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Entre cristianismo y revolución -- José González

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Panamá profundo

Al pueblo, de quien procedo y a quien me debo.
“Las curias no podían entenderte:
Ninguna sinagoga bien montada puede
entender a Cristo.
Tu “pobretería” sí te acompañaba,
en desespero fiel”

Pedro Casaldáliga, obispo brasileño, en San Romero de América, Pastor y Mártir.

Este ensayo ha sido escrito por un nicaragüense que, con toda humildad en los dos casos, pretende ser cristiano y revolucionario. Si algo es obligación nuestra en este momento es mantener, con absoluta limpidez, nuestra fidelidad a la Fe y nuestra fidelidad al pueblo. Tenemos el altísimo deber de demostrar que la Fe no tiene por qué ser contrarrevolucionaria, y que la revolución, cualquier revolución, no tiene por qué hacerse de espaldas o contra la Fe.

A eso viene el título del ensayo que ahora pongo en las manos del pueblo. Durante los sucesos del 4 de marzo de 1983 en Nicaragua, quedó patente que muchos, que hacen pública confesión de cristianismo, no son ni cristianos ni revolucionarios, es decir, han quedado situados vergonzosamente “entre Cristianismo y Revolución”.

Preparación

“Ya viene el cortejo, ya se oyen los claros clarines” (Rubén Darío).

El día 6 de febrero de 1983, y atendiendo invitación del gobierno de Nicaragua, su santidad Juan Pablo II comunicó oficialmente que visitaría el país el día 4 de marzo de ese mismo año. Con este anuncio se dio comienzo no sólo a los obvios preparativos de toda clase, sino también a una declarada batalla clandestina, mucho más política que religiosa, entre el cristianismo comprometido desde su fe con la opción preferencial por los pobres y sus intereses (cfr Documento de Puebla) y “el cristianismo” que hace política de oposición con vestido religioso.

El mismo comunicado oficial era ya un pequeño zafarrancho en este combate. El Papa, además de ser Pastor de toda la Iglesia Católica , lo que le da un carácter eminentemente religioso, es jefe del Estado Vaticano, lo que añade indiscutibles características políticas a todas sus visitas, pronunciamientos y relaciones.

El viaje del Papa tenía contenido político, no sólo por la naturaleza del visitante, que es un jefe de Estado, sino también por la situación concreta de la zona visitada. Tanto si el Papa hablaba sobre “tal cosa”, como si no hablaba sobre “tal otra”, ello tendría sentido y consecuencias políticas concretas.

Como Pastor, el Papa celebraría una Misa en Managua y presidiría una liturgia de la Palabra en León, pero nadie, y mucho menos el gobierno de la entonces atacada Nicaragua, podía olvidar ni un instante que quien presidiría tales actos pastorales era un jefe de Estado que tiene una ideología política como tal y que, además, como persona, arrastra a todas sus actuaciones su idiosincrasia polaca, sus experiencias polacas, su historia polaca, sus intereses de ciudadano polaco. El Papa mismo se encargó de borrarnos hasta la menor duda al respecto en su viaje a Polonia de junio de 1983.

Los detalles del programa de visita serían coordinados por autoridades del gobierno y la Nunciatura Apostólica del Vaticano en Managua. En todos los demás países del área centroamericana, la Conferencia Episcopal de cada nación tuvo mucha mayor injerencia en la planificación de la visita. El arzobispo de Managua, Monseñor Miguel Obando y Bravo, se quejó amargamente en Costa Rica, el día antes de la visita, de que la Comisión Vaticana organizadora había pasado por encima de la Conferencia Episcopal Nicaragüense para ponerse de acuerdo en los preparativos con el gobierno.

El 8 de febrero, el arzobispo de Managua, en una Misa en la Iglesia de El Calvario, dijo que el Papa venía a Nicaragua por propia iniciativa, (haciendo así tácita referencia a lo de “atendiendo invitación del Gobierno de Nicaragua”), iniciativa que el Papa había comunicado a los obispos desde el año 1982 y que él, el arzobispo, anunciaba oficialmente ahora, además felicitó a las organizaciones laicales que se encontraban trabajando “para ser (sic) más ordenado el apoteósico recibimiento que los cristianos harán al Papa”. Casi en cada uno de los puntos, este resumen del sermón, publicado en La Prensa , el 9 de febrero, se oponía al pronunciamiento oficial del Gobierno acerca de la visita. Este zafarrancho de combate fue sólo el preludio de lo que sería la visita papal.

¿Quién organizó la visita?

“Se juzgó mármol y era carne viva” (Rubén Darío).

Por parte del Vaticano: Monseñor Achille Silvestrini, que era el equivalente exacto a Ministro de Relaciones Exteriores del Estado Vaticano. El Padre Roberto Tucci SJ, después nombrado Cardenal; el Doctor Roberto Gasbizzi, el señor Camilo Cibin, de la Seguridad del Estado Vaticano.

Por parte de Nicaragua: La comisión conjunta gobierno-Iglesia, que había sido organizada y autorizada en el país por la alta comisión del Vaticano para los preparativos de la visita. Presidirían la comisión conjunta, René Núñez, que era el Secretario de la Dirección Nacional del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

El Nuncio Apostólico del Vaticano, Monseñor Andrea Cordero Lanza di Montezémolo (después nombrado Cardenal), Miguel Ernesto Vijil (Ministro de vivienda y asentamientos humanos), René Vivas (Viceministro del Interior), Mónica Baltodano, Dora María Téllez (Vicepresidente del Consejo de Estado), Samuel Santos (Ministro de la Junta de Reconstrucción de Managua), Ramiro Contreras (Jefe de Protocolo Nacional), Leonel Espinoza, Monseñor Pablo Vega (Obispo de Chontales y Río San Juan), y otro obispo cuyo nombre jamás salió publicado, me sospecho porque se negó a colaborar.

A pesar de ser, esta comisión conjunta, la expresamente única autorizada para dar indicaciones y normas oficiales sobre la visita, la curia arzobispal de Managua aprobó a seglares claramente antigobiernistas (Luis González y Verónica Holman, hija de los dueños de La Prensa y esposa de González) para que comunicaran la agenda y organizaran la recepción por parroquias, prescindiendo de la comisión conjunta Gobierno-Iglesia.

Los primeros cálculos acerca de los gastos para la visita se los encargó Monseñor Obando, arzobispo de Managua, a una comisión de profesionales abiertamente antigobiernistas ( la CONAPRO ). El vocero oficial de la curia arzobispal, Monseñor Bismarck Carballo declaró públicamente que no respetaría las determinaciones de la comisión oficial y, de hecho, la noche del 3 de marzo organizó una toma de la Plaza 19 de Julio, y, en la mañana del 4, se tomó un estrado, frente a la tribuna papal, que iba a ser ocupado durante la Misa por los periodistas. Sobra decir que tal ocupación de la plaza rompía las estrictísimas medidas de seguridad que la alta comisión vaticana había expresamente pedido.

“Se han sabido presagios y prodigios se han visto…” (Rubén Darío).

Quince días antes de la visita del Papa a Centroamérica, el 17 de febrero, habían partido, de urgencia, hacia Roma, llamados por Juan Pablo II, el Nuncio del Vaticano, el arzobispo de Managua, y el obispo de León, Monseñor Barni.

Según tres agencias internacionales de noticias: la D.P .A, la U.P .I, y la E.F .E, los obispos consultados desaconsejaron al Papa su etapa en Nicaragua, debido a dificultades políticas. El Papa no siguió ese consejo, aunque había consultado con el episcopado panameño si debía visitar Centroamérica, exceptuando Nicaragua. Los obispos panameños aconsejaron al Papa que si no visitaba Nicaragua era mejor que suprimiera su visita a toda la región centroamericana. El vocero del Vaticano, monseñor Romeo Pancirolli, informó que el Papa mantenía su viaje a Nicaragua.

El Padre Bismarck Carballo, vocero oficial del la Curia arzobispal de Managua, desmintió (ver periódico La Prensa del 20 de febrero 1983) el que Monseñor Obando hubiera desaconsejado al Papa viajar a Nicaragua. La reacción ante una posible anulación del viaje se hizo sentir inmediatamente. El pueblo, el pueblo-pueblo, urbano y rural, manifestó claramente su deseo por los periódicos, y su disgusto por la posible intriga de los obispos nicaragüenses para que el Papa no viniera a Nicaragua. Con esto se cerró el “segundo round” público en la preparación de la visita.

“Mas siempre mejor que esa mala gente” (Rubén Darío).

El gobierno de Nicaragua deseaba que la visita existiera y que saliera perfectamente bien. Movilizó todos sus recursos y posibilidades, asumió todos los gastos económicos de la visita y la movilización consecuente del pueblo asistente. Editó y obsequió 100.000 afiches de lujo, con la efigie de Juan Pablo II.

Todo el transporte estatal fue puesto a la disposición de la movilización de fieles. Preparó puestos médicos y ambulancias al servicio de las caravanas que se organizaron. Ordenó a los Comités de Defensa Sandinista ponerse en función de la estructuración de todos los grupos de personas que, desde todos los barrios, quisieran ir a la Plaza 19 de Julio o al Campo Médico de León. Acordó conceder asueto desde el mediodía anterior a la visita para que todo el que quisiera pudiera asistir.

El periódico Barricada, órgano del FSLN, dio la bienvenida y saludo expreso al Papa en su editorial del día 4 de marzo. No hubo la más mínima propaganda en contra de la visita como tal, y, mucho menos, contra el Papa, ni contra la movilización o reunión de los cristianos nicaragüenses con él. Hasta la revista de la Juventud Sandinista (“Los Muchachos”, n 9, 83) publicó un artículo de preparación presentando a Juan Pablo II como “El mensajero de la paz” y con el cariz más positivo posible.

El gobierno había pasado la consigna a todos sus simpatizantes entre los cristianos de que apoyaran la visita, asistieran a la plaza y llevaran, los que iban a llevar banderas de Nicaragua o del FSLN, también la bandera del Estado Vaticano, y así apareció por miles en la plaza y en los sitios que habían sido adornados por el mismo gobierno.

Desde que se supo que Juan Pablo II visitaría Nicaragua se supo también que el Gobierno iba a cargar con todos los gastos pues el Papa era un Jefe de Estado extranjero invitado por el gobierno del país. Una vez asumido así el asunto, toda colecta de dinero para sufragar gastos de movilización para la venida no era sino una sinvergüenzada de alguien que quería aprovecharse, o acto de rebelión patente frente a las disposiciones de la junta coordinadora Iglesia-Gobierno. En el barrio San Judas hubo más de un “vivo” aprovechado (cfr Barricada, 12 de febrero de 1983).

