decir, la reconciliación de la humanidad partiendo de los sacrificados de la historia.

2. HISTORIA BÁSICA 2. DESPUÉS DE LA MUERTE DE JESÚS.

Quiero presentar una cronología básica de Pedro, desde la perspectiva de la Iglesia primitiva. Sólo conociendo su historia se puede entender luego el influjo posterior de su figura en la historia de la Iglesia y, especialmente, en la función del Papa, que actúa como representante y sucesor de Pedro para los católicos.

a. Años 30-34. Pedro en Jerusalén, iglesia primitiva (Hech 1-5).

Éstos deben haber sido los años en los que se mantuvo en Jerusalén el ideal de una iglesia escatológica, en torno a los Doce, presididos por Pedro. En estos años fueron surgiendo tendencias distintas, vinculadas a las mujeres (María Magdalena) a los helenistas y a Santiago. Todo nos hace suponer que Pedro fue un elemento esencial de aquella iglesia Jerusalén, reunida en torno a los Doce, como supone Hech 1-5.

En ese contexto se sitúa la primera visita de Pablo a Jerusalén, donde quiere “conversar” con Pedro, en torno al año 35/36 d. C. (cf. Gal 1, 18). Da la impresión de que, en ese momento, Santiago, el hermano del Señor, ocupa un puesto secundario en la Iglesia.

b. Años 34-49. Pedro misionero en Palestina.

Puede haber “misionado” también en Galilea, pues hubo contactos entre los “cristianos” de Jerusalén y los discípulos de Galilea, pero no podemos precisarlo. En ese contexto, el autor de Hechos ha situado la misión de Pedro en la “costa de Palestina” (cf. Hech 8-12), presentándola como primera “apertura a los gentiles”, en una línea cercana a los “cristianos helenistas”. En este tiempo, como supone Hech 1-12 y la tradición de los sinópticos (Mc 5, 37; 9, 2; 13, 2 par), Pedro debió hallarse vinculado con los zebedeos, desarrollando una labor misionera fuera de Jerusalén, por lo menos a partir del “conflicto” con los helenistas” (Hech 6-7).

Eso supone Pedro aceptó de algún modo la línea de los helenistas, superando la visión de una Jerusalén que se centra en sí misma y espera que venga el Cristo desde arriba. Los textos destacan la misión de pedro en dos regiones Palestina: en la zona muy helenizada de la costa y en Samaria (Hech 8, 14-24). Desde ese fondo ha de entenderse la “huida” de Pedro de Jerusalén, en el tiempo del reinado de Agripa, en relación con el martirio de Santiago Zebedeo (entre el 41-44 d. C.). Desde ese momento se supone que Santiago empieza a ser la figura dominante en Jerusalén.

c. Años 48/49. Concilio de Jerusalén.

Pedro no aparece como representante de la Iglesia de Jerusalén (presidida por Santiago), pero actúa como mediador entre Santiago y Pablo… Tanto Hech 15 como Pablo (Gal 2) suponen que, en torno al año 49, hubo en Jerusalén un encuentro entre Pablo, Pedro y Santiago y que Pedro acepta la misión paulina. La “autoridad decisiva” en Jerusalén la detenta ahora Santiago, pero Pedro y Juan Zebedeo aparecen como columnas de la Iglesia.

Por otra parte, en este contexto, Pablo supone que a Pedro se le ha confiado el evangelio misionero de la circuncisión (desde el judaísmo), mientras que él (Pablo) realiza la misión entre los incircuncisos (paganos) (cf. Gal 2, 7). Ambos son misioneros, a diferencia de Santiago, que queda en Jerusalén. Pero esta división no parece del todo precisa, pues que los de Santiago han realizado también un tipo de misión cristiana (sólo entre judíos), mientras que Pedro (dirigiéndose principalmente a los judíos) se relaciona también con los “incircuncisos”, en Antioquía, mientras que el mismo Pablo ha actuado finalmente como misionero entre los judíos.

c. Años 50-60 Pedro en Antioquía.

