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Eva y Ave: depurar imágenes y recuperar símbolos -- Juan Masiá

Publicado en

Atrio

Artículo publicado en varias entradas entre el 15 y el 26.11.07 en Vivir y Pensar en la Frontera
La narración mítica sobre Eva o la metáfora de una concepción inmaculada son armas de doble filo. La predicación pesimista sobre el mal llamado pecado original (que ni es un pecado ni es lo más originario) impide depurar la imagen de “Eva –dadora-de-Luz” y recuperar el símbolo del “Ave-toda-Mujer-agraciada”.
Al acercarse el 8 de diciembre, pasemos por el cedazo de la hermenéutica las catequesis contaminadas por pesimismos teológicos y machismos ideológicos.

Para ir preparando el terreno, valgan las sugerencias siguientes:

1. Dar a luz es dar luz, porque toda criatura que nace es una chispa de luz originaria para un mundo con oscuridad original.

2. Nadie nace con mancha, ni el dar a luz mancha a nadie. Ni la criatura ni la madre necesitan purificarse por el nacimiento. Lo que necesita purificación es el mundo que entre todos y todas contaminamos.

3. Si alguien entra en una habitación con el aire contaminado por el humo del tabaco y empieza a toser no tiene culpa ninguna. Si, en vez de abrir las ventanas para ventilar , enciende un puro, contribuye por su parte a aumentar la contaminación.Toda criatura nace sin mancha y ve la luz en un mundo que ya hemos enrarecido entre todos y todas de antemano: es la metáfora del mal original. Cuando alguna vez esa criatura contribuya a aumentar la contaminación, se dirá por primera vez que ha cometido un mal, ha desperdiciado su propia luz originaria y ha contribuido a aumentar la oscuridad original.

4. Pero todo esto no es más que el prólogo para poder hablar el 8 de diciembre de la Inmaculada como metáfora sin insultar a la mujer.

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En el post anterior recordamos la enseñanza de la iglesia sobre el mal original y la gracia originaria ( cuando se la entiende bien, con fidelidad creativa y hermenéutica adecuada!!!, no como la entienden quienes no han pasado del mito infantil a la fe adulta, cosa que ocurre a menudo en algunos movimientos de espiritualidad de ultraderecha anticonciliar que merodean por los blogs de los alrededores…). Hoy seguimos preparando el terreno para la fiesta de la Inmaculada que se acerca.

Hay que dar el paso a la adulted de la fe, capaz de reintepretar y actualizar. En la educación religiosa no se ha hecho siempre bien esta transición. Se siguió hablando de un san José anciano viendo nacer al niño Jesús como “a través de un cristal, sin romperlo ni mancharlo”, que decía el catecismo. No necesita cortar el cordón umbilical, se pensaba, quien no tuvo arte ni parte en el embarazo. Es decir, que no había teología hermenéutica. Hoy ya no se puede hablar así. Pero hemos llegado tarde y el lenguaje de iglesia no se entiende. Los fundamentalismos lo toman al pie de la letra. La reacción opuesta “tira al niño junto con el agua de la bañera” y deja de creer. La reacción miedosa se limita a callar por “prudencia”, a la espera de declaraciones eclesiásticas que digan lo que hay que creer, prohibiendo pensar. Otra reacción es posible: pasar de la creencia infantil a la fe adulta; reinterpretar los lenguajes mitificadores y seguir caminando en busca de lo principal.

En astronomía se hizo la transición. El más inculto sabe que el sol no sale, sino la tierra gira, aunque en la vida cotidiana se siga hablando de sol naciente o los poetas canten puestas de sol. Tampoco las cigüeñas explican la embriogénesis; aunque la imagen sigue adornando boutiques de lencería. Hay que cambiar de clave en teología.

¿Cómo hablar de pecado original? Diciendo que es el negativo de una foto: la gracia original, ¡amazing grace!. El mito de Adán y Eva no es una historia de cómo empezó el mal en el pasado, sino una imagen de lo que ocurre siempre en el presente; la contradicción de no hacer el bien que queremos y hacer el mal que no queremos, a la vez seducidos y responsables, víctimas y autores del mal. Pero, a pesar de los pesares, hay esperanza, que es el núcleo del símbolo de la Inmaculada que meditaremos en los proximos días.

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En los dos posts anteriores quitamos la “capa de cal” de malentendidos sobre pecado original, para poder “restaurar el fresco” del cuadro de la Inmaculada. Con las expresiones metafóricas de los dogmas pasa como con los frescos de San Isidoro en León.