El gobierno había pedido y exigido la coordinación de todos los empresarios particulares de transporte, de tal manera que, desde todas las regiones del país, todo el mundo se pudiera trasladar con seguridad y relativa comodidad a las ceremonias en León y Managua. Hubo empresarios que boicotearon esa coordinación como una forma de torpedear al Gobierno, aunque ello tuviera como precio que menos cristianos pudieran llegar a las dos concentraciones. Un caso concreto: en Ocotal cuatro empresarios particulares se apuntaron para poner sus vehículos en función del traslado a la ceremonia en León. Cuatro días antes, uno de ellos avisó que no podría ir; los otros tres avisaron la misma cosa la noche anterior a la concentración.

“Al que ama la insignia del suelo materno” (Rubén Darío).

¿Pero la visita era una visita pastoral o era una visita política? Era pastoral y política. La hacía el Papa, obispo y pastor de la Iglesia universal, y la hacía el Jefe del Estado Vaticano.

La visita papal a Nicaragua no era menos pastoral ni menos política que la que se haría a Panamá, Costa Rica, El Salvador, Belice, Honduras, Haití y Guatemala. Y, desde luego, no menos pastoral ni menos política que la que se haría a Polonia en junio de 1983. Lo único malo es que los nicaragüenses no eran polacos y, en estos casos, el Vaticano sabe que lo que es bueno para el gallo parece no serlo tanto para la gallina.

En todos los países de Centro América, la comisión vaticana se puso en contacto previo con los gobiernos respectivos. En todos ellos se creó una comisión conjunta Iglesia-Gobierno para la coordinación y buen funcionamiento de la visita. En todos ellos estuvo el Gobierno recibiendo al Papa en el aeropuerto; en todos ellos se echaron discursos con trasfondos y fondos políticos en la bienvenida oficial. En todos ellos la seguridad personal del Papa estuvo encomendada a agentes policiales gubernamentales. En todos ellos el Gobierno tuvo que encargarse de impartir regulaciones de tránsito y medidas especiales de transporte, porque nadie es tan ignorante como para pensar que no hacen falta cuando se traslada a cientos de miles o millones de personas de todas las regiones del país, en un solo día, a una plaza o lugar determinado.

La visita a Nicaragua no fue menos política que la visita “pastoral” de Juan Pablo II a Polonia, ni menos política que la de Benedicto XVI a Washington en 2008, recibido personalmente por el presidente Bush, con la alfombra roja y los 21 cañonazos correspondientes a todo Jefe de Estado visitante. Tampoco fue menos política que la visita “pastoral” de Juan Pablo II a su Polonia natal en junio de 1983, con toda la parafernalia política del partido Solidaridad apoyándolo y aclamándolo.

Nadie protestó, entre la jerarquía de Panamá o Nicaragua, porque a la entrada de la Misa con el Papa en Albrook, Panamá, en 1983, se decomisara cuanto cartelón, manta, letrero o afiche, pudiera molestar al gobierno de Panamá.

Justo es decir que, si algo quedó claro con la visita del Papa a Nicaragua, es que en el Estado Vaticano había dos líneas políticas bien diferenciadas: la línea Casaroli-Silvestrini, y la línea Martínez Somalo-López Trujillo. La primera bastante más abierta y positiva que la segunda, lo cual, desde luego, no era difícil. La primera ganó la preparación de la visita y el postviaje, y la segunda triunfó plenamente durante la visita. La línea Casaroli condecoró al embajador de Nicaragua en el Vaticano, Ricardo Peter Silva, con la Gran Cruz de la Orden Pío IX, justamente en vísperas del viaje del Papa y emitió un pronunciamiento extraordinariamente positivo, en el que el Vaticano se hacía vocero de las necesidades de Nicaragua, apenas habían transcurrido veinticuatro horas del famoso escándalo de la Plaza 19 de Julio.

La línea Martínez Somalo-López Trujillo consiguió que los discursos papales, fueran preparados de antemano en un tono autoritario, jerárquico, sordo a las necesidades y clamores populares, negativo a toda apertura religioso-política. Consiguió, además, que el Papa mantuviera diez horas seguidas, las diez que estuvo en territorio nicaragüense, la correspondiente postura gélida, autoritaria, agresiva y sorda a los clamores populares concretos. Martínez Somalo fue en eso verdaderamente exitoso.

Todo lo que en Nicaragua no podía decir o hacer Juan Pablo II lo pudo en El Salvador, por ejemplo: besar niños, abrazar madres adoloridas y sonreír paternalmente. Lo que pudo en El Salvador, Guatemala o Haití, en donde no era ni menos político ni más pastoral que en Nicaragua, no se podía en ese momento en Nicaragua. El discurso del Juan Pablo II a los obispos nicaragüenses que se encontraban, dos meses después, en visita “Ad limina”, fue mucho más sereno, conciliador y, desde luego, en línea Casaroli, que todo lo dicho y hecho durante su viaje personal a Nicaragua.

Con sólo que Juan Pablo II hubiera dicho, haciéndose voz de algunos anhelos populares, la vigésima parte de lo que luego dijo e hizo en Polonia en junio, se hubiera llevado al pueblo entero, y hasta al gobierno de Nicaragua, en el bolsillo, ese 19 de julio.

“Si clamáis, se oye como el rugir del león” (Rubén Darío).

Las facilidades concedidas a los periodistas visitantes incluían la instalación de un Centro de Prensa en el Hotel Intercontinental, con una sala de acreditación de credenciales, máquinas de escribir, telex, cuarto oscuro para revelar fotografías, radiofoto y teléfonos con salida internacional y local. También hubo un servicio de autobuses para trasladar a los periodistas a los distintos puntos de interés durante la visita.

A los periodistas acreditados se les repartió un cartapacio que contenía un “banco de datos” útiles: “Comunicado oficial de la Dirección Nacional del FSLN sobre religión”; “Sacerdotes en el gobierno (había cuatro)”; “Cronología básica de la Iglesia Católica en Nicaragua”; “Los obispos en Nicaragua”; “Rasgos biográficos de los miembros de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional”; “Datos generales de Nicaragua”; “Datos generales de Managua y León”; “Servicios a los periodistas”; “Guía telefónica básica”. En el cartapacio también incluyeron los discursos en versión oficial del Estado Vaticano y sometidos a “embargo” periodístico, que pronunciaría el Papa en Nicaragua. También venía el discurso de bienvenida de Daniel Ortega en el aeropuerto. Como vemos, no es que el Papa se puso así o asá en Nicaragua y entonces se vio obligado a decir esto o lo otro; cada palabra de los discursos en Managua o León estaba perfectamente preparada desde Roma, e incluso venía subrayada si el Papa pensaba poner énfasis en ella en Nicaragua.

Como dato curioso, ACAN-EFE, que había empezado a transmitir desde la noche anterior informes parcializados tendenciosos, no respetó el “embargo” periodístico y, debido a su adelanto malintencionado, tuvo después que corregir muchos telex porque había dado una versión totalmente falsa de la reacción de la gente ante el discurso del Papa en la Plaza 19 de Julio.

Como ejemplo de la manipulación que esta agencia llevó a cabo podemos leer lo que dijo del encuentro entre el Papa y los dirigentes de partidos políticos de oposición: “Trascendió que los dirigentes de los partidos de oposición fueron los únicos que se hincaron y besaron la mano del pontífice” (Cfr La Prensa , 6 de marzo de 1983).

Para las transmisiones internas se creó una “cadena” radial desde las nueve de la noche del día 3 de marzo hasta las nueve de la noche del día 4. La emisora matriz de la “cadena” fue La Voz de Nicaragua, emisora oficial del Gobierno. La Voz de Nicaragua, que centralizaba toda la emisión y comentarios radiales, aunque envió periodistas a cada uno de los eventos de la visita, no tenía, hasta último minuto, un aparato de televisión en el que pudieran ir viendo lo que estaba sucediendo en cada momento. La emisora había pedido la colaboración de sacerdotes y laicos católicos para que hicieran de “banco de datos” litúrgicos y religiosos para los locutores de la radio matriz de la “cadena”.

“Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso” (Rubén Darío).

La preparación inmediata para la visita no incluyó solamente elementos materiales, también comprendía preparar las mentes de los cristianos nicaragüenses sobre el sentido del visitante y la visita. La arquidiócesis de Managua publicó y distribuyó un folleto de cuarenta y tres páginas en la que se magnificaba, sobre todo, la persona individual concreta de Juan Pablo II. Los títulos de los capítulos del folleto son bien expresivos al respecto: 1. Especial-jóvenes: “Jóvenes, salid a la calle: ¡viene el Papa!; 2.”Tú eres Pedro….” “¿Quién es el Papa?”; 3.”Así es Juan Pablo II. Vida y recuerdos del Papa”. 4.”Si no hago dos cosas a la vez, me canso”. “Una jornada “cualquiera” del Papa”. 5.”Juan Pablo II, misionero de Dios”. “Los viajes del Papa”. 6.”Cosas de la vida…Anécdotas de Juan Pablo II”. 7.”Así habla Juan Pablo II. La palabra del Papa”. 8. “Los santos y el Papa: entrevista “imposible””. “Con el Papa hasta el último aliento”. 9.”Significado de la visita “pastoral” de Juan Pablo II a Nicaragua”.

La editorial del periódico “El Tayacán” editó y distribuyó, por cierto en cantidad enorme, cuatro folletos excelentemente comunicativos. En ellos, aunque no se descuidaba la presentación de la persona del Papa Juan Pablo II, se engrandecía y explicaba, sobre todo, la misión y función del Papa y del papado. Se explica, en el primero de ellos, el sentido de cada uno de los viajes del Papa; en el segundo, se habla del papel que debe jugar y ha jugado cada Papa en la Iglesia ; el tercero aborda la realidad centroamericana actual que visitaría este Papa; el cuarto presentaba la Nicaragua que se encontraría el Papa en este viaje. Lo malo es que la distribución de estos cuatro folletos no fue tan buena como su edición, y llegó a manos de muchos destinatarios cuando era ya demasiado tarde como para crear conciencia previa a la visita.

El Doctor Enrique Dussel dio una conferencia acerca de la historia del Papado. Los diarios publicaban cotidianamente bienvenidas y artículos alusivos que examinaré un poco más adelante. Se imprimieron afiches con el retrato del Papa, de todo cariz y tendencia, pero siempre, algo digno de hacerse notar, en plan positivo. También se repartieron calcomanías para los automóviles.

