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Ética marica -- Carlos Osma

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Lupa Protestante

En enero de este año moría en Madrid Paco Vidarte, el filósofo, escritor y activista español más importante de la última generación de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (LGTBQ). Vidarte ha sido, y todavía es, un profeta de esta comunidad. Y como cualquier profeta de los de verdad, su mensaje desestabilizador desborda el contexto que lo originó para interpelar otros muchos contextos particulares. Su última obra: Ética marica, es buen ejemplo de ello.

Muchos le han criticado porque utilizaba un lenguaje políticamente incorrecto que hacía reír a unos, enfadar a otros y escandalizar al resto. Pero aunque pueda ser cierto, no lo es menos que con ese lenguaje decía verdades como puños. Y si no, vaya esta reflexión como ejemplo:“No basta con ser negro, bollera, parado, trans, proleta, sin techo para poder pasar del resto de la gente porque bastante tenemos con ser negros, pobres, maricas como para preocuparnos por los demás… Que te pisen el cuello por maricón no es justificación para que, como maricón, le pises el cuello a la ecuatoriana que limpia tu casa”(3).

No sé si Vidarte conocía la reivindicación de una ética mundial de Hans Küng, pero probablemente la propuesta de Küng de buscar unos mínimos éticos que todos pudiésemos aceptar para la supervivencia de la humanidad, le hubiese parecido sospechosa. Vidarte no creía en éticas universales, por muy mínimas que estas fuesen, desconfiaba de ellas y estaba seguro de que en el fondo eran únicamente éticas particulares al servicio de los poderosos que pretendían así, mantener su posición de privilegio. Proponía frente a esto, la búsqueda de éticas particulares que respondiesen a los intereses de las minorías oprimidas, éticas libertarias y de lucha ante situaciones de marginación.

Estaría de acuerdo con la Declaración de una Ética Mundial que realizó el Parlamento de las Religiones del Mundo, al afirmar que: “todos somos interdependientes. Cada uno de nosotros depende de la salud del conjunto”(4). Y es que Vidarte, aunque pensaba que cada uno debía llevar una sola y misma lucha hasta el final, era consciente de que en nuestro sistema social el poder oprime no de forma concreta a cada grupo, sino mediante micro-discriminaciones que se van engarzando unas con otras. Casi todos somos a la vez marginados y opresores, y en más de una ocasión sucumbimos a la tentación de responder a una discriminación con otra. Esto explicaría en mi opinión, la existencia del protestante homófobo, la lesbiana xenófoba, el ecuatoriano machista, o la mujer integrista. Un círculo opresivo que no libera a nadie:“Contra la opresión sistemática, sólo cabe la solidaridad. Toda acción que sea meramente egoísta, insolidaria, refuerza el sistema de represión general”(5).

Su propósito al escribir el libro era llamar la atención de lo que estaba ocurriendo al colectivo LGTBQ, pero sus conclusiones son también relevantes para aquellos colectivos que han dejado de ser molestos, y han sido absorbidos por las estructuras de poder político y económico imperantes. Colectivos en los que ya no hay ideas nuevas, nada que reivindicar y por tanto que construir. En otras palabras: que han renunciado al futuro.

Repetir el pasado lleva a la desaparición, sobre todo cuando no se tiene pasado. El lugar propio de los marginados es siempre el futuro, y para construirlo se necesitan ideas nuevas. Dejando paso a los que vienen detrás y no tienen miedo incluso de destruir todo lo que se había construido, si es que así lo creen conveniente, y el resto no somos capaces de aportar nada más. Sin reinventarse, sin capacidad de adaptarse a las circunstancias, las minorías están abocadas a la extinción. Sólo un proyecto ilusionante que se atreva a decir las cosas por su nombre, puede mantenerlas con vida.

Respecto a la religión, Vidarte no la consideraba ni mucho menos una aliada, no era una minoría oprimida más, sino esencialmente un enemigo opresor como el capitalismo, el patriarcalismo o el clasismo entre otros. De ellos dice que: “No nacieron sabiendo quienes eran. Nacieron robando y matando. Y sólo tras mucho robar, mucho violar, mucho matar y mucho pisotear supieron quiénes eran y lo que era el sujeto conservador homófobo liberal social demócrata cristiano” (6).

Muchos podemos sentirnos ofendidos, pero sus palabras no surgen de un aleccionamiento abstracto en el ateísmo, sino de una experiencia real con el cristianismo. Y así es como lo perciben muchas personas LGTBQ, muchas feministas y muchos otros luchadores por las libertades de colectivos discriminados. O como percibió también Isaías la religiosidad de su tiempo:“No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes… dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda”(7).

No vamos a decir que las percepciones de Vidarte eran falsas, sólo aportar que bajo nuestro punto de vista no son completas. Hay también un cristianismo que asume su naturaleza profética, y sabe que su futuro está inevitablemente unido al de los marginados. Y que, junto a ellos, es capaz de provocar una actitud desestabilizadora y de conflicto ante esas buenas personas que, como bien describió Vidarte: “son básicamente las que no ofenden el sistema de privilegios de los poderosos”(8).

El cristianismo encarnado no justifica al oficial, al domesticado; sino que más bien lo interpela. Quizás Vidarte estaría absolutamente en contra de hacer una lectura cristiana de su obra, nada más lejos de su intención. Pero al leer Ética marica no sólo nos podemos sentir interpelados como miembros del colectivo LGTBQ, a decidirnos por una militancia que no se someta a los intereses del poder, sino también como cristianos. De hecho, el único poder al que deberíamos someternos los cristianos es la cruz de Cristo. Una exigencia que, estando cómodamente instalados, no nos es nada fácil.

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