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Entrevista a Kike Figaredo, obispo en Camboya: «algún día habrá mujeres sacerdotes» -- Lola Huete Machado»

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Moceop

Fuente: El País
Hoy se piensa que creer en Dios es de tontos»
Jesuita y obispo en Camboya, este asturiano pone en práctica día a día la labor que le encomendó hace 20 años el padre Arrupe: trabajar para los más pobres.
Kike Figaredo es asturiano, de Somió (Gijón), de 50 años; jesuita desde los 20 y obispo de la Prefectura Apostólica de Battambang, en Camboya. En este país asiático lleva casi la mitad de su vida, ahora en una zona al norte, cercana a ese arrabal de frontera con Tailandia llamado Poipet, que es nombre asociado a la cuna de Pol Pot, el dictador, y sus jemeres rojos; a la guerra civil que corrompió la sociedad y acabó con dos millones de personas entre 1968 y 1998; a las minas y artefactos no explotados (UXO), que ya van por el millón desenterrados, que matan y mutilan cada día en bosques, arrozales y caminos.

Poipet es infierno en la Tierra (hay otros, y siempre en el borde entre dos mundos: esa herida de la que hablaba el vasco Pedro Arrupe, superior y renovador último de la Orden); un lugar sin ley donde se mezclan ricos y pobres, hombres libres y niños esclavos que sus propios padres venden por falta de alimento; mercenarios y contrabandistas de drogas y madera ilegal; japoneses y tailandeses -son mayoría-, que juegan a la ruleta por la mañana en los múltiples casinos de lujo levantados en la tierra de nadie entre los dos Estados y se acercan a los burdeles en busca de niñas vírgenes por la tarde. Porque dan suerte, creen ellos.

En ese mundo deteriorado, cerca de esa frontera, se encuentra el Centro Arrupe, que Figaredo fundó en 2000 y es como un oasis de paz, esperanza y educación en el casco urbano de Battambang (la ciudad del cetro perdido), financiado, entre otros, por Cáritas, Entreculturas, Manos Unidas o la Asociación Española de Cooperación Internacional (AECI). «Es un centro de acogida para niños sin posibilidades, pobres, discapacitados o huérfanos a los que no podemos sacar adelante en sus aldeas.

Y lo fundamental no son tanto los chavales que ya están en el centro, sino lo exterior, el equipo que va al campo, que visita los pueblos: construimos sillas de ruedas, escuelas, caminos, pozos, puentes, viviendas, iglesias… Y de ahí proceden muchos de los que están aquí, mírales…», dice señalando al ventanal. Al otro lado se ve a algunos de los 70 niños, todos bailarines o músicos, que forman el grupo de danzas jemeres. Están en Madrid dentro de una gira por diez ciudades impulsada por el Programa de Cooperación Internacional de la Fundación La Caixa.

De los chavales se ocupan en todo momento amigos y familiares de Figaredo; voluntarios que arriman el hombre aquí y allá, todos canalizados a través de la ONG familiar Sauce… «Sí, Camboya está muy presente entre los míos. Tengo incluso un sobrino casado con camboyana. Y a través de la ONG todos están vinculados, ayudan económicamente, los antiguos voluntarios filtran a los nuevos… Han pasado ya más de cien por Battambang».

Sentado en el salón de una casa rica en Somosaguas (Madrid) -propiedad de una familia solidaria con su causa que ha invitado al grupo-, Figaredo aparece impecable: camisa blanca, pelo cano, rostro y ojos transparentes, las manos elegantes, la voz sinuosa y un discurso firme en el que se repite la frase «que Dios me perdone» cuando va decir algo que cree inconveniente al hablar de lo social, de la Iglesia española o de ese premio Príncipe de Asturias último del que ha sido finalista y se fue a manos de la colombiana Ingrid Betancourt. «La política no lo ha permitido», se ríe. «Claro, ella, mujer, de Latinoamérica, política; y yo, hombre y cura y de Asia… Nada que hacer», bromea.