En Nicaragua hubo de todo, hasta un monseñor chinandegano (cfr La Prensa del 13 de febrero de 1983) que recordó a los católicos nicaragüenses que la palabra “Papa” estaba formada por las primera letras en Latín de “petrus apostolus, princeps apostolorum”, que, ¡no faltaba más!, quiere decir: Pedro Apóstol, Príncipe de los Apóstoles, o sea, cabeza de su Iglesia, olvidando algo tan sencillo como que “Papa” es la palabra infantil y adulta en nuestra asendereada mentalidad latinoamericana para llamar a nuestro padre y que, con ella, se designó durante mil años del cristianismo a todos los obispos que, por serlo, tenían que hacer el papel de “padre” de todos los miembros de su comunidad diocesana eclesial. Repito, hubo de todo, hasta afirmaciones tan peregrinas como la de nuestro canónigo chinandegano parecieron buenas para dar la bienvenida al Papa. Todo, hasta incursiones en la Teología-ficción .

“¿Cuya es esta cabeza soberbia? ¿Esa faz fuerte?” (Rubén Darío).

Había dos maneras de prepararse personalmente y preparar al pueblo para la visita del Papa:

-Subrayar la función del Papa: es pontífice (el que hace de puente); se le da el título de “vicario de Cristo”, a quien representa, pero no sustituye; es obispo de Roma; sucesor de San Pedro y, por esto último, (ver Jn 21, 15-18), tiene la ineludible obligación de amar más que los demás, de confirmar en la fe a sus hermanos, de seguir a Cristo hasta morir como él, y de apacentar a las ovejas de Cristo.

-La otra manera era subrayar la persona misma del Papa concreto que hacía la visita: se trataba de Karol Wojtylla, polaco, con “estos” gustos determinados, con “este” carácter concreto, con “este” papel adquirido ante la comunidad polaca y mundial, con “esta” historia, una especie de vice-Dios, “santo”, “paternal”, popularísimo, con un talento mediático de comunicador envidiable, cargado de honores conferidos en otras visitas a otros lugares, y, no lo menos importante, con tales ideas personales.

El FSLN optó indiscutiblemente por la primera. La oposición política de Nicaragua optó por la segunda. ¿Y el pueblo? Pues, por la función que permitiera a Juan Pablo II, el Papa, que intercediera por Nicaragua, por sus muertos, por sus necesidades, por sus peligros, su paz nacional e internacional y, desde luego, optó también por la persona del Papa: querían verlo, tocarlo, tenerlo en Nicaragua y entusiasmarse con él. ¿Qué fue lo que pasó?

El Papa, no juzgamos sus intenciones íntimas, defraudó de hecho las expectativas del pueblo, en ambos niveles. Ni intercedió por el pueblo concreto de Nicaragua, con sus necesidades concretas, ni apareció aquí en Nicaragua ante el pueblo como un hombre simpático, paternal, o santo. El pueblo vio su frialdad glacial en el momento en que llegó al aeropuerto, y su cólera indisimulada durante la Misa en la Plaza 19 de Julio (recordar la carátula de la revista norteamericana Time); el pueblo ni se imaginaba ni logra imaginarse un “santo” encolerizado con los pobres y, menos todavía, un “santo” que maltrate a los ya lastimados.

El pueblo esperaba ver al “vicario de Cristo”, y lo vio, al que no vio fue a Cristo, porque el pueblo opina que Jesús no se portó así jamás con los pobres. El pueblo nicaragüense es sencillo, pero no tonto, y sabe perfectamente que Jesús mismo no se hubiera portado como se portó Juan Pablo II en Nicaragua ese 4 de marzo de 1983.

El diario La Prensa , principal culpable del “culto a la personalidad” rendido al Papa en la mente del pueblo, creó, conscientemente, la importancia de la figura personal-individual de Karol Wojtylla, dedicando páginas y páginas, durante todo un mes, a hablar de lo que Karol hizo durante su adolescencia, su época de estudiante colegial, su estadía en el seminario, qué hizo como sacerdote polaco, obispo en Cracovia y cardenal de Polonia. ¿En qué nos afecta a los católicos del mundo entero lo que haya hecho Karol Wojtylla antes de ser Papa? Karol Wojtylla adquirió importancia para nosotros, ¡y mucha!, sólo cuando fue elegido Papa, en 1978, para los siguientes 26 años de nuestra vida en la Iglesia.

El diario La Prensa , con plena conciencia, fue “endiosando” la figura de Juan Pablo II ante el pueblo de Nicaragua. La identificación personal entre Cristo y su “vicario” se hizo poniendo fotos juntas del Papa y frases del Evangelio que Cristo refiere a sí mismo; por ejemplo el 28 de febrero: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre sino por mí”. El 19 de febrero se decía: “Nicaragua de Cristo, Nicaragua de María, Nicaragua del Papa”.

Nótese que La Prensa colocaba a la misma altura a Cristo, a María, y al Papa. El 24 de febrero: “Juan Pablo: habla que tu pueblo escucha”; en perfecto paralelismo con lo que el profeta-juez Samuel debe decir respecto de Dios en la Biblia (en 1 Samuel 3). El cuatro de marzo mismo, en afiche de colores incluido en el periódico: “Juan Pablo II. ¡Luz de Nicaragua y del mundo!” (cfr “Yo soy la luz del mundo”, Jn 8,12). Todavía el 6 de marzo, en La Prensa Literaria , en publicación de “poesía espontánea al Papa”, se le llama “Altísimo representante del cielo”; “Jefe supremo que en nombre de Dios…”; “Ungido por mandato santo y divino, nimbado con el nombre de la Virgen María ” (los ditirambos no son míos)

Quizá el artículo más notable, por su culto a la personalidad y por sus inexactitudes teológicas, es el que apareció el 11 de febrero en La Prensa : “Comentarios de la Redacción ”, “El Papa, representante de Cristo”. Después de decir que “La venida del Papa a Nicaragua constituye el hecho religioso de mayor importancia durante los más de cuatrocientos años de nuestra historia”, ¿por qué?, pregunto yo. ¿Es que los hechos religiosos y su trascendencia se miden por su grado de sensacionalismo? Se dice en el segundo párrafo: “Cristo dejó poderes especiales y una asistencia continua del Espíritu Santo, que no le permiten al Papa equivocarse” (el subrayado es obviamente mío).

¿Cuándo fue definida en la Iglesia semejante afirmación? Así, ¿sin matizaciones teológicas de ninguna clase? Lo que está definido como verdad de fe es que el Papa goza de la infalibilidad de la Iglesia cuando expresa “ex cátedra” (es decir, invocando expresamente su suprema autoridad docente en la Iglesia ) una verdad en materia de Fe y costumbres. Termina el artículo reseñado diciendo: “Decíamos que esta visita constituye el hecho religioso más importante de nuestra historia, porque si tenemos fe y creemos que Cristo es Dios y Señor del universo y que el único que es vicario de Cristo es el Papa, debemos prepararnos para recibirlo, como si se tratara del mismo Cristo” (otra vez, el subrayado es mío).

Eso supone, sin falta, que el Papa se portaría aquí en Nicaragua como el mismo Cristo se hubiera portado, y nunca menos. ¿Fue así? La grave inexactitud teológica que aparece en el segundo párrafo del artículo lo es más todavía si consideramos que entre la dirección, asesoría y editorial del diario La Prensa había exreligiosos sacerdotes como el Doctor Roberto Cardenal que suponemos, puesto que formaban parte de un centro de Teología como el C.E.R., autorizado por la jerarquía eclesiástica de Nicaragua, sabían la Teología Católica de sobra como para captar el error evidente que iba contenido en esas frases.

A todas estas increíbles, si no fueran ciertas, afirmaciones dio origen también la misma comisión de Medios de Comunicación Social de la curia arzobispal de Managua, que presidía Monseñor Bismarck Carballo, cuando el 16 de enero de 1983, sacó la edición “Una luz desde Roma sobre el mundo” y afirmaba , repitiendo la frase, discutibilísima teológicamente, de Santa Catalina de Siena, que afirma: “El Papa es il dolce Cristo in terra” (así en el original). Claro que el Papa es el “vicario” de Cristo, pero no es ni su sustituto, ni su sucesor. Cristo tiene representantes, pero no sustitutos ni sucesores. Y las ovejas, que el sucesor de Pedro pastorea con todo derecho, son ovejas de Cristo, no de Pedro ni del Papa. Ni los fieles, ni el Papa debieran jamás olvidar estas verdades.

“Tras el religioso, iba el lobo fiero” (Rubén Darío).

Para toda la visita a Centro América, no sólo en Nicaragua, el Vaticano había pedido estrictas medidas de seguridad para el Papa. Ahora sabemos, por varios periódicos panameños del momento, que el Papa usó durante toda la visita dos sotanas antibalas confeccionadas especialmente para esta ocasión. Eso nos da ya un indicio de la importancia que el Vaticano daba a la seguridad personal del Papa. El uso de un determinado vehículo en cada país se debía, en el traslado personal de Juan Pablo II, a motivos de seguridad; la velocidad a la que en cada trayecto lo llevaba ese vehículo, o cualquier otro puesto a su disposición, obedecía a motivos de seguridad.

Las medidas de seguridad policial alrededor del estrado que el Papa ocuparía en cada país también se debían a peticiones del Vaticano. La medida de la importancia que el Vaticano daba a la seguridad del Papa nos la patentiza el que en la primera comisión que el Vaticano mandó, para coordinar la visita con cada uno de los gobiernos de Centro América, venía Camilo Cibin, de la oficina de seguridad del Estado Vaticano.

Coherente con este deseo del Vaticano, el gobierno de Nicaragua coordinó aquí medidas de seguridad perfectamente lógicas. Una de ellas: la prohibición de entrar en la Plaza 19 de Julio para la Misa masiva con el Papa, antes del cuatro de marzo, fue expresamente objetada, desobedecida y retada por Monseñor Bismarck Carballo, vocero oficial de la arquidiócesis de Managua y Director de Radio Católica, y por grupos organizados en su parroquia.

No sólo eso, sino que el cumplimiento estricto de esta medida fue manipulado por el mismo vocero y por el arzobispo de Managua, Monseñor Miguel Obando y Bravo, que llegó a afirmar en Costa Rica que el gobierno estaba impidiendo la llegada de cristianos a la Plaza 19 de Julio. Esta información de Monseñor Obando motivó que el Papa hiciera, desde sus primeras palabras en suelo nicaragüense, alusión a los cristianos que no pudieron ir a la plaza, como desearon. Tres veces, en el transcurso de las diez horas que estuvo en Nicaragua, el Papa aludió a estos cristianos que no habían podido encontrarse con él, como querían. Da la impresión de que el Papa estuvo informado de todo lo que pasaba en Nicaragua tan objetivamente como en esto.