Gal 2 supone que Pedro ha quedado como figura dominante de la comunidad de Antioquía, formada por cristianos de origen judío y gentil. Éstos parecen haber sido los años decisivos de la misión de Pedro, discípulo de Jesús y representante de los Doce, abriendo un camino universal para la Iglesia, pero con ciertas relaciones con el judaísmo, desde Antioquía.

— A un lado tiene a Santiago, empeñado en mantener el mesianismo israelita de Jesús, según la Ley, en Jerusalén.
— Al otro lado tiene a Pablo, creando iglesias desde la gentilidad, sin vincularse a la circuncisión ni a las prácticas legales del judaísmo.
— En medio queda Pedro, en Antioquia, como principal portavoz de una Iglesia que quiere abrirse y se abre a los gentiles, sin perder su conexión con el judaísmo.

En cierto sentido, Pedro busca y ensaya lo más difícil, una conciliación de opuestos. Más fácil es abandonar sin más las normas legales del judaísmo (como dicen que hace Pablo); más fácil es mantener todo el judaísmo en forma mesiánica (como intenta Santiago en Jerusalén). Más difícil es mantener ambos elementos, como ha querido Pedro, conforme al testimonio clave de Mt 16, 18-19, donde se le presenta como “gran intérprete” de Jesús y como piedra-fundamento de una Iglesia universal, en la que pueden encontrarse judíos y gentiles.

Eso supone que Pedro buscó desde Antioquía una especie de “pacto” entre cristianos de origen judío y pagano (circuncisos e incircuncisos), un pacto que en ese momento no agradó a Pablo (cf. Gal 2, 11-14), que tuvo que dejar Antioquía, donde quedó Pedro. Pero ambos se mantuvieron en comunión, como indican las cartas de Pablo (cf.1 Cor 1, 12; 3, 22; 9, 5).

d. Años 60-63. Pedro en Roma.

El evangelio de Marcos, escrito probablemente después de la muerte de la muerte de Pedro, supone que él tuvo que ir a Galilea tras la pascua (cf. Mc 16, 7-7), para encontrar allí al verdadero Jesús pascual, con las mujeres. Lo mismo supone Mt 28, 16-20 (lo mismo que Jn 21). Para ellos, el lugar de conciliación de las diversas tendencias de la Iglesia no es Jerusalén (con Santiago), ni Antioquía (con Pedro), ni la misión gentil en sí (con Pablo), sino Galilea, lugar del mensaje de Jesús, donde pueden vincularse todos.

Sea como fuere, de hecho, conforme a una tradición antigua y muy fiable, en un momento dado, hacia el 60 d. C., Pedro dejó Antioquía, para dirigirse a Roma (donde también llegó Pablo, cautivo). Eso significa que debía tener relaciones con los cristianos de Roma, que quizá le llamaron, para ofrecer su testimonio en la comunidad de la capital del imperio. Su estancia allí no debió ser muy larga, muriendo mártir, como Pablo.

3. IGLESIA PRIMITIVA. DEL 60 AL 100 D. C.

Entre el 30 y el 70, Pedro y los Doce, Magdalena y las mujeres, los galileos y Santiago, los helenistas y Pablo fueron (y siguen siendo todavía) los testigos fundacionales de la iglesia, pues ellos trazaron algunas de sus líneas básicas y siguen apareciendo como punto de referencia para la historia posterior.

En aquellos momentos, las iglesias no se habían separado todavía de la gran “matriz” judía, sino que seguían dentro de ella, de forma a veces tensa, dramática, incluso violenta (en fuerte polémica), pero siempre en conexión con el mesianismo israelita. Es muy difícil contar el número posible de cristianos (¿tres mil? ¿cuatro mil?) que había entonces, pues la mayoría, a no ser los miembros de algunas comunidades pagano-cristianas de origen paulino o helenista, seguían siendo judíos (sobre todo en Galilea y Jerusalén).
Pues bien, en esos años se dieron dos acontecimientos trascendentales para la vida de la iglesia.