Y continúa: «Ahora, bendita la reina de nuestra montaña que le ha dado el premio, porque espero que le sirva para hacer algo. Me gustaría encontrármela y decirle: ’Me encanta que tenga el galardón, señora, pero sepa que su país es el que más minas tiene del mundo, el de más accidentes al día… Está lleno de pobres su país; y con nosotros hay misioneros colombianos en Camboya que están dando su vida y no reciben un duro de sus amigos los ricos de Colombia, que luego van de cristianos».

Así, frase a frase, directas pero suaves, cuenta Figaredo que se hizo cura porque era la manera en que Dios le llamaba. «Yo quería sentirlo, encontrarle. Mi oración era ’Señor, ¿dónde estás? Yo te quiero conocer. Veo a mi padre rezar y yo quiero hacerlo; veo a mis hermanos, tan píos, y yo no sé donde estás». Y en un momento dado, con 16 años, siendo él retoño prometedor de familia asturiana bien, los Figaredo, empresarios del carbón, la siderometalurgia y la banca («todos católicos apostólicos romanos, como Dios manda»), sintió con claridad extrema cómo el Señor le decía: «Kike, mi rostro es el rostro de la gente, no te vuelvas loco». Y eso le cambió para siempre.

Estudió Económicas como querían los suyos y luego otras disciplinas más ligadas al desarrollo, cuando ya la vena social era su vena. «Comencé con trabajos sociales, con inmigrantes». Y llegaron las preguntas internas: «¿Tú a quién perteneces? ¿A esta labor social o al mundo de la Universidad y de la vida buena?». Era lo primero. Así que se hizo jesuita, pidió ir al Servicio Jesuita al Refugiado (SJR) y le enviaron en 1985 a los campos de camboyanos en Tailandia. Se fue con la bendición directa de Arrupe, motor de la Orden entre 1965 y 1981, cuando quedó paralizado por una embolia. «Era como si yo estuviera allí para continuar su obra».

¿El centro de Battambang se llama Arrupe porque su filosofía coincide de pleno con la de él?

Sí. Él fue mi inspiración. Arrupe fundó el SJR y yo fui a verle a Roma; ya estaba en la enfermería. Fue como charlar por última vez con tu abuelo. Me dijo: «Ya me encantaría estar allí donde va. Usted me va a sustituir, ese trabajo es el que más me satisface». Me bendijo, sentí su encargo. Él, su carisma, su sentido de justicia social, nos ha situado donde estamos, con los necesitados. Este servicio, este apostolado de frontera, debía llevar su nombre.

Desde los campos cruzó Figaredo, en 1988, a una Camboya destruida, aislada y militarizada. «Terrible». Se quedó. Y allí sigue, en ese hermoso país de mayoría budista (90%), donde los católicos son minoría y donde sólo la unión intro e inter religiones genera cada día la fuerza para salir adelante. Recuerda que en sus primeros diez años nunca pudo planificar: «Vivías al día; la prioridad era la guerra y la ayuda era de emergencia…

Hemos dado pasos de gigante, hoy la ayuda es al desarrollo; los trabajos de beneficiencia son una parte pequeña». Y en esta Camboya del siglo XXI cambia veloz hasta el paisaje: «Hay zonas ya con electricidad y el horizonte empieza a mutar entre las antenas de las parabólicas, los móviles, los cables de luz… Abunda la inversión exterior y el Gobierno monta infraestructuras, puentes sobre el río Mekong, sobre el Tonle Sap…

Ustedes son pioneros en asistencia al refugiado. Las pateras las vio antes que nadie Arrupe… La ’boat people’ de Vietnam… Hoy, sin embargo, podría parecer que los jesuitas no están allí donde llegan los cayucos. O es que no se les ve…

Sí, sí está. Lo que pasa es que se colabora con unos y otros, en Andalucía, en Canarias… Hay mucha presencia a través de Cáritas y otras entidades. Pero no se pone la bandera de aquí estamos… Y hay muy buena gente ahí, que aprendió en África como yo lo hice en Asia. Si yo hubiera regresado a España, estaría allí, junto a ellos.

¿Tiene que ver ese anonimato último de su Orden con la política de Kolvenbach, el superior que siguió a Arrupe, quien decidió que era mejor pasar inadvertidos…?

