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España eurocampeona de los desahucios -- Benjamín Forcano

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Ha estallado el dolor y la vergüenza de quienes, finalmente, se reconocen humanos, solidarios con quienes padecen inmerecida desigualdad e intolerable injusticia.
Jueces y políticos –aún no lo banqueros , empresarios ni financieros- que lo sabían mejor que nadie, no han podido callar, o mejor taparse la cara ante el clamor de la sociedad, y han decidido acometer reformas y propuestas.

Ha sido la prueba más lacerante de la ausencia, lejanía e insensibilidad de la sociedad a la que debían servir. De espaldas, pasivos, meros espectadores, con miedo, metidos en problemas internos, dentro de un nivel de vida más que confortable.

¡Demasiado tarde!, para remediar y olvidar esa montaña de amargura y desespero de miles y miles de vidas humanas, levantada sobre más de 400.000 desalojos. ¿Demasiado tarde?

En julio de 2012

Hay cosas que ni siquiera la deformación, la modorra ni la alienación a que nos hemos sometido en el sistema neoliberal las pueden explicar ni justificar. No entiendo cómo una sociedad desarrollada, – la cuarta economía de la zona del euro- con bienes, leyes y mecanismos para que ninguno de sus ciudadanos deje de satisfacer sus derechos fundamentales, permite que puedan darse en ella las cruces sangrientas y deplorables de los desahucios. Y, según estadísticas del Consejo General del Poder Judicial, lo van a sufrir en los cinco próximos años, más de 350.000 familias.

No lo entiendo. Y, a propósito de ellos, se me cuartean todas las paredes humanistas, cristianas, jurídicas y políticas de nuestra democracia. Lo que ocurre con los desahucios es un crimen de humanidad, de impiedad absoluta, que debiera avegonzarnos a todos. Y que se puedan llevar a cabo a la luz pública, exhibiendo prescripciones y órdenes legales, con anuencia de jueces, notarios y empresarios y con ejecución impávida de polícias, dejando en la calle, sin casa, a familias enteras, me parece no sólo abominable sino contradictorio con todos los mandatos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de nuestra Constitución y de nuestra omnipresente Fe católica.

No se precisa ser occidental ni cristiano para aseverar que la vida de todo ser humano es sagrada, “homo homini res sacra”, y que –lo repetimos todos- la vida de un solo ser humano vale más que el oro del todo el mundo. Las cosas materiales están en otro plano, son medios y mercancías que se pueden comprar o vender, tienen precio. Pero el ser humano está por encima, en otro plano, que lo constituye en fín y no en medio, con valor ilimitado, no canjeable por nada.

En esta sociedad, de ricos y pobres, de una minoría que vive opulentamente y goza de monopolios y privilegios, de una gran clase media que vive bien y con un grado alto de prosperidad y bienestar, y de una mayor clase trabajadora que trabaja las mismas horas pero con sueldos muy inferiores, y con una gran clase pobre, que aun queriendo trabajar, no lo logra y se encuentra necesitada, desatendida, marginada, angustiada,… en esta sociedad, los principios ético- racionales y espiritual- religiosos, que debieran regir y ordenar solidariamente nuestra convivencia, no funcionan, se muestran impotentes y estériles ante los desahucios.

Y eso significa que nuestra cultura está deshumanziada, pervertida, instalada en la hipocresía. Eticamente, legalmente y políticamente estos casos no debieran darse, no debieran tener cabida en nuestro ordenamiento jurídico-político. Es lo que, con meridiana claridad, se desprende de todas las leyes que nos hemos dado:

1.Declaración universal de los Derechos Humanos

– “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declararación (Art. 2). En concreto,

-“Todos son igual ante la ley, y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley” (Art. 7).

– “Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, a los recursos del Estado y la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad” (Art. 22).

-“Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo. Toda persona tiene derecho, sin discriminación alguna, a igual salario por trabajo igual. Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfatoria, que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social” (Art. 23).

“Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure , así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial, la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios” (Art. 25).

2. La Constitución Española

La Constitución Española ya en el Preámbulo declara que “La Nación española desea proteger a todos los españoles en el ejercicio de los derechos humanos”, para lo cual, reconociendo que “Todos los españoles son iguales ante la ley” (Cap. II, Art. 14), encomienda a los Poderes públicos “Promover las condiciones para que la libertad y la igualdad sean reales y efectivos” (Tít. Preliminar, Art.9); entre esas condiciones están las de garantizar “El derecho al trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia” (Cap. II, Art. 35), “Promover una distribución regional y personal más equitativa” (Cap. II, Art. 40), y “Regular la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación y hacer efectivo el derecho de todos los españoles a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” (Cap. II, Art. 47).