Llegada

“Con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo” (Rubén Darío).

El itinerario estaba detallado minuto a minuto. Todo estaba perfectamente establecido y se procuró que nada quedara, dentro de lo posible, a la improvisación. A eso, y no a que tenían que poner lo tripulantes las banderas del Vaticano y Nicaragua en la cabina del avión (cfr La Prensa , 6 de marzo de 1983), se debió el que el avión que traía al Papa permaneciera detenido unos tres minutos al final de la pista, antes de acercarse a la terminal. El Papa debía bajar a tierra nicaragüense, según el protocolo preestablecido por Roma y Nicaragua, exactamente a las nueve y veinte minutos de la mañana, hora local, y así se hizo.

El jefe de Protocolo de Nicaragua y el Nuncio del Vaticano subieron al avión y dieron la bienvenida al Papa. Inmediatamente después apareció el Papa en la puerta del avión y saludó, con la mano derecha levantada, al pueblo que había ido al aeropuerto a recibirlo. Contra todo lo que en otros lugares había hecho y haría después, el Papa no sonrió en ningún momento en su primer saludo. Empezó inmediatamente a bajar las escaleras del avión con cara seria. El pueblo gritaba consignas de todos los matices. Unos gritaban “¡Entre Cristianismo y Revolución no hay contradicción!”, otros: “¡Queremos la paz!”, y otros: “¡Viva Monseñor Obando!” o “¡Viva el Papa!”.

El Papa besó la tierra nicaragüense; los periodistas que en Nicaragua comentaban para la televisión, dijeron: “tierra bañada con la sangre de tantos mártires por la liberación”. Se incorporó, ayudado por el P. Roberto Tucci SJ, que lo acompañó durante todo el viaje. Saludó a los tres miembros de la Junta de Gobierno y se dirigió al podio, en el que lo acompañaron los tres miembros de la dicha junta. El Papa estuvo serio, frío, cansado, distante. Se tocaron los dos himnos: el del Estado Vaticano y el de Nicaragua.

Inmeditamente después, Daniel Ortega, coordinador de la Junta de Gobierno, se dirigió al Papa con el discurso de bienvenida. Gran parte de ese discurso era una transcripción literal de una carta del obispo de León, en 1921, Monseñor Pereira y Castellón, al Cardenal James Carl Simpson, precisamente sobre la ocupación norteamericana en Nicaragua desde 1909. Ortega terminó la cita diciendo que esas palabras de un obispo nicaragüense en 1921 cobraban vigencia en esos días de 1983. Hizo referencia expresa a diecisiete jóvenes estudiantes que habían sido asesinados tres días antes mientras defendían la frontera contra la guerra sucia que Estados Unidos le hacía a Nicaragua por medio de “ La Contra ”.

Ortega le estaba diciendo al Papa: usted dijo que venía a Centro América a “compartir el dolor de los pueblos” (cfr La Prensa , 3 de marzo de 1983), éste es nuestro dolor y ésta nuestra urgente necesidad y vocación de paz, ayúdenos a conseguirla! Terminó el discurso de bienvenida haciendo una referencia positiva a la participación de los cristianos en el proceso de liberación de Nicaragua: “En un gesto ya para nosotros familiar, usted ha besado tierra nicaragüense regada con la sangre de miles de campesinos, de obreros, de artesanos, de estudiantes, de intelectuales, de sacerdotes, de indios, de profesionales, de técnicos, de mujeres, de niños, de ancianos, de cristianos, que lo han dado todo en la construcción material y espiritual de la nación nicaragüense”. Hay que hacer notar que la nunciatura, y yo interpreto el gesto como un acto de confianza por parte de ella, no había solicitado de antemano el discurso de Ortega al Papa.

Inmediatamente después el Papa recibió, de manos de su ayudante, el discurso de respuesta y lo leyó.

Como estaba determinado en el protocolo, previamente aprobado por la Santa Sede , después de los respectivos discursos de bienvenida, el Papa se dirigió a saludar a las autoridades civiles y militares de Nicaragua.

Al llegar ante el Ministro de Cultura, Ernesto Cardenal, sacerdote diocesano, se detuvo y levantó el dedo índice de la mano derecha enérgicamente, reconociendo su inconfundible figura. Ernesto Cardenal se arrodilló y se quitó la boina; el Papa le dijo: “no es necesario, levántese”. Ernesto sonrió (fotografía superreproducida en el mundo entero y que no favorece precisamente la imagen “paternal” de Juan Pablo II). El Papa le añadió, en tono y ademanes de regaño (agitando repetidamente los índices de sus dos manos ante el rostro de Ernesto): “regularice su situación con la Iglesia , legalice su situación con la Iglesia ”; Ernesto contestó: “Cómo no, su Santidad, sí, su Santidad”. Ernesto intentó tomar la mano derecha del Papa y el Papa retiró su mano ostentosamente, evitando el contacto de Ernesto.

La Alta Comisión Vaticana que había venido a organizar la visita había hecho saber al gobierno que no deseaba la presencia de los cuatro sacerdotes Ministros cuando el Papa llegara. El gobierno había contestado que los Ministros, sacerdotes o no, que estuvieran en el país en el momento de la visita estarían entre las autoridades que oficialmente darían la bienvenida al Papa según el protocolo. El Ministro de Relaciones Exteriores, Padre Miguel D´Escoto, se hallaba en esos días en la India preparando la conferencia de los Países No Alineados.

El Papa, que se negó a darle la mano a Ernesto Cardenal, se la dio sin ambages al Presidente Magaña de El Salvador, al Presidente Ríos Montt de Guatemala, que acababa de desairarlo (ejecutando una condena de muerte que el Papa había pedido que se suspendiera) y con el que se paseó del brazo ante el público en el palacio presidencial de Guatemala y, todavía para “más inri”, se la dio sin ascos al Presidente de la Asamblea Constituyente de El Salvador, Roberto D´Abuisson, asesino del arzobispo Oscar Arnulfo Romero. ¿Es que para Juan Pablo II era peor ser Ernesto Cardenal que ser el asesino de un arzobispo santo?

En segundo lugar, desde julio de 1981, Ernesto Cardenal, Miguel D´Escoto y los demás sacerdotes en cargos gubernamentales tenían perfectamente regularizada y legalizada su situación eclesiástica con la jerarquía de Nicaragua, con la que habían llegado a un acuerdo según todas las normas eclesiásticas convenientemente aprobadas. O el Papa estaba muy mal informado o el acuerdo legal y regular ya no estaba en vigencia, pero tal cosa nunca se les había comunicado a los sacerdotes ministros.

En cualquier caso, lo sucedido entre Ernesto Cardenal y el Papa fue ya el indicio evidente de en qué actitud y tono venía Juan Pablo II a Nicaragua. El Papa no “se puso bravo” en ningún momento determinado. El Papa venía bravo a Nicaragua y, sucediera lo que sucediera aquí, hicieran lo que hicieran el pueblo y el gobierno, él no inhibiría su enojo previamente determinado. La figura de paternalidad papal está a años luz de sus reacciones en esa bienvenida apenas llegado a Nicaragua y antes de que sucediera nada en la Plaza 19 de Julio.

Juan Pablo II, que habló tan maravillosamente sobre la misericordia y que sintetizó tan estupendamente su pensamiento al respecto en la frase “un hijo, por más que sea pródigo, no deja de ser hijo real de su padre” (Encíclica “Sobre la Misericordia Divina ” n 6) no estuvo en Nicaragua a la altura de su magnífica doctrina, y eso presuponiendo que él consideraba a Ernesto Cardenal un hijo pródigo.

“Y brota al armonía del gran Todo” (Rubén Darío).

Al terminar la ceremonia de bienvenida oficial a Nicaragua, el Papa debía tomar el helicóptero rumbo a León, en donde lo esperaban los enfermos y ancianos en la catedral, y, en el Campo Médico, la inmensa muchedumbre de campesinos de León, Chinandega, Las Segovias y Matagalpa.

Los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN quedaron en la pista, delante del avión papal. Sin saludarlos ni mirarlos, a un lado, quedaron también los obispos de Nicaragua. El helicóptero se elevó y entonces los que estaban en el edificio del aeropuerto, y sólo ellos, pudieron ver cómo el comandante Tomás Borge se desprendía de entre los nueve comandantes del Frente y se iba a saludar con un abrazo a los obispos; los demás comandantes hicieron lo mismo y el pueblo presente en el aeropuerto aplaudió, emocionado, el simpático gesto.

“Un sonar de viejas campanas de nuestra catedral” (Rubén Darío).

A las once de la mañana el Papa llegó a León. Rezó ante el sagrario de la catedral, bendijo a un grupo de enfermos y ancianos que debían saludarlo, cada uno, con la frase “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Saludó a sacerdotes y religiosos de la diócesis de León y, al salir de la catedral, fue recibido por un conjunto de “chicheros” (músicos populares) que tocaban para él “¡Viva León, jodido!”

De allí fue, en helicóptero, al Campo Médico de la Universidad de León en donde presidiría una liturgia de la Palabra ante más de cien mil campesinos de toda la zona norte de Nicaragua, y que ya llevaban varias horas esperándolo bajo el calor de horno leonés.

La liturgia de la Palabra empezó con un canto, luego se tuvo el saludo litúrgico, después hubo una monición del entonces obispo de León, Monseñor Julián Barni (franciscano). Después vino una monición y oración del Papa. Luego se tuvieron dos lecturas bíblicas con un salmo intermedio y, en quinto lugar, la homilía-alocución del Papa que tenía como tema: “La educación en la fe”; después vino la oración de los fieles, en la que una mujer pidió “por los jóvenes que han dado la vida y por el valor para perdonar a los que enlutan a nuestros hogares”, fue aplaudida. Después se tuvo una monición del Papa, un Padrenuestro cantado, una oración final y la bendición del Papa. Entre aplausos y “¡vivas!”, el Papa se fue al helicóptero que lo trasladaría al centro César Augusto Silva, en Managua.

El Papa llegó después del mediodía al Centro César Augusto Silva, allí lo esperaban la Junta de Gobierno y los miembros de la Dirección Nacional del FSLN. Un conjunto folclórico le dio la bienvenida con un baile típico de Masaya; el Papa no le dio importancia ninguna. Después lo acogió un grupo de madres de Héroes y Mártires que le entregaron una carta sobre el deseo de paz de Nicaragua. Las acompañaban deshabilitados en sillas de ruedas y un grupo de niños de la A.N .S. El Papa saludó a toda esta gente con la misma frialdad manifiesta con la que lo había hecho en el aeropuerto.