Claro. Meter menos ruido pero trabajar mejor. Eso está en la espiritualidad jesuítica: poner más ímpetu en las obras que en las palabras. Es mejor así. Y es algo que yo he aprendido en la campaña de las minas: estamos todos a una y nadie viene a ponerse banderas.

Eso es como cuando, sea donde sea, nos reunimos obispos, curas, cooperantes… ¿Y dónde están los emigrantes?, me pregunto siempre. El SJR los lleva a hablar en esos foros, no habla por ellos; no dirán lo mismo que un jesuita, pero diran lo necesario. En Asia, que hay tantísima emigración de país en país… Trabajadores filipinos en Taiwán, en Corea, en condiciones terribles de explotación. ¿Dónde está su voz? Hay que escucharles, necesitan cuidados pastorales, educativos, legalización de papeles; comunicarse con sus familias…

Quiere decir que muchos organismos y ONG tienen demasiado protagonismo intentando mostrar lo que hacen en vez de dar voz a la gente…

Exactamente. Y en esa línea nos puso Arrupe. Que la gente hable, que no les tapemos su voz por mostrarnos nosotros.

Pero Arrupe murió triste. Su mensaje caló en muchos, pero no les gustó a otros, especialmente a Juan

Pablo II. No le comprendieron; creo que más que el Papa, fue lo de alrededor, la curia romana, la Iglesia del momento. Él iba por delante de los tiempos, era un profeta y creo que se le malinterpretó. Hoy, que ya han pasado años, se dan cuenta de que su fidelidad a Roma era cien por cien y que lo que quería es que la Iglesia avanzara en el servicio a los pobres, que estuviera allí donde debe.

Poco ha cambiado, la Iglesia sigue con más pompa que…

Sí. Corre el peligro de terminar encerrándonos en nuestros foros…

¿No pierde también el tiempo cuestionando o discutiendo asuntos de los que no debería haber cuestión: anticonceptivos, matrimonio homosexual…?

Bueno, los científicos, que lo hagan, que discutan y se ocupen de esas cosas. Pero esto es como lo que sucede en Camboya… Todo el mundo exige el juicio a los de Pol Pot, su condena… Y yo digo, muy bien, pero a mí que no me engañen. La justicia que necesitamos no se reduce a que metan a unos ancianos en la cárcel. Lo que necesita Camboya hoy es que los pobres puedan comer, tengan trabajo, escuelas, acceso a la salud… Nos despistan.

¿Propone que Camboya viva un proceso de transición al estilo español, olvidando?

No, no. Sino que se dé prioridad a lo que la tiene. Que no se imparte justicia sólo con lo que pasó hace 20 años. Da de comer a las familias necesitadas hoy…

Igual eso tiene el valor simbólico de que los dictadores pagan aunque sea tarde…

Sí, está muy bien, pero hay prioridades. Y cuando en la Iglesia se habla de problemas, que sé yo, que si el laicismo, que si la UE no admite las raíces cristianas de… Pues mira, vayamos a lo importante: seamos cristianos hoy. ¿Europa es un lugar abierto al mundo o no? No se trata de matizaciones de quién es cristiano o no, se trata de vivir como cristiano hoy en Europa, con nuevos retos y situaciones.

Ahora los tribunales, el juez Garzón, están exigiendo a la Iglesia española que colabore en la identificación de los muertos de la Guerra Civil. ¿Debe hacerlo? ¿Tendría que haber pedido ya perdón por lo sucedido?

Siempre ayuda tener la humildad de confesar los pecados históricos cometidos. Reconocerlos. Pero luego depende del timing político…

¿Ahora es quizá el momento porque…?

Creo que la Iglesia debería reconocer que ha cometido errores. Pero no estoy informado de cuestiones concretas.

… hay un censo de casi 150.000 desaparecidos…

Ahí hay que colaborar.

¿Cómo ve lo que sucede aquí desde la lejanía? Por ejemplo, la Iglesia aquí parece más cerrada que nunca, incluso se manifiesta en la calle en defensa de la familia tradicional al lado del PP…

Son problemas de aquí. No me atrevo a enjuiciar, no estoy. Pero ya me gustaría que se luchara por la vida a todos los niveles, la que está en germen y la que ya existe. Que se pudiera manifestar uno también por el derecho a la vida de los que no tienen nada. Que son muchos. De nuevo, las prioridades. En muchos aspectos creo que, en España, como que nos fallan los modos.