3. Una nación orgullosa de ser mayoritariamente católica

La fe católica ha configurado de arriba abajo la sociedad española en instituciones y costumbres. No hay ámbito o dimensión de su historia que no lleve su huella. Pero, con todo derecho, sin negar lo que representa esa presencia y desarrollo históricos, confrontamos la vida pública de esta sociedad mayoritariamente católica, con los postulados del Evangelio. Y la confrontamos con el hecho concreto de los desahucios, que la impugnan y clamorosamente la han cuestionado el 29 de junio en la catedral de la Almudena de Madrid.

Que un grupo de desahuciados, asistidos y apoyados por la PAH-Madrid,- Plataforma de los Afectados por la Hipoteca-, eligieran la catedral como lugar para formular su protesta, denunciar los desahucios y asegurar una negociación de cara a unos derechos suyos en juego, no es ningún desatino, ningún delito y, por supuesto, nada que tenga que ver con la profanación del templo.

Al respaldo de las leyes en este caso, se suma la inequívoca y luminosa fuerza del mensaje de Jesús: El templo verdadero que hay que respetar y en el que se reconoce a Dios es la persona humana, que está por encima del templo material. Toda la línea profética, realzada por el Nazareno, destaca este particular: el culto es valioso, pero en cuanto expresión y ratificación de la justicia, de la verdad y del amor. Un culto que no lleve esa marca, le resulta a Dios nauseabundo y aborrecible.

Los desahuciados son un caso respecialmente vivo y concreto de los preferidos de Jesús de Nazaret. Nuestra Sociedad Democrática, con nuestro Estado de Derecho y nuestra Jeraquía eclesiástica, fiel a Jesús, lo menos que pueden hacer es salir el encuentro de esos dramas, escucharlos, atenderlos y tratar de solucionarlos con los responsables.

De no hacerlo, trastocamos el orden más humano, el sentido común y los valores básicos de la Etica y del Evangelio. Para rodeos ante los vulnerables, asaltados y caídos ya hicieron bastante los levitas y sacerdotes de Jerusalén, que pasaron de largo para irse al templo. Jesús ensalzó al buen samaritano (despreciado, de segundo orden, poco ortodoxo) que tuvo corazón y supo recomponer una existencia maltrecha.

Si hay dinero para los que se han enriquecido malamente a base de engañar y robar, – se les ha ellos- repuesto miles de millones de euros sin procesar a uno solo de debe haberlo para los que con trabajo o sin él, con dificultades y apuros extremos procuran pagar y no llegan. Alancearlos legalmente y echarlos a la calle, es una canallada. Nuestro Estado Democrátíco y de Derecho legisla mil veces y con mil avisos para que esto no ocurra y, si llega el caso, se le busque solución humana adecuada. Aplicar a ojos ciegas la ley es hacer sabio el dicho de que “¡Summun ius, summa iniuria!”, ¡Supremo derecho, suprema injuria!

Ciertamente, esto sólo ocurre en la jungla de nuestras urbes, donde la relación humana directa, el valor de cada uno de nosotros como persona y como hermano, prójimos solidarios, se ha diluido o deglutido.

Aquí, sólo cuenta el negocio propio, el triunfo personal, sacar a flote el máximo beneficio, aún a costa del sufrimiento y acaso muerte de no pocos. Y, no sólo financieros y gestores públicos, sino muchos ciudadanos hemos entrado en la dinámica de la especulación alquilando o comprando pisos para venderlos luego al poco tiempo por el doble o más.

Se dice pronto, pero es para pensar a dónde nos ha llevado esta furia neoliberal consumista, que compagina grados insultantes de lujo con casos extremos de necesidad y miseria, derechos pisoteados con privilegios intolerables, sin que seamos capaces –ni lo sean nuestros Gobiernos como es su deber- de decretar soluciones acabando con la surrealista cifra de seis millones de pisos vacíos frente a miles de personas y familias a las que se les cierra la posibilidad de una vivienda digna, conforme a su situación, trabajo y derechos.

