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GUARDIACÁRCELES SUICIDAS. Leonardo Belderrain (Argentina)

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«El sufrimiento a causa de una sociedad superfi­cial, acti­vista, apática y, por ende, inhumana, puede ser una señal de salud espiritual. En este sentido, hay que asentir a la senten­cia de Freud: Mientras el hombre sufra, puede hacer todavía algo bueno». Moltman
Ayer tenía que llevar un material para un interno que me está pintando un Vía Crucis; como no llegué a la hora de taller, un oficial me acompañó hasta su celda.

Me sorprendió pasar por la cancha de fútbol sin alambrado, y ver cerca de 30 personas mirando el partido; inmediatamente, pensé en mi seguridad y me dije: no te persigas, todos los que están allí deben ser de buena conducta.

Le pregunté al oficial que me acompañaba, si ese escenario de juego, con inseguridad, era común. Me dijo, riéndose… “Y… acá, a veces, las cosas son peores; se pide el alambrado, más candados… Además, ahora un interno que colabora con nosotros, nos avisó que en diez minutos la cosa se arma; procure no demorarse”. Algo interno me decía que estaba en peligro. A los diez minutos sonaron algunas alarmas; varias personas empezaron a correr, los familiares que estaban por allí gritaban, lloraban…, hubo gresca entre dos pabellones. Alcancé a ver varios internos lastimados, un oficial, riéndose, que me decía: “¿Vio que se iba a armar?”… Notifiqué a los subjefes de lo que vi, procuré que en mi discurso no se notara mi perplejidad ni marcar culpables, pero sí manifestar que se está trabajando en situaciones de riesgo insólito, que es clara la conciencia en los cuidadores de que no se sienten cuidados, y que el no cuidarse aparece como una conducta repetitiva inconsciente, como quien quiere desafiar al destino.

Los responsables de la unidad me pidieron que intercediera para que los políticos bajen más gente: “No sé, padre, si podrá hacer algo”… Pensé que, mientras tanto, todos los capellanes tendríamos que investigar como prevenir el daño moral y los pensamientos suicidas en estructuras por demás depresivas, como la unidad 24, en la que ya se suicidaron 11 agentes penitenciarios en 10 años de funcionamiento.

Estadísticamente hablando, no se ha detectado que los factores exógenos (épocas del año, variaciones climáticas, festividades, etc), hayan influido en forma directa sobre el índice de los suicidios en general.

Como causales, en orden de importancia, se ha establecido que predominan los casos por estados depresivos, por problemas familiares y por último, por problemas económicos. En los agentes penitenciarios se sabe que siempre coinciden los tres. Se sabe en general que ‘en occidente el suicidio ha crecido cuatro veces en cinco años en los hombres’

La conducta suicida nunca es sólo fruto de una situación vital límite por un gran estrés o sufrimiento, sino que se gesta en el seno familiar a partir de dos factores de riesgo: la genética y todo lo relacionado con los padres y la baja contención.

EL PAIS (España), 05-03-02 – MADRID –

Así lo asegura John Mann, profesor de Psiquiatría y Radiología y jefe de la sección de Neurociencias en la Universidad de Columbia de Nueva York. En opinión de Mann, la conducta suicida se incrementa notablemente a partir de procesos psiquiátricos más o menos graves. ‘Sin enfermedad mental es rarísimo que se produzca un acto suicida. En más del 90% de los casos consumados existe un trastorno mental diagnosticable en el momento de la muerte’, señala. En el 60% de los casos de suicidio se observa un sustrato de enfermedad depresiva y en el 40% restante existen trastornos de la personalidad, esquizofrenia, drogadicción y alcoholismo.

Según Mann, la prevención del suicidio debe plantearse mediante el diagnóstico y correcto tratamiento de los problemas mentales. ‘Sin embargo’, advierte, ‘sólo uno de cada seis pacientes depresivos está bien diagnosticado’.

Cuanta más carga de agresividad exista en una sociedad, mayor es la prevalecencia de suicidios. En la población estadounidense de 15 a 35 años, por ejemplo, esta conducta es la tercera causa de muerte, tras los accidentes y los actos de violencia.

Es frecuente que el suicidio se prepare con mucha antelación, y que se intente hacerlo realidad a partir de un determinado acontecimiento: un contexto de decepción, de frustración o de angustia puede convertirse en el detonante si el individuo carece de capacidad para tolerar las frustraciones. El gesto suicida responde a un fallo del proceso de interiorización, es decir, que el individuo no es capaz de reflexionar sobre sí mismo y transformar lo que acontece en sus emociones psíquicas.

Visto desde el exterior el suicidio puede resumirse a partir de la siguiente tendencia: la huida, el duelo, el castigo, el crimen, la venganza, la llamada y el chantaje, el sacrificio y el tránsito, la ordalía (el juego).