Decimos que estamos en desarrollo, y allí, en cambio, subdesarrollados. Pues creo que en modos, la Iglesia camboyana está mejor, somos más alegres, tenemos problemas, mucho sufrimiento, somos más pobres y no tan relevantes, sí, pero la jerarquía no está de uñas contra la sociedad civil. Y no ayudan posiciones dogmáticas, de poder… Ni tampoco los medios de comunicación, siempre sesgados en temas de Iglesia. Hay que cooperar, fomentar lo que une más que lo que separa. Nosotros, que trabajamos con los budistas, con otras religiones, lo sabemos… Nuestra identidad es cooperar, es ver a Dios en todos lados.

Quizá es distinto allí porque la Iglesia católica es chiquita…

Sí, esa falta de relevancia nos hace ser más humildes. En Europa y España fue siempre fuerte y poderosa, y acostumbrarse a otra situación, cuesta. Hay que aprender a bajar la cabeza. Es muy evangélico.

¿Nunca ha tenido dudas en su fe… digamos como Teresa de Calcuta?

Hombre, dudas… Ah, no. Con esa dureza, no. Mi vida es gratificante. Yo siento a Dios en estos niños, en mi labor, y lo siento de verdad, Dios me habla aquí. Y siento la confirmación de mi vocación en ellos… Claro que sientes soledad, que ves que otros a tu lado tienen hijos, tienen familia, pero…

¿No siente desánimo?

Bueno, también, y frustración por los problemas, y cuando los otros sufren, yo también y mucho…

¿Cómo lo supera?

Es el mismo Dios el que está sufriendo allí, conmigo.

Tal como lo cuenta, es un privilegio tener fe, no es algo que todos podamos alcanzar.

Sí, sí, es un don de Dios… No sé si es que estoy hipnotizado, ja, ja… pero es un don.

¿Y por qué la gente busca ahora ayuda en libros de autoayuda, de terapeutas? ¿Es que Dios ya no consuela tanto como antes…?

No. Lo que pasa es que socialmente se rechaza la idea de creer. Hoy se piensa que creer en Dios es de tontos. Como me dijo un monje budista: «Y tú, ¿cómo te atreves a creer en alguien que no has visto?». «Porque creer es creer», le dije. Hay evidencias, uno; y dos, me fío de Jesucristo, es mi maestro. Me fío de su fe.

¿Qué están haciendo mal para que los jóvenes no estén más implicados? ¿Por qué no hay vocaciones?

Se implican de otra manera. Yo tengo voluntarios españoles en Battambang que en otro momento social serían todos curas o monjas. Hoy día la sociedad no deja plantear la opción religiosa; la gente crece de otra manera y esa opción no existe. Hoy se puede ser bueno sin ser cura o monja…

¿Se puede ser bueno siendo laico y no creyente?

Exacto. Y hay muchísima solidaridad y bondad, gente buenísima. Me llama la atención el grado de compromiso y entrega de muchos jóvenes que están en la ayuda humanitaria y para los que los demás son prioridad. Y estoy descubriendo también que hay una ola de otros muy creyentes a los que no les molestan ciertas cosas que a mí me molestaban.

¿Por ejemplo? Cuando yo era joven tendíamos a tirar por la borda formas litúrgicas estrictas. Querías que la misa fuera más informal, participativa… Ahora ellos son capaces de recogerse y sentir a Dios en una liturgia digamos más clásica…

Para mucha gente mayor, la imagen de los jóvenes de hoy es pésima: que no creen en nada, que están perdidos…

Los hay, claro, tendrá que haberlos. Pero mira los que me ayudan en este viaje… Hemos venido 71 personas y esto se puede organizar porque tenemos amigos, jesuitas, instituciones y familias que nos ayudan… Pero sin los jóvenes no se conseguiría.

Si no son capaces de atraerlos, ¿las órdenes religiosas llegarán a desaparecer un día?