(1) El asesinato de Pedro, Santiago y Pablo, quienes, a pesar de haber abierto caminos nuevos de seguimiento de Jesús, fallecieron sin haber establecido unas estructuras jerárquicas permanentes y sin haber creado de hecho una iglesia independiente del judaísmo. Murieron ajusticiados en unos mismos años, sin haber renegado del judaísmo (entre el 62 y 64 d. C.). Para entonces habían fallecido también o dejaron de estar en el centro de la iglesia otros personajes principales: los Doce (que se vuelven figura simbólica: cf. Mt 18, 28; Ap 21, 14) y las primeras mujeres, cuya función se olvida o margina, dentro de la iglesia oficial.

(2) La guerra judía de los años 67-70, que rompió gran parte de los equilibrios sociales anteriores, produciendo quizá migraciones de cristianos, que abandonaron Jerusalén, y contribuyendo posiblemente a la desaparición del modelo de la iglesia galilea. Los mayoría de los cristianos no se habían separado todavía de la matriz judía (cuyas autoridades siguen aceptando, de un modo crítico: cf. Mt 23, 1-7).

Murieron los primeros líderes, cambiaron las circunstancias sociales y muchos pudieron pensar que las gentes vinculadas a Jesús desaparecerían rápidamente, como habían desaparecido otros movimientos judíos. Pero las cosas sucedieron de forma distinta.

Los diversos grupos cristianos carecían de organización unitaria: no tenían nada semejante a un Papa, ni siquiera obispos ni presbíteros estables. Pero poseían algo nuevo, llamado a influir poderosamente en la historia posterior: conservaban las palabras de Jesús, mantenían su recuerdo y esperaban, con él (como él), la llegada de una nueva humanidad reconciliada, solidaria, vencedora de la muerte. Al mismo tiempo mantenían entre sí unos vínculos intensos de solidaridad y de comunicación de experiencias. Así se fueron distinguiendo del judaísmo rabínico, que empezó a nacer también en ese tiempo.

(a) Judaísmo rabínico. Los nuevos intérpretes del judaísmo nacional fueron los rabinos, que codificaron su experiencia en la → Misná. No hubo entre ellos nadie que asumiera una responsabilidad central, como Pedro en el cristianismo. Los representantes y portadores de ese nuevo judaísmo, que ha permanecido hasta el día de hoy, fueron un grupo de maestros-rabinos y de presbíteros o ancianos (padres de familia), que organizaban la vida de la federación de sinagogas, es decir, de comunidades autónomas de judíos fieles a la tradición nacional; entre ellos no han podido surgir ni obispos ni Papa.

(b) Judaísmo cristiano. Los seguidores de Jesús se organizaron como un movimiento mesiánico judío y en esa organización jugó un papel importante la figura y recuerdo de Pedro. Por ahora (desde el 60 hasta el 150 e incluso hasta el 180), los cristianos no tenían Papa, ni obispos, ni presbíteros en el sentido posterior (sacerdotal), ni una organización unitaria, pero tenían la herencia de Jesús, mantenida y cultivada por los herederos de Santiago, de Pablo y de Pedro (por citar los tres nombres). Pues bien, en ese proceso de unificación eclesial, el testimonio de Santiago ha quedado diluido, de manera que su proyecto apenas ha sido aceptado por las iglesias posteriores (hasta el día de hoy). Se han mantenido y han avanzado, sin embargo, las tradiciones de Pedro y de Pablo, vinculadas de diversas formas. Más aún, dentro de la Gran Iglesia se ha mantenido y ha triunfado la tradición de Pedro (del “Pedro de la fe”), como han puesto de relieve las tradiciones evangélicas, entre las que destacamos la de Mateo (que debería compararse con la de Jn 21) y la de las cartas de Pedro.

