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Hemos empezado… -- Pedro Pierre

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Ya pasan los días y las semanas y sigue la cuarentena. Nos dicen que va a terminar, pero nadie está muy seguro de la fecha. Van a ser dos meses que la suportamos y nos preocupa que termine. Nos preocupa también lo que va a pasar después, porque nos damos cuenta que las cosas no van a ser como antes.

No hemos pasado en vano 2 meses, encerrados en nuestras casas. Para muchos la realidad es trágica: ¿cómo comer cuando se gana cada día el pan que la familia necesita? En muchas familias hay seres queridos que se han ido para siempre y no se los pudo despedir. Muchos han perdido su empleo porque la tienda, el taller, la fábrica se quedaron cerrados. El país está por los suelos porque el petróleo ha caído a precios muy bajos, se pagó 330 millones de dólares por los intereses de un préstamo con el Fondo Monetario en plena mortandad nacional, los ricachones han mandado su dinero en los paraísos fiscales: nada menos que 800 millones; y la corrupción sigue campante en las altas esferas del gobierno. Ahora nos quieren controlar mediante nuestros celulares: saber dónde vivimos, adónde vamos, con quiénes nos comunicamos, disquen para proteger nuestra salud. Si no la han protegido hasta hoy, ¿por qué van a protegerla mañana?

Mal estamos, muy mal estamos. ¿Cómo se va a levantar un país saqueado por sus propias autoridades y sus amigos de turno? ¿Cómo se va a recuperar una economía por los suelos, con miles de empresas quebradas? Al ver el vicepresidente que no podía controlar la pandemia desde el gobierno, deja a los municipios decidir cuándo salir de la cuarentena. Y el mismo presidente afirmó: “Mi situación me impide salir a territorio. Soy una persona de la tercera edad, con discapacidad física y con los problemas médicos que eso representa. Los médicos me han dicho que fácilmente podría contraer el coronavirus y que difícilmente podría superarlo…” Somos un país a la deriva, con hambre, sin empleo, sin dinero, sin líder que nos ayuda a salir adelante. Tenemos que contar sólo con nosotros mismos… Eso es el desafío a asumir, consciente y organizadamente.

Estos dos meses de encierro también nos han servido para pensar, para descubrir el fracaso del sistema que nos gobierna. Por momento nos paralizaron el miedo y la desesperación, pero ha surgido en nosotros la esperanza que juntos podemos levantarnos, arrimar el hombro, aceptar que va a ser una larga y dura lacha para recuperar la paria y volver a vivir y convivir como Dios manda. Eso será posible si ya hemos empezado a vivir de otra manera. En cierta escasez hemos probado que se puede comer más sanamente con legumbres y frutas. Al no haber medicamentos eficaces contra el coronavirus, hemos probado con limones, jengibre, hierbas medicinales, imanes y cuántas medicinas tradicionales o alternativas.

No han faltado entre nosotros signos y gestos de compartir y solidaridad, pequeños tal vez pero reales que nos devolvieron la sonrisa, alimentaron la amistad e hicieron crecer la esperanza. Hemos descubierto que podemos vivir sin estar comprando cosas innecesarias o superfluas. También hemos rezado, realizado devociones olvidadas, leído la Biblia, vuelto a descubrir a Jesús más cercano a nosotros y a Dios como el gran misterio de la vida y del amor. Nos hemos preguntado qué es lo más importante en este momento, lo prioritario a no perder, a lo esencial a no dejar escapar…

Empezamos a estar seguros que mañana no podremos vivir como ayer, pero sí, conservando lo importante que hemos vivido sin dar nos cuenta… porque, si no, vamos a quedar peores y muy mal parados: una vida sin vida, unas relaciones sin amor. Y la existencia individualista, consumista, desorganizada se tornará una pandemia peor que el coronavirus. Mañana tiene que ser un nuevo amanecer, un nuevo día, un nuevo nacimiento, una nueva humanidad. Hemos empezado: hay que continuar, mejorar, fortalecer las novedades que estamos viviendo y redescubriendo. No podemos volver atrás porque atrás es la enfermedad, la muerte y el cementerio… ¡si hay espacio! Dios nos ha creado para otra cosa: una vida plena desde el compartir, una fraternidad sencilla desde la solidaridad, una fe con sabor a felicidad, un país más igualitario donde todas y todos podamos caber. ¿Sabremos darle este gusto a Dios?… porque “¡si la silla de Dios está vacía, la ocupa el diablo!”

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