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Gestion del cambio -- Emilia Robles, Coordinadora de Proconcil

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Cambios en la Iglesia
(Equipo permanente de Proconcil)
A escasos cinco meses del comienzo de pontificado de Jorge Mario Bergoglio se otean en el horizonte juicios que cuestionan si se está produciendo un cambio en la Iglesia.
Para muchos la respuesta es: verdaderamente, se están produciendo cambios que están conmoviendo al mundo, más de lo que cabría esperar en nuestra época de secularización global y de fatalismo desesperanzado- desde hace décadas- hacia lo que era posible esperar de la Iglesia Católica Romana, en cuanto a su vuelta- en sus estructuras de relaciones, en sus mensajes y en sus decisiones globales- desde Roma, a las raíces del Evangelio.

Algunos piensan también que el enfoque hacia los cambios está ahí, sostenido fuertemente por la decisión de Francisco, Obispo de Roma, como quiere denominarse, pero que está por ver, a qué ritmo y con qué sostenibilidad se pueden ir haciendo los cambios que se advierten imprescindibles.

Emergen opiniones de quienes piensan que el cambio en la Iglesia se mide principalmente por determinadas reformas: celibato opcional, sacerdocio de la mujer, bodas gais, permitir anticinceptivos, cambios ante el aborto; y algunos empiezan a mirar con desconfianza. Surgen al tiempo estrategias como las de cualquier lobby: recogida de firmas personales, convocatoria de reuniones para sacar documentos concluyentes.

Hay diversos enfoques integradores, que mantienen que se tendrán que ver signos también en algunos de estos campos de moral sexual y de ministerios (no necesariamente en todos igual ni todo el mundo tiene la misma agenda) pero que priorizan los cambios, se establecen matices y diferencias entre ellos; y, sobre todo, entienden que determinados cambios – de distinto orden- tienen que llevar procesos diferenciados.

Posiblemente, muchos están atentamente a la espera, unos con más actitud correponsable y menos papista que otros, para ver cómo se van desarrollando las cosas, al tiempo que algunos son conscientes de que no todos, en la Iglesia, pensamos igual referentes a ciertos temas.

Desde nuestro punto de vista del análisis del cambio y desde nuestra vocación mediadora, queremos resaltar lo siguiente:

El cambio en la dirección que la Iglesia necesita, tiene algunos ejes y algunos elementos estructurantes, que son ampliamente consensuados, sobre los que han de edificarse y sostenerse otros cambios posibles, menos definidos y consensuados, de los que no importan sólo los resultados y las formulaciones, que también son importantes, sino principlamente los procesos.

Algunos ejes principales y ampliamente compartidos de la Iglesia que muchos buscamos son: una Iglesia basada en el Evangelio de Jesús, una Iglesia pobre, para los pobres, que se va limpiando de corrupción y que no confunde pecado y delito, que envía a todos y todas un mensaje de misericordia y acompañamiento, una Iglesia que camina hacia la paridad mujer-varón en Cristo, una iglesia desclericalizada, en la que los laicos alcanzan su mayoría de edad, desde su propia identidad, en la que el mayor Ministerio es la Diakonía y desde aquí se van estructurando los ministerios en las comunidades, una Iglesia misionera en la que todos se van sintiendo discípulos y misioneros, en la que los jóvenes tienen un protagonismo y los ancianos una enorme consideración, una Iglesia capaz de trabajar con otras iglesias hermanas, con otras confesiones y con personas que no se consideran religiosas, todos empeñados en el cuidado de la Paz, la Justicia y la Vida con dignidad, desarrollando una cult
ura del cuidado y la sostenibilidad de lo Creado, una Iglesia en la que sus miembros se van entregando para dar la vida por la Vida, que habla lenguajes comprensibles para los más sencillos, que se inserta en cada cultura y la valora y al tiempo proclama una identidad y una pertenencia universales.