4. MATEO: PEDRO, ROCA DE LA IGLESIA, LAS LLAVES DE DIOS.

Da la impresión de que Mateo quiere unir dos tradiciones: la de Santiago (de fidelidad estricta a la ley judía) y la de Pablo (de apertura universal del evangelio). Para ello, partiendo del texto de Marcos, recrea la figura de Pedro a quién, sin separarle del resto de los primeros discípulos de Jesús (los Doce, sin Judas), concede una función específica, muy importante: la de interpretar la Ley judía e iniciar una misión universal cristiana, apareciendo así como piedra base de la iglesia y portador de las llaves del Reino:

«Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta «piedra» edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. Y a ti te daré las llaves del Reino de los cielos: todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 16, 17-19).

Este es un texto pascual, una palabra que Jesús resucitado dirige a Pedro (¡a un Pedro que ya ha muerto!), ratificando la función que ha realizado en la iglesia, conforme a la visión de Mateo. Este es el texto clave de una comunidad que, habiendo estado por un tiempo más ligada a Santiago, ha asumido después una interpretación más universal del evangelio, en la línea de Pablo, apoyándose para ello en el recuerdo y la misión mediadora de Pedro, quien ha sido capaz de abrir con la llave de Jesús las puertas de la ley (para que los gentiles puedan entrar en Reino de los cielos).

Ciertamente, aquí se habla de algo que Pedro ha realizado ya en las comunidades, asumiendo y ratificando la función de otros misioneros: él ha justificado y avalado el gesto de apertura universal del evangelio, asumiendo así la misión y teología de los helenistas y de Pablo, como supone el fin de su libro (cf. Mt 28, 16-20).

Para las comunidades que aceptan el evangelio de Mateo, el gesto de Pedro ha resultado fundamental en su visión del evangelio. En un momento clave de la historia de la iglesia, iniciada la disputa entre los más legalistas (partidarios de un cristianismo judío) y los más universales (partidarios de un cristianismo abierto a todos los pueblos), Pedro asume y defiende la misión universal de la iglesia, ofreciéndole unas bases cristianas (el testimonio de Jesús) y unas justificaciones israelitas (desde la línea de la Ley). Así aparece como el auténtico «rabino cristiano», con llaves que «abren y cierran» las puertas del Reino, permitiendo de hecho que entren en la iglesia los excluidos de la sociedad, los pobres de Jesús, sin necesidad de cumplir la ley nacional judía.

a. Esas palabras de Jesús ratifican lo que Pedro ha realizado.

Había sido discípulo de Jesús y formó parte del grupo de los Doce, iniciando la misión intrajudía en Jerusalén y quizá en Galilea, pero no se cerró en un judaísmo sacral, como Santiago, sino que asumió la apertura de los helenistas, impulsando (desde su propia perspectiva) la misión universal del evangelio. Así pudo aparecer como garante de la nueva identidad supra-judía de la iglesia.

Eso significa que Mt 16, 16-19 debe entenderse desde su contexto histórico: los autores y lectores de Mateo provienen de una iglesia judeo-cristiana cercana a la de Santiago a quien tomaron en un tiempo como intérprete del mensaje y de la obra de Jesús; pues bien, en un momento dado, sin negar el valor de esa etapa anterior, ellos asumieron la perspectiva de Pedro y vieron que la iglesia no se puede fundar sólo en una ley nacional judía (Santiago), ni en una experiencia pascual como la de Pablo (que no conoció al Jesús de la historia y que parece negar toda la ley judía), sino en un hombre como Pedro, que había conocido a Jesús y que supo vincular las diversas tendencias eclesiales, sin romper con toda la ley judía. Según eso, esas palabras forman parte de una «decisión histórica» de la iglesia de Mateo que, sin rechazar a Santiago y a Pablo, toma a Pedro como el intérprete autorizado de Jesús.

b. Sobre esta piedra fundaré mi iglesia.

