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Evangelio para obispos y presbíteros casados (7) -- Rufo González

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El mito del “corazón indiviso” no justifica la imposición celibataria
Séptima conveniencia (supuesta) entre sacerdocio ministerial y celibato:
7. “De esta forma, manifiestan ante los hombres que quieren dedicarse sin división al oficio encomendado: a desposar a los fieles con un solo varón, a presentarles como virgen casta a Cristo -2Cor 11, 2-” (PO 16).

Todo cristiano, guiado por el Espíritu, tiene el corazón “indiviso”
Enamorarse de Cristo y de su reino no impide enamorarse humanamente. Casados y solteros pueden estar enamorados de Cristo y su reino. Ni Dios ni Cristo entran en rivalidad con los amores humanos. El amor divino es el regalo más valioso del Espíritu de Dios (1Cor 13). No sólo no divide el corazón, sino que lo unifica, lo limpia de todo egoísmo. El Espíritu crea “corazón indiviso” al consagrarnos con su fuerza como hijos de Dios, hermanos de Jesús y miembros de su Iglesia. El casado y el célibe tienen un“corazón indiviso”, unificado por la caridad cristiana, “el cinturón perfecto” (Col 3,14). Amar a la esposa y los hijos no impide amar a los hijos de Dios, a la comunidad cristiana, a quienes servimos.

El cristiano se dedica al “oficio encomendado” con corazón “indiviso”
Por el bautismo,
“los que creen en Cristo, renacidos… por la palabra de Dios vivo, no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo, son hechos:
– “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición…, que un tiempo no eran pueblo de Dios, y ahora es pueblo de Dios” (1Pe 2, 910).
– Ese pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo…;
– su condición es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu…;
– tiene por ley el mandato del amor como el mismo Cristo nos amó;
– tiene como finalidad la dilatación del Reino de Dios…;
– es germen firmísimo de unidad, de esperanza y salvación…,
– constituido por Cristo para comunión de vida, de amor y de verdad,
– es empleado por Él también como instrumento de redención de todos
– y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra… (LG 9).

Eliminación de la conciencia eclesial verdadera
Cuando los dirigentes de la Iglesia aceptaron poder mundano, la conciencia eclesial del Pueblo empezó a perderse. Por vivir en un territorio, por pertenecer a una familia, por convertirse el rey al cristianismo (“cuius regio, eius religio”)… había necesariamente que bautizar a todos y ser miembros de la Iglesia. Aunque no se tengan los mínimos conocimientos del Evangelio ni la actitud vital de Jesús. Los fieles fueron reducidos a puro pueblo-masa (“pueblerinos, seglares), sin voz ni voto, ni poder alguno, sin conciencia cristiana. El clero se apropió de toda la Iglesia. Ellos se creen la “suerte y propiedad de Dios”, los herederos de las promesas de la antigua alianza (Gál 3,39), los separados y seleccionados (Ef 1,11), coherederos de Cristo (He 20,32; 25,18; Col 1,12; lPe 1,4; 5,1-3), la parte del Señor, la porción elegida (Rom 8,16-17; He 20,32; Ef 1,14.18; 5,5; Col 3,24; Heb 9,15; 11,8; 1Pe 5,3; Col 1,12; He 26,13). A ello contribuye el idioma latino que el pueblo no entiende. Hasta mediado el s. XX la liturgia se celebra en latín. En el bautismo, por ejemplo, se preguntaba al infante “vis baptizari?”. Su recuerdo resulta grotesco hoy. El mismo cura decía a los padrinos: digan “volo”. Sin traducción simultánea. Los cursillos pre-bautismales empezaron cuando la liturgia usa la lengua del pueblo.

Hoy, esta mentalidad eclesial está superada en parte
Hay comunidades de cristianos que tienen clara conciencia de su fe y de su compromiso. Son ellos los referentes de los textos conciliares. Estas comunidades adultas deben ser promovidas, respetadas. No todo el clero está por la labor, pero es necesario. Ellas deben hacerse cargo, tener conciencia de que:
“Cristo `los hizo reino y sacerdotes para Dios su Padre´ (Apoc 1, 6; 5, 9-10)…, consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para ofrecer hostias espirituales a través de todas las obras del cristiano, y para anunciar las fuerzas del que les llamó de las tinieblas a su luz admirable (cf. 1Petr 2,4-10). Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (cf. He 2, 42-47), manifiéstense a sí mismos como hostia viva, santa, agradable a Dios (cf. Rom 12, 1), den testimonio sobre Cristo en todas partes y den razón a quienes lo pidan sobre la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1Petr 3, 15)” (LG 10).

