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Gestos “sorprendentes” que esperamos de la Iglesia (8) -- Rufo González

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Que toda comunidad pueda “reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir”
El papa Francisco llama a escuchar al Espíritu
Me alegró mucho la homilía del Papa el jueves de la 5ª semana de Pascua sobre He 15, 7-21 (28 abril 2016), en Santa Marta. Especialmente “espiritual” por tener como centro la acción del Espíritu y concretarla en la vida de la Iglesia, en su modo “sinodal” de resolver los problemas en cada época histórica. Una homilía profética que llama a la Iglesia a convertirse al Espíritu. Especialmente a sus dirigentes. En todos los niveles (diócesis, parroquia, comunidades…) hay que escuchar al Espíritu, siguiendo los pasos de la primera Iglesia: reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir.

Comentando el llamado “concilio de Jerusalén” (He 15, 7-21)
Merece la pena repensar esta homilía. ¡Ojalá fuera haciéndose norma de toda la Iglesia! Resumo sus principales contenidos:
“El Espíritu Santo es el protagonista:
– Es Él quien desde el primer momento dio la fuerza a los apóstoles para proclamar el Evangelio… El Espíritu lleva a la Iglesia adelante…, con sus problemas… Cuando estalla la persecución es Él quien da la fuerza a los creyentes para permanecer en la fe, en los momentos de resistencias y de encarnizamiento de los doctores de la ley.
– En este caso, hay una doble resistencia a la acción del Espíritu: la de quienes creían que `Jesús había venido sólo para el pueblo elegido´ y la de quienes querían imponer la ley mosaica, incluida la circuncisión, a los paganos convertidos. `Hubo una gran confusión en todo esto´.
– El Espíritu ponía los corazones en un camino nuevo: eran las sorpresas del Espíritu. Y los apóstoles se encontraron en situaciones que nunca habían creído, situaciones nuevas”.

“¿Y cómo gestionar estas nuevas situaciones?
– Por esto el pasaje de hoy comienza así: `En esos días, había surgido una gran discusión´… Ellos, por una parte, tenían la fuerza del Espíritu – el protagonista – que les empujaba a ir adelante… Pero el Espíritu les llevaba a ciertas novedades, ciertas cosas que nunca se habían hecho. Ni siquiera las habían imaginado. Que los paganos recibieran el Espíritu Santo, por ejemplo.
– Los discípulos `tenían la patata caliente en las manos y no sabían qué hacer´… Convocan una reunión en Jerusalén, donde cada uno puede contar su experiencia, cómo el Espíritu desciende también sobre los paganos”.

«Y al final se pusieron de acuerdo. Pero antes hay algo hermoso:
– ‘Toda la asamblea calló y escucharon a Bernabé y Pablo, que referían los signos y prodigios que Dios había realizado entre las naciones, por medio de ellos’.
– Escuchar, no tener miedo de escuchar. Cuando uno tiene miedo de escuchar, no tiene el Espíritu en el corazón. Escuchar: ‘¿Tú qué piensas y por qué?’. Escuchar con humildad.
– Tras escuchar, decidieron enviar a las comunidades griegas, es decir, a los cristianos venidos del paganismo, a algunos discípulos para tranquilizarles y decirles: ‘Está bien, seguid así'».
– Los paganos convertidos no están obligados a la circuncisión. Es una decisión comunicada a través de una carta en la que «el protagonista es el Espíritu Santo». De hecho, los discípulos afirman: «El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido …».

“Esta es la vía de la Iglesia ante las novedades, las sorpresas del Espíritu:
– el Espíritu siempre nos sorprende. ¿Y cómo resuelve la Iglesia esto? ¿Cómo afronta estos problemas para resolverlos? Con la reunión, la escucha, la discusión, la oración y la decisión final.
– Este es el camino de la Iglesia hasta hoy. Y cuando el Espíritu nos sorprende con algo que parece nuevo o que ‘nunca se ha hecho así’… Pensad en el Vaticano II, en las resistencias que tuvo”.