No. Cambiarán las formas. En nuestro caso, lo que va a desaparecer son los jesuitas europeos, pero no los indios… que hay muchísimos. En el último informe interno vimos que nuestra mayoría procede del Tercer Mundo… y claro, el colorido es diferente (se ríe) y el compromiso es muy fuerte: los jesuitas indios que conozco y trabajan conmigo son de minorías, indios sin casta, gente sencilla, con una integración espiritual y social de raíz, sin fisuras. Que no son europeos, vaya. Pues el mundo es de ellos…

Siguiendo con la implicación. Las mujeres desarrollan una cantidad de trabajo ingente dentro de la Iglesia y… ¿no es ése un tema a solucionar?

Es una de las asignaturas pendientes. Las mujeres en la Iglesia… No iríamos a ningún sitio sin ellas. Y es así desde tiempos de Jesucristo. Ellas eran muy fuertes, seguidoras, y eso en los evangelios se omite mucho porque está escrito por hombres. Ahí tiene que haber grandes cambios en el futuro, no sé si los viviré… Pero ellas están más hechas, son más enteras y comprometidas.

¿Habrá mujeres sacerdotes?

Sí. No sé si hay voluntad y consenso. Pero llegará algún día. Aunque cuesta, es difícil porque, por ejemplo, yo mismo en mi sensibilidad… Me ocurrió el otro día. Un jesuita coreano vino y me dijo: «Kike, voy a ir a Battambang» y «I am taking a pastor to the church» (voy con un pastor). ¡Y resultó que era UNA pastor! Y yo me sorprendí al verla… Es decir, que si yo mismo estoy así, uff, hay mucho por hacer.

Ahora que cita lo de pastor… vaya ’boom’ que viven los evangelistas por el mundo… ¿Por qué?

Sí. Un fenómeno. Porque son mucho más proselitistas y atrevidos que los católicos. Nosotros, con nuestra formación y nuestro Vaticano II, predicar, predicamos con nuestras obras, con nuestras acciones… y ellos, con la palabra. Por ejemplo, los católicos en Camboya estamos intentando inculturizar nuestra fe, hacerlo a la camboyana. Pero es que ellos ni se lo plantean, ponen su chiringuito, un banco y a predicar… Y se llevan a la gente de calle; regalan camisetas y dinero, y ese día bautizan a cien. Nos dan lecciones también en lo serio que se toman la predicación sobre la Biblia… La tradición. Para mi sensibilidad…

Usted repite mucho eso de ’para mi sensibilidad’. Dentro de los jesuitas hay muchas y muy distintas… Dicen que…

Que no hay dos jesuitas iguales…

Sí, y que discuten mucho… Eso es verdad.

¿Eso es riqueza o lo contrario?

En algunos casos puede obstaculizar las labores; en otras, te redimensiona. Por ejemplo, en Camboya somos 17 jesuitas de diez países, una riqueza inmensa. La pluralidad te hace sentir la unidad, las prioridades…

En enero celebraron ustedes la última Congregación General, la 35, y allí cambiaron de superior, ahora es un español, Adolfo Nicolás, al que llaman Arrupe bis. Y en el Vaticano han nombrado a Ladaria, y en España, obispo a Martínez Camino… No parecen malos tiempos para los jesuitas…

Sí, pero estamos tocando tope la generación española, somos los últimos de Filipinas. Yo soy, seguramente, el último jesuita español que ha caído por allí, en Indochina; no creo que vayan a nombrar a otro, es que no los hay… Adolfo Nicolás es más que español. Es ciudadano universal. Ha pasado su vida en Japón, es asiático de corazón; una persona de supercalidad. Va a acercar Asia, sus problemas, a Europa.

¿Cuál es su reto fundamental hoy en la Orden?

Es un gran teólogo, va a hacernos profundizar en cuestiones teológicas y en lo social; es sencillo y comprometido. En Japón era misionero, profesor de Universidad, escribía, pero se le iba el corazón con los emigrantes. Con gran capacidad intelectual y gran corazón, entiende de trabajo en equipo, de consenso…

Habla de que nuestra patria somos todos, que no se trata de Camboya, India o Suráfrica… Somos todos en un mundo global. Porque nosotros tendemos a pensar en países o decimos «este continente». No, él dice: «Nuestra tarea son los pobres, de Polonia o Angola…». Cambia el concepto.

