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Evangelio para obispos y presbíteros casados (4) -- Rufo González

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Cura casado2Tercera conveniencia (supuesta) entre sacerdocio ministerial y celibato:
“Se adhieren a Cristo más fácilmente con un corazón indiviso – 1Cor7, 32-34-” (PO 16)
Esta conveniencia es una clara apropiación exclusiva de lo común cristiano. Es un modo de proteger y ensalzar el poder clerical sobre el Pueblo fiel. Reino, misión, celibato, corazón indiviso, libertad, paternidad-maternidad cristianas… son conceptos y realidades comunes a todos los cristianos. Es lo común recibido en el Bautismo, afianzado en la Confirmación, alimentado y sostenido por los demás sacramentos. Es el núcleo del Pueblo de Dios: el sacerdocio común, la vocación básica y fundamental de todo cristiano. Todos compartimos la misión de renovar la humanidad. Varones y mujeres, célibes y casados, llenamos nuestro corazón de Espíritu Santo. El corazón cristiano es “indiviso” y apto para amar a todos. Con la libertad de los hijos de Dios, “buscamos el Reino y su justicia”, alumbramos y criamos hijos de Dios y hermanos de todos… En esta misión, hay diversas vocaciones específicas. Son vocaciones a diversos servicios de la comunidad. Abiertas a todos, hombres y mujeres, casados y célibes, según la gracia específica que el Espíritu concede y la comunidad necesita.

Manipulación clerical de 1ª Corintios 7, 32-34
Es manipulación clerical utilizar este texto de Pablo para apoyar el celibato ministerial:
“quiero que estéis sin preocupaciones; el no casado se preocupa de los asuntos del Señor, cómo agradará al Señor, en cambio el casado se ocupa de los asuntos del mundo, cómo agradará a la esposa, y anda dividido…” (1Cor 7, 32-34).

Primero: el texto de Pablo no se refiere a los presbíteros
Es un texto de “consejo” para todos los cristianos. Pablo reconoce estar sin mujer en ese momento final del mundo y “quiere que todos los hombres estén como él, pero cada uno tiene el propio don de Dios” (1Cor 7, 7). Y a los no casados y a las viudas les dice que “les vale más que sigan como yo” (1Cor 7, 8). Algunos creen que Pablo tal vez podría estar viudo. No es hipótesis desdeñable. Con sentido común, Pablo tiene idénticos derechos que toda persona dedicada a la promover el Evangelio. Además se trata de un derecho natural humano, como el derecho primario de comer y beber: “¿Acaso no tenemos derecho a comer y beber?, ¿acaso no tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer hermana -“esposa cristiana”- como los demás apóstoles, incluyendo a los parientes del Señor y a Pedro?… (1Cor 9,4-5). Un poco antes, al hablar del matrimonio y virginidad, tras sostener la libertad como criterio básico, “según el don particular que Dios le ha dado” (7, 7-9), plantea el enamoramiento entre un misionero y su compañera de trabajo, caso repetido infinidad de veces en la historia de la Iglesia: “Supongamos que uno con mucha vitalidad piensa que se está propasando con su compañera y que la cosa no tiene remedio: que haga lo que desea, no hay pecado en eso; cásense. Otro, en cambio, está firme interiormente y no siente una compulsión irresistible, sino que tiene libertad para tomar su propia decisión y ha determinado dentro de sí respetar a su compañera: hará perfectamente. En resumen, el que se casa con su compañera hace bien. y el que no se casa, todavía mejor” (1 Cor., 7, 36-38).

Segundo: La clave de estos consejos está en la época histórica
Unas comunidades urgidas por la creencia de estar en los últimos días del mundo: “el tiempo se ha reducido; en lo que queda, los que tienen esposa vivan como si no la tuvieran, y los que lloran como si no lloraran, y los que están alegres como si no lo estuvieran…, y los que disfrutan el mundo como si no lo disfrutaran, pues la forma actual de este mundo está a punto de terminar -lit.: desaparece: “paragéi”- (1Cor 7, 29-31). Esta mentalidad hace que la teología sobre la realidad terrena sea muy distinta de la de hoy. Dar validez universal al consejo de Pablo es extrapolar el texto, sacarlo de su historia, abusar. Esta alusión de Pablo es una invitación a centrarse en la llegada final inminente del Señor, tal como se entendía en aquellos momentos. De ninguna manera puede entenderse del celibato, como estado de vida, y menos del obligatorio, y en todos los tiempos.

