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¿Existe la moral cristiana? -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Algunos obispos de nuestra Iglesia han recomendado a los fieles que voten este domingo teniendo en cuenta la relación de los partidos con la moral cristiana. Vana recomendación, y vano intento. Deberían nuestros prelados investigar las veces que en el Evangelio Jesús habla en clave moral. No encontrarán ninguna. Solo unas precisiones que hace el Maestro, en el Sermón de la Montaña, (Mt, 5-7), en los famosos pasajes en que Jesús comienza así, «oísteis que fue dicho …», para seguir «pero yo os digo…». Lo que habían oído sus discípulos eran normas de tipo moral; pero Jesús demuestra su autoridad profética, -después se darán cuenta que es mucho más que profética- justamente cambiando el sentido, la orientación, y hasta el contenido de los preceptos. Porque si la ley prohibía matar, el seguidor de Jesús debería entender que despreciar al hermano ya sería, para su nueva percepción ética, esta sí, cristiana, una especie de asesinato. Y lo mismo realiza con la interiorización del pecado del adulterio, y, así, en adelante.

Yo no sé, de verdad, qué Teología, tanto dogmática como moral, estudiaron nuestros obispos, pero no llego a entender como se refugian tanto en un concepto de moral que ni proviene de la Palabra de Dios, ni se ve sancionado por la enseñanza de Jesús, ni fue avalada por la comunidad cristiana primitiva. El mismo Jesús no fue considerado por sus contemporáneos como un modelo moral. Lo acusaron de no cumplir la ley, ni la del sábado, ni la importantísma de la «impureza legal», de saltarse a la torera la estricta prohibición de pasar por Samaria, -hasta puso a uno de los habitantes de esa provincia maldita como modelo del «amor al prójimo» de la Ley, en la parábola del «Buen Samaritano», y llegó a verse acusado de ser un «comedor y bebedor», y de mezclarse con publicanos y prostitutas, acusaciones todas de las que Jesús no se defendió, sino que exacerbó más a sus acusadores con frases como «no he venido a salvar a los justos, sino a los pecadores». Y no se defendió porque eran verdad las cosas por las que lo acusaban, y porque nunca se presentó como paradigma de la moral, sino como testigo de la verdad de su Padre, que es algo que no tiene que ver con lo anterior.

Los consejos y deseos de los obispos adolecen, además, de varios puntos flacos. Yo señalaré dos, que me parecen más centrales:

1º), que cuando se refieren a lo moral tenemos todos la sospecha, alimentada con cientos de declaraciones, comentarios y proclamas, de que se trata de un asunto relacionado, o, directamente referido, a lo sexual. Pocas veces hemos oído, o ninguna, a los obispos como colegio episcopal, es decir, en un documento oficial de la Conferencia Episcopal Española (CEE), referirse, en épocas electorales, a los programas de los partidos políticos, alertar a los fieles de su moral en asuntos como la política económica, el liberalismo y capitalismo, la injusta distribución de los bienes, el ensanchamiento de la brecha entre pobres y ricos, de la injusticia de la política salarial, del escándalo de los salarios de miseria: es decir, de la moral de la injusticia social derivada del uso y abuso del dinero en los proyectos de nuestros gobernantes. Y

2º), que la moral no es ni cristiana, ni musulmana, ni judaica, ni budista, ni sintoísta, ni hinduista, sino que, por definición, depende de épocas, en el tiempo, y de lugares, en el espacio. Y no tiene relación directa con una fe, o unas normas religiosas, sino con las costumbres cambiantes que se van solidificando, poco a poco, con el lento transcurso del tiempo. Y que, a nivel individual, que es el que importa a la moral, depende del control de la conciencia del individuo. Y volviendo a la pretensión de colocar el mundo de los comportamientos sexuales en el acerbo de la moral cristiana, es preciso recordar que Jesús no nos dio pautas en ese capítulo del comportamiento humano, ni pocas ni muchas, sino ninguna. Y, al contrario, dio muchas, incontables pistas y alertas, de la tentación y del señuelo del dinero, y cómo por ese camino no se puede servir, al mismo tiempo, a esos dos señores, a Dios y al dinero.

Suena a deslealtad, a infidelidad, esa obsesión de los jerarcas de la Iglesia con el tema sexual, que por cierto llevan ya siglos colocando en el centro de las preocupaciones de la moral, cuando nunca han elaborado, en documento positivo entregado a los fieles para su crecimiento humano y espiritual, un verdadero, profundo, documentado, y razonado discurso sobre comportamientos sexuales. Lo más claro e indudable a lo que han llegado es a la afirmación de que determinados comportamientos son pecaminosos «iure divino», es decir, por derecho divino. Sin reparar que ni en ese tema, ni en ninguno, resulta apropiado con la Historia de la Palabra de Dios mezclarlo, a Dios, con las muchas, complejas, y tantas veces inexplicables, variables del comportamiento de los hombres.

Cuando oigo hablar, o leo, esa seguridad sobre el pensamiento de Dios, se me ocurre siempre la misma broma: Si tanta intimidad y precisión tiene alguien con la voluntad y los pensamientos de Dios, es que tiene la clave, que los demás, ignoramos, del acercamiento a lo divino. Y entonces, me dan ganas de pedir, ¿por qué no nos dan a los simples humanos el numero de teléfono de tan fluida y eficaz comunicación?

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