1. La huida

La solución del sujeto ante lo insoportable, es desaparecer y abstraerse de la realidad. El sujeto manifiesta un deseo de dormirse, de liberarse, existe como una cesación de interés por el mundo exterior, una pérdida de la capacidad de amar, una inhibición de toda actividad y una reducción del sentimiento de autoestima, que se manifiesta en autorreproches y autoinsultos y que llega incluso a la espera delirante del castigo.

El depresivo desea romper con el mudo que lo rodea, quiere esconderse o morir. Una vez que el sujeto ha tomado su decisión, experimenta un sentimiento de sosiego y serenidad que hará equivocarse a quienes lo rodean, los cuales, tranquilizados al respecto, aflojarán su atención. (Creo que es el más frecuente entre colegas penitenciarios)

2. El duelo

La melancolía hace que el sujeto se desvalorice, se culpabilice por todo, se insulte a sí mismo y manifieste con su actitud, que su sentimiento de autoestima ha quedado gravemente dañado. En la experiencia del duelo, la persona para la que el mundo es algo vacío, pobre y falto de interés, no consigue darle sentido a las realidades del entorno, que parecen escapársele; la persona habla de pérdidas y no puede aceptar rupturas y separaciones, aún siéndole vitales, como el caso de la renuncia a la infancia y a la adolescencia. El individuo puede identificarse con su infancia, sin querer renunciar a sus gratificaciones. Este mecanismo regresivo es común en los fracasos amorosos. La renuncia se desplaza entonces del objeto a la propia persona, porque el elemento considerado como vital desaparece. La persona asume el lugar del muerto y desaparece con él. La poca estabilidad de las parejas penitenciarias ubica mal a los agentes en esta seudosalida.


3. El castigo

El castigo lo constituye el hecho de atentar contra la propia vida para expiar una falta real o imaginaria. El individuo se ve llevado a desvalorizarse física, afectiva, intelectual y socialmente. Tiene la sensación de no tener valor alguno y de no significar nada para los demás. Este descrédito de uno mismo expresa una culpabilidad ante la simple idea de manifestar un deseo, de no tener derecho a ello y de ser incapaz de realizar sus propias elaboraciones a partir de su ideal del Yo, porque se avergüenza de él. Si un error o un incidente menor vienen a confirmar su convicción de ser culpable, la persona en cuestión concluirá que debe autocastigarse imponiéndose la suprema sentencia del suicidio. También aquí, este trabajo con baja coparticipación y cogestión, es concomitante y desgraciadamente tampoco coadyuva en el mayor desarrollo del self y del yo el no poder sindicalizarnos que tenemos los penitenciarios.

4. El crimen

El crimen consiste en atentar contra la propia vida arrastrando al otro a la muerte. Este tipo de suicidio va unido a un odio incontrolable que habita en el interior del sujeto, el cual detesta a los demás y se detesta a sí mismo. Según Baechler, el individuo ya no tiene posibilidad de elegir; no existe alternativa entre el crimen y el suicidio, sino que ambos deben acaecer al mismo tiempo (cf. Los grupos terroristas que odian a la sociedad en su conjunto). El crimen y el suicidio constituyen una respuesta simultánea a una pregunta que el sujeto se hizo, más o menos conscientemente, en su infancia: «¿Por qué no soy amado? Porque tanto yo como los demás somos malos y merecemos la muerte». Según sea el objetivo contra el que el sujeto dirija su odio y según sea la intensidad de éste, el acto podrá adoptar tres formas: «O bien el sujeto mata y luego se mata, o bien mata para ser matado, o bien se destruye a sí mismo y a otros al mismo tiempo». A éste no lo veo tanto en los agentes penitenciarios, mas allá de que pululan la violencia y las autoagresiones.

5. La venganza

La venganza se dirige contra las personas más cercanas del entorno público o privado. Se trata de atentar contra la propia vida (o de amenazar con hacerlo) para poner al otro en una situación dolorosa que le haga lamentar de uno (del suicida), ocasionándole remordimientos o provocando el oprobio social; es una forma de castigar a los supervivientes. El sujeto no busca nada para sí; lo único que quiere es hacer un daño lo más profundo posible. Insinúa cosas y evoca acontecimientos que pertenecen al pasado, con el fin de hacer brotar el sentimiento de culpabilidad y crear remordimientos en quienes estuvieron implicados en los mismos. Pudo ser el punto final de Favaloro.