Luego se reunió a puerta cerrada con los miembros de la Junta de Gobierno y la Dirección Nacional del FSLN. Después recibió el saludo de todos los representantes de partidos políticos, simpatizantes u opositores al FSLN. Luego el Papa se fue a la Nunciatura Apostólica en el Papamóvil.

“¡Oh, Señor Jesucristo!, ¿por qué tardas, qué esperas?” (Rubén Darío).

No hay casi nadie en Nicaragua que no hubiera tenido en ese año un familiar cercano o lejano defendiendo día a día, con peligro de muerte, el país, la revolución o la contrarrevolución. Estados Unidos armaba y entrenaba a exguardias somocistas que invadían, desde sus campamentos en Honduras, el territorio nicaragüense. Cuando en la frontera morían milicianos o contrarrevolucionarios no se sentía en Nicaragua la reacción emocional que había entonces en Honduras, El Salvador o Guatemala. En Nicaragua nunca se trataba de la muerte de un soldado “desconocido”. En Nicaragua, precisamente porque los guardafronteras eran milicianos voluntarios, se trataba de que habían matado a un hermano, a un hijo, a un marido, a un vecino, o a “mi papá”.

Tres días antes de la llegada del Papa la ya excitada emoción popular se vio conducida a una verdadera crisis cuando los muertos en la frontera, defendiendo la revolución y el país, fueron veintiuno, y no otros que veintiún muchachos: los primeros muertos de la Juventud Sandinista que engrosaban batallones milicianos de defensa.

El deseo de paz, natural en todas partes, era en Nicaragua un deseo cotidiano y urgente porque diariamente era atacada y asesinada. La paz era allí un deseo angustioso porque quienes no la dejaban vivir en paz la acosaban cada día a costa de hermanos, padres, hijos, vecinos o los vecinos más cercanos. Apenas el día anterior a la llegada del Papa, el pueblo, dolorido hasta el grito, excitado y masivo, había velado a esos veintiún muchachos ante las madres enlutadas en esa Plaza 19 de Julio, y con el deseo vehemente de que el Papa lo ayudara a conseguir la paz necesaria.

La Plaza 19 de Julio es capaz de recibir unas seiscientas mil personas. Inaugurada con la inmensa manifestación del primer aniversario del triunfo del pueblo sobre la dictadura Somoza, el 19 de julio de 1980, había dado cabida a otras muchas asambleas populares organizadas o espontáneas. No había ningún otro local en el país que pudiera dar cabida a una manifestación popular tan numerosa como la que se esperaba que provocaría la presencia del Papa.

Desde luego que la plaza tenía una connotación política clara. No hay en Nicaragua ningún lugar que no la tenga, ni siquiera la destruida catedral de Managua dejó de tenerla. Allí, en la catedral, se velaron, con honores de príncipe de la Iglesia , los restos del dictador Anastasio Somoza en 1956, y la jerarquía eclesiástica católica de entonces (Alejandro González y Robleto) concedió cuantiosas indulgencias a quienes asistieron a las honras fúnebres solemnes del dictador. En Panamá, la Misa masiva papal se llevó a cabo en Albrook Fields, lugar en donde se firmaron e hicieron efectivos los tratados Torrijos-Cárter sobre lo que había sido siempre la Zona del Canal de Panamá, y bases militares estadounidenses.

La curia de Managua se negó a estar de acuerdo con lo lógico de la elección del lugar (dado lo masivo de la reunión popular con el Papa) y solicitó que fuera en el campo que queda entre el Teatro Nacional Rubén Darío y el lago de Managua, lugar, a todas luces, entonces inapropiado. Luego se negó, infantil y empecinadamente a llamar a la plaza por su nombre público y oficial y, en sus emisiones en Radio Católica, y por el diario La Prensa decía: la reunión y la Misa con el Papa será “en la plaza que está frente a la Universidad Católica Centro Americana”. ¿No se percibe el olor de la agresividad política en la forma de tratar este asunto logístico?

Desde la tercera conmemoración de la caída de la dictadura, el 19 de julio de 1982, que se había llevado a cabo en esa plaza, había en ella unos enormes cartelones murales en los que aparecían los retratos de los fundadores del FSLN. Por cierto, allí era el único lugar, en todo el país, en el que constaba oficialmente el único retrato de un líder vivo del FSLN, Tomás Borge.

A un lado de la plaza se había erigido, para la Misa con el Papa, un inmenso mural primitivista en el que, junto a una representación del pueblo y sus devociones populares más sobresalientes, la Purísima y Santo Domingo, aparecía un letrero que decía: “Juan Pablo II, bienvenido a Nicaragua libre. Gracias a Dios y a la Revolución ”. El boceto para este mural primitivista había sido creado por el sacerdote español Maximino Cerezo Barredo. El mural fue pintado por cientos de jóvenes cristianos nicaragüenses en vísperas de la llegada del Papa.

El gobierno había preguntado si tenía que hacer arreglos especiales en la decoración de la plaza, aparte del llevado a cabo en la tarima en que estaría el Papa. El Vaticano no se había dado por enterado de la cuestión. Nadie había demostrado previamente, por parte de la Nunciatura , interés en que se erigiera allí en la plaza una cruz u otro signo religioso especial. No es que el gobierno no quisiera hacerlo o se negara a hacerlo una vez solicitado, simplemente nadie, entre los encargados por parte de la Iglesia para preparar la visita, demostró el más mínimo interés en ese asunto antes de la visita misma. Esto se hará más notable porque un poco más adelante veremos, en este relato, cómo fueron cuidados cada uno de los detalles materiales de la Misa , y porque, luego, la ausencia de una cruz en la plaza fue objeto de manipulación política por parte de periódicos de fuera de Nicaragua.

El 27 de febrero, Monseñor Bismarck Carballo, vocero oficial de la curia arzobispal de Managua, dio a conocer al diario La Prensa que con el Papa concelebrarían los nueve obispos que había en el país, junto con dos cardenales que acompañarían al Papa, y sacerdotes de todas las diócesis de Nicaragua. Que las ofrendas del vino y del pan serían llevadas por laicos del grupo carismático, por neocatecumenales y otras organizaciones religiosas de las parroquias. Que el copón (sic) que contendría el vino para la consagración sería facilitado por las monjas del colegio Pureza de María, de Managua.

Monseñor Carballo informó hasta de que el atril que usaría el Papa para leer el Evangelio sería el de la iglesia parroquial San Miguel Arcángel, de Las Brisas, en Managua. Por pura curiosidad morbosa podemos preguntarnos: ¿alguno de los laicos que fueron escogidos para hacer algún papel durante esa ceremonia, o entre los dueños de los elementos físicos litúrgicos empleados allí sentía alguna, siquiera alguna, simpatía por el FSLN?

Los cantos de la Misa serían los de la Misa Popular nicaragüense, excluyendo con ello los de la Misa Campesina por sus claras implicaciones políticas. De paso, no está mal recordar que también cuando se había creado esa Misa Popular había gozado del rechazo y antipatía de la jerarquía Católica de Nicaragua. Antes de la entrada del Papa a la plaza, el coro tenía instrucciones de cantar canciones de la novena de La Purísima , muy populares, pero ostentosamente tradicionales. Con mucha mejor intención que acierto, los encargados de los altavoces de la plaza, pusieron una y otra vez, antes de la llegada del Papa a la plaza, los cantos de la Misa Campesina que también eran enormemente populares.

El comité arquidiocesano había publicado, en el diario La Prensa desde luego, un cuadernillo con la liturgia de la Misa en la plaza. Las lecturas de la Misa habían sido escogidas alrededor del tema de la unidad de la Iglesia (Génesis 11,4-9; Efesios 4,1-3; Juan 10,1-16). La liturgia, como todo el acto, resultó inapropiada no por lo que las lecturas decían, sino por lo que la liturgia toda omitía y, sobre todo, por el por qué no lo decía. De todos modos el Papa pronunció como homilía el discurso sobre la unidad de la Iglesia , discurso que la gente no comprendió, tanto por la forma en que lo leyó el Papa, como por el contenido y vocabulario poco popular, y porque la emoción del pueblo rompió todos los diques, como diremos más adelante.

Los curas concelebrantes, las monjas, los laicos que comulgarían de manos del Papa o que llevarían alguna ofrenda del ofertorio, el coro de niños que cantarían la Misa , todos ellos debida y previamente identificados, se reunieron en el colegio Centro América, de donde partieron, a una hora adecuada, hacia la plaza 19 de Julio. Tampoco esto se libró de una pequeña batalla secreta. La encargada de decidir el lugar de la reunión de todos estos participantes era una funcionaria del Ministerio del Exterior. Dicha funcionaria había decidido que el lugar de reunión fuera el colegio Centro América, de los padres jesuitas.

Se habían pedido los permisos necesarios y hasta se había avisado ya a los interesados por los periódicos. De repente, el día antes, se corrió la noticia de que la reunión sería en el Colegio Pedagógico, en ese momento claramente antigobiernista y con una junta de padres de familia de beligerante política opositora. Alguien dijo que la información de que la reunión sería en el Colegio Pedagógico procedía de la Nunciatura. La encargada por parte del Ministerio del Exterior dijo que de ninguna manera, que ya se había quedado con el colegio Centro América y que de allí partirían cuantos en la Misa de la plaza iban a estar en los estrados especiales.

De todas maneras, antes de las nueve de la mañana, un grupo bien numeroso de religiosos, sacerdotes, monjas y laicos adultos y niños daban vueltas por todo el colegio sin saber qué hacer. A las nueve ya tenían instalado en uno de los corredores del colegio un televisor a colores que les prestó la comunidad de jesuitas y por el que seguirían todos los incidentes de la visita antes de ser trasladados a la plaza para la Misa.

Si alguien hubiera tenido la menor duda de entre qué opiniones políticas habían sido escogidos los laicos y las monjas que participarían en las ceremonias de la plaza, hubiera llegado a la certeza absoluta con sólo observar las reacciones de esas seleccionadas personas frente al televisor. Curas, monjas y laicos “cualificados”, escogidos por la jerarquía eclesiástica de Managua, Granada y Chontales, abucheaban sin disimulo de ninguna clase al coordinador de la Junta de Gobierno en cuanto apareció en el televisor dando la bienvenida al Papa y durante su discurso. No, la politización de la Misa de la plaza ni fue planificada por el Gobierno ni sucedió sólo en la plaza.

