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Haití y el espejo de la barbarie occidental -- Ricardo Foster

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Amerindia

Todas las distinciones de color necesariamente desaparecerán entre los hijos de una y la misma familia, donde el Jefe de Estado es el padre; los haitianos, de aquí en adelante serán conocidos por la denominación genérica de negros.” Así comienza el extraordinario artículo 14 de la Constitución elaborada en 1804 por el líder independentista Jean-Jacques Dessalines.

Un texto revolucionario que guarda dentro suyo no sólo la epopeya de un pueblo de esclavos que inició, aunque muchos no lo sepan o lo oculten, la primera gesta emancipatoria latinoamericana, sino que expresa, con una elocuencia y una radicalidad, que incluso no alcanzaron los redactores franceses de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, a tocar el hueso mismo de la desigualdad y del prejuicio alrededor de los que se constituyó la dominación europeo-capitalista sobre nuestro continente.

En Haití se elevaron las voces de la libertad y de la igualdad y lo hicieron rompiendo no sólo las cadenas de la opresión material, esa que forzaba a los negros africanos a entregar su sangre y su sudor para acrecentar el beneficio de los franceses y de su expansión imperial, sino horadando el propio lenguaje de la dominación, rompiendo el significado de ciertas palabras e inventándolo desde una nueva matriz.

Para los herederos de Toussaint Louverture –ese líder revolucionario que sería guillotinado en Francia por los retóricos de una nueva libertad que se encargaron de diversos modos de impedir la genuina libertad de los haitianos hasta que estos lograron vencerlos pese a las decenas de miles de soldados que enviaron para destruirlos–, la palabra “negro”, esa que fue tallada en el corazón de su Constitución, arrojó, a través de esa nueva escritura nacida de lo más profundo de la rebelión de los esclavos, el saldo peyorativo, brutal que venía del relato bíblico en el que Cam, el hijo maldito de Noé, representa la deriva inmisericorde de los seres humanos de piel oscura, para asumir la forma inconmensurable de la igualdad, esa que vuelve a todos equivalentes y semejantes, esa que impide que la taxonomía de los franceses (la que llegó a clasificar más de 200 tonalidades distintas de piel que diferenciaban a sus súbditos insulares en un ejercicio de obsesión racista pocas veces alcanzado) siguiera ejerciendo la brutalidad entrelazada de la violencia simbólica y la violencia material.

En Haití, en agosto de 1791 (sí, veinte años antes que nuestro propio movimiento de emancipación), miles de negros esclavos iniciaron una revuelta en Bois Cayman que finalizó, luego de una asamblea, en una gigantesca ceremonia de vudú. A partir de allí, la rebelión de los humillados de la tierra se prolongó hasta la declaración, en 1804, de la Independencia y de la abolición de la esclavitud, convirtiendo a la isla del Caribe en el primer territorio liberado de ese espantoso flagelo. Lo que no desapareció fue el profundo rencor de los dominadores, de ayer y de hoy, que buscarían, de diversos y brutales modos, arrasar con esa imagen imposible e inaceptable de los parias entre los parias rebelándose contra sus “dueños” y declarando, con una radicalidad y una conciencia asombrosas para los paradigmas de esa y de esta época, que “todos somos negros”. Impiedad y venganza serían la devolución que los dominadores de ayer y de hoy desplegarían sobre los haitianos.

Invasiones, bloqueos, imposición de gobiernos títeres y apoyo a dictaduras sangrientas como la de los Duvalier, unido a la más inmisericorde política de sobreexplotación económica y de devastación de los recursos naturales (más del 90% del territorio haitiano, otrora un vergel, es hoy tierra yerma).

Sus campesinos fueron forzados a emigrar hacia Puerto Príncipe al quitarles sus medios de sustento (la eliminación de los cerdos negros, una variedad propia de la isla que alimentó durante generaciones a los pobres haitianos y que fue reemplazada, aprovechando una epidemia en la otra parte de la isla –Santo Domingo– por la importación de carne de cerdo desde USA, que fue acompañada por la quiebra inducida de la producción arrocera en 1970).

Explotación, negocios inmejorables para las empresas transnacionales, regímenes de terror, endeudamiento diabólico con el FMI y otros organismos internacionales siempre “dispuestos” a ejercer su peculiar forma de ayuda envenenada, democracias débiles y líderes sometidos a todo tipo de chantajes por el Gran Vecino del Norte que siempre mostró su “preocupación filantrópica” por la suerte de Haití (durante un par de décadas, al principio del siglo XX, directamente ocupó la isla para “proteger” a los haitianos de sí mismos y, de paso, para garantizar pingües ganancias a sus empresarios y consolidar en el poder a una casta oligárquica que se dedicaría a rapiñar y a aterrorizar al pueblo y, como siempre y desde el comienzo de la esclavitud, a violar a sus mujeres para multiplicar la sangre de los dominadores entre los débiles).

