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Forasteras en tierra conocida -- Margarita Pintos, teóloga

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La experiencia de las mujeres, en relación con las diferentes instituciones, sobre todo religiosas, es que somos excluidas en razón de nuestro género, o del uso de la s sexualidad, o de nuestra ideología, sin olvidar la clase social o el color de la piel.
Socialmente las cosas van cambiando lentamente gracias a la posibilidad que tenemos los ciudadanos y ciudadanas de elegir a nuestros representantes. En los últimos años se han aprobado leyes que benefician a las mujeres y por tanto a toda la sociedad.

Cuando un hombre puede tener 15 días para cuidar a su hijo recién nacido o adoptado, algunos lo interpretan como una ayuda para la madre, pero en realidad lo importante es que los hombres vayan creando la conciencia de que ser padre supone tiempo y dedicación; la atención que las mujeres prestan a las personas dependientes, está mayoritariamente en sus manos, y la nueva legislación no sólo las beneficia a ellas, sino que educa a la ciudadanía a que estos trabajos son imprescindibles y que ayudan a construir una sociedad más humana; lo mismo podemos decir de las otras leyes en el campo de la igualdad política o empresarial y los cimientos para la conciliación familiar.

Otra cosa es lo que sucede en el interior de las tradiciones religiosas. La mayoría tienen a las creyentes en lugares apartados dentro de los templos, sin posibilidad de interpretar los textos sagrados, siendo pasivas en la participación de los diversos cultos porque su cuerpo es lugar de pecado y no representa físicamente la masculinidad de los fundadores.

Sin embargo todas las religiosas acogen a las mujeres en su seno, bien cuando nacen con ritos de iniciación, bien en la adolescencia o de adultas. Ninguna tradición sería creíble si excluyera a la mitad de la humanidad.

Por otra parte los iniciadores de las religiones, siempre hombres, están rodeados de mujeres, se fían de ellas y les otorgan responsabilidades sin ningún problema. Es cuando desaparece la primera generación de las personas que han conocido y vivido el mensaje original cuando el espíritu igualitario desaparece, engullido por el patriarcado social.

Ahora nos deberíamos preguntar por qué, cuando la igualdad social gracias a los movimientos feministas y a ciudadanas sensibilizadas va haciéndose realidad, las religiones no se apuntan a recuperar sus tradiciones liberadoras y primigenias, sino todo lo contrario, cierran filas hacia posturas cada vez más conservadoras y excluyentes.

En nuestra tradición cristiano-católica tenemos espacios de acogida en grupos y comunidades que buscan vivir comunitariamente el seguimiento de Jesús de Nazaret. Sin embargo tenemos experiencia de nuestras propias limitaciones cuando algún miembro está en situación irregular en relación con el derecho canónigo. No siempre nos resulta fácil aceptar, escuchar, y hacer nuestro con sentido crítico y entrañas de misericordia, las diferentes situaciones con que nos encontramos.

Las relaciones son cada vez más complejas y los modelos únicos no existen. Los lazos de sangre no son los que crean los vínculos más sólidos, y en este sentido seguimos una de las tradiciones evangélicas: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de y la ponen en práctica» (Lc 8,19-21), aunque es verdad que muchas veces nos atan y enredan. Cuando la enfermedad hace acto de presencia en nuestras vidas necesitamos el tiempo, la paciencia y la gratuidad de las personas que queremos.

Si la muerte aparece en nuestro entorno necesitamos un hombro sobre el que llorar y unos brazos que acojan nuestro duelo. ¿Dónde lo encontramos? Seguramente en el grupo de personas con las que compartimos nuestra vida y nuestra fe, no en una institución que busca protagonismo político y fieles sumisos, pero se olvida de «las alegrías y tristezas» de sus creyentes que forman el pueblo de Dios.

Y es que «pueblo» es una palabra inclusiva. En ella nombramos a todos los miembros sean hombres o mujeres; la situación social, política o económica de cada uno no es motivo de expulsión; nadie es discriminado por facultades o posición; incluso si la añadimos a algunos alimentos (pan, lentejas, tomates… de pueblo) es garantía de calidad; tiene un líder elegido por todos para gestionar los bienes y recursos a favor del bien del común; la asamblea es el espacio de debate y discusión cuando hay que tomar decisiones importantes; y así podemos seguir añadiendo funciones y espacios que nos proporcionan bienestar, nos enseñan a ser más solidarios y a vivir en sintonía con todo lo que existe.

Quizás por eso el Vaticano II la emplea para simbolizar a la iglesia, y sin embargo parece que ya no se oye, incluso que está anticuada. Si realmente queremos que la iglesia católica sea un espacio de acogida tenemos que trabajar porque nadie sea irrelevante en su interior. Cuando entras en una parroquia, cuando aparece la Conferencia Episcopal reunida, cuando habla el Sumo Pontífice, sientes que es algo tuyo, pero que tú ya no eres relevante para ellos, para sus edificios, para sus preocupaciones, para sus mensajes.

Hablas o escriben, pero tú no te reconoces y entonces intentas escapar o adaptarte, convertirte en parte de su juego para no sentirte aislada o buscar otros espacios donde vivir tus convicciones. En la iglesia crecimos, nos han educado y hemos dejado una parte importante de nuestra vida, pero muchas veces te sientes forastera en tierra conocida.

Por todo esto creo urgente y necesario trabajar por una iglesia donde el patriarcado sea expulsado y no tenga ningún espacio en el que desarrollarse; en la cual cualquier persona sea bienvenida porque se reúne alrededor de la mesa de la hospitalidad de Dios.

Tenemos que empezar por escuchar los clamores, las aspiraciones de las mujeres y de todos los que se sienten excluidos, y desde ahí interpretar y reconstruir las tradiciones cristianas liberadoras. Construir espacios democráticos, siempre cambiantes, que den testimonio de la Buena Noticia que llevamos en frágiles vasos.

MARGARITA PINTOS DE CEA-NAHARRO es teóloga,
presidenta de ADIM
(Asociación Diálogo Interreligioso Comunidad de Madrid)

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