En la plaza había tres micrófonos, sólo tres, que tenían dominio total sobre la plaza. Es decir que sólo lo que se decía por esos tres micrófonos se escuchaba en toda la plaza y a todo volumen. El primero: el que el Papa tendría sobre el altar para sus palabras. El segundo: el que tuvo en sus manos el maestro de ceremonias-animador. El tercero: el que tenía el coro, cuyos cantos debían escucharse en toda la plaza durante toda la ceremonia. Había otros micrófonos. Unos iban directamente de los narradores a la televisión para explicar los incidentes; otros, de un narrador de la plaza a una emisora internacional (Radio Vaticana, por ejemplo); otros iban a La Voz de Nicaragua, que ese día era la emisora matriz para toda la “cadena” nacional de radio. Pero sobre toda la plaza sólo tenían dominio los tres micrófonos que dije.

Frente a la inmensa muchedumbre acumulada en la plaza se suponía que iba a quedar un espacio estrecho, de unos cuatro metros, vacío, y, delante, el primer estrado, que sería ocupado por el coro de niños y adultos, vestidos con los colores amarillo y blanco de la bandera del Estado Vaticano. Delante, y un poco encima de este primer estrado, venía el espacio grande en donde estarían los sacerdotes concelebrantes y los funcionarios públicos. Dentro, y sobresaliendo, aparecía el tercer estrado en donde quedaba el altar en el que el Papa celebraría la Misa junto a los obispos del país. Recordemos esta colocación de los estrados y lo de los tres micrófonos dominantes, porque durante la Misa esto dará ocasión a uno de los sucesos más manipulados políticamente contra el gobierno y pueblo de Nicaragua, después de ese 4 de marzo.

Paroxismo

“De los campesinos, el grito, el dolor…” (Rubén Darío).

“Concédeselo porque nos importuna con sus gritos” (Mt 15,23).

Violando todos los acuerdos previos sobre la seguridad de la plaza asumidos por la comisión conjunta Iglesia-Gobierno, el vocero oficial de la curia arzobispal de Managua, Monseñor Bismarck Carballo, había decidido públicamente “tomarse” la plaza con cuarenta mil cristianos, porque la marcha organizada por la comisión coordinadora era violatoria del derecho de convocar a la fe (ese número de cristianos dijo él y esa razón dio). Sobra decir que en su parroquia y en Don Bosco (recordemos que el arzobispo de Managua era un salesiano), desde días antes se estaba organizando todo el coro de consignas que se opondrían a las de los cristianos simpatizantes con el gobierno.

Esas consignas preparadas sólo eran religiosas en su apariencia exterior, y para nadie que haya seguido paso a paso el proceso de la implicación política de todo lo religioso desde el triunfo contra la dictadura de los Somoza eran ningún misterio. No se gritaba “¡viva el Papa!”, por ejemplo, porque eso lo gritaban todos los que estaban en la plaza, sino “¡viva monseñor Obando!”, que el 10 de junio de 1983 aceptó claramente ser líder de oposición política cuando fue entre los representantes de los partidos de oposición a la embajada norteamericana convocados por el embajador itinerante, Richard Stone, de la administración Reagan (cfr Barricada, Nuevo Diario y La Prensa del 11 de junio de 1983). O gritaban: “¿Quién trajo al Papa? ¡ La Virgen de Cuapa!”. No trajo al Papa una invitación del gobierno, sino la Virgen de Cuapa, cuya devoción nucleaba y manipulaba el diario La Prensa y toda la oposición de la clase económicamente fuerte de Nicaragua, sobre todo los conservadores granadinos.

Monseñor Carballo y sus “cristianos” antigobiernistas no sólo intentaron tomarse la plaza desde la medianoche del tres de marzo, sino que de hecho ocuparon un estrado, colocado frente al estrado principal, y que había sido reservado para los periodistas internacionales. Lo de la plaza no comenzó, pues, con la llegada del Papa a las 4 y 30 de la tarde. Desde muy temprano del día 4, la plaza hervía con cristianos de todas las ideologías políticas que coreaban sus consignas favorables al gobierno o contra él.

Conforme la plaza se fue llenando, la confrontación, claramente política, había ido subiendo de tono, y cuando el Papa llegó a la plaza esos grupos llevaban hasta doce horas de estarse gritando consignas y hasta amenazas veladas o descaradas. Los cristianos antigobiernistas abucheaban desde hacía horas las consignas de los cristianos simpatizantes del gobierno y éstos respondían con consignas o abucheos a los gritos de los cristianos oposicionistas. El ambiente se había salido de quicio y control mucho antes de que el Papa llegara a la plaza no sólo por esto, sino porque ese 4 de marzo el calor era absolutamente bochornoso y la gente se estaba desmayando por el calor, el cansancio y la emoción, a mucha mayor velocidad que la que podían poner en atenderla los sacrificados miembros de la Cruz Roja.

A las cuatro y treinta de la tarde, y con un cielo que empezaba a ponerse claramente rosado, llegó a la plaza Juan Pablo II, se revistió los ornamentos para la Misa en un local de la Universidad Centro Americana y salió hacia el estrado siendo recibido por el clamor enorme y los aplausos de la inmensa muchedumbre.

El Papa hizo un largo recorrido despacioso hasta el estrado y altar de la Misa. Como al salir del avión en su llegada, Juan Pablo levantaba la mano con gesto de saludo, pero no sonreía. El coro de niños y adultos empezó a cantar la “Canción de bienvenida al Papa Juan Pablo II”, creada por un compositor local. El maestro de ceremonias, Padre Uriel Reyes, empezó a gritar por los micrófonos dominantes de la plaza entera los títulos que, según el anuario pontificio, corresponden al Papa: ¡viva el Papa!, ¡viva el Santo Padre!, ¡viva el vicario de Cristo!, ¡viva el Sumo Pontífice!, ¡viva el sucesor de Pedro!, ¡viva el patriarca universal!, ¡viva la cabeza de la Iglesia !, ¡viva el siervo de los siervos de Dios!, ¡viva el obispo de Roma!, etc., etc.

La inmensa muchedumbre respondía con aclamaciones y aplausos a cada uno de estos títulos. El Papa llegó al estrado, subió las escaleras y se dirigió al altar, acompañado por los obispos y sacerdotes especialmente escogidos para concelebrar junto a él en el altar. En este momento, el arzobispo de Managua, Monseñor Obando y Bravo, dijo unas palabras de bienvenida que fueron ya una herida más en el corazón de muchos de los presentes y que, desde luego, tenían directa intención política.

El arzobispo recordó una anécdota del Papa Juan XXIII. Este Papa había visitado la cárcel pública de Roma y después un preso había dicho que el Papa lo había mirado a los ojos y que, desde ese momento, se había sentido libre a pesar de seguir preso. Terminó diciendo que el pueblo de Nicaragua tenía tres amores: el amor a Jesús Sacramentado, el amor a María, y el amor al Papa. Mucha gente después reclamó diciendo: ¿y el amor a la Patria ?, ¿y el amor al pueblo?

El coro entonó, inmediatamente después, el canto de entrada de la Misa Popular Nicaragüense. Apenas terminado el canto, el Papa empezó la Misa con toda normalidad. El lector del Evangelio, Padre Montoya, se hizo notar cuando, en vez de leer o proclamar la lectura, hizo una declamación o dramatización del Evangelio, con gestos exagerados y teatrales.

Terminado el Evangelio, el Papa empezó a leer la Homilía-alocución que traía preparada desde Roma, y cuyo tema era “La unidad de la Iglesia ”. Ciertamente el tema fue tratado como para ser entendido sólo por sacerdotes o religiosos. Aún así, apenas el pueblo escuchó las palabras del comienzo: “Esta amada tierra de Nicaragua, tan probada, tan heroica ante las calamidades naturales que la han azotado; tan vigorosa y activa para responder a los desafíos de la historia y procurar edificar una sociedad a la medida de las necesidades materiales y de la dimensión trascendente del hombre”, aplaudió estruendosamente, y no volvió a oír palabras más positivas en el resto de la tarde; no las hubo.

Desde este momento en adelante el Papa subrayó, con el tono imperioso de su voz, palabras sueltas, que son las que el pueblo aplaudió de ese discurso excesivamente clerical, y aclamó cuando escuchó una frase que le gustara, sacada totalmente de su contexto por el tono del Papa, contexto que el pueblo no comprendía. La gente se fue impresionando mucho más por el tono y la actitud del Papa que por lo que decía. El pueblo ya no sólo interrumpió con aplausos o vivas, sino con frases que querían establecer un diálogo que no existía, una comunicación personal con el Papa, un diálogo que Juan Pablo II jamás permitió que se estableciera allí. Con el tono de voz y el gesto autoritario intentó acallar a la multitud con gritos de “¡silencio!”, que más bien enardecieron la emotividad de la inmensa muchedumbre.

Las madres de los muertos en la frontera, muchas de ellas enlutadas y muchas de ellas llevando los retratos de sus hijos, esperaban que el Papa las bendijera o que, por lo menos, orara por ellos, y lo veían allí airado y distante, empezaron a perder la devoción sencilla que las había traído, y avanzaron, desde el lugar preferencial que se les había asignado hasta echarse sobre la primera tarima, que era la del coro de niños y adultos; éstos, aterrorizados y muchos de ellos llorando, se movieron hacia la parte de la tribuna que contenía a los cientos de sacerdotes presentes.

Las madres de los muertos, ya enardecidas y emocionadas hasta la histeria algunas de ellas, agarraron el micrófono del coro que, ya lo dije antes, era uno de los tres micrófonos esenciales, que tenían dominio sobre toda la plaza. Desde este momento se escucharon en la plaza entera voces que interrumpían al Papa con gritos pidiendo una oración por los muertos, o gritando consignas como “poder popular” o “queremos la paz”.

Consignas como “poder popular” significaban en Nicaragua, según la ocasión en que fueran dichas, cosas bien diferentes. El día del festival de la canción por la paz pude oír de nuevo esa consigna en un momento exactamente correspondiente al de la plaza el 4 de marzo, cuando el pueblo congregado pidió que siguiera cantando Silvio Rodríguez y los organizadores del evento querían que continuara el programa con el siguiente cantante. ¿Qué ocurrió? La masa enorme de oyentes empezó a gritar “poder popular” y Silvio Rodríguez tuvo que volver a salir porque creyó que tenía que complacer esta petición del pueblo puesto que si había venido a Nicaragua era para servirlo.

No perdamos de vista ni un momento que la petición de las madres al Papa se hizo al día siguiente del “shock” del entierro de veintiún muertos en la frontera velados por el pueblo en esa misma plaza.