6. La llamada y el chantaje

El chantaje es una forma de ejercer presión sobre el otro para obtener una determinada cosa amenazándole con privarle de algo que estima especialmente, como, por ejemplo, la vida de un ser querido o un objeto particularmente apreciado. En el caso que nos ocupa, el chantaje excluye, al menos por un tiempo, la materialización del suicidio, porque el sujeto trata de obtener algo para cuyo disfrute necesita estar vivo; sin embargo, dado que el otro debe creer en la posibilidad del suicidio para poder sucumbir al chantaje, el sujeto puede verse en un apuro…

En cuanto a la llamada ‑algo bastante impreciso‑ es una petición de ayuda lanzada por un ser que desea vivir, pero que no sabe cómo hacerlo.

El suicidio‑llamada es el más frecuente entre los jóvenes frustrados en sus expectativas. Este suicidio, típico de la sociedad actual, guarda relación con tres factores:

1) la evolución de la familia y las relaciones, a menudo poco firmes entre sus miembros;

2) el clima de violencia que se instaura para obtener la inmediata satisfacción de los propios deseos; y

3) la creencia de que el suicidio no será algo fatal; en particular cuando emplean barbitúricos, que se supone servirán para aliviar un dolor interno y procurar un sueño reparador que permita un mejor despertar. Ha de comprenderse que toda llamada en este sentido debe ser tomada en serio, y no creer que, porque hable de ello, el sujeto no va a consumar el suicidio.

7. El sacrificio y el tránsito

El suicidio‑sacrificio se utiliza en vistas a alcanzar un valor o un estado superior. El sujeto sacrificará su vida para dejar de ser una carga para los supervivientes. La mayoría de las veces este sacrificio es una huida de una situación insoportable «glorificando» dicha huida, haciéndola pasar por sacrificio, a fin de realzar la imagen con la que uno quisiera ser recordado. ,

El suicidio‑tránsito pretende alcanzar una situación que se considera preferible a esta vida y evidenciar así la creencia en un «más allá». La persona no condena su situación actual, sino que piensa que el suicidio podrá mejorarla y permitirle conseguir algo mejor. Me animo a pesar que esto casi nunca se da.

8. La ordalía (el juego)

El suicidio‑ordalía tiene por objetivo arriesgar la propia vida con el fin de probarse algo a sí mismo o a los demás. El único objeto del juego consiste en acercarse a la muerte para jugar con la vida.

La primera consiste en aceptar el riesgo y las probabilidades matemáticas de superarlo; sometiéndose al juego del azar. Creo que es más frecuente de lo que se sospecha entre agentes penitenciarios y puede ser la resultante también de personas a tal punto imbuidas en su profesionalidad, que se descuidan y juegan infantilmente. El sujeto no decide su muerte, sino que se somete al destino. Es el ejemplo clásico de «ruleta rusa».

La segunda forma consiste en actuar sobre las probabilidades. El sujeto conoce sus capacidades, puede poner todas las circunstancias a su favor y, además, conoce los riesgos. Es el caso, por ejemplo, de quienes se arrojan en paracaídas desde lo alto de un edificio, o de quienes lo escalan, preferentemente de noche y sin más medios que los pies y las manos.

La tercera forma ‑ bastante más compleja ‑ consiste en apostar por el factor ­suerte. En el verano de 1990 hubo en España un juego que hizo cierto furor: consistía en recorrer un trayecto de autopista en dirección contraria, de noche y con las luces del coche apagadas. Otra variante consiste en saltarse una señal de «stop» o un semáforo en rojo.

Este desafío a la muerte, es como una forma de demostrase a sí mismo y a los demás que se posee el poder de triunfar sobre dicha muerte. Por lo demás, son razones de este tipo las que hacen que los héroes se vean «condenados» a morir jóvenes. En su ideal no tienen lugar el envejecimiento, la madurez ni el cansancio… Puesto que desean ser inmortales, su permanente combate sólo tiene sentido si consiguen ser y mantenerse vencedores; y lo serán gracias a la muerte, que les hará inmortales, porque, si siguieran vivos, correrían el riego de caer en el olvido. Muertos, su presencia es mucho mayor que vivos…Es curioso pero este tipo de presencia de los muertos ausentes y presentes con sus radios, es el relato común de los que sienten los espíritus en los lugares de vigía de los pasillos torres de la 24.

Se sabe que los adolescentes recurren frecuentemente a la huida frente a los fracasos y las rupturas, así como al chantaje en demanda de atención. Pero es igualmente frecuente el juego en la forma del «suicidio‑apuesta», que se remite al destino con ayuda de la fórmula «¡Ya veremos!».

En este caso, topamos con tres dificultades:

• La frecuente manipulación de la idea de muerte, sobre todo a través de los comportamientos. Lo cual no significa que a todos los adolescentes, en el momento en que se desarrolla la sexualidad genital, se les ocurran ideas de muerte, sino que éstas pueden traducirse en consideraciones de todo tipo.
La manifestación pasajera y secuencial de tendencias depresivas como la melancolía, el desinterés por las cosas, el tedio y el aislamiento, es algo relativamente inherente a la adolescencia. Por eso es importante que los equipos de salud propongamos secuencias de vida estimulantes, en lugar de insistir en ese estado de conciencia.

