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Espíritu creador y recreador -- Juan Masiá Clavel, teólogo

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La Comunidad

Si no respiramos, no circula la sangre por nuestro cerebro y se para nuestro corazón.
Para vivir hay que respirar. Respirar es inhalar y expirar. En cada momento, al respirar estamos siendo creados; al expirar, estamos muriendo; y, al inhalar de nuevo, estamos resucitando.

En cada instante nacemos, morimos y resucitamos. En el camino de la meditación, aprendiendo a respirar, se nos da la lucidez cordial que nos capacita para agradecer que no moriremos, porque ya aquí y ahora hemos resucitado.

El famoso soneto de Quevedo nos dice: “Polvo sois, mas polvo enamorado”.
Más rica que la antropología dualista (cuerpo y alma) es la que se despliega en el tríptico materia-alma-espíritu.

Lo material es el polvo. Lo psíquico es el polvo animado-vivificado. Lo espiritual es el polvo resucitado. “Polvo eres y… no volverás al polvo, sino morirás hacia el Espíritu y vivirás por el Espíritu”.

Es difícil el texto tan rico de Pablo en 1 Corintios 15, 44-49. Pablo habla del cuerpo recreado en la resurrección como de un “cuerpo espiritual” (soma pneumatikon): “Se siembra un cuerpo animado, resucita un cuerpo espiritual (vivificado para siempre por el Espíritu)” (v.44).

Del Adán protológico dice Pablo que es “ser animado” (resultado de un devenir del barro “hacia lo animado”, eis psyche dsosan). Del Adán escatológico dice que es Espíritu de vida vivificador (pneuma dsoupoiun, v.45).

Pablo está recordando el libro del Génesis. En el inicio de la creación “el aliento divino (RUAH) se cernía sobre las aguas” (Gen 1,1). Ese Espíritu de Vida ejerce su dinamismo creador, “el aliento de su boca” (Ps 33,6) crea las fuerzas cósmicas, el “aliento divino hace el cielo luminoso” (Job 26, 13). Cuando Judith cantaba las alabanzas de la creación, decía: “enviaste tu aliento y todo se unificó” (Judith 16, 14).

Pero fijémonos en el pasaje descriptivo de la creación del ser humano. Cuando se infunde en el barro un aliento vital, la palabra clave aquí no es RUAH (el aliento divino), sino NESH-AW-MAW (soplo vital). El Espíritu de Vida, que se cernía sobre las aguas, envía un soplo vital para hacer respirar al barro. “Sopló en su nariz aliento de vida y el barro se convirtió en viviente” (Gen 2,7).

En el libro de Job encontramos el uso de estos dos vocablos (el aliento divino y el soplo vital): “De Dios viene el Espíritu (RUAH) que me creó. Del Todopoderoso el soplo vital (NESH-AW-MAW) que me da vida” (Job 33,4).

También en Isaías encontramos ambos términos: Quien creó cielos y tierra, “dio el respiro (soplo vital, NESH-AW-MAW) al pueblo que la habita y el aliento divino (RUAH) a quienes se mueven en ella” (Is 42, 5).

Los humanos viven “mientras tienen respiro o soplo vital (NESH-AW-MAW) y aliento divino (RUAH) en sus narices (Job 27,3). Pero mueren y retornan al polvo, si les “retiran ese respiro y aliento” (Job 34, 14 ss.).

La fe en el Espíritu Creador y Resucitador cree que “si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en vosotros, el mismo que le resucitó a él (el Espíritu mediador de creación y resurrección) dará vida también a vuestro ser mortal por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros” (Rom 8, 11).

En la medida en que el aliento divino de la RUAH envía su soplo vital, somos seres animados, vivientes. Vivimos con esa energía que nos ha sido dada y nos dinamiza con su poder. Vivmos sostenidos, decía la tradición paulina de Colosenses, por esa fuerza que despliegaen nosotros su eficacia (kata ten energeian autou, ten energoumenen en emoi en dynamei, Col 1,29). No dominamos, ni poseemos, ni controlamos esa energía, sino somos vivificados por ella. La RUAH es fuente de vida y vivificación.

Con y desde esta antropología, se comprende la mediación del Espíritu en la resurrección de Jesús y en la nuestra.

Toda criatura que nace, nace de sus progenitores, pero por gracia de la RUAH. Nacer es ser dado a luz por el Espíritu.

Morir es devolver el soplo vital, muriendo hacia el Espíritu para ser absorbidos por el Espíritu en la resurrección.

Resucitar es ser hecho vivir para siempre por el Espíritu y vivir en el espiritu como “cuerpo espiritual”.

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