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Geopolítica: Michel Collon sobre China y la Nueva Ruta de la Seda (2)

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Brzezinski: “Hay que dividir Rusia en tres partes”
En 1997, ¿cuál era la actitud del gran estratega Brzezinski hacia Rusia? Insistía en debilitar a Moscú lo antes posible: “Si Rusia rompe con Occidente y constituye una entidad dinámica, capaz de iniciativas propias; si […] forma una alianza con China, entonces la posición americana en Europa se verá terriblemente afectada.”[1]

Era un lenguaje imperialista claro: una Rusia “incapaz de iniciativas propias” sería una colonia, sencillamente. De hecho, Brzezinski quería dividirla en tres partes: “Una Rusia europea, una república de Siberia y una república de extremo oriente.”[2] Se trataba de separar Moscú de Beijing instalando entre los dos Estados-tapones y por lo tanto, más débiles y por lo tanto más fáciles de manipular.

No obstante, durante los años 90, muchos rusos pensaban: “Ahora que nos hemos pasado al capitalismo, nos tratarán como amigos.” ¡Pues no! ¡Las grandes potencias no tienen amigos, sólo tienen intereses! Para los Estados Unidos, Rusia, incluso siendo capitalista, no podía ser un aliado respetado. Era necesariamente una presa importante en la guerra global de recolonización del mundo que empezó en 1991.

Washington aplicó entonces con energía el plan Brzezinski: 1. Infiltrar la economía rusa. 2. Controlar su política. 3. Cercar y neutralizar su ejército. Una verdadera guerra no declarada: infiltración en las empresas rusas, apoyo a las secesiones terroristas del Cáucaso, cambios de régimen en el Cáucaso y en Asia central, financiación de 1500 ONGs anti-Kremlin, criminalización mediática de Putin, multiplicación de las bases en Europa del Este, “escudo anti-misiles” para impedir todo contraataque ruso ante un ataque, golpes de Estado de la CIA, en Ucrania especialmente, para expulsar la flota rusa del Mar Negro…

Nueva guerra fría. ¿O caliente?

Por lo tanto, Washington ha desatado una nueva guerra fría, como lo ha explicado muy bien Robert Charvin en “¿Hay que detestar a Rusia?”[3] En agosto de 2013, el Departamento de Estado USA se ha negado a garantizar que “el futuro escudo anti-misiles no estará dirigido contra el potencial de defensa ruso”.[4] Y lo que es aún más chocante, en 2014, en la revista Foreign Affairs (del muy influyente Council on Foreign Relations), unos estrategas se han atrevido a escribir que los Estados Unidos tienen tanta ventaja con respecto a Rusia en materia de armamento nuclear, que pueden atacar muy fácilmente a Rusia y no sufrir represalias.[5]

Esta agresividad de Washington ha sido parcialmente puesta en tela de juicio por Donald Trump. Y ello explica la guerra llevada a cabo por el establishment USA dominante y por la CIA contra el nuevo presidente que no estaba en la buena línea, como ha sido analizado en el libro “El mundo según Trump”.[6]

Hoy, no cabe ninguna duda: los Estados Unidos rechazan un mundo multipolar, multiplican las guerras y tratan de minar la economía rusa. Desde ese momento, el interés de Moscú es evidente: alejarse del dólar y aliarse con el yuan, alejarse de Wall Street y orientarse hacia las bolsas de Hong Kong y Shanghái, vender su gas ya no solamente a Europa sino también a China. Y aprovisionar a China en sistemas de defensa aérea S-400 y S-500 que permiten hacerle frente a las amenazas de los misiles USA.[7] Todo esto nos permite comprender por qué Moscú ha girado hacia el Este y se ha aliado con China. En particular al crear la Organización para la Cooperación de Shanghái.

La Organización para la Cooperación de Shanghái: el nacimiento del contrapoder

Nacida discretamente en 1996, la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS) agrupa al principio a China y Rusia así como tres repúblicas de Asia central: Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán, a las que se sumaron cinco años más tarde Uzbekistán. A lo largo de los años y de la agresividad creciente de los Estados Unidos, la Organización no va a dejar de reforzarse. Irán, Mongolia y Bielorrusia han adquirido el status de observadores, así como Afganistán que se ha comprometido con la Organización, en contra de la voluntad de Washington. Mientras que Armenia, Azerbaiyán, Camboya y Nepal se han convertido en “socios”. La Organización dio un gran empujón en 2015 cuando India y Pakistán decidieron unirse a ella, cosa que se hizo definitiva en junio de 2017.

La OCS es una organización de un tipo particular. Es a la vez una alianza militar defensiva y una comunidad económica. Porque aquellos países comparten dos intereses: 1. Oponerse a las injerencias y amenazas militares de los Estados Unidos. 2. Desarrollar el crecimiento económico de la región. Hoy, la OCS representa dos tercios de la población mundial. Incluye una superpotencia económica (China) y una superpotencia militar (Rusia).

