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Hermano Francisco, ¿por qué nos «desinflas» las expectativas de una profunda reforma de la Iglesia? -- Jorge Martínez, teólogo

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«EN LOS ÚLTIMOS AÑOS PARECE QUE ENTRAMOS DE NUEVO EN UN PROCESO DE INVOLUCIÓN»
Hermano Francisco, ¿por qué nos «desinflas» las expectativas de una profunda reforma de la Iglesia?
«En ‘esta hora de gracia’, el Espíritu de Jesús nos impulsa a ‘remar mar adentro’, sin miedos ni complejos»
El 27 de enero, en el vuelo de regreso de la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa comunicó dos declaraciones desconcertantes a los periodistas que lo acompañaban.
En primer lugar, les dijo que hay que»desinflar las expectativas» en relación al encuentro con los presidentes de la Conferencias Episcopales que se celebrará en Roma del 21 al 24 de febrero sobre el problema de la pederastia.

Se tratará de enseñarles los trámites que deben realizar en las diócesis en casos de pederastia. Simples protocolos. Nada de profundizar en las causas profundas de la pederastia y menos aún analizar otros problemas que están reclamando con urgencia una profunda reforma de la Iglesia.

Esta información ya nos «desinfló» un poco, pero la que nos causó una profunda tristeza y un gran desconcierto fue la declaración de que «no va abolir la ley del celibato obligatorio, porque no quiere presentarse ante Dios con esta decisión».

Sencillamente, no esperábamos esto del Papa Francisco, conociendo su trayectoria pastoral en estos seis años de ministerio como obispo de Roma y animador de la caridad de toda la Iglesia. Por eso le envío esta reflexión.

Hermano Francisco, me llamo Jorge Martínez Rodríguez y tengo 82 años (la misma edad que usted). Ejercí durante 29 años el ministerio sacerdotal como célibe y llevo 27 años como cura casado. En esta última etapa de mi vida, he tenido el privilegio, que muy pocos curas casados pueden disfrutar, de poder continuar hasta el presente realizando trabajo pastoral y evangelizador con el Pueblo de Dios.

Su llegada al ministerio petrino ha generado unas expectativas insospechadas unos meses antes, creando un nuevo clima eclesial. Con su palabra y con su ejemplo, en muy breve tiempo, logró lo que parecía imposible: devolverle frescura a la Iglesia, reavivar el catolicismo a nivel mundial y dar esperanza a una humanidad desencantada.

Yo, personalmente, igual que otros muchos millones de católicos y personas de buena voluntad en todo el mundo, me he sentido muy ilusionado, esperando, como el anciano Simeón, poder morir en paz, después de haber contemplado la llegada de un pastor que va conducir la Iglesia de Dios por los caminos del Evangelio de Jesús.

Para corroborar las bases de mi esperanza, permítame recordarle algunas de las enseñanzas que usted ha ido sembrando en este periodo de tiempo, principalmente en la Alegría del Evangelio y otros documentos de su autoría.

Superar el miedo que nos paraliza. «A veces el miedo nos paraliza demasiado. En lugar de ser creativos, nos quedamos cómodos, como espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia» (EG 129).

«Más que el temor a equivocarnos espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos…» (EG 49).

«Abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así». «Ser audaces y creativos» (EG 33).

Pasar de una pastoral de conservación a una pastoral de misión. Salir de los templos a las periferias geográficas y existenciales.(EG 15)
Superar el clericalismo, que «es uno de los peligros más graves de la Iglesia hoy» (EG 102)

No tener miedo a revisar costumbres y normas muy arraigadas, que hoy ya no tienen la misma significación. «En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia. No tengamos miedo de revisarlas.

Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas, pero que ya no tienen la misma fuerza educativa actualmente.

Santo Tomás de Aquino destacaba que los preceptos dados por Cristo y los apóstoles al Pueblo de Dios «son poquísimos». Citando a San Agustín, advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida de los fieles» y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando «la misericordia de Dios quiso que fuera libre».

Esta advertencia, dijo usted, hecha varios siglos atrás, tiene una tremendaactualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de precisar una reforma de la Iglesia» (EG

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