Por ir por partes, si analizamos los discursos del papa, podemos afirmar que mantiene una fidelidad, una coherencia, una consistencia y una continuidad en esta línea. Esta es una línea que una mayoría acredita como auténtica, por lo que se puede ver incluso en los medios de comunicación de masas no especialmente afines a la Iglesia.

Y en una Iglesia con la tradición católica romana, este concurso testimonial y decidido del obispo de Roma es de primer orden, no porque anule a otros, sino porque es necesario ver la decisión en quienes para muchos y no sólo católicos, es cabeza visible de la Iglesia. Es decir, este es un liderazgo imprescindible; y el papa Francisco (sin desmerecer a otros) se va acreditando cada vez más, no de una forma mágica, sino por pura coherencia y fidelidad, como representante del sentir de una Iglesia que quiere caminar hacia su conversión a Cristo.

Ahora vamos a la segunda parte: Para poder ir en esta dirección, no podemos quedarnos en el pensamiento mágico («si queremos lo podemos hacer»): la Iglesia tiene que cambiar mucho su red de relaciones. Y esto tiene que ser un camino continuo, pero no se hace en dos días, ni lo puede hacer un papa sólo con un liderazgo meramente individual o carismático. Se necesitan liderazgos participativos. Aquí se sitúa la depuración de los delitos y el camino hacia la transparencia, el cambio de estructuras y organismos económicos, la manera de elegir a ciertos cargos, cómo se va dando participación a las comunidades, la renovación en la formación del clero, la posición que van ocupando mujeres y laicos en una red de relaciones locales y más generales, el desarrollo compartido de una eclesiología de servicio, la inserción en las realidades más pobres, el descubrimiento colectivo de las nuevas esclavitudes, el desarrollo de alternativas plurales y compartidas a una sociedad del consumo y e
l descarte, el desarrollo de comunidades vivas y participativas que aprenden la cultura del encuentro, de la colaboración y el consenso. Con esto y sin pretensión de exhaustividad quedan apuntados algunos dinámicas de renovación necesarias para que se produzca un cambio de tipo 1, que se dice en sistémica, es decir un cambio real en la dirección deseada que permite recuperar al funcionalidad de lo que se ha ido haciendo disfuncional, no meramente, cambios del tipo 2, que son aquellos en los que parece que algo cambia y puede ser muy llamativo, pero no es más que una forma de buscar nuevos equilibrios para que todo siga igual. Esto tendrá sus tiempos, no será un proceso lineal, encontrará resistencias y obstáculos, pero lo importante es tener clara la determinación e ir diseñando las estrategias para conseguir seguir avanzando en esta dirección.

Por último, hay reformas específicas, disciplinares, que, de enunciarse, podrían parecer a algunos muy progresistas y señales de un verdadero cambio; pero serían todo lo contrario, si no se dan en unos procesos adecuados, con una dirección que se adecua a los grandes ejes trazados en el primer punto, con una red de relaciones eclesiales- comunitarias que ha cambiado de una forma adecuada, generando amplios consensos que permitan la comunión y la gobernabilidad. Y desde luego, no es un papa en solitario, desde este punto que vista quien las tiene que hacer, ni son las presiones tipo lobby las que la van a conseguir, sencillamente porque esa estrategia -en este contexto concreto y separada de la reflexión en las comunidades- sirve sólo para fragmentar, despista de los objetivos principales y se aleja del enfoque global y misionero en el que todos podemos coincidir. En una Iglesia que va madurando tampoco tendrían por qué entorpecerlas, pero está claro que no favorecen, desestab
ilizan y dividen a la comunidad cristiana, porque no son comunidades, arciprestazgos, diócesis las que se expresan, tras unas prácticas sólidas y probadas, expresando sus experiencias y necesidades. Y también, porque los ejes y ciertos procesos de cambios de relaciones enunciados al principio, han de ser universales; pero algunos cambios en ministerios pueden ser locales, por lo menos de inicio, porque no todas las comunidades están en la misma situación, ni todas las culturas son iguales. Además, han de ser reflexionados ampliamente y comprendidos por la mayoría, siempre al servicio de un bien mayor.