Tampoco nuestros próceres independentistas, desde Simón Bolívar, que pidió y recibió refugio de los haitianos cuando su causa naufragaba, hasta el resto de las naciones reconocieron la constitución de una nación de esclavos libres. Se los dejó solos, como si fueran la peste, esa de la que habló, al referirse a los negros haitianos, el gran liberal Thomas Jefferson que era dueño de esclavos.

El Occidente “culto y civilizado” hizo lo posible, desde un comienzo, para someter y doblegar a quienes se habían atrevido a rebelarse contra sus amos (Francia exigió una reparación monumental que Haití recién terminó de pagar en la década del ’30 del siglo pasado cuando ya estaba exhausto y dominado por la nueva águila imperial yanqui que se encargó de aplastar economía y rebeliones, todo al mismo tiempo). Haití ha sido el nombre maldito de Occidente, el vertedero de sus peores tropelías. En esa tierra se desplegó uno de los núcleos centrales de la primera gran acumulación capitalista de la mano de la explotación azucarera. Haití fue, para Francia, una cantera de la que fue sacando colosales riquezas mientras se cebaba en los cuerpos de los negros y negras esclavos.

Pero el horror en Haití no lleva sólo la marca del sometimiento, de la opresión neocolonial, de la violencia ejercida sobre un pueblo valeroso; su otro rostro es la invisibilización de su historia, el olvido de esa rebelión que atemorizó a todos los esclavistas del planeta (incluso el recuerdo de la rebelión de los negros esclavos haitianos demoró el proceso independentista cubano, ya que sus “criollos” hacendados e ilustrados cada vez que se enfrentaban a la posibilidad de desencadenar un movimiento de independencia recordaban, con indisimulado horror asociado con el cinismo, lo sucedido en Haití. Ellos les temían infinitamente más a los negros que a los españoles de los cuales eran socios en la sobreexplotación del trabajo esclavo y semiesclavo).

El horror en Haití es la hipocresía de un mundo capitalista que contempla con pesadumbre la “barbarie” de los negros (ellos, los políticamente correctos, ahora, mientras siguen contribuyendo a la desolación haitiana, los llaman afroamericanos), su incapacidad para darse un gobierno decente y liberal democrático. Son como niños a la deriva, hambrientos, violentos, desprovistos de capacidad propia para gobernarse.

Por eso hacen falta más de 20.000 marines, por eso hay que llenar Haití de ONGs que desparramen buena filantropía primermundista, de esa que ha convertido al “otro”, al explotado y humillado, en un objeto de conmiseración, nunca en un sujeto capaz de construir su propio camino. Haití es, también, un laboratorio en el que los poderosos del planeta ejercitan sus mezquindades, allí nos ofrecen el espectáculo de la miseria humana y de la desolación como el resultado de la incapacidad de los “negros” para darse un gobierno decente y democrático.

La barbarie lleva, como siempre en la historia de los vencedores, el rostro de los incontables, esos rostros negros que le ofrecen al mundo la imagen de su propia degradación. Explotación y humillación, filantropía y sometimiento han sido, y siguen siendo, los discursos y las prácticas que los ricos del planeta despliegan inmisericordes sobre aquellos que se animaron, un día, a desafiarlos en nombre de la libertad.

Mientras tanto sus transatlánticos de lujo, con sus turistas inmorales, se solazan en las playas paradisíacas prolijamente cercadas y custodiadas para que las hordas no las invadan buscando comida. Eso sí, en medio de la devastación y de la muerte de cientos de miles de seres humanos, mientras tomaban sol y hacían buceo entre los corales y los peces multicolores, se acordaron de arrojar misericordiosamente una limosna para los pobres haitianos. Crueldad y cinismo disfrazado de altruismo.

Por eso Haití es un espejo en el que nos miramos descubriendo el horror de siglos de opresión, es el espejo desde el cual comprobar los cimientos de brutalidad y barbarie que soportan el edificio del esplendor capitalista. Pero Haití es, también y fundamentalmente, el relato de una gesta memorable, la insistencia valerosa de un pueblo repetidamente humillado y sometido que sigue pintando con mil colores la tierra donde vivió sus sueños de libertad y donde todavía sigue escribiendo su historia de sufrimiento y esperanza.

Eduardo Galeano, en un bello y sentido texto, nos recordó que los haitianos son tozudos escultores que le dan belleza y color a pedazos de hierro y a los mil desechos que habitan sus ciudades, buscando en los desperdicios y en las ruinas el corazón de su sueño libertario, de ese sueño que nos recuerda, una y otra vez, que todos los humillados y explotados de la tierra son “negros”. En nuestro propio Bicentenario no estaría nada mal rendirle tributo al primer pueblo libre e insurgente de América latina y del Caribe.

Tal vez, de ese modo, podríamos abandonar los hipócritas discursos de la filantropía para reconocer el rostro profundo, sufrido y heroico del pueblo haitiano. Sólo a partir de ese reconocimiento será posible contribuir, ahora sí, a la reconstrucción de esa tierra que fue paraíso y que se transformó en infierno.

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