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Es probable que se decanten por el Ordinariato para su regreso a Roma -- José Manuel Vidal

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Religión Digital

El futuro de los Lefebvrianos en un sobre lacrado con las insignias papalesEl «ecumenismo exagerado» de Juan Pablo II, el principal escollo para alcanzar un acuerdo pleno. Los lefebvrianos «estudiarán a fondo» las bases para reconciliarse con Roma

Con un sobre lacrado con las llaves de Pedro. Así salió, el pasado miércoles, del palacio del Santo Oficio, sede de la poderosa congregación de Doctrina de la Fe, monseñor Bernard Fellay, el superior de la Fraternidad San Pío X. Un sobre que, a estas horas, ya han abierto los cuatro obispos lefebvrianos. Es el regalo del Papa Ratzinger para ellos y sus seguidores: la rápida incorporación total a la Iglesia de Roma (de la que ellos juran que nunca salieron) en tres posible modalidades a elegir. O a consensuar con Roma. Un detalle que lo más probable es que los discípulos de monseñor Lefebvre acepten encantados.

Conocido el Preámbulo doctrinal, entre los lefebvrianos reina la cautela, la máxima prudencia y el silencio. Especialmente con los periodistas. Hasta ahora, no se conocía la existencia del sobre lacrado, cuyo contenido, según ha podido saber Religion Digital, se centra en las posibles figuras canónicas que el Papa podría conceder a los lefebvrianos, si aceptan el citado «Preámbulo».

Se trata de una triple fórmula canónica, a la que podrían acogerse. En primer lugar, una prelatura personal internacional, al estilo del Opus Dei, que, hasta ahora, era la única institución eclesial que gozaba de esa distinción. Una fórmula jurídica muy flexible, para dar cabida a instituciones de la Iglesia católica de carácter secular y jerárquico. Una circunscripción presidida por un prelado, que no se basa en criterios geográficos sino en la atención de una necesidad pastoral concreta de sus miembros. Aunque sea ésta la fórmula a la que aluden mayoritariamente los medios de comunicación, la verdad es que la prelatura no acaba de agradar a la FSSPX.

La segunda opción ofertada por el Papa es la del Ordinariato. Al estilo de los anglicanos que regresan a Roma. El Ordinariato personal es una estructura que permite a determinados grupos unirse a la Iglesia católica, manteniendo elementos de su liturgia y tradición pastoral. Es la fórmula que, en estos momentos, tiene más probabilidades de prosperar. Tanto el Papa como la Fraternidad se decantan por ella, porque entraña una categoría superior a la de la Prelatura, más eclesial y con posibilidades curiales.

La tercera opción es más imprecisa, pero los lefebvrianos la conocen bien, porque ya la están viviendo, desde hace años, en la diócesis de Campos de Brasil. Allí, el 18 de enero de 2002, el obispo lefebvriano Licinio Rangel y los curas de la Unión sacerdotal San Juan María Vianney regresaban a la plena comunión con Roma en una ceremonia celebrada en la catedral.

La Unión, que sigue encabezando monseñor Rangel, quedó constituida en administración apostólica, sujeta directamente a la Santa Sede, con jurisdicción personal cumulativa con la del obispo de Campos. Los miembros de la Unión tienen permiso para seguir utilizando la liturgia de San Pío V.

En principio, parece que los lefebvrianos optarían por la figura canónica del Ordinariato, que les asemeja a los anglicanos de vuelta a Roma, con los que comparten, entre otras cosas, la defensa a ultranza de la misa en latín.

En fuentes próximas a la Fraternidad aseguran que es muy probable que los lefebvrianos acepten la propuesta papal, que les llegó en sobre lacrado. Se conseguirá así la reconciliación total y la vuelta al redil romano de los lefebvrianos. Sin vencedores ni vencidos. Como le gusta a Benedicto XVI.

Sale ganando la Iglesia de Roma, que vuelve a acoger en su seno a una de sus ramas desgajadas, que le aporta la savia nueva que tanto necesita: 4 obispos, más de 500 sacerdotes y alrededor de un millón de fieles en todo el mundo. Fieles militantes y convencidos. De misa y comunión diarias. «Sería un pecado que, en época de invernía vocacional, la Iglesia de Roma despreciase una gracia de este calado», explican en fuentes cercanas a la Fraternidad.

Por su parte, la FSSPX se asegura la vuelta a la comunión plena con Roma, tras despojarse del estigma del cisma, sin renunciar a sus principios. Y, porque, como decía recientemente, el español monseñor de Galarreta, «es mucho más lo poco que podemos hacer dentro de la Iglesia que lo muchísimo que podamos hacer fuera».

Porque, además, según el «Preámbulo doctrinal», lo que Roma les exige es adhesión completa y total al Papa y adhesión con matices al Concilio Vaticano II. Lo primero no les cuesta demasiado. Hay una estrechísima sintonía de los lefebvrianos con el Papa Ratzinger. Entre otras cosas, porque Benedicto XVI es también un enamorado de la misa antigua.

Y de hecho, Su Santidad se enfada mucho con los episcopados que siguen sin aplicar el motu proprio ‘Summorum Pontificum’, una ley vaticana que permite la celebración del rito antiguo, anterior al Concilio, sin el permiso del obispo.

La sensación, pues, en círculos cercanos a la Fraternidad es de aceptación de la propuesta papal, aunque siguen desconfiando de una parte de la Curia romana y de la situación general de la Iglesia católica, a la que ven «destruida doctrinalmente, dividida y sin calidad-caridad». Para arrimar el hombro desde dentro en la reconstrucción eclesial, están dispuestos a volver.

La única dificultad insalvable estribaría en que Roma les exigiese alguna de estas tres condiciones:

1/ Aceptar un ecumenismo mal entendido, porque para ellos el único ecumenismo es la unión de todos los cristianos cuyo bautismo es válido. Todo lo demás, son excentricidades. De hecho, éste es el tema más debatido en el seno de la Fraternidad en este momento y el más controvertido a la hora de aceptar la oferta de Roma. Los lefebvrianos creen que la idea, preconizado por el ecumenismo exagerado de Juan Pablo II, de que Jesucristo subsiste en la Iglesia católica es una herejía y algo intolerable a los ojos de los tradicionalistas.

2/ Aceptar una libertad religiosa mal entendida, como la que reina hoy en China o la que se instauró en Rusia en tiempos de Kruschev. Esa libertad religiosa dio origen a la separación Iglesia-Estado y es, para los lefebvrianos, uno de los principales escollos en su retorno, aunque tampoco insalvable.

3/ La aceptación de lo que ellos llaman la «revolución litúrgica». Quieren seguir celebrando por el rito antiguo y Roma no sólo no tiene inconveniente, sino que, incluso, lleva años promoviéndolo en otros ámbitos. De la mano directa del Papa y de su ministro de Liturgia, cardenal Cañizares.

Como Roma no les exige ninguna de estas tres condiciones, los lefebvrianos ya se están planteando su regreso formal. Con una única condición: depender directamente de la jurisdicción del Santo Padre. Ir de la mano de Benedicto XVI, el Papa que no acepta la hermenéutica de la ruptura para leer el Vaticano II, sino la de la continuidad.

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