Esas pinturas estuvieron mucho tiempo encaladas, hasta que la restauración artística las recuperó. Así pasa con la hermenéutica, que los fanatismos fundamentalistas no comprenden. Se asustan de que algo sea “nada más que una metáfora”. Hay que aclarar: “Nada menos que toda una metáfora, que dice la realidad por medio de la figuración”.

Cierto que si la restauración se hace mal, al quitar la cal hay peligro de destruir el fresco, con escándalo de pusilánimes… Pero si no restauramos, nos perdemos la riqueza del fresco. Hay que revisar hermenéuticamente para que la fe adulta recupere las riquezas (sin magias, sin fanatismos y sin lecturas al pie de la letra) del lenguaje religioso, todo él metafórico. Hay que aplicar esto a las nociones de : 1) concepción inmaculada de María, 2) concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo, 3) alumbramiento de Jesús, nacido de mujer y 4) los relatos sobre los otros hermanos de Jesús.

Juan Pablo II dijo: “La Navidad pone de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano” (Evangelium vitae, 1995, n.1). Es un giro de ciento ochenta grados al enfoque de las homilías sobre María, José y … la Vida. No aleja de nosotros el nacimiento de Jesús, reduciéndolo a lo excepcional. Al contrario, se pone de relieve, a la luz del nacimiento de Jesús, nacido de mujer, lo extraordinario de todo nacimiento. En vez de medir el nacimiento de Jesús con el patrón de los demás nacimientos, confundiendo lo extraordinario con lo anormal, se da la vuelta a la frase y se ven los demás nacimientos a la luz de éste, que muestra el misterio de todo nacimiento humano.

El exegeta Jean Radermakers, en su comentario a Mateo, dice: “Tomando imágenes de las mitologías paganas, depuradas por la reflexión judía, Mateo no se sitúa en un plano de fisiología, medicina, ginecología o sexología, sino en el de una realidad más profunda… Deberíamos releer nuestra experiencia del alumbramiento y de la responsabilidad parental a partir del nacimiento de Jesús… Toda criatura recién nacida viene de Dios. Asumir una maternidad y paternidad humanas es dejar que Dios se revele en la criatura nacida… La misión de todo varón y mujer que se unen es dar lugar a que aparezca en el mundo la realidad de Enmanuel, Dios con nosotros” (Au fil de l,évangile selon saint Matthieu, 34-48).

Lástima que el evangelio haya sido malentendido desde enfoques negativos sobre la sexualidad, que veían la actuación del Espíritu en confrontación con la relación matrimonial. Encandilados por la luz de un alumbramiento excepcional, no dejaban percibir el soplo del Espíritu vivificando cada procreación. Todo nacimiento se origina, de algún modo, por obra del Espíritu.

Releído el pasaje desde esta hermenéutica, diría el ángel a José: “No dejes de llevarte a María contigo. No creas que porque intervenga el Espíritu tu papel como varón está de sobra. No tienes que alejarte para dejar paso a que Dios haga algo grande con vuestra familia. No vas a entrar en competencia con el Espíritu por tu relación con María. Tu papel es compatible con la acción de Dios y con que Jesús sea el Cristo.”

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Desbrozado el terreno en los tres posts anteriores, de cara al 8 de diciembre, revisemos en el decálogo siguiente (si se disculpa un post largo) el modo de hablar en catequesis y homilías sobre María: novia, esposa, mujer y madre, símbolo de esperanza.

1. La fiesta de María Inmaculada invita a repensar desde la Biblia cómo hablar sobre María y la mujer, y su repercusión en el respeto a la mujer en la sociedad y en la iglesia.

2. Inmaculada ( 8 de diciembre) y Asunción (15 de agosto) son dos nociones-límite, como el cero y el infinito, metáforas de salvación y esperanza. Del principio al fin no hay punto donde no alcance la voluntad salvífica universal de Dios. Dos caras del mensaje: “Dios te ha amado, María, desde antes de nacer, y te ama tras la muerte, vives en Él para siempre” (cf. Eph 1,4). No sólo María. Ella es símbolo de lo que Dios quiere para todo el mundo: salvación, vida y esperanza. Ella participa, como prototipo, de la mirada divina amorosa desde el principio de la existencia. No hagamos de María caso aparte alejándola de la humanidad en pedestal inaccesible, como si no fuera mujer: cotidiana y creativa, novia y esposa, madre y viuda…

3. La lectura del Génesis sobre el origen del mal contrapone dos símbolos: la mujer, símbolo de vida y esperanza, y la serpiente, símbolo de engaño, mal y muerte. Evitemos lecturas equivocadas, que insultan a la mujer identificándola con la tentación. No leamos lo de la costilla de Adán como si fuera emblema de subordinación de la mujer. Según Mateo, Jesús lo cita (Mt 19, 9) para defender la igualdad de la mujer cuando se la discriminaba para el divorcio.

