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Gestos “sorprendentes” que esperamos de la Iglesia (3) -- Rufo González

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Recuperar el principio de elección
Algo evidente en el Nuevo Testamento, sobre todo en los Hechos de los Apóstoles, es la práctica del principio electivo en las primeras comunidades cristianas. Y lo hacían así porque creían que elegir, votar, incluso echar a suerte, era voluntad de Dios. Eliminarlo en las comunidades cristianas fue un abuso de poder por parte del clero. La transparencia inicial de la Iglesia, su corresponsabilidad comunitaria, su división fraterna de tareas… fueron absorbidas por sus coordinadores (llamados supervisores o epíscopos), sus mayores (presbíteros), sus servidores (diáconos)… Hasta apropiarse del nombre común “clero”, propio de todos los cristianos: “suerte o herencia” del Señor.

“Clero” del Señor es toda comunidad cristiana

“Kleros” en griego significa “suerte, parte, herencia, heredad…”. En el Nuevo Testamento los cristianos son herederos (“kleronomoi”) de las promesas (Gál 3,29), seleccionados (“eklerozemen”) y puestos aparte(Ef 1,11), coherederos de Cristo (He 20,32; Col 1,12; lPe 1,4; 5,1-3), la parte del Señor, porción elegida (Rm 8,17). Toda la comunidad es llamada “clero” del Señor (1Pe 5,3; Col 1, 12; He 26,18). “Echar en suerte” se usa en los relatos de la pasión (Mt 27,35) y para elegir a Matías como sustituto de Judas “echándolo a la suerte” (He 1,26). Sólo en dos ocasiones se usa para designar a “parte” (klero) del servicio o diakonía apostólica (He 1,17: de Judas dice que “tuvo parte -`clero´)- de esta diaconía”; 8,21: “no tienes porción ni parte -`clero´- en esta palabra”, le dice Pedro a un tal Simón que quería comprar el don de transmitir el Espíritu Santo). La idea, pues, de “clero” se utiliza para nombrar al pueblo elegido o escogido por el Señor, a todos los cristianos, y sólo en dos ocasiones hace referencia a tener “parte” en el ministerio apostólico.

El clero se adueña de la Iglesia

En los s. IV-V, San Jerónimo (+ 420) escribe un texto de gran influencia en Roma, y posteriormente en toda la Iglesia, en el que explica por qué se les llama “clérigos” a los ministros de la Iglesia. Da la impresión de que se les empezó a llamar “clérigos” como a los más destacados del Pueblo de Dios, “Clero” o “Iglesia”. El texto de Jerónimo, secretario del Papa San Dámaso, marcó un hito en la tradición posterior para marginar al pueblo y adueñarse de la Iglesia. El texto es este:

“Propterea vocantur Clerici, vel quia de sorte sunt Domini, vel quia ipse Domínus sors, id est, pars Clericorum est. Qui autem vel ipse pars Domini est, vel Dominum partem habet, talem se exhibere debet, ut et ipse possideat Dominum, et possideatur a Domino” (San Jerónimo, Ep. 52, 5; PL 22, 535). “Los Clérigos son llamados así porque son la parte del Señor o porque el Señor es su lote, es decir, es la parte de los Clérigos. Quien pues es él mismo parte del Señor, o tiene al Señor como parte, debe exhibirse tal que él mismo posea al Señor, y sea poseído por el Señor”).