El Papa se negó a orar por los muertos y todavía no he encontrado a nadie que pueda explicar por qué el Papa “no podía” orar por los muertos. Nadie le pedía en ese momento que hiciera algo “sandinista”, sino que hiciera algo cristiano por unos muertos. Si el Papa hubiera rezado en ese momento, aunque sólo hubiera sido un Padrenuestro en memoria de todos los muertos de Nicaragua (así de indiferenciado; tanto por los muertos de un lado como del otro), se hubiera llevado en el bolsillo el corazón de todos los nicaragüenses y el tumulto de la plaza hubiera cesado inmediatamente.

El 22 de junio de 1983, apenas tres meses después de lo de Nicaragua, en Polonia (¡claro, en Polonia!) el Papa beatificó a dos polacos, religiosos ambos y uno de ellos sacerdote, que habían participado en la insurrección armada polaca contra los rusos en 1863; no sólo, pues, se podía rezar por los muertos por defender su Patria, sino que se puede hacer mucho más que rezar (cfr La Prensa , 22 y 23 de junio de 1983).

El único momento en que pareció que Juan Pablo II estuviera viendo al pueblo que tenía delante y que reaccionara personalmente frente a él, fue cuando gritó “¡la primera que quiere la paz es la Iglesia !” como respuesta a una de las consignas de “¡queremos la paz!”. Por cierto, la respuesta del Papa en ese momento tiene que ser interpretada como que la Iglesia es la primera que quiere la paz para Nicaragua, y no como que la Iglesia quiere la paz para ella. La Iglesia no tiene nada que pedir para ella, sino que todo lo quiere para sus hijos; la Iglesia está al servicio del mundo y no para buscar su propio provecho.

De todos modos, los nicaragüenses no pudieron conseguir que el Papa dejara el discurso preparado y hablara directamente con el pueblo que lo cuestionaba. Cuando pude ver la versión que la comisión vaticana entregó a los periodistas bajo “embargo” periodístico, antes de la Misa , me había impresionado que el Papa traía subrayado desde Roma las palabras que pronunciaría en la plaza en tono más alto para darles importancia.

En este momento de tremendo descontrol ocurrieron dos cosas notables de signo completamente distinto: Monseñor Martín Abril, obispo que había venido desde Roma con el Papa, se quitó su solideo y su faja roja (que lo identificaban claramente ante los presentes como obispo) y se fue al estrado en donde estaban los sacerdotes presentes y empezó a darles instrucciones al oído a varios de ellos. Por el otro lado, Aldo Díaz, encargado de protocolo en la plaza, se fue a los controles generales de megáfonos y le dio la orden al encargado de que pusiera, a todo volumen y por todos los altavoces de la plaza, el himno del FSLN. Debemos a la sensatez del empleado encargado de los controles generales de altavoces el que la Misa no haya quedado definitivamente interrumpida en ese momento, con los incalculables resultados que tal cosa hubiera tenido en la misma plaza y en el exterior de Nicaragua.

Cuando el grito de “poder popular” y “queremos la paz” se hicieron insistentes y masivos, los miembros del gobierno que estaban en el estrado principal, optaron entre ponerse del lado del Papa, que en ese momento desairaba al pueblo de Nicaragua, o ponerse de parte del pueblo que insistía en su petición de una oración por los muertos con esas consignas. Empezaron a levantar el brazo empuñado y a gritar cuando el pueblo lo hacía.

El Papa terminó de leer su Homilía-alocución, después de gritar al pueblo, en tono visiblemente colérico, seis veces “¡silencio!”. Cuando el Papa terminó su discurso, a pesar de las interrupciones continuas por parte de quienes se habían quedado con el micrófono del coro, se empezó la oración de los fieles.

La Misa continuó trabajosamente hasta el final entre gritos y consignas de la muchedumbre, todos en el mismo sentido: “¡queremos la paz!”, “¡poder popular!”. Nunca, y lo digo con la conciencia de haberme fijado expresamente, hubo un solo grito que insultara al Papa en su persona o en su función.

Hacia el final de la Misa se hizo un silencio penoso, que todos los presentes interpretaron después como de toma de conciencia masiva de lo que acababa de ocurrir en la plaza. Algo tremendo había ocurrido allí: el pueblo de Nicaragua no había conseguido hacer cambiar la actitud que el Papa había traído asumida desde Roma; el pueblo de Nicaragua no había conseguido que el Papa nombrara la injusticia que se cometía todos los días con él. La enorme muchedumbre se recuperó del corto estupor en el que había caído y reaccionó insistiendo en sus peticiones de paz y de que se tuviera en cuenta su voluntad.

El fin de la Misa iba a llegar cuando, por los altavoces de toda la plaza, se escuchó el himno del FSLN a todo volumen. Lo que a muchos opositores les pareció la ofensa “broche de oro”, de hecho fue en ese momento totalmente providencial: le salvó la vida a muchas personas, probablemente. Los ánimos se habían caldeado en esas doce horas que la muchedumbre llevaba en la plaza de tal manera que, al terminar la Misa , hubiera habido una pelea masiva a garrotazos.

Al poner el himno del FSLN, que es excesivamente prolongado, ocurrió algo favorable dada la situación: los que estaban en contra del gobierno no lo cantaban sino que empezaron a retirarse. Los que estaban a favor del gobierno no se podían mover porque lo estaban cantando. Cuando el himno terminó, toda la muchedumbre había quedado revuelta y en pleno movimiento; todo el mundo había perdido de vista al contendiente que había tenido delante y localizado durante muchas horas.

Aquella inmensa muchedumbre, de alrededor de setecientas mil personas se puso en movimiento hacia sus domicilios o transportes, además se había hecho de noche. La gente volvió a su casa con un terrible sentimiento de frustración, con la sensación de que algo horrible e irreparable, fuera cual fuera el punto de vista político que tuviera, había ocurrido ese día al pueblo de Nicaragua. Se trató de un verdadero trauma nacional que, todavía, no ha sido enteramente digerido y asimilado.

María, madre de Dios hecho hombre, siempre ha sido vista por la teología cristiana como madre y prototipo de la Iglesia. María dice en el Magníficat (Lc 1,46-53) que se alegra porque Dios ha despedido vacíos a los ricos y a los pobres los llenó de sus bienes. Algo estuvo mal en la Plaza 19 de Julio, el 4 de marzo de 1983, en esa Misa del Papa, porque sucedió allí exactamente lo contrario de lo que María, figura de la Iglesia , sobre todo en Nicaragua, proclama en el Magníficat. Ese día los ricos nicaragüenses salieron encantados y los pobres salieron de la plaza con las manos vacías o, por lo menos, no salieron con el bien que habían ido a buscar. Algo, como en la Dinamarca de Hamlet, sigue oliendo a podrido en la Iglesia de Nicaragua cuando en ella ocurren cosas totalmente contrarias a las que anuncia como señal del Reino de Dios que llega, y canta la que, en Nicaragua especialmente mariana, es figura de la Iglesia.

He de decir que, al día siguiente de lo sucedido en la plaza, se sentía claramente en el ambiente de la capital un silencio absoluto; como si sobre la ciudad hubiera caído una gran tapa de acero; la sensación de que había sucedido algo que jamás hubiéramos querido que pasara, algo que tendría consecuencias ominosas para todos. Y esa sensación tardó como cinco días en desaparecer.

El arzobispo de Managua, Monseñor Obando, dijo en Costa Rica que el gobierno nicaragüense sólo había llevado a la plaza a los comunistas. Le hicieron notar que en la plaza había el 4 de marzo alrededor de setecientas mil personas adultas, de un país que entonces contaba con un poco menos de tres millones de pobladores, que si ésos eran los “comunistas” que el gobierno “manejaba”, ¿quién podía oponerse en Nicaragua a un gobierno con tal base popular? Dos meses después de la visita papal, en la visita “ad limina” en Roma, Monseñor Obando salió al paso diciendo que sólo una minoría, manipulada por el gobierno, había gritado consignas en la plaza el 4 de marzo; cualquier cosa, menos sintonizar con el pueblo al que pretendía pastorear; cualquier cosa, menos reconocer su desastroso papel como testimonio evangélico.

“¿Callaremos ahora para llorar después?” (Rubén Darío).

Después del desastre de la plaza, el Papa fue a la Nunciatura Apostólica , allí se cambió de ropa y se fue al aeropuerto a donde, según el protocolo previamente acordado, debía llegar a las siete y treinta de la noche. El Papa llegó unos minutos antes de lo acordado y la Junta de Gobierno no había llegado todavía al aeropuerto. Allí lo recibió Aldo Fabri, representante de protocolo del gobierno de Nicaragua. El Papa comunicó, a través de la ventanilla del auto, a dicho funcionario, que había decidido irse de Nicaragua sin despedirse oficialmente. Aldo Fabri contestó que el Papa era un Jefe de Estado y que debía respetar el protocolo correspondiente. El Papa se volvió hacia el Cardenal Casaroli y le dijo algunas palabras.

El Cardenal salió del auto, dio la vuelta alrededor de él y le dijo a Aldo Fabri que, de todos modos, Su Santidad había decidido irse sin despedirse. Aldo Fabri respondió que tal cosa no podía hacerse y se recostó sobre la puerta del auto en tal forma que el Papa no pudo salir por esa puerta, dando así tiempo a que la Junta de Gobierno, que llegaba en esos momentos, acogiera al Papa y lo llevara, según lo mandaba el protocolo, al podio de la pista del aeropuerto.

Daniel Ortega, coordinador de la Junta de Gobierno, había recibido, debido a lo sucedido en la plaza, la consigna, de parte de la Dirección Nacional del FSLN de ser, en su despedida oficial, absolutamente frío y protocolar. Ortega, haciéndose eco del dolor popular, improvisó un emocionante discurso que la inmensa mayoría del pueblo desconoce porque no lo escuchó por estar, en esos momentos, en pleno movimiento hacia sus viviendas o lugares de origen.

En ese discurso Ortega le dio todavía al Papa la oportunidad, servida en bandeja de plata, de llevarse en el bolsillo el corazón de todos los nicaragüenses aunque fuera en el último minuto. El Papa, gélido y distante, sacó y leyó el enésimo discurso que había traído preparado desde Roma y en el que agradecía la cortesía de la acogida del Gobierno y de los obispos de Nicaragua. Dijo que recordaba “sobre todo con profundo consuelo, los encuentros tenidos en León y la Eucaristía celebrada en Managua con tantos fieles del país”, y terminó diciendo: “Dios bendiga a esta Iglesia. Dios asista y proteja a Nicaragua. Así sea”. Todo, menos haberse dejado impactar por lo que había visto y oído con sus propios ojos y oídos.