¿Y se entiende bien con el Papa?

Creo que sí. Porque Ratzinger procede también del mundo intelectual. Se tienen gran respeto. Y los dos tienen modos cordiales. Aquí hay varias coincidencias: edad madura, cordialidad y profundidad. Son gente profunda. Aunque disientan, eso es cosa que ha de pasar. San Pedro y san Pablo pensaban diferente y discutieron muchísimo…

¿No sufrieron siempre los jesuitas acoso y taponamiento de los grupos más conservadores, tipo el Opus Dei? ¿Sigue siendo así?

Bueno, se habla menos, y también, quizá, es que los jesuitas son menos fuertes… O los sitios donde lo eran ya no lo son tanto. Ya no hay tanta competencia y creo que el momento se ha relajado. A Camboya ha venido a verme gente del Opus, y llegan con admiración, no enjuiciándome. Eso me hace sentir a gusto… Normalmente, como eres jesuita, tienes que ser así o asá, ¿sabes? Y no. Me dicen «Oye, mira, me han hablado bien de ti».

Y yo: «Hombre, muchas gracias». Pero nunca sé si eso es bueno o malo… (se ríe). He tenido dos voluntarios del Opus conmigo, con formación del Opus al cien por cien, no numerarios, pero sí con moral muy estricta. Y en Camboya se han sabido abrir y ver la fuerza del espíritu por todas partes, no sólo en los católicos… Es de agradecer, pero, claro, igual es que he dado con gente de muy buena calidad…

En la jerarquía ¿se es consciente de que éste es tiempo de vacas flacas y que hay que unirse todos a una?

Bueno, sí y no. Es lo que hay que hacer siempre, cooperar también en vacas gordas…

Sí, pero ahora la falta de vocaciones, la pérdida de fieles…

Bueno, eso igual es un correctivo para todos… También para los jesuitas, a ver si nos enteramos de que no somos los únicos ni los mejores… También son modos de este mundo de hoy. Hoy no se entiende ser eficaz y válido por tu cuenta, debes cooperar, dejarte interpelar por otros y sin juicio moral, no hundiendo, sino corrigiendo… Si quieres enjuiciar, hazlo en positivo, creces más… Lo que llaman Lër Tëk Chet en camboyano, di las cosas de modo que haga subir el agua al corazón. Que te suba el ánimo. Lo contrario es que se te caiga el agua del corazón, vaciarlo, quedarte sin fuerza…

Es decir, enjuiciar en positivo. ¿No es ése un buen ejercicio para la institución misma?

Que Dios me perdone lo que voy a decir, pero creo que es lo que le falla a la Iglesia en España. Se siente tan acosada y tan… que después los juicios que hacen sobre la sociedad civil no hacen un Lër Tëk Chet, la hacen caer más que subir… Y claro, luego, todos con la cara enfadada. ¡Ay, no; por favor, no desanimes, que ya estamos bastante preocupados por la situación económica tan mala!

Un patrimonio valiosísimo e histórico de los jesuitas es todo lo que tiene que ver con los estudios, la educación, sus colegios y universidades… Si la Orden pierde peso, si no hay gente, ¿se perderá un día todo eso?

Bueno, pasará a manos de laicos que tengan esa cultura, esa educación, esa espiritualidad, eruditos que luchen por el servicio a los demás. De los colegios jesuitas se tiene siempre la imagen de una institución cerrada… Pero ya no es así. Hoy se cree en una educación más abierta, más interactiva.

En ese sentido, tener profesorado no sólo jesuita, o que el mismo director del centro no lo sea, es normal… En Camboya no tenemos colegios jesuitas, pero apoyamos a algunos e intentamos formar a los alumnos y profesores en nuestros valores: que tengan sentido de responsabilidad social, que no sea sólo un sitio para instruirse en lo formal, sino que aprendan a respetarse, a implicarse en la sociedad civil, que sepan que los cambios no vienen porque los hacen otros, sino que los provoca uno… Todo eso es ya una inspiración, un estilo, un modo de ser. Perdurará.

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