Necesitamos una mentalidad nueva, un compartir más y un acumular menos, una Administración nueva y una Política nueva. Eso, y no el progreso desigual, individualmente endiosado, es lo que nos hace una nación digna, grande, democrática, humanista y cristiana de verdad.

«ESTUVE DESHAUCIADO Y NO ME ACOGISTEI

Foro Curas de Madrid

Comisión permanente

En julio de 2012

El pasado viernes 29 de Junio integrantes de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca de Madrid, con algunos amigos que quisieron acompañarles, se encerraron en la catedral de la Almudena de Madrid, como una acción más de las que están realizando para visibilizar ante la opinión pública la situación sangrante de tantas familias que están siendo desahuciadas de sus hogares familiares. Participamos en esta acción tres curas del Foro Curas de Madrid.

En su manifiesto decían: “Cuando todos los poderes de este país están enfocados en rescatar a bancos y cajas que disfrutaron de la burbuja inmobiliaria, que condujeron a la gran estafa hipotecaria, arruinando a familias trabajadoras que necesitaban un bien de primera necesidad, como la vivienda.

Ahora que los desahucios incrementan aceleradamente la cantidad de familias marginadas y arrojadas a la exclusión social, incumpliendo lo estipulado en los tratados internacionales sobre derechos humanos y garantizando el poder de los banqueros sobre los derechos de las personas, levantamos nuestra voz para exigir:

Reconocimiento legal de la Dación en pago para quedar libre de toda deuda con la entrega del piso.

Paralización de los desahucios

Alquiler social

Investigación y sanción a los culpables de la estafa hipotecaria»

Los responsables de la catedral, sin embargo, consideraron que no era tolerables que una tal acción se hiciera dese un lugar sagrado, que se estaba instrumentalizando para fines que no son propios de un templo. «El templo, decían, es un lugar de oración. Por lo que desde hace algunos años ya hemos decidido no permitir manifestaciones de este tipo en su interior. Son normas que hemos de cumplir con todos los grupos. No podemos permitírselo a unos sí y a otros no. Por lo que si no abandonan el templo espontáneamente, nos veremos obligados a llamar a la policía para que lo haga por la fuerza».

Los encerrados intentaron explicarles el motivo de la acción, precisamente en el templo de la Almudena. Pero ellos insistieron en que la Iglesia ya ayuda todo lo que puede a través de los servicios de Caritas en todas las parroquias y que no podían permitir una actuación de este tipo. Por lo que finalmente llamaron a la policía que desalojó el lugar.

Ante tal situación, el Foro Curas de Madrid manifestamos:

La acción de la Iglesia, con ser importante, no ha de limitarse a la ayuda de Caritas. Hay una tarea de denuncia de situaciones y estructuras de pecado con su correspondiente propuesta de actuación moral de contenido socio-económico que también es propia de la acción eclesial. Y que en nuestra opinión, la Iglesia de Madrid hasta el momento no ha tenido suficientemente en cuenta, al menos en lo que se refiere a esta problemática de los desahucios.

El templo cristiano es lugar de oración, por supuesto, pero no sólo. Una de las plegarias del ritual de consagración de templos pide » que este templo sea lugar de misericordia para los pobres y de libertad para los oprimidos». Y en la mejor tradición eclesial los templos han sido refugio para los que se sentían socialmente excluidos y perseguidos.

Orar es la primera práctica del creyente, evidentemente. Pero la oración cristiana es una oración desde la vida y para la vida, asumiendo todo el espesor de la realidad personal y colectiva, estructural. Alimentada por «los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los hombres de cada tiempo» (G.S.1) No ha sido nunca una evasión de la dura y compleja realidad.

Las normas de funcionamiento son necesarias en cualquier institución. Pero ate determinadas situaciones humanas y familiares, hay que ser capaz de reinterpretar y superar la letra de las leyes. Es un mensaje central del Nuevo Testamento

Por lo que consideramos un lamentable error la actuación de los responsables de la catedral de Madrid, echando mano de la fuerza policial para expulsar a un grupo de familias, que ya son expulsados y desahuciados de demasiados lugares, no sólo de sus propios hogares.

Si unas estructuras económicas y políticas despiadadas están produciendo estos efectos perversos, no podemos también desde la Iglesia convertirnos en un factor más de exclusión. El día de la verdad se nos podrá reprochar: «Estuve desahuciado y no me acogisteis»

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