Casados y célibes “desposan y presentan a los fieles como virgen casta a Cristo (2Cor 11, 2)”
Ministros casados y célibes, más aún, todos los bautizados, consagrados por el Espíritu, podemos dedicarnos sin división (con corazón lleno de amor) a “desposar a los fieles con un solo varón (Cristo), y a presentarles como virgen casta a Cristo” -2Cor 11,2-” (PO 16). Ejercemos así el sacerdocio común, uniendo en el amor de Cristo a todos nuestros hermanos, y ayudándoles a vivir santamente “como una virgen casta con Cristo”. Todos, con nuestra palabra y vida… podemos contribuir a esta vinculación de la comunidad con Cristo. El texto de Pablo se refiere al ministerio de Pablo de predicar el evangelio y formar comunidades. Cosa que puede hacer cualquier misionero o catequista, casado o célibe, varón o mujer. Es la comunidad la que es comparada con una “virgen casta”. Está llamada a vivir el amor de Jesús, su bondad y honradez, la entrega limpia, desinteresada, al Reino de Dios.

No es el celibato la “forma” necesaria de “manifestar ante los hombres la voluntad de dedicarse sin división al oficio encomendado”. Sólo el amor cristiano, el tener el Espíritu de Cristo, manifiesta la voluntad limpia de dedicarse sin división al oficio o servicio encomendado. No es necesario ser célibe para desempeñar los ministerios eclesiales. Basta tener carisma adecuado reconocido por la comunidad y voluntad de responder a lo que Dios quiere, y ser llamado por la comunión de la propia comunidad (la comunidad no se entiende sin sus presidentes y responsables). Exigir que algún oficio eclesial sea desempeñado sólo por célibes es violentar la voluntad de Cristo. Es obligar al Espíritu que conceda determinados carismas a los célibes. Es impedir que las comunidades, que carecen de célibes, tengan los ministerios esenciales.

El celibato obligatorio para el ministerio ha deformado la comunión eclesial
Se ha exaltado tanto el celibato que ha deformado las relaciones entre los miembros de la Iglesia. “Estado de perfección” y “estado imperfecto”, “oficiales” y “tropa”, “segregados” y “vulgo”, “los que mandan” y “los que obedecen”… son distinciones basadas en el celibato. Por ello, equivocadas. El colmo ha sido la depreciación del matrimonio en relación con el celibato. Así consta en la obra “Camino”, de san José María Escrivá de Balaguer:
“El matrimonio es para gente de tropa, no para los grandes oficiales de la Iglesia. Así, mientras comer es una exigencia para cada individuo, engendrar es exigencia para la especie, pudiendo desentenderse las personas singulares… ” (máxima 28).

El “camino mejor”, el Amor, está abierto a todos: casados, solteros, viudos…
Seguir la tendencia natural no es “egoísmo de la carne”. Mayor egoísmo es desentenderse de engendrar y educar hijos. El soltero y el casado pueden dejarse llevar del egoísmo o del amor. ¿“Engendrar es exigencia para la especie”? No existe la especie en realidad. Sólo existen individuos, personas de carne y hueso. Especie es una elaboración mental, una idea irresponsable. Si todas “las personas singulares se desentienden”, se acabaría la especie. No sería voluntad de Dios que llama a “procrear y multiplicarse” (Gén 1, 28). Si nos dejamos llevar del Espíritu de Dios, que nos habita y regala sus dones, entre los que sobresale el Amor, el “camino mejor” (1Cor 13, 1-13), entonces oiremos su voz, su libertad, sus dones, su celibato, su matrimonio. Quien tenga carisma y espíritu de Cristo puede desempeñar el ministerio necesario en su Iglesia. Lo exige la igual dignidad humana y cristiana: “Cristo lo es todo y en todos”; “todos estamos revestidos de Cristo…todos somos uno en Cristo Jesús” (Col 3,11; Gál 3, 27ss).

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