Cuatro días después de la visita del Papa, la Dirección Nacional del FSLN emitió un pronunciamiento oficial sobre las repercusiones políticas que toda declaración del Papa tiene en una región convulsionada por luchas políticas, sociales y hasta militares. Confiaba la Dirección Nacional en que el Papa reflexionaría en lo que había visto personalmente. Reafirmaba su política de principios sobre la religión (cfr Comunicado de octubre de 1980). “Al mismo tiempo reafirmamos nuestra vocación –decían- e invariable voluntad de encauzar nuestro proceso revolucionario a favor de los explotados y oprimidos, los sedientos de justicia de que habla el Evangelio”.

Todavía el 8 de abril, el diario La Prensa (Cfr “Córdova Rivas accede hablar a La Prensa ”) intentaba manipular el que hubiera sido la Dirección Nacional del FSLN y no la Junta de Gobierno la que había emitido el pronunciamiento ese. En el exterior, tanto en Miami como en Honduras o Costa Rica, muchos políticos o exguardias de Somoza intentaron capitalizar a su favor lo sucedido en la plaza. Todos ellos eran, en esos momentos, magníficos “cristianos”, ofendidos en sus más íntimos sentimientos, que querían “desagraviar” al Papa.

Algún tiempo después del desastre de la plaza, el arzobispo de Managua, Monseñor Obando, visitó al Nuncio en Nicaragua y le pidió que “ la Iglesia ” como tal rompiera sus relaciones públicamente con el Gobierno de Nicaragua. El Nuncio le preguntó con qué fin. Monseñor Obando contestó que, si “ la Iglesia ” rompía públicamente con el Gobierno de Nicaragua, el gobierno caería. El Nuncio respondió: en primer lugar yo no estoy seguro de que el Gobierno se caería sólo porque la Iglesia rompiera con él y, en segundo lugar, no es labor de “ la Iglesia ” hacer caer al gobierno de Nicaragua.

“Y siento como un eco del corazón del mundo que penetra y conmueve mi propio corazón” (Rubén Darío).

¿Cuáles fueron los frutos inmediatos de esa venida? ¿La paz para una Centro América combatida y asediada? La deteriorada situación de El Salvador y Guatemala, masacradas bajo una salvaje dictadura militar entonces, es la evidencia de que no se consiguió tal cosa. Los ataques e invasiones a Nicaragua desde Honduras y desde Costa Rica también desmienten este logro. La amenaza terrible e inminente de una guerra general provocada, abastecida, armada, entrenada y pagada por los Estados Unidos contra Nicaragua significaría un golpe más contundente todavía contra la paz en esta ya percutida región. No, la visita del Papa, no consiguió la paz para Centro América, sino la capitalización por parte de los criminales gobernantes de El Salvador y Guatemala de la recepción de esa visita.

¿La unidad de la Iglesia ? Prescindiendo de la intención que el mismo Juan Pablo II trajera, no hubo cosa que dividiera más la Iglesia de Nicaragua que esa venida. La visita papal no hizo sino polarizar agudamente las divisiones que ya existían. Los cristianos que estaban a favor del gobierno sandinista quedaron mucho más a favor, y los cristianos que estaban en contra quedaron mucho más en contra. Lo sucedido en la Plaza 19 de Julio el 4 de marzo fue una tremenda cuchillada a la fe sencilla de los jóvenes que no encontraron una explicación plausible a la negativa de un Papa a orar por muertos que honestamente morían creyendo que lo hacían en defensa de su Patria y que, desde luego, todavía no tenían recursos suficientes en su formación para superar la impresión que les causó la actitud colérica de Juan Pablo.

¿La concordia entre los nicaragüenses? Ya he aclarado, en el párrafo anterior, que la visita del Papa no hizo sino polarizar las actitudes religiosas y políticas de los nicaragüenses, cristianos o no. Dejando a un lado las intenciones que, suponemos, tenía el Papa al venir, sí puedo afirmar a posteriori que si el Papa pensaba conseguir esos tres frutos, no los consiguió. En este nivel, Juan Pablo II fracasó claramente en su visita a Nicaragua en 1983.

Desde luego, para quienes seguimos paso a paso, y minuto a minuto, las diez horas que duró la visita, fue absolutamente evidente que el Papa no “se puso bravo” en Nicaragua por nada que él hubiera visto personalmente, sino que ya venía bravo desde Costa Rica o desde Roma contra Nicaragua.

El Papa traía la decisión de fortalecer la posición de Monseñor Miguel Obando y Bravo, darle respaldo público y reconocimiento, a pesar de la politización clara de su figura. Traía también la decisión de hacer imposible, con su actitud, cualquier entendimiento entre el gobierno sandinista y la jerarquía eclesiástica católica, por lo menos durante las diez horas de su visita. ¿Quién le dio a entender al Papa que la Iglesia no debía confiar en el gobierno de Nicaragua ni tomar sus palabras como garantía de nada? ¿Por qué podía Juan Pablo buscar un entendimiento, como lo buscó, con el gobierno comunista de Polonia del general Yaruselski y, sin embargo, hacer imposible el entendimiento con el de Nicaragua? (Cfr La Prensa , 18 de junio de 1983).

La pregunta que muchos cristianos nicaragüenses nos hicimos en los años siguientes, muchas veces, es ¿quién fue el culpable de esa visita fracasada y, sobre todo, de provocar la actitud con la que el Papa llegó desde Roma a Nicaragua?

¿Qué fue lo que hubo de malo en Nicaragua? ¿Que se politizó la venida del Papa? En Polonia, en junio de ese mismo año, la visita papal estuvo politizada desde el comienzo hasta el fin por el mismo Papa, y eso no le pareció mal a nadie ni en Polonia ni en Roma ni en Nicaragua (Cfr La Prensa , desde el día 16 de junio de 1983 hasta el día 26). ¿O es que la politización era mala en Nicaragua y buena en Polonia? ¿Fue que en Nicaragua se politizó una Misa?

También en Polonia, y no sólo en ese viaje de junio, hemos podido ver durante años y visitas las banderas de la oposición polaca desplegadas durante las Misas del Papa, y leímos y vimos y oímos por Televisión sobre los aplausos y gritos que interrumpieron las alocuciones papales, y en Polonia Juan Pablo sonreía como respuesta y continuaba como si nada. Si en Polonia todo eso no fue nada malo, ¿por qué en Nicaragua sí? Para no irnos tan lejos: en El Salvador dijo, en ese mismo viaje de marzo, todo lo que en Nicaragua no quiso decir, y, para más contundencia, durante el sermón de la Misa ante el pueblo, ¿por qué en Nicaragua decir esas cosas era político y en El Salvador no?

Tenemos la madurez suficiente para separar la persona y el cargo, cuando es necesario hacerlo. Sabemos perfectamente el respeto que nos merece el cargo y el respeto que debemos a la actitud personal que quien lo desempeña asume en un momento determinado. Sabemos de sobra que la infalibilidad del Papa no se extiende a sus actividades y actitudes personales. Nosotros pertenecemos a la Iglesia cuyo pastor universal es el Papa y respetamos sus normas pastorales y sus declaraciones ex cátedra, que compartimos plenamente.

El Papa no es infalible cuando habla, con magisterio ordinario, acerca de política o economía, ése es el campo específico del apostolado de los laicos cristianos, según la teología más segura de la Iglesia. Si nos cabía la menor duda al respecto, hemos quedado libres de ella desde el 4 de marzo de 1983. También las diez horas que estuvo Juan Pablo II entre los nicaragüenses y cada una de sus palabras deben ser analizadas desde el Evangelio y desde la solidaridad con los pobres. El día en que la Iglesia dejara de presentarse al mundo como pobre y aliada natural de los pobres, sea entonces el Papa que entonces sea, traicionaría enteramente su misión y, desde luego, traicionaría a su Señor, Jesús de Nazaret. Pero la Iglesia no nos pide que veamos al Papa, a ningún Papa, como un hombre inteligente, guapo, simpático, o santo, sino sólo que lo obedezcamos en lo que él tiene derecho a mandar.

Bibliografía.

•“Juan Pablo II. Viaje Pastoral a Nicaragua. 4 de marzo de 1983” , folleto de 24 páginas, editado en el Centro Juvenil “Don Bosco”, Managua, 1983.
•“Juan Pablo II. Viaje Pastoral a Centroamérica; 2-9 de marzo de 1983” . Discursos, Homilías y mensajes. Texto completo con sub-títulos orientadores y selección de fotos. Libro de 201 páginas, editado en el Centro Juvenil “Don Bosco”, Managua, 1983.
•“Emmanuel”, revista de formación pastoral. Edición especial. Con los Mensajes Integros del Viaje Apostólico de Juan Pablo II. Editada en Panamá, marzo-abril 1983, n 30, por el Equipo de Evangelización de los Padres Dominicos, David, Panamá.
•“Envío”, revista n 21; editada por el Instituto Histórico Centroamericano, Managua, Nicaragua, marzo de 1983, pp 7-20.
•“Comunicación, Confer, Nicaragua”, segunda época, n 17, febrero-marzo 1983; El Papa pasó por Nicaragua, pp 6-9.
•“Amanecer”, revista, n 16 y 17; editada por el Centro Ecuménico Antonio Valdivieso, Managua, Nicaragua, febrero-marzo-abril de 1983.
•“Icla”, boletín; editado por el Secretariado Latinoamericano MIEC-PAX ROMANA-JECI; Año IV, n 41-42, febrero-marzo de 1983. Especial, Reportaje de una visita.
•“ECA”, Estudios Centroamericanos, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, San Salvador, El Salvador; “La visita de Juan Pablo II a Centroamérica”, n 413-414; marzo-abril 1983.
•“El Papa en Centroamérica”, edición especial del diario “ La Nación ”, marzo de 1983, San José, Costa Rica, páginas 76.
•“Juan Pablo II: Misionero de la Paz ”; Suplemento Istmo, domingo 27 de febrero de 1983; La Estrella de Panamá, 32 páginas.
•“Sobre la Divina Misericordia ”, carta encíclica de Juan Pablo II, Edit Don Bosco, La Paz-Bolivia , 1980.
•“Los muchachos”; revista de la juventud nicaragüense; n 9/83; Managua, Nicaragua, “El mensajero de la Paz ”, páginas 26-27.
•Periódicos La Prensa , Barricada, en Nicaragua en ese año.
•Entrevistas personales hechas en ese momento.
23.06.2010

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