Este acercamiento Beijing-Moscú estabiliza al mundo al hacer de contrapeso a unos Estados sedientos de hegemonía. “Washington es incapaz de derribar el dragón chino y el oso ruso al mismo tiempo”,[8] subraya el periódico popular chino Global Times.

Y sin embargo, Washington intentó inmiscuirse en la OCS, al pedirle en 2005 un puesto de observador. Candidatura que fue rechazada. ¡Qué humillación! ¿Cómo pueden los miembros de la OCS olvidar que bajo Bush y Obama, las operaciones de las “fuerzas especiales” se extendieron a 75 países? ¿Que los Estados Unidos, por medio de la OTAN o directamente, multiplican las guerras en violación del derecho internacional? Por lo tanto dijeron claramente: “¿El lobo en el aprisco? ¡No, gracias!”.

¡Hasta Afganistán se acerca a China!

De entre los miembros y simpatizantes de la OCS, hay un caso particularmente significativo. Afganistán es después de todo el país que los Estados Unidos han invadido y que no quieren soltar pese a su fracaso manifiesto. Por lo tanto se plantean dos preguntas: 1. ¿Por qué Afganistán es tan importante para los Estados Unidos? 2. ¿Por qué será China quien terminará por llevarse la parte del pastel?

Los Estados Unidos se abalanzaron sobre Afganistán y no se resignan a irse porque esperan hacer de este país una base central en el corazón del continente asiático, desde donde podrán controlar las rutas estratégicas entre Rusia, China, Irán, India y Pakistán. Su decisión, por lo tanto, no tenía nada que ver con el 11 de septiembre de 2001 y Bin Laden. En realidad, la invasión de Afganistán había sido decidida mucho antes, y ya lo habíamos indicado en enero de 2000.[9]

Pero las cosas no se desarrollaron como esperaban. Porque por lo general los imperialistas subestiman la resistencia de los pueblos. De hecho, Washington ha perdido la batalla de Afganistán. Ya en 2011, el analista USA Nicolas Davies explica este giro de importancia: “En Afganistán, China explota ya grandes minas y transporta el hierro y el cobre en total seguridad por camiones sobre las mismas rutas de montaña donde los convoyes de abastecimiento de la OTAN son regularmente atacados e incendiados. Pero para sus vecinos, el mayor valor económico y estratégico de Afganistán no son sus recursos, ni su economía local, sino su posición geográfica, en el cruce de sus intercambios por vía terrestre, particularmente para el petróleo iraní hacia China y el petróleo y el gas ruso hacia Pakistán.”[10]

Y Davies predice el día en que la ocupación de la OTAN tendrá un fin: “Los rusos y los chinos están posicionando a Afganistán como la base central futura de una red terrestre de comercio y transporte que cortocircuitará las rutas marítimas de comercio bajo control de la US Navy y permitirá a todos los países de la región desarrollar las relaciones entre ellos sin interferencias de los Estados Unidos.” Efectivamente, este super-proyecto acerca los intereses de los dos grandes socios. Empresas chinas ya han comprado participaciones importantes en empresas energéticas rusas. Las que Washington ambicionaba para Exxon y Chevron.

Afganistán demuestra que el plan Brzezinski ha fracasado. La tan temida alianza Beijing – Moscú se ha construido de todas formas, sus intercambios económicos y militares han crecido de forma espectacular, y esta alianza está llenando poco a poco el vacío dejado por el imperio USA en declive. Por lo tanto, la pesadilla de Washington está en camino de hacerse realidad y lleva un nombre: la Nueva Ruta de la Seda. A partir de ese momento, los Estados Unidos van a hacer todo lo posible por desestabilizar a aquellos que se niegan a ser vasallos. Particularmente utilizar el terrorismo de inspiración wahabita saudí para desestabilizar a China. Brzezinski tenía razón en este punto: Asia es la clave para saber si los Estados Unidos seguirán siendo la superpotencia que domina el mundo.

[1] Brzezinski, Le Grand Echiquier, p. 61
[2] Brzezinski, Le Grand Echiquier, p. 258-259
[3] Robert Charvin, Faut-il détester la Russie?, Investig’Action, Bruselas, 2016
[4] Citado en: CNAPD, L’OTAN, du bouclier à l’épée
[5] Paul Craig Roberts: la guerre américaine contre la Russie est déjà en cours, Mediapart, 4 de julio de 2014
[6] Michel Collon & Grégoire Lalieu, El mundo según Trump (con Mohamed Hassan, Henri Houben, Bruno Drweski, Majed Nehmé, John Catalinoto, Saïd Bouamama), Investig’Action, 2017.
[7] Pepe Escobar, China: la Ruta de la Seda hacia la gloria, Asia Times, Le Grand Soir, 18 de noviembre de 2014
[8] «US pressure spurs closer Sino-Russian ties», Global Times, 27 de junio de 2016
[9] Michel Collon, Monopoly – l’OTAN à la conquête du monde, EPO, Bruselas, 2000, p.122
[10] Nicolas Davies, Une alliance de pays asiatiques supplante l’Empire US, legrandsoir.info, 10 de junio de 2011
Manos Fuera de China en 5:37

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