InicioRevista de prensaespiritualidadEVANGELIO. LUCAS 12, 49-57. Franz Weiser (Perú)

EVANGELIO. LUCAS 12, 49-57. Franz Weiser (Perú)

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49Fuego he venido a lanzar a la tierra, y ¡qué más quiero si ya ha prendido! 50Pero tengo que ser sumergido por las aguas y no veo la hora de que eso se cumpla. 51¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no, sino división. 52Porque, de ahora en adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; 53se dividirá padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra. 54Y añadió para las multitudes:

-Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: «Chaparrón tenemos», y así sucede. 55Cuando sopla el sur, decís: «Va a hacer bochorno», y lo hace. 56¡Hipócritas!, si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis interpretar el momento presente? 57y ¿por qué no juzgáis vosotros mismos lo que se debe hacer?

Comentario

Hoy el evangelio toca el nervio de SER cristiano. Deja en claro que ser creyente cristiano no es una religión light. Quienes le siguen a Jesús (le creen de veras) no se conforman con la masa, no se acomodan, ni siquiera a los más próximos familiares e íntimos compadres cuando se trata del bien común. Está la lucha por la libertad en un camino por la justicia y la verdad íntimamente ligado al amor. Jesús ha venido para traernos la verdadera paz y esta es una conquista que incluye enfrentamientos (no violentos) contra fuerzas parasitarias y prepotentes.

Esto exige del creyente también que no se deje manipular, ni a nombre de Dios, por seres humanos, dogmas, tradiciones, cánones o autoridades. Significa lograr la capacidad de “juzgar por si mismo lo que es justo”, como dice Jesús en el Evangelio de hoy. Jesús no quiere una religiosidad ciega y supersticiosa, sino una muy bien compatible con la inteligencia humana. Uno puede ser un buen cristiano sin ser cucufato, sin llamar la atención por prácticas meramente ceremoniales. A Jesús han denunciado hasta de ser infiel y blasfema por su distancia del templo, del sacerdocio y sus sacrificios. “Misericordia quiero y no sacrificios”, sensibilidad con los marginados, débiles y pobres, y no devociones inútiles.

En catástrofes como aquella del miércoles no se puede dejar de cuestionar la fe popular. Con esto no se duda de la buena fe del pueblo, pero si hay que revisar seriamente nuestra prédica y catequesis.

¿No hace pensar, cuando se nos relata que 120 personas reunidos en una misa perecen aplastados por el techo de la Iglesia, mientras una familia con madre y tres hijos, que por un compromiso aparte no asistieron con los demás familiares, se salva? ¿No nos perece raro, para decir poco, que masas llevan en procesión la estatua del Señor milagrosamente sacado íntegro de los escombros, cuando no impedía (o no pudo impedir) para que docenas de miles de familias no tengan que lloran sus muertos y heridos y no quedan en la intemperie sin agua y luz?

Las devociones y imploraciones del Señor de los Milagros son indudablemente una marcada señal de religiosidad, similar como San Pablo lo encontró en Atenas con sus innumerables templos para diferentes dioses unos protectores otros vengativos. Lo que no todavía conocían y Pablo les anunció es el Dios de Jesús, el Dios que obró en Jesús.

¿Conoce nuestro pueblo a este Dios, que no se contenta con que se gima Señor, Señor, sino que quiere obras, acciones y no devociones? “Si tuviesen fe tan pequeña como un grano de mostaza, harían obras iguales a mí y aún más grandes”, les dijo a sus discípulos. Somos nosotros que hemos de hacer los milagros y no esperar que caigan del cielo. La naturaleza tiene sus leyes intrínsecas, pero el hombre es capaz de conocerlos y de dominarlos cada vez mejor por la ciencia.

Es loable que se haga fluir millones para suavizar los sufrimientos de los dañados por el terremoto. Sin embargo si estos millones se hubiese invertido antes en el saneamiento de las viviendas precarias, en alternativos para agua y luz, para una infraestructura y una política descentralizada eficaz, ¡cuántas vidas se hubiese podido salvar! Para esto se requiere más que previsión inteligente. Se requiere un amor real e inteligente, una justicia distributivo eficiente y un estado fuerte con una política transparente y a largo plazo.

Esto no es sólo una tarea de políticos con vocación de armonizar la convivencia humana, sino de todo buen ciudadano que lo practica desde las bases de manera subsidiar, creativa y crítica. El pillaje en casos como el presenciado en Pisco, demuestra la distancia de este ideal de SER cristianos. Aventajar al prójimo en la misma angustia.

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