Tercero: interpretación desfasada
Hoy, la teología de la realidad terrena considera totalmente desfasada la interpretación habitual de este texto. ¿Qué se entiende por “asuntos del Señor” y “asuntos del mundo”? ¿“Agradar a la esposa o al esposo” no es “agradar al Señor”? Tanto el casado como el célibe, hombre o mujer, unifican su pensar y querer, mente y sentimiento, con el amor de Dios. El Espíritu de Jesús “refuerza y robustece por dentro, enraíza y cimienta en la caridad de Cristo” (Ef 3, 16-17). Esta caridad nos hace un “corazón indiviso”, unificado. La caridad es “el cinturón perfecto” (Col 3,14). Amar a la esposa y a los hijos son “cosas del Señor”, y están imbuidos del Espíritu de Cristo. Los presbíteros de la Iglesia oriental no tienen su “corazón dividido” al amar a su familia y a la familia eclesial con el corazón de Jesús, que les ha regalado el amor pastoral. Los célibes, es evidente, pueden dedicar más tiempo a tareas de la comunidad eclesial. Y pueden encontrar su realización personal en el amor a la comunidad cristiana, sin prescindir del todo de la familia (padres, hermanos…). Pero también el casado se realiza personalmente en su dedicación a la familia consanguínea y a la familia eclesial con el mismo corazón “indiviso”, apasionado por el Reino de Dios.

Cuarto: Dios no puede ser el rival de nuestro amor
La expresión “corazón indiviso” parece suponer que la relación religiosa y mundana están en el mismo plano. Se pone a Dios como un objeto más de nuestro amor, que por limitado no llega a todo. Creo equivocado entender así el amor de Dios. El amor a Dios, a Cristo, no puede entrar en rivalidad con el amor a la familia, a la esposa, a los padres, etc. El amor de Dios, no sólo no divide el corazón, sino que lo unifica: en Dios amamos a todos con el amor más limpio y desinteresado que pueda imaginarse. El “corazón indiviso” lo crea el Espíritu Santo, don de Dios, derramado en el bautismo, que nos consagra como hijos de Dios, hermanos de Jesús, miembros de su comunidad. El fruto principal y primero del Espíritu Santo es el amor cristiano, la caridad (“agapé”). Tanto el casado como el célibe están llamados a tener un “corazón indiviso”, unificado por la caridad cristiana, “el cinturón perfecto” (Col 3,14). Amar a la esposa y los hijos no impide amar a la comunidad a la que servimos. Los dos amores son “cosas del Señor”, y pueden estar imbuidos del Espíritu de Cristo. Sabiamente lo dice K. Rahner y lo explica el psicoanálisis:

“No entiendo por qué ahora, para amar más al Señor, sea necesario amar menos o, lo que sería más grave, no amar a otra persona. ¿En qué Dios estamos pensando cuando nos imaginamos o proponemos que amando menos a un ser humano lo amamos más a él? ¿No es una insoportable aberración el solo hecho de proponer que Dios puede ser el rival de nuestro amor y nuestra entrega a otro ser humano? ¿No habrá que decir, más bien, que amamos más a Dios precisamente porque amamos más a otra u otras personas? ¿O es que podemos asegurar tranquilamente que el amor a Dios es una realidad “categorial”, como lo es cualquier relación nuestra con otra persona? (K. Rahner, `Bruderschaft und Brüderlichkeit´: Pastoralchetische Hefte 22. 1964. 9-35).

Por lo demás, los psicoanalistas nos han explicado muy bien que, en esos piadosos discursos elogiando el “amor preferencial”, de forma que ese amor así vivido, es más puro y más total, lo que en realidad se esconde es el deseo de poder y dominación de la institución sobre aquellos sujetos a los que quiere tener perfectamente controlados. Cuando leo esos discursos, no puedo evitar que mi recuerdo vaya derecho a la seria y grave afirmación que hizo Pierre Legendre: “la obra maestra del Poder consiste en hacerse amar”. Quienes se ven sometidos en la capacidad más grande que Dios nos ha dado a los humanos, además de someterse, llegan a amar apasionadamente al que les somete. Verdaderamente ésa es la obra maestra del Poder. No ocurre nada tan singular, tan excelso, y también tan extravagante, como eso en este mundo” (J. M. Castillo: Epílogo de “Curas Casados. Historias de fe y ternura”. Moceop. Albacete 1910, p. 342-343).

Rufo González

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