Por poner algunos ejemplos que ilustren esta reflexión: un papa puede dictar reformas «progresistas» (o bloquearlas) desde una estructura autoritaria y no colegiada de relaciones, manteniendo una red de relaciones que no respeta la subsidiariedad; algunas hipotéticas reformas que parecerían colocar mejor a las mujeres, a los laicos, a los casados, en relación a ministerios (algo muy legítimo sin duda) podrían darse manteniendo una estructura clerical y dominadora, aislada de la vida concreta de las comunidades, que, además no se promueven en su crecimiento y maduración; con una eclesiología y una teología no renovadas desde una perspectiva verdaderamente cristológica-comunitaria. Dictar reformas se puede hacer en un momento, pero orientar los cambios dando participación a comunidades probadas, cultivando el encuentro y la comunión, alentando la colegialidad, con mediaciones inclusivas, necesita otros tiempos y otros caminos. Un gran teólogo amigo, ya en la vida eterna, Ju
lio Lois, nos recordaba siempre: nuestra Iglesia tiene dos grandes pilares en los que apoyarse: Jesús de Nazareth y la comunidad, en una perspectiva global de Iglesia Pueblo de Dios. En esos dos pilares, añadimos, tiene que basarse en verdadero cambio que necesita la Iglesia, con el concurso del papa, de los obispos y de todos y cada uno de nosotros que somos y hacemos Iglesia de Jesús en comunidad en una Iglesia comunidad de comunidades.

Por ahora, esa posibilidad de caminar está bien abierta y no se niegan otras posibilidades de reformas, incluso aunque el encontrar caminos no esté exento de dificultad. Avanzar en su realización necesita del concurso- animado por el Espíritu- de todos y todas, caminando con espíritu corresponsable, conciliar y comunitario, con entrañas de misericordia y con los ojos fijos en Jesús y en el pueblo-comunidad al que acompañamos y del que hacemos parte. No le pongamos, no nos pongamos piedras entre las ruedas a quien está demostrando que quiere impulsar este cambio inspirado en el Evangelio. Ya lo van a hacer otros, cuyos intereses están bien distantes de los del único Señor a quien queremos servir. Podemos pensar -legítimamente- que ciertas reformas pueden ser positivas, podemos trabajar en su favor, sin temor, remando mar adentro, siempre con los ojos puestos en Jesus y en las comunidades eucarísticas que alentamos; pero «no pongamos la carreta delante de los bueyes». Y, con a
ctitud proactiva y corresponsable, sin dejar de trabajar comunitariamente por lo que soñamos, favoreciendo el encuentro y la colaboración en lo que vamos compartiendo, demos también tiempo al tiempo, a los tiempos eclesiales del tigre y del elefante, que se necesitan y complementan.

Desde nuestro punto de vista, sólo con esta visión ampliamente compartida y convergiendo- abiertos al Espíritu- en una gran Misión común, que nos vincula a todos en nuestra diversidad de carismas, de funciones, de teologías, de concepciones del mundo… podremos avanzar unidos, encontrados, hermanos, en ese camino conciliar, que vamos construyendo, que ya se apunta y, al tiempo, se va realizando, poniendo el énfasis en aquello positivo que nos une y nos ayuda a tejer, eclesialmente, nuevos lazos de fraternidad universal, mientras anunciamos y vamos haciendo carne en nosotros la Buena Noticia del Reino. Estamos cambiando ya también cuando el discurso oficial de la Iglesia, siguiendo al mensaje del Evangelio empieza a hablar más de una cosas y menos de otras.

Esperando que la reflexión sea de su interés, nos gustará compartir sus opiniones y comentarios.

Un cordial saludo

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