El clero se adueña en exclusiva del sacerdocio de Cristo

Los cristianos, sin ministerio especial en la Iglesia, comienzan a llamarse “laicos” (pueblerinos). Así se desvincula a la gran masa bautizada de lo sustancial de la Iglesia: ser herencia de Dios, parte elegida, sacerdocio regio, nación santa, pueblo patromonio de Dios… (1Pe 2, 9-10). Lo fundamental de la Iglesia pasa a una parte minúscula, al llamado “clero”. Se pierde la conciencia del sacerdocio de Cristo, tan distinto y contrapuesto al sacerdocio judío. El bautismo “nos ha hecho sacerdotes para Dios Padre” (Ap 1, 6). Los clérigos han permitido que el pueblo cristiano pierda su identidad sacerdotal, su ser comunidad verdadera. Lo han reducido a una entidad pasiva en el culto, al silencio en la opinión, a la incapacidad de influir en las decisiones de su Iglesia. El clericalismo ha anulado la fraternidad cristiana en su misma raíz: sólo el clero tiene acceso directo al Evangelio, sólo él controla y realiza los sacramentos, sólo él decide. La perversión se acentúa al surgir las lenguas nacionales. El clero mantiene su lengua latina para lo fundamental eclesial: el culto, la teología, el conocimiento de la Sagrada Escritura… Siglos y siglos celebrando sacramentos en latín… Siglos y siglos creyendo que sólo los llamados “sacerdotes” tienen acceso directo a Dios, que sólo ellos ofrecen la eucaristía, y el pueblo “asiste” pasivo. Antes del concilio Vaticano II, para evitar el aburrimiento en misa, se llegaba incluso a hacer otra cosa, como rezar el rosario, leer un texto papal o del obispo, confesarse, etc.

Se evita llamar “sacerdotes”, “otros Cristos” a los cristianos

Hay resistencia a llamar “sacerdotal” la participación comunitaria en la eucaristía. Curiosamente la segunda plegaría eucarística, originada de la “Tradición apostólica” (s. II-III), no traduce con rigor textual el original griego para no llamar “sacerdotes” a todos los participantes de la eucaristía. En dicha “Tradición…”, al obispo se le llama “sumo sacerdote” en medio de su comunidad sacerdotal, y la frase que a nosotros nos atañe dice: “te damos gracias porque nos ha llamado para estar ante ti y servirte como sacerdotes”. La liturgia actual lo traduce (se cumple lo de”traductor”, “traidor”) así: “te damos gracias porque nos haces dignos de estar en tu presencia celebrando esta liturgia”, y “te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia”. Aún se sigue en ambientes clericales hablando de “celebrantes” o “concelebrantes” atribuido sólo a los presbíteros y obispos, en vez de “presidentes” de la concelebración comunitaria.

En la Iglesia puede haber decisiones comunitarias

En asuntos de gobierno pastoral estamos a años luz de lo que debe ser una comunidad cristiana. Si miramos los textos fundamentales de la Iglesia, percibimos que “por la fe todos somos hijos de Dios en Cristo Jesús…; no existe judío ni griego, no existe esclavo ni libre, no existe varón y hembra, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús…” (Gál 3, 26ss). Esta unidad es comparada con el cuerpo, cuya cabeza es Cristo (1Cor 12, 1-31; Rm 12, 4-8). Esta Iglesia de comunión aparece en la Asamblea de Jerusalén (He 15). Es una asamblea de iglesias o comunidades organizadas. Hay apóstoles, ancianos (representantes de las comunidades), toda la comunidad. Todos los miembros de las comunidades que pueden acudir. Todos están invitados y tienen derecho a hablar y decidir. La solución se toma por mayoría y la aceptan todos. Creen que el Espíritu de Jesús está con ellos.

“Lo que afecta a todos debe ser tratado y decidido por todos”

Este era un principio tradicional en la Iglesia en el primer milenio. En la comunidad hay tareas distintas, pero todos son responsables del todo unitario. Este era el sentido de las reuniones eclesiales, llamadas “sínodos” (“camino con”), porque en ellas se elegía un “camino conjunto” para encontrar una solución conjunta. Los sínodos se hacen a todos los niveles: comunidades pequeñas (ermitaños, monjes…), parroquias, diócesis, región, nación, universal. Es en el siglo XIII (conc. Lateranense IV, 1215) cuando se reduce la participación a obispos y superiores de Órdenes. En Trento (1545-1563) se hace exclusivo de los obispos.

Habría que desandar caminos

El concilio Vaticano II volvía a poner las bases. Entre muchos textos, brilla de forma especial este:

“Es propio de todo el Pueblo de Dios, sobre todo de su pastores y teólogos, escuchar, discernir, interpretar y juzgar, con la ayuda del Espíritu Santo, las diversas voces de nuestro tiempo, a fin de que la Verdad revelada sea percibida más profundamente, entendida mejor y propuesta en forma más adecuada” (GS 44).

El papa Francisco lo concreta de este modo en “Evangelii gaudium”:

“Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de

comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones…” (Ev G 102).

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