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Hasta Dios se ha olvidado de Gaza -- Carla Fibla

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Fronterad

Muy mal ha empezado el año 2010 en la franja de Gaza. El territorio palestino debía haber despedido 2009 con una gran marcha por la libertad en la que 1.400 activistas de derechos humanos de 43 países recorrerían los 45 kilómetros que separan Rafah de Erez, de sur a norte del territorio. El número no es baladí, obliga a pensar en la cifra de muertos palestinos de la última gran ofensiva israelí, durante los 23 días de asedio que convirtieron los 365 kilómetros cuadrados que ocupa la franja de Gaza en un auténtico infierno.

La nueva década del siglo XXI comenzó pésimamente en el área ocupada por Israel desde 1967 porque Egipto sólo dejó pasar a 84 activistas por la frontera de Rafah y el Estado hebreo a ninguno.

Tras días de protestas pacíficas en la capital egipcia, la organización asumió frustrada la imposibilidad de mostrar su solidaridad con los habitantes de Gaza in situ y, el pasado 1 de enero, optaron por hacer pública la Declaración de El Cairo en la que se aboga por “la autodeterminación del pueblo palestino, el fin de la ocupación, la igualdad de derechos para todos en la Palestina histórica y el pleno derecho al retorno de los refugiados palestinos”.

Pocos días antes de que el mundo volviera a sentirse incómodo al recordar la matanza y el hostigamiento padecidos por millón y medio de personas hace un año, Fady N. Skaik, filólogo y activista de derechos humanos palestino, me explicaba entusiasmado en una conversación telefónica la importancia de la Marcha. Una vez más los palestinos daban una oportunidad a la comunidad internacional para que lavase su conciencia, para que se resarciera de la inacción con la que contemplaron las bombas caer durante tres largas semanas sobre el territorio palestino.

Y de nuevo, los gobiernos árabes y occidentales volvieron a optar por abandonar a los gazíes al dejar de implicarse y ejercer la suficiente presión sobre Israel, o al menos sobre Egipto, para que los centenares de manifestantes pudieran cruzar la frontera y acceder a la prisión más grande del mundo.

Skaik llegaba a emocionarse al contarme las consecuencias que tendría un reconocimiento tan explícito, la denuncia sin paliativos de “la opresión, el asedio permanente, el castigo colectivo y, en definitiva, la ocupación ilegal de la franja de Gaza”. Cuando le preguntaba, igual que lo he hecho a muchos compatriotas suyos entre los escombros de sus casas destruidas, en las tiendas de campaña que vuelven a ser sus hogares o en las viviendas abarrotadas de familiares solidarios, por qué vuelven a confiar en la comunidad internacional, él reconocía algo apesadumbrado que hay momentos en los que parece que hasta Dios se ha olvidado de la franja de Gaza, pero que la esperanza permanece intacta.

Es la capacidad de resistencia palestina que tanto teme Israel y que tanto sorprende a los extranjeros que trabajan con ellos sobre el terreno, que obliga a sentir cierta admiración por los que mantienen la templanza siendo conscientes de que están dando la vida por una lucha que no verán concluida.

19 de enero de 2009

Sensación de alivio, que dure lo que dure, pero en este momento se puede respirar. Los niños se atreven temerosos a volver a ocupar la calle, uno carga un balón que duda en dejar que se deslice por una superficie que no reconoce. Un mercado al sur de ciudad de Gaza recibe con ansia productos frescos. Pocas mujeres en la calle, los hombres se acercan decididos a comprar mercancía. Rostros serios y serenos. Los carromatos tirados por los imprescindibles burros trasladan sacos con ayuda humanitaria y a personas dobladas por el cansancio.

Cesa la tensión por un tiempo. Poco importa en ese momento si durará mucho, sólo esperan que sea lo suficiente para coger aire, calmar los nervios, comprobar las bajas y recuperar lo que quede.

La maquinaria vuelve a ponerse en marcha, muy lentamente, con las dificultades del que siente que le han asestado un golpe muy duro. Sin luz, ni agua, con escasas reservas de alimentos, las familias se reencuentran no tanto para llorar a sus muertos como para comprobar que siguen siendo suficientes y seguir protestando. Siguen haciendo preguntas que quedan sin responder, recurriendo a todos esos tratados, empezando por la Declaración de Ginebra, a la que ellos, a pesar de ser personas, ciudadanos de este mundo, no pueden acogerse porque hace mucho tiempo que nada les protege.

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