Pedro está en la base del edificio de aquellos que creen en Jesús y que forman el «cuerpo mesiánico de Dios» (sustituyendo al templo de Jerusalén). En contra de Marcos, Mateo supone que Pedro ha cumplido ya su tarea mesiánica y así le presenta como intérprete cristiano de la Ley judía y como primera piedra de la iglesia. Por eso, Jesús acepta su confesión (¡Tú eres el Cristo!: Mt 16, 17), añadiendo, en contra de Mc 8, 33 (que le llamaba “Satanás”), que ha sido el mismo Dios quien le ha revelado el carácter mesiánico y filial de Jesús.

El mismo Jesús resucitado proclama, de un modo solemne, pasados tres o cuatro decenios de historia cristiana, desde el interior del evangelio, estas palabras esenciales: «Y yo te digo: ¡Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi iglesia y los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella!». La comunidad mesiánica se funda sobre el testimonio de la fe de Pedro y la de aquellos que asumen su camino, afirmando que Jesús no es sólo el Cristo de Israel, sino el Hijo de Dios para todas las naciones. El texto supone que Pedro ha cumplido ya esta función (de una vez y para siempre), de manera que ella puede y debe mantenerse, pero no necesita repetirse (pues ya está cumplida).

c. Las llaves del Reino de los cielos.

La función de Pedro como roca o base de la Iglesia resulta inseparable de su tarea de «escriba experto en el Reino de los cielos» (cf. Mt 13, 51), capaz de vincular las palabras de la antigua ley israelita y la experiencia nueva de Jesús, que le ha ofrecido las llaves del Reino de los Cielos que, como saben los lectores de la Biblia, son las llaves del Reino de Dios. Pedro ha sabido emplearlas, ratificando la interpretación verdadera del evangelio, que vincula la fidelidad a la ley (más propia de Santiago; cf. Mt 5, 17-20) y la misión universal (destacada por Pablo; cf. Mt 28, 16-20). Así lo ha hecho de una vez y por todas: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 19). Tampoco aquí se dice lo que un representante de Pedro ha de hacer en el futuro, sino lo que el mismo Pedro ha hecho (según el evangelio de Mateo), abriendo para siempre las puertas de Israel y de Jesús (las de Israel por medio de Jesús) a todos los pueblos de la tierra.

Una tradición posterior de Roma ha referido estas palabras a cada uno de los papas, como si ellos siguieran teniendo la misma autoridad fundadora (¡piedra!) y doctrinal (¡atar y desatar!) que tuvo Pedro, cuando interpretó el evangelio de Jesús, partiendo del judaísmo (línea de Santiago), de una forma universal (línea de Pablo).

Ciertamente, esa aplicación es posible, pero no se deduce del texto de Mateo, que por otra parte parece más dirigido hacia oriente que hacia Roma (cf. Mt 2). Lógicamente, el texto final de la misión, abierta a todos los pueblos, no ha concedido un lugar especial (romano o no romano) a Pedro (cf. Mt 28, 16-20), pues la apertura universal de la iglesia se encuentra ya asegurada.

5. CARTAS DE PEDRO.

Las tradiciones de Pedro se han mantenido en las dos cartas escritas en su nombre y con su autoridad, desde Roma. Eso significa que la Iglesia de Roma, en la que surgirá luego el → Papa, se ha sentido vinculada desde antiguo a la autoridad de Pedro (a diferencia de la comunidad de Antioquía, donde el obispo Ignacio aparecerá en la primera mitad del siglo II d. C. como representante de una teología más autónoma).

(a) La primera de Pedro,

escrita quizá a finales del siglo I d. C., se dirige a las iglesias «de la diáspora de Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia» (1 Ped 1, 1), en el entorno de Asia Menor, donde se conserva su memoria o se reconoce su autoridad. Está escrita desde Roma (=Babilonia: 1 Ped 5, 13), donde (como saben 1 Clem 5, 3-7 e Ignacio, Rom 4, 3) se han unido las tradiciones de Pedro y Pablo. Es una carta «encíclica» (escrita a varias comunidades y, en sentido extenso, a la iglesia entera) y no conocemos la razón por la qué su autor asume el nombre de Pedro, pues en ella descubrimos también bastantes elementos paulinos, cercanos a los que hallamos en las Cartas de la Cautividad (cf. 1 Ped 2, 11-25; 3, 1-7; 5, 1-11). Pero es evidente que la memoria de Pedro aparece vinculada a Roma, donde los cristianos apelan a su nombre y recuerdo para dirigir su palabra a unas iglesias lejanas.

