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Feliz en tu día, Alfredo -- Francisco Javier Sánchez González, Párroco Sagrada Familia de Fuenlabrada y Capellan cárcel de Navalcarnero

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Hoy dia 31 de mayo nos ha dejado Alfredo, y nos ha dejado como ha sido siempre él desde que lo conozco en estos 19 años: con su cara entre sonrisa y brabucona, con su semblante de querer hacer lo que él quería, pero a la vez con su terrible ternura. Su, ternura, sí, porque a pesar de que Alfredo se enfadaba como nos enfadamos todos derrochaba ternura, derrochaba todo el amor que desde luego dentro el centro de discapacitados donde ha estado viviendo en estos últimos años también se ha derrochado con él. Ha sido el monaguillo fiel durante estos 19 años, sábado tras sábado, misa tras misa, con alegría, con entusiasmo, participando en lo que hacíamos y vivíamos, a su estilo, a su entender, pero a la vez apostando y apoyando toda su vida. Confieso que esta mañana cuando me han llamado para darme la noticia no he podido por menos que derramar más de una lágrima, porque Alfredo era alguien muy especial. Sin duda que en estos 19 años en él se ha visto el rostro de un Dios cercano, amable, tierno, cariñoso y sobre todo Padre que lo amaba profundamente. Desde su discapacidad, Alfredo conocía a Dios y nos lo hacía conocer a todos.

El Dios de la vida y del amor se hacía presente cada sábado y cada día en él. Desde el comienzo, quería que le cantáramos el “Feliz en tu día” de los payasos de la tele, porque siempre nos decía que era su cumpleaños; apenas hablaba pero con gestos éramos capaces de entenderle y por supuesto de quererle; al llegar se echaba mano a su oreja y se tiraba para decirnos que le cantáramos la canción, y al finalizar la misa, todos los días, durante 19 años, abrazado a mí, le cantábamos la canción, y el reía y disfrutaba; en ese abrazo tierno mientras cantábamos la canción estaba también el abrazo de Dios, el Dios que soñó con Alfredo desde el principio y que también ahora lo ha acogido, el Dios entrañable que en cada gesto se nos hace presente en las misas especiales de cada sábado. Y después de terminar la misa, nos pedía una coca-cola, que tuvimos que dejar de darle porque se ponía muy nervioso; por eso los últimos años los voluntarios me cogían un café descafeinado de la máquina, y siempre esperaba que le dejara el sorbo final, él nada mas llegar hacia el gesto de mover el café con la cucharilla para recordarme que le diera al final su café; ver cómo se tomaba el café, y como lo agradecía después era todo un espectáculo. Cuando llegaba, el saludo era siempre “cura cura” seguido de un fuerte abrazo, que luego durante misa volvía a repetir mirándome y dándome besos de vez en cuando; en cada beso una expresión entrañable desde el corazón. Yo le daba las gracias por cada beso y sentía un cariño especial cuando me besaba, eran besos sin duda con un sabor especial.

Hace algo más de un año, su madre, falleció, y Alfredo aceptó y asumió de manera especial este fallecimiento; “ellos son especiales” decián ahora las cuidadoras del centro, ellos asumen la vida y lo que pasa en ella de manera especial. Y doy fe de que es así; en este centro de discapacitados donde voy a decir la misa desde hace 19 años se ve que todo es especial, son personas distintas por su cariño; y en el centro se descubre de modo especial lo gratuito de la vida, lo más gratuito que tenemos todos los seres humanos: la fuerza, la fuerza de un amor límpio, sencillo y espontáneo, un amor que todo lo llena, un amor que no conoce de barreras ni que hace distinciones, un amor que se muestra como es; por eso en el centro descubro cada día el amor de Dios desde esa misma gratuidad, es un lugar donde se respira profundamente la sonrisa y la ternura de Dios. A mí me costó adaptarme a este mundo que yo no conocía. Comencé a ir porque cuando se iba a inaugurar en nuestro barrio me ofrecí al entonces director del centro por si necesitaba algo; y enseguida me dijo que estaban buscando a alguien que pudiera acudir.

Cuando fui el primer sábado iba nervioso y me encontré sin saber que hacer, lo que me encontré allí y lo que yo sentí era difícil de explicar, y estuve asistiendo durante un año pero casi sin ganas, y con ganas de llorar; los enfermos me daban mucha lástima y además estaba “profundamente enfadado con Dios”, me parecía un horror que Dios pudiera “consentir todo aquello”, y seguí yendo casi por puro voluntarismo; pero poco a poco y desde luego con la ayuda de Dios, todo aquello fue cambiando, hasta tal punto que fue como conocer un mundo diferente de amor al que yo no estaba acostumbrado, pasé de la lástima y de la pena al amor, pase del enfado a descubrir la fuerza de la Gracia, y no sólo me llegué a “enganchar” a ellos sino que los he hecho para de mi vida y de mi familia. Y simplemente creo que lo que hice fue ir abriéndome a su mundo, y captar todo el amor que ellos me comunicaban; después de estos 19 años para mí el centro de discapacitados no es un lugar de pena sino de alegría, no es un lugar de tristeza sino de esperanza, no es un lugar de duda sino un lugar de fe, donde cada vez que se respira se respira al Espíritu de Dios; en cada abrazo, en cada canto, en cada beso y por qué no, a veces, en cada baba, está el mismo Dios brindándome la oportunidad de poder descubrir su presencia y rostro especial de Padre. Durante estos 19 años hemos compartido día tras día la misa con estos enfermos, de manera espontánea, a su estilo, a su manera, con sus cantos, con sus peticiones, con sus alegrías y con sus esperanzas. Todos cantan, todos piden, todos participan, no hay formas hechas, sino amor, mucho amor. Y ese amor es el que también se respira en el centro, en sus cuidadoras y cuidadores, en su gente, en lo que viven y en lo que hacen, es un amor capaz de hacerles pasar una vida más feliz y más agradable. Anoche, en el tanatorio de Fuenlabrada, las cuidadoras entre lágrimas y risas comentaban anécdotas de nuestro Alfredo, comentaban todo lo que habían vivido y compartido con él, hasta justo la víspera de fallecer.

