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ENTREVISTA A JOSE MARIA MARTÍN PATINO

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La nueva España 

«Se puede predicar la doctrina sin reñir, y defender el Estado sin culpar a la Iglesia.»

«Hay que apoyar las cosas en las que el Gobierno tiene razón, pero muchas las expresa de manera muy agresiva, que no es el modo de llegar a una inteligencia.»


El sacerdote jesuita José María Martín Patino está comprometido desde los años sesenta con el diálogo y la democracia que tanto costó traer a España. Ayer en La Granda glosó la figura de una de las piezas clave de aquella transición tan lejana y hoy tan puesta en cuestión. El mensaje que reclama sigue siendo el mismo que hace tres décadas.

 

-Usted se ha centrado en su conferencia en la figura del cardenal Tarancón, que contribuyó de manera especial a que la transición llegase a buen puerto. ¿Qué queda de todo aquello?
-De él aprendí mucho. Fue un hombre que predicó la reconciliación de los españoles, que había que superar diferencias y resolver los conflictos con el diálogo. Ahora están aumentando las diferencias, nos hemos instalado en la crispación y vuelve a ser una tierra de trinchera. España no puede llegar a enfrentarse de nuevo. Ésa es la gran lección de Tarancón, el cardenal del diálogo, más que del cambio.

 

-El diálogo Iglesia-Estado que se estableció parece pasar por momentos delicados.
-Falta totalmente ese diálogo. Tengo la impresión de que falta, tanto en la Iglesia como en el Estado, gente que se responsabilice de ese diálogo que marca la Constitución. El artículo 16 establece que esas relaciones tienen que ser de colaboración. Sin embargo, nos encontramos con una riña y una bronca constantes. Se puede predicar la doctrina de la Iglesia sin reñir constantemente, y se puede defender el Estado sin echar la culpa a la Iglesia de una forma tan superflua, como está ocurriendo. Algunos están esperando que desaparezca la Iglesia de España para hacer un Estado más fuerte. Se trata de profetas vanos y ciegos. La religión es fundamental para la persona humana, que necesita de trascendencia a cada paso. Sin religión, se producen personas más sectarias, menos profundas. Como dice Camus, cuando Dios falta de la ciudad, la invaden las ratas.

 

-Este Gobierno ha puesto sobre la mesa reformas muy contestadas por el segmento católico de la ciudadanía.
-Hay que defender las cosas en las que el Gobierno tiene razón, pero muchas de ellas las expresa de manera muy agresiva. No es el modo de llegar a una inteligencia. Las cuestiones más serias y más necesarias, si se dicen de manera imperativa y absoluta, si se pretenden imponer, causan más problemas que bien.

 

-Algo que ha causado especial indignación es el matrimonio homosexual.
-La Iglesia tiene un modelo de familia que para mí es el ideal, pero se dan otros modelos de familia que el Estado legitima y que para mí son un mal menor para evitar un mal mayor. Hay que ser comprensivos con las parejas que ya no pueden seguir conviviendo, o con los homosexuales, que tienen derecho a estar juntos.
-Hoy se dice que en la transición se cometieron errores que ahora hay que subsanar.
-No fue, desde luego, una obra perfecta, pero la Iglesia española dio los impulsos más nobles y duraderos. Los que han venido después me temo que no han sido mejores que aquéllos. Yo me quedo con la homilía de Tarancón en San Jerónimo, el 27 de noviembre de 1975. Pero más que una puesta en cuestión de los errores de la transición, que se cometieron, se pone en cuestión la memoria histórica.

 

-¿Qué le parece ese fenómeno de recuperación?
-Necesario. Los vencedores impusieron su ley a los vencidos. Y los vencidos no tuvieron la ocasión de mostrar sus heridas y sus quejas. Estuvieron 40 años reprimidos y durante la transición se hizo un pacto de olvido, de superación. Ahora se recupera la memoria histórica y toda la carga de tragedia de la dictadura, de las ejecuciones. No deberíamos estar en contra de eso. Hay que purificar la memoria y analizarla con la mayor ecuanimidad.
 
 

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