El que adolece muestra, pues, la insuficiencia de los mecanismos de defensa. Una insuficiencia que explica su propio bloqueo, ocasionado por la pérdida y el duelo. Al no poder renunciar a su infancia, se obstina en mantener la relación con situaciones pretéritas y pasa a atacar destructivamente a su propio cuerpo: una actitud postrera para someterse, paradójicamente, a lo que de malo hay en él y amarlo.

Cada cual reacciona de manera diferente ante la existencia y el sufrimiento. Unos pueden poner sus propios recursos y remitirse a razones que les motivan para construir y vivir su existencia, mientras que otros, que no soportan las dificultades, sufren y se desentienden progresivamente de la vida hasta el punto de darse muerte.

Las estructuras depresivas mutilan el narcisismo, que en muchos casos podría dar origen, a través de la búsqueda de sentido personal, a actitudes escapistas que parecen conducentes, por ejemplo, a la drogadependencia o a religiones “esotéricas» en las que, a diferencia de las religiones monoteístas, el sentimiento de responsabilidad ante la vida se diluye en fabulaciones extraterrenas.

Conclusiones: ayer con algunos agentes penitenciarios compartimos la partida de Ramón Nuñes, último agente penitenciario que se suicidó en la unidad 24 de Florencio Varela. Algunos, que lo conocían desde hace 10 años, me relataron que su hermano también estuvo preso, que a él se lo protegió haciéndolo trabajar en mediana, estando su hermano en máxima. Cuando salió en libertad, su hermano muere de cuatro puñaladas en pelea callejera, por un ajuste de cuentas. Su mujer le fue presentada por un amigo que regenteaba prostitutas (fiolo o nueve menos cuarto en el lenguaje tumbero) No pudo hacer con ella un vínculo de mutua contención. Se hizo responsable, en su adversidad, de padres hermanos y sobrinos; trabajaba con mucha responsabilidad, llevando todo sobre sus espaldas. Todo esto lo estresaba. Se ocupaba, incluso, del kiosco de su hermana que supervisaba con diligencia. Una semana antes falleció su padre. También su madre murió en este año. Le pregunté a uno de sus mejores amigos por qué se mató y me dijo: “no sé, acá hablaba solo, tres días antes me lo anunció”. Le dije en chiste, “por lo menos respetá la pistola que te di”. “Me respetó, usó otra pistola, pero igual se suicidó”.

“En ninguna unidad se reflexionó sobre lo sucedido -me señalo su compañero- pero por lo menos llego un radio que ahora hay ayuda psicológica para los que están mal, tendríamos que ir todos. Te violenta que el colectivero gane 1500, vos 1000 y arriesgues tu vida con este trabajo. Somos un número y nadie se calienta por nadie”.

El estudio señalado me trae a consideración que la cárcel es una estructura por demás depresiva, donde los factores emocionales son diagnosticados tarde, los económicos son distribuidos siempre peor. En épocas del Gobernador Cafiero, 1986, cada agente penitenciario podía acceder a créditos de 30 mil dólares para construir su vivienda; hoy eso es imposible. También por que los politicos en este ahora lo ven imposible. Asi sobreabunda el discurso antes estábamos mejor que refuerzan los pensamiento depresivos melancólicos. La necesidad de hacer horas extras por los sueldos bajos; también compromete y los traslados, la vida familiar.

Confiar en los políticos de turno y en los penitenciarios de alto rango se torna difícil en el discurso de los que tienen los sueldos mas bajos.

Se suele expresar que quienes gerencian, para los suboficiales que están en la cancha, lo hacen mal porque se desconectan de las auténticas necesidades reales.

Es probable que haya ruidos institucionales. Pero el descuido, la baja autoestima, el convivir cándidamente con situaciones de alta peligrosidad…, todo, manifiesta la necesidad de profundas transformaciones, además de los servicios de salud psiquiátrica y cuidado espiritual, que ad hoc se convoquen.

Estamos en un tiempo oportuno para que en serio se busque revertir la selección natural y se ponga al servicio de los ciudadanos más frágiles y pobres, a los mejor capacitados y mejores pagos .Si esto no lo hacemos nosotros, lo harán nuestros hijos, que tal vez valorarán nuestra profunda insatisfacción de hoy.

(*)Leonardo Belderrain, Sacerdote, doctor en teología moral – diócesis de
Quilmes – capellán unidad 32 servicio penitenciario bonaerense

te 0221-4731674 Y 0221-15-4-208-913

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