Cuando decían que no tenía a nadie, que ya su madre, a quien la rezaba siempre cada mañana decía una de las cuidadoras, había fallecido hace año y medio, yo las decía que sí, que tenía a mucha familia, que su familia eran ellas, y que así lo estaban demostrando, que su familia eran ellas porque cada día estaban a su lado, y de hecho estaban también allí en su última noche, recordando cosas de él. Entre todos hemos hecho posible que este hombre fuera feliz, que disfrutara de la vida, a pesar de su discapacidad, y por supuesto, que también nos hiciera disfrutar a nosotros. Una vez más hemos descubierto que ellos también nos dan muchas cosas, nosotros damos y recibimos mucho más de lo que damos. Para los creyentes esto es lo que aparece en el Evangelio, reconocemos que en cada gesto de cariño que vivimos y recibimos está el gesto de cariño y de amor del mismo Dios, que Dios se hace presente en cada uno de ellos. En una ocasión, alguien que asistió a nuestra misa del sábado me dijo “que pena, apenas se enteran de nada”, y mi respuesta fue que se enteraban de modo especial, y que la presencia real de Jesús en la Eucaristía estaba y está en cada uno de ellos. ¿Se puede vivir una experiencia de Eucaristía compartida, alegre y entregada mayor de la que vivimos allí? Quizás muchos de los que participamos luego en las eucaristías parroquiales ordinarias tendríamos que tener también esta experiencia: el Dios amor se hace presente en cada uno de los que estamos allí, pero no desde la pena como pensaba yo, sino desde la fuerza del amor y del cariño, gratuito y desinteresado.

Hace ya varios años que falleció uno de nuestros voluntarios, un señor mayor, de más de sesenta años, separado, que vivía solo, catequista en la parroquia, de educación muy tradicional, que iba también todos los sábados a la eucaristía. Era catequista en la parroquia como digo, y algunas de las canciones que cantamos allí en el centro con gestos y con palmas también las cantamos en la misa de niños. Cipriano, que así se llamaba, en el centro tocaba las palmas, hacia los gestos y reía como el que más sin importarle nada; iba también a las misas de niños, y allí apenas cantaba y se movia en las canciones; en una ocasión le pregunté por que no cantaba igual y con la misma alegría en un sitio que en otro, y la respuesta que aún recuerdo fue “ es que allí, en el centro, todos somos iguales”. Y fue una respuesta que recuerdo muchas veces y que parece expresiva y de haber captado este hombre lo que allí se vivía; en el centro no hay distinción de nada ni de nadie, no hay tapujos, no hay que quedar bien, uno expresa lo que vive y lo que siente, y lo que expresa y siente es la fuerza del amor y de la fraternidad, en cristiano, la fuerza de sentirnos hijos e hijas de Dios.

Mañana 1 de Junio tendremos el entierro, antes la Eucaristía de despedida de Alfredo, donde nos presidirá él de modo especial; estará como siempre a mi lado, con su vara como siempre, con su alegría, no podrá abrazarme físicamente, no podrá cantar, pero seguro que seguimos sintiendo en nuestro corazón sus besos, sus caricias, y su petición por su madre y por su tia. Cantaremos al final “yo tengo un gozo en el alma grande” como lo cantamos todos los días, y nos pedirá como siempre que le cantemos también el “feliz en tu día”, y seguro que entre sollozos y alegrías sentimos que Alfredo canta con nosotros, y nos pide también al final un café…

Feliz en tu día Alfredo, el Padre Dios te espera con los brazos abiertos, el te va a dar el abrazo definitivo, ese abrazo que nosotros cada día hemos intentado adelantarte en cada cariño nuestro; y veras a tus padres, a tu tia y a mucha gente querida… nosotros nos quedamos aquí con mucho más que tu recuerdo, quedas para siempre en nuestro corazón. La fiesta para ti ya ha empezado, allí te cantaran cada dia y en cada momento la canción, serás feliz para siempre, ojala que hayas sentido también aquí parte de esa felicidad, no te olvides de nosotros… sigue pidiéndonos café, sigue haciéndonos reir, y sobre todo sigue haciéndonos sentir que merece la pena hacer felices a los demás y que todos somos iguales, que todos nos merecemos lo mismo, porque todos somos hijos de Dios y El nos quiere a todos.

Fuenlabrada 1 de Junio de 2016

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