4. Arrastramos, desde san Agustín, la interpretación equivocada del pecado original como si estuviera relacionado con la procreación y transmitido por herencia. Unido esto a la discriminación de la mujer y a la obsesión en la iglesia con todo lo relativo a sexualidad, redujo la imagen de María a símbolo de pureza asexuada. Pero, en la Biblia, pureza significa más: honradez consigo mismo y con los demás, sinceridad ante Dios, justicia y solidaridad, ausencia de dobles intenciones, corazón leal, reflejo de la misericordia divina, etc. Por cierto, la biblia hebrea usa la metáfora del “útero de misericordia”. Lo dije en una homilía y alguien se ruborizó comentando: “Ha dicho “útero” desde el altar, en plena misa. ¡Qué atrevimiento!” (Tan condicionados estamos en la iglesia en temas de sexualidad y procreación).

5. La lectura de la presentación en el templo de Jesús recién nacido (Lc 1, 26-38) siembra confusión, por la idea mosaica sobre purificación de la madre tras dar a luz. A nivel popular, con insuficiente cultura bíblica, se confunden las nociones de “concepción inmaculada” y “nacimiento virginal”. Para más inri, la tradición inculcó la triple expresión “virgen antes del parto, en el parto y después del parto” (La iglesia y la teología nunca se comprometieron con la segunda y tercera parte –in partu, post partum- de esta afirmación, excepto el error del catecismo de Ripalda: decía que Jesús salió del vientre de su madre como a través de un cristal, “sin romperlo ni mancharlo”, lo cuál equivaldría a negar que es verdadero hombre, nacido de mujer, además de sugerir el tabú de que dar a luz mancha a la madre).

6. También el evangelio de la Anunciación (Lc 1, 26-38), si no se entiende lo mito-poético, engendra malentendidos. Al acentuar lo excepcional, se olvida lo principal: el Espíritu, que actúa en todo nacimiento. Tambien nuestros nacimientos fueron, a la vez, gracias a nuestros progenitores y por obra del Espíritu. María es símbolo de acogida del don de Dios a toda madre, que al dar a luz nueva vida ilumina la oscuridad de la vida.

7. Hay que explicar para adultos el sentido de la evolución del dogma y el condicionamiento histórico de las expresiones usadas en las formulaciones dogmáticas.

8. La definición de la Concepción Inmaculada presuponía una determinada manera de entender el pecado original. La presunta no intervención de José en el nacimiento de Jesús se debía a que se la creía incompatible con la divinidad de Jesús. El modo de hablar sobre la virginidad de María presuponía una determinada visión negativa de la sexualidad. El modo de hablar de nacimiento virginal presuponía los tabúes sobre la sangre como mancha. La insistencia en la virginidad post partum presuponía igualmente una mentalidad estrecha acerca de la sexualidad y las correspondientes discriminaciones de la mujer.

9. El que se revisen y depuren hoy crítica y hermnéuticamente todas estas expresiones es perfectamente compatible con seguir confesando, como confesamos, en el credo que Jesús, nacido de mujer (Gal 4,4), es verdadero hombre y verdadero Dios, es decir, manifestación decisiva y rostro de Dios en la historia humana.

10. No hemos destruído la pintura del fresco, sino quitado la cal y restaurado su vigor original. No somos fundamentalisas literalistas, sino críticos hermeneutas. Ni estamos fuera de la iglesia, ni se nos ocurre remotamente salirnos de ella. No estamos en la ultraderecha eclesiástica, sino en el centro eclesial (reconociendo que es un “centro izquierda”, arropado por el Vaticano II…). Como dijo Juan XXIII al comienzo del Concilio, una cosa es la sustancia de la fe y otra su envoltura circunstancial en cada época. Prosigamos con la tarea de reeducarnos en la adultez de la fe.

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