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Hablemos de Dios -- José María Castillo, teólogo

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El reciente libro «Luz del mundo», en el que el periodista Peter Seewald publica una larga entrevista con Benedicto XVI, está dando que hablar: la píldora, el celibato de los curas, la ordenación de las mujeres, la España de la II República y la España de Franco, los homosexuales, los pederastas, Marcial Maciel…, todo eso es lo que a mucha le interesa y le preocupa. Por supuesto, respeto esas preocupaciones. Porque son temas muy serios. Pero a mí me parece que hay algo mucho más serio y más urgente sobre lo que tenemos que hablar. Me refiero al tema de Dios.

Si lo que dice el papa sobre la píldora, el celibato o la homosexualidad son temas que interesan, es porque el papa habla con la autoridad de Dios. Es decir, lo que dice el papa es tan importante porque los creyentes estamos persuadidos de que lo que afirma el papa es lo que quiere Dios. ¿Qué le importa a un ateo lo que piensa el papa sobre la sexualidad o sobre el cura Maciel? Por eso, en este momento, el problema más serio que se nos plantea no es el problema del papa, sino el problema de Dios.

Lo más grave, que está ocurriendo en la Iglesia, es la sensación de que un Dios, que parecía formar parte de las evidencias naturales con las que se contaba, ha pasado a tal grado de no-evidencia que, no sólo el mundo se puede explicar sin echar mano de Dios, sino que ese Dios se considera imposible. ¿Que ha ocurrido?

¿Cómo se nos ha enseñado a pensar y hablar de Dios? De una forma o de otra, siempre se nos ha dicho que Dios es «otro ser», es «otra persona», en «un tú». Sobre ese «otro ser», sobre «ese tú», hemos proyectado todo lo que nosotros apetecemos y deseamos: poder, sabiduría, majestad, gloria, grandeza, dignidad, bondad, duración… Y así, nos ha salido un Dios infinito, todopoderoso, eterno, glorioso, bondadoso son límites…

Lo que ha terminado por ser un «Dios-imposible», en el que no es posible creer. Porque resulta contradictorio: si lo puede todo y es tan bueno, ¿cómo se explica que haya creado este mundo en el que se sufre tanto y sucede tanto mal y tanta desgracia?

Si pensamos a Dios como acabo de explicar, lo que en realidad hacemos es «representarnos una realidad imaginaria», que brota de nosotros mismos, que construimos a partir de nuestras carencias y de nuestros anhelos. O sea, ese Dios es una «realidad inmanente». Lo cual quiere decir que así nos hemos hecho un Dios a la medida. Y no sólo nos ha salido mal, sino que, sobre todo, al hacer eso, hemos liquidado la «trascendencia» de Dios. Es decir, los teólogos hemos liquidado lo que diferencia y especifica a Dios, que es el Trascendente.

A Dios sólo podemos encontrarlo «en nuestra propia inmanencia». Es decir, a Dios solamente podemos encontrarlo en nosotros mismos. En lo más noble que hay en nosotros mismos. Y lo más noble que hay en nosotros es nuestra propia humanidad. Precisando más: a Dios sólo lo podemos encontrar «en la humanidad que supera nuestra inhumanidad». A Dios lo encontramos humanizándonos, o sea haciéndonos cada día más humanos: potenciando nuestra bondad y la de los demás, nuestra dignidad y la de los demás, nuestra felicidad y la de los demás.

Así, en el silencio de Dios y en el vacío de Dios, es donde encontramos a Dios. Como escribió Simone Weil, «Dios brilla, en el sentido más positivo del término, por su ausencia». O como ha dicho el profesor Juan Martín Velasco, «la revelación definitiva de Dios en Jesucristo culmina en la muerte de su Hijo en la cruz; es decir, en la aparentemente más total de sus ausencias».

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