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Esta es la juventud de Kiko -- Incitatus

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La Jornada Mundial de la Juventud tuvo como estrambote una celebración multitudinaria del Camino Neocatecumenal. La estrella, Kiko Argüello.
Palabra de honor que, cuando bajaba por la atestada Gran Vía, al oír la voz por los altavoces pensé que era el padre Loring. No sé si caen. Un telepredicador ya nonagenario que aparece en algunos canales de televisión diciendo que a los niños, cuando se ponen insolentes, lo que hay que hacer es romperles la cara a guantazos. Por su verborrea le llaman (que hay que ver) el Padre sonrisas, y fue precisamente la verborrea lo que me confundió; eso y que las dos voces, cuando gritan, se parecen bastante.

Pero no, claro. Quien atronaba por los altavoces era Kiko Argüello, fundador del Camino Neocatecumenal, el grupo ultraconservador más numeroso y poderoso de la Iglesia católica. Pronto me daría cuenta de que habría sido impensable que fuese cualquier otro.

La Jornada Mundial de la Juventud, fiesta religiosa que ha atraído a Madrid no solo al Papa Benedicto XVI sino a varios cientos de miles de jóvenes de todo el mundo, concluyó el lunes con una multitudinaria concentración en la plaza de la Cibeles (Defensa negó para este acto el basural de Cuatro Vientos; el alcalde Gallardón fue más comprensivo).

El Pontífice ya se había ido, pero eso daba igual: quienes estaban allí para homenajearse a sí mismos eran los verdaderos organizadores de esta JMJ y de casi todas las anteriores; los que llenan las anuales manifestaciones “por la familia” en la plaza de Colón; los que abarrotaron una y otra vez los estadios a los que viajaba Juan Pablo II; el único grupo humano que hoy existe en el mundo capaz de poner a cientos de miles de personas en cualquier punto del planeta. Y lo hacen para vitorear al Papa, a Cristo, a la Iglesia, a la familia y a lo que haga falta. Pero sobre todo adoran a su fundador y líder absoluto (él diría, seguramente, kerigmático), el pintor y antiguo cantautor leonés Francisco José Gómez Argüello. Son los kikos.

A lo largo de mi vida he asistido a incontables ceremonias católicas, supongo que como la mayoría de ustedes. Esta es la primera vez que contemplo un acto religioso en el que lo más importante, diría que la obsesión, no es la firmeza de la fe, o la esperanza, o la voluntad de ayudar a los demás, sino el número.

Kiko, al micrófono en el escenario de Cibeles, mostraba sus problemas con el idioma y hasta con la geografía, pero con las cifras es único. Del Cánada, tantos cientos estaban allí presentes, con tales o cuales obispos o vescovos; del Kazájistan, tantos; de la Bulgaría, del Pánama, del Íraq, del Sudan, de la Albanía, tantos cientos o miles. De Croacia habían venido muchísimos croatos y de Mosca, capital de Rusia, un montón de rusos. Cada grupo de chavales gritaba, agitaba sus banderas cuando… adivinaba el nombre de su país. Las mismas banderas que hemos visto durante toda la JMJ. Y en el escenario se alborozaban todos: la orquesta sinfónica (con una sección especial de guitarras) y el coro que se había hecho colocar allí, bajo un sol terrible, y un largo centenar de obispos y cardenales de todo el mundo, que se protegían con sombrillas blancas.

Se supone que todos estaban allí para celebrar la “liturgia de la Palabra”, pero pronto quedó claro que eso era nada más que la teoría. Aquello era un espectáculo montado por, para, con, hacia y ad maiorem gloriam del propio Kiko. Aquello era, ante todo y por encima de cualquier otra cosa, una demostración de poder. Hacia la ciudad que les acogía, hacia el mundo y, desde luego, hacia la jerarquía eclesiástica.

Canciones y “sinfonías”.
Demostraciones de poder hay y ha habido siempre muchas, y las hace quien puede. La singularidad de esta radica en la personalidad de Kiko.

Yo no he visto en toda mi vida un ego como el que transporta este hombre. He hablado con él solo dos veces. En ambas la conversación fue brevísima y exactamente igual. Primero me preguntó si ya me había convertido. Después de titubear un poco, yo le dije que en qué. Le dio la risa. Luego quiso saber, terminante, cuántos hijos tenía yo. En cuanto le aclaré que ninguno, perdió todo interés en mí y se puso a hablar con otros. Quiero decir con esto que ya sabía que Kiko tiene una forma de ser… vamos a decir un tanto difícil.

Pero nunca creí que vería a un líder religioso someter a una multitud semejante a tres horas y media de exhibición desmedida de su propio yo. Las canciones que se cantaron (Yo vengo a reunir a todas las naciones, con texto del profeta Isaías, y Una gran señal, con letra del Apocalipsis) estaban escritas por él; quiero decir que Kiko puso a ambos textos, de prosa sin ritmo, la música que supo, y bastaba oírlas para explicarse -seamos cariñosos- que Argüello no llegase a despuntar como cantautor. Pero daba igual: su gente, sus miles de muchachos, las cantan de fervorosa memoria y las acompañan con bongos, panderetas y con las sempiternas guitarras.

El asunto empeoró cuando Kiko, que ignora por completo cuál es el tamaño de su talento musical, hizo interpretar ante todo el mundo una “sinfonía” (él la llama así) cuya melodía también se debe a su ingenio, porque no puedo creer que la orquestación sea suya. Así que para eso estaban allí la orquesta y el coro, abrasados por el sol que les daba de frente. No voy a ponerme quisquilloso con aquella media hora larga de sucesión de frases musicales, casi todas en modo menor y de una extraordinaria simpleza, que en ocasiones parecían sefardíes, y en otras andaluzas, y las más de las veces no se sabe qué parecían. Kiko estaba allí nerviosísimo, marcaba el compás con las manos y hasta llegó a unir su voz, desde el micrófono atronador, a las del coro.

Quién manda.
Y cuando éste atacó la frase “María, madre de Dios”, se produjo el clímax. Con un solo gesto de las manos, sin decir -por una vez- ni media palabra, Kiko mandó ponerse en pie a todos: a los miles de chavales, a los obispos y príncipes de la Iglesia; al cardenal austríaco Schönborn, que es un consumado melómano; al cardenal franciscano O’Malley, de EEUU, que también; a Rouco, desde luego, y a los demás. Todos en pie con un solo gesto, como reclutas. Quedó clarísimo quién mandaba allí. Quién arrastra multitudes. Quién tiene el poder.

Interrumpió al cansado cardenal de Madrid (y a quien se le puso por delante) cuantas veces quiso. Corrió por el escenario con la energía de Miguel Ríos. Saludó cuanto quiso, habló sin parar, dio palabras, las quitó. A su voz de mando subieron al escenario cientos de muchachos que, al menos esa tarde, querían formar parte de los 20.000 sacerdotes que Kiko exige… ¡para evangelizar China! Los obispos y cardenales le obedecían y tocaban la cabeza a los chicos.

Me fui de allí cuando Kiko, por décima vez, se arrancó a la guitarra con Una gran señal. No lo soportaba más. Me preguntaba qué habría dicho el humilde Cristo de semejante show. Prefiero no saberlo.

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