“También hoy las resistencias siguen de una forma u otra, y el Espíritu va adelante:
– El camino de la Iglesia es este: reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir. Esta es la llamada sinodalidad de la Iglesia, en la que se expresa la comunión de la Iglesia. ¿Y quién hace la comunión? ¡Es el Espíritu! Otra vez el protagonista”.

“¿Qué nos pide el Señor?:
– Docilidad al Espíritu… No tener miedo, cuando vemos que es el Espíritu quien nos llama. El Espíritu a veces nos detiene, como hizo con San Pablo, para hacernos ir a otra parte, `no nos deja solos´, nos da valor, nos da la paciencia, nos hace ir seguros por el camino de Jesús, nos ayuda a vencer las resistencias y a ser fuertes en el martirio.
– Pidamos al Señor la gracia de entender cómo avanza la Iglesia…, cómo desde el primer momento afrontó las sorpresas del Espíritu, y también, para cada uno de nosotros, la gracia de la docilidad al Espíritu, para ir por el camino que el Señor Jesús quiere…”.

El clericalismo impide “reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir”
Las leyes actuales, impuestas por el clero, ponen límites al Espíritu. No puede discutirse lo que el presidente de cada comunidad declara como indiscutible. Tenemos ejemplos en todos los niveles.
– Pablo VI prohibió discutir la ley del celibato al concilio Vaticano II. Juan Pablo II, a las más leve insinuación de algunos obispos a reconsiderar esta ley, mantenía lo dicho a los cardenales alemanes: “demasiados hablan de replantearse la ley del celibato eclesiástico. ¡Hay que hacerles callar!”. El cardenal Tarancón temía manifestar su opinión al respecto: “si digo lo que pienso, podría dejar de ser obispo de la Iglesia” (en un encuentro sacerdotal, en Carabanchel; contestó así a la pregunta que yo le hice sobre las secularizaciones abundantes en la década de los años setenta).
– Cualquier sínodo diocesano está regulado por lo que quiera el obispo. Él decide qué temas se tratan y cuáles no. Más aún, él señala al secretario, a la mesa, a los que harán el resumen, qué conclusiones se aceptan y cuáles no… Y no digamos nada de los nombramiento más generales diocesanos: vicarios generales, territoriales, delegados del clero (más bien “del obispo”)… Hubo una época en que se pedían “nombres” a los sacerdotes. Ya ni eso. Y, además, casi vitalicios. Al menos los cargos más decisivos. ¿Cómo va haber dinamismo en la perpetuación invariable?
– Y en una parroquia, sucede lo mismo. El párroco decide si hay Consejo Pastoral, de Economía (a pesar de estar imperado por el Código de Derecho Canónico), de catequesis, de liturgia… Todo está en sus manos de modo pleno. Es un auténtico caciquismo en pleno siglo XXI. Las comunidades no pueden “reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir”. Se someten, pagan -eso sí es obligatorio-, se evaden, critican -para eso no necesitan permiso-… O emigran, abandonan, dejan de creer…

Necesitamos comunidades adultas: creativas y responsables
Donde su presidente no sea el centro de toda actividad, el “que lo hace todo”. Todos sus miembros “tienen la misma dignidad y libertad de hijos Dios, el mismo amor de Jesús, la misma pretensión de realizar el Reino” (LG 9). Igualdad, corresponsabilidad, fraternidad… no pueden ser palabras vacías.
No pueden vivir desde la obediencia, sino desde el Espíritu creador que ilumina y deja organizarse para mejor anunciar y vivir el Evangelio. Una comunidad no infantilizada tiene que participar en la elección y encomienda de tareas y servicios (ministerios) a las personas que crean más preparadas y adecuadas, sin distinción de sexo ni de estado. Son comunidades abiertas a la voz y al voto en todo lo no necesario evangélicamente. “Unidad en lo necesario, libertad en lo discutible, dudoso o plural, caridad en todo”, era un principio antiquísimo que el clericalismo reinante ha hecho infecundo. “No apaguéis el Espíritu… Retened lo que haya de bueno” (1Tes 5, 19), tiene que poder realizarse en toda comunidad eclesial.

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