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¿Hacia dónde va esta economía? -- José Ángel Ortuño, Orientador socio-laboralJosé Ángel Ortuño, Orientador socio-laboral

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Un chascarrillo dice que los economistas pasan la mitad del tiempo diciendo lo que va a ocurrir, y la otra mitad del tiempo explicando por qué ha pasado otra cosa diferente a la predicha. A pesar de ello, a los economistas les gusta creer que su disciplina es similar a la Física, y que pueden hacer predicciones, de la misma manera que un físico conociendo el estado inicial de un sistema y las ecuaciones que lo modelan, puede predecir con un margen de error el estado final de dicho sistema. Pero la economía no es una ciencia exacta. La supuesta pretensión cientificista de los economistas, especialmente de los neoliberales, se sostiene sobre una serie de axiomas que, cuanto menos, son cuestionables.

A modo de ejemplo, se supone que todos los actores económicos son racionales y disponen de la misma información y que pueden acceder en igualdad de condiciones en los mercados. Piense el lector si está en condiciones de entrar en el negocio bancario, si dispone de la misma información que Patricia Botín. En cuanto a la racionalidad de los actores económicos, piensen en el comportamiento de los consumidores en Navidad o en época de rebajas. La economía es una ciencia, sí, pero social. Y detrás de ella hay supuestos ideológicos más que fundamentos matemáticos.

Dicho esto, el modelo económico hegemónico, el capitalismo, tiene una serie de rasgos, una suerte de código genético que si nos permitirá hacer un vaticinio de hacia se dirige la economía. El capitalismo es un sistema social histórico cuyo rasgo identitario nuclear es el de acumular capital que será invertido, a su vez, para poder acumular más capital. Cualquier otra consideración, de tipo ético o moral, es secundaria. El objetivo es acumular capital, por encima de las personas o del medioambiente, por ejemplo. El capitalismo nos lleva a la destrucción del planeta. Sin más.

Un segundo rasgo identitario del capitalismo es la mercantilización de la realidad. Se extiende la mercantilización a todo: desde los bienes comunes y los recursos naturales, a las relaciones humanas, pasando por la sexualidad y propia reproducción humana. Que haya quien proponga que existan vientres de alquiler no es más que la expresión lógica del código genético del capitalismo. El capitalismo nos aboca al desastre ambiental, pero también a un nefasto cambio antropológico en el que la gratuidad, la fraternidad, el altruismo… no tienen cabida.

Pero además, esta tendencia genética del capitalismo a mercantilizar todo lo existente, va acompañado de otro rasgo identitario: la producción jerarquiza las actividades humanas en útiles o no, según generen capital o no. Eso explica que las tareas de cuidado, las labores de reproducción de la mano de obra, sin las cuales no habría obreros disponibles para trabajar, no han tenido históricamente ningún valor. Y, en consecuencia, el rol secundario de la mujer.

En una Europa sumergida en el invierno demográfico, el capitalismo necesitado de mano de obra hará que las mujeres vuelvan a su rol de madres, al tiempo que la disminución de la tasa de la población activa `provocada por este hecho, se suplirá con jornadas laborales más extensas. Es lo que está ocurriendo en Hungría. El capitalismo nos lleva al desastre ecológico, a un cambio antropológico y a más explotación y a más patriarcado.

En paralelo de la expansión de la esfera productiva, desde los propios orígenes del sistema capitalista en el siglo XVI, en busca de mano de obra y de recursos naturales, conocía una expansión geográfica. Este proceso de expansión determinó una jerarquización del espacio geográfico, existiendo un centro superior jerárquicamente, y una periferia subalterna ajena a los procesos decisorios. Basta marcar la trayectoria que sigue cualquier materia prima (café, coltan, soja…) desde el lugar en el que se produce hasta el lugar en el que se consume para conocer donde se ubica el centro y la periferia.

La tendencia genética del capitalismo es que cada se acumule más en el centro y que éste sea más y más reducido. El centro será más rico a costa de una periferia empobrecida: acumulación por desposesión, citando a David Harvey. Pero ninguno de los centros, reales o potenciales, quiere dejar de serlo para pasar a ser periferia. Las tensiones entre China y Estados Unidos evidencian esta afirmación. El capitalismo va inexorablemente unido al uso de la fuerza. Todos los procesos de colonización acaecidos desde el siglo XVI así lo ponen de manifiesto. El colono siempre iba precedido del soldado. Cojamos cualquier conflicto bélico actual, desde Siria a Yemen, pasando por Congo, y tendremos una explicación económica detrás. El capitalismo nos lleva al desastre ecológico, a un cambio antropológico, a más explotación, a más patriarcado, a más desigualdad y a más guerras.

El último rasgo genético del capitalismo que aquí recogemos es el carácter cíclico de sus crisis. Que el capitalismo padece periódicamente crisis es un hecho demostrado por Mandel y otros muchos autores. Marx nos enseñó que el sistema capitalista, formando parte de su código genético, tiene una serie de contradicciones que provocan crisis y que le llevarán a un colapso final. Sumando a este hecho a carácter cada vez más financiero y menos vinculado a la producción real de bienes y servicios, se puede vaticinar que las crisis serán más imprevisibles, al depender de un mercado tan volátil como el financiero, y con consecuencias más hondas.

En definitiva, la economía capitalista se dirige y nos lleva al desastre ecológico, a un cambio antropológico, a más explotación, a más patriarcado, a más desigualdad, a más guerras y a crisis más imprevisibles y de calado más hondo.

¿Hacia dónde va la economía? Se cumplen cien años del asesinato de Rosa Luxemburgo. Planteó un dilema que nos va servir de cierre: “Socialismo o barbarie”. La economía, al parecer, nos lleva directamente a la barbarie.

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