2. Segunda de Pedro.

Años más tarde, entre el 100 y el 150, otro autor desconocido escribió también desde Roma, una carta encíclica, con el mismo nombre y tradición de Pedro, para criticar a unos pretendidos «herejes» (profetas falsos) que rechazaban la esperanza escatológica y la parusía de Cristo, retomando, desde su propio contexto, las duras palabras de una carta anterior, atribuida a Judas (hermano de Santiago). La carta supone que Pedro tiene autoridad para ofrecer una instrucción universal (una encíclica), como había hecho también Judas (cf. Jud 1), vinculándose de esa manera a la tradición de Santiago de Jerusalén y a la de Pablo (como destacaremos todavía). Más que un escrito doctrinal es un testamento:

«Sabiendo que, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado, debo abandonar en breve el cuerpo, quiero procurar que, después de mi partida, vosotros podáis mantener con diligencia, y en todo momento, la memoria de estas cosas» (2 Ped 1, 14-15).

Pedro justifica su intervención con dos razones: (a) con su testimonio personal (ha visto la gloria de Cristo: cf. 2 Ped 1, 16-18) (b) y con el argumento de las profecías (2 Ped 1, 19-21).

Con estos dos principios instruye a sus oyentes en la línea de los compromisos éticos y sociales que implica el evangelio. Así aparece como testigo de la «carnalidad» del evangelio, que se explicita en forma de sobriedad ética y de fidelidad a los principios básicos de la vida social, para superar el riesgo de una «gnosis» que separa el evangelio de la vida y de la esperanza concreta de los fieles, en contra de la tradición de los profetas de Israel. Pues bien, en ese esfuerzo por mantener la fidelidad al evangelio, «Pedro» se vincula a Pablo:

«Por eso, amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia que él (el Señor) os encuentre sin mancha e irreprochables, en paz. Y sabed que la paciencia de nuestro Señor es para nuestra salvación; como también nuestro querido hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito en casi todas sus cartas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, cosas que los indoctos e inconstantes pervierten (como también las otras Escrituras) para su propia perdición. Así que vosotros, amados, sabiéndolo de antemano, tened cuidado, no sea que arrastrados por el error de los inicuos os dejéis caer y perdáis vuestra firmeza» (2 Ped 3, 14-17).

Pablo aparece así como “defensor” de Pablo y como garante del valor de sus cartas (que de esa manera han podido acompañar a las profecías de Israel, entrando a formar parte del canon del Nuevo Testamento (de la Biblia cristiana). Pedro admite que las cartas de Pablo han podido ser mal interpretadas, en línea gnóstica, para negar desde ellas la escatología histórica y la «carnalidad» de la iglesia, pero él las defiende y defiende al mismo Pablo a quien llama «nuestro querido hermano».

Pedro aparece así como testigo y garante de la unidad de la Iglesia, de una iglesia en la que son esenciales las profecías de Israel y el testimonio de Pablo. La tradición romana, desde Clem 5, 3-7 e Ignacio, Rom 4, 3, a la que se vincula aquí el testimonio de 2 Ped, ha recordado así unidos a Pedro y a Pablo.

En ese momento no había en Roma un obispo o Papa, como el que habrá en tiempos posteriores (a partir de la segunda mitad del siglo II). Pero había personas que mantenían el nombre y herencia de Pedro, poniéndolo al servicio de la unidad de las iglesias. En esa línea ha podido surgir más adelante la figura del papa.

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