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Enrique de Castro, llamado el ‘cura rojo’ de Vallecas, habla en Jerez de la exclusión social -- Arantxa Cala

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Diario de Jerez

Enrique de Castro3.bmp«Ya no hay que rendir culto a Dios, sino al ser humano»
Aquí donde le ven, este hombre le debe una copa de orujo a Rouco Varela. El cardenal-arzobispo de Madrid se apostó hace unos meses con Enrique de Castro (cura de la parroquia de San Carlos Borromeo, del madrileño barrio de Vallecas), que él en ningún momento dijo que cerraría su templo. Su intención era reconvertirlo, hace un año, en un centro de Cáritas. En fin, quitarle las funciones litúrgicas propias de una parroquia. La presión social lo evitó, pero el orujo sigue ahí, pendiente de una cita. Quizás no utilizó Rouco la palabra cerrar, aunque la intención sí lo era.

Llamado el ‘cura rojo’ de Vallecas, Enrique de Castro trabaja y vive por los marginados de la sociedad desde hace más de 30 años. «Desde entonces empezamos en un ambiente asambleario dentro de la propia parroquia, con las familias y los propios chavales y con gente que los apoyaba, como abogados, muy necesarios en estos casos», cuenta Enrique. Procedente de un mundo de estudios y familia de derechas, llegó a Vallecas y su gente le cambió la vida. Le hicieron entender poco a poco los escritos evangélicos y lo que significaba el mensaje y la buena noticia de Jesús. Encontró mucha riqueza allí.

Oficia las misas de paisano, abre las puertas de su parroquia a quien casi nadie se atrevería a recibir en su salón, y en vez de hostias ha repartido rosquillas a los que han asistido a sus misas. Y no por ser un rebelde, sino porque el pueblo así se lo pedía. Una liturgia más cercana y acorde con los nuevos tiempos. Musulmanes, ateos, apóstatas a punto de firmar confiesan que se sienten parte de esta iglesia. Que allí es donde han encontrado el significado de la palabra fe.

A pesar de haber contado con un gran apoyo para que se evitara aquel popular cierre, Enrique dice que no le ha echado un pulso a nadie. Se refiere así a la «Iglesia del poder», a la jerarquía eclesiástica, con la que difiere, porque subraya que la «Iglesia institucionalmente plantea atender a la gente pero sin reivindicar la justicia. No lucha por ella. Me refiero a la Iglesia del poder o vaticanista, la que sigue una línea de mucha atención al culto». «A mí me parece -añade este cura- que han descubierto que no habían entendido lo que significaba esta parroquia. Creo que ahora lo han entendido. O asumen que haya parcelas así, o ha habido mucha presión por parte de muchísima gente. Aunque nos llamaron centro pastoral, seguimos oficiando misas. Igual que antes».

Hace unos días pasó por Jerez, ciudad que visita a menudo y donde hay mucha gente que hace actividades similares a las suyas, como el cura de El Torno. Estaba invitado por la asociación Pro-Derechos Humanos para hablar sobre sus planes alternativos, como abrir las casas a inmigrantes, presos o gente de la calle, sus talleres de autoempleo, y el apoyo incondicional a quien sea, venga de donde venga, junto a sus otros dos compañeros, también párrocos.

Enrique de Castro busca las causas de la exclusión social y deduce que la culpa «la tiene el grosero capital. Estamos en una situación de neoliberalismo salvaje, los gobiernos en el mundo occidental dependen de las multinacionales. Es decir, se ha expoliado a los países pobres de su riqueza y encima se les hace pagar deudas». Piensa Enrique que la Iglesia actual, «la primera cosa que tendría que hacer es abrir las parroquias, que pueda vivir la gente en ellas, que sean sus lugares de encuentro. Yo no entenderé jamás una parroquia si no es un lugar de encuentro para los que están echados. Si no tiene esa función una parroquia, todas las demás le sobran. Se ha retrocedido mucho a replantear la parroquia como centro de culto, casi exclusivamente, pero para nada de acogida, pero lo llamaría hacer lo que hizo Jesús: poner la mesa del Señor a disposición de todos los que están fuera de nuestra sociedad».

A pesar de sus quejas sobre la «Iglesia del poder», con la que no se identifica, «sí me siento miembro de la comunidad de Jesús, quien ya puso en evidencia el poder». Enrique habla de esa fe con la que incluso los apóstatas se identifican: «La fe no es un elemento religioso, es un elemento humano. El ateo puede tener tanta fe como el creyente. La fe en el ser humano, en la lucha, la utopía, en la vida, en ir creando un paraíso basado en la solidaridad y la justicia. Jesús añade un dato a esto, es la justicia del amor y del perdón, no la justicia del talión. La fe como elemento humano es potenciar los de la vida del ser humano. Los chavales en nuestra parroquia han descubierto cómo la fe se opone al miedo no al ateísmo». «Cuando quisieron cerrar la parroquia, -añade Enrique- las madres se preguntaban: ¿qué tiene nuestra fe que el obispo no cree en ella? La fe no es creencia, es el valor de nuestra vida. El Dios de Jesús apuesta por el ser humano, ya no hay que rendir culto a Dios, sino al ser humano».

A pesar de la oposición recibida desde arriba por su liturgia «no homologable», no ha pensado nunca en tirar la toalla, «por qué iba a hacerlo, muchas cosas de esta sociedad no me gustan, pero no por eso me voy de ella».

Nunca ha soñado con ser Papa, aunque sí lo hizo una vez con ser obispo. Pero fue tan sólo un sueño, y se rió de sí mismo, «porque luego descubrí que en la Iglesia, todas las funciones debían ser por elección, porque la gente lo pida». Aunque confiesa que si fuera Papa un día, «lo primero que haría sería decir adiós al Vaticano. Y luego, hacer un concilio donde la participación de la mujer fuera auténtica. Diría que el sacerdocio no es intermediación entre Dios y el hombre. El sacerdocio se lo cargó Jesús como se cargó el templo. El templo vivo de Dios es el ser humano. El cura no es un sacerdote, es el que hace una función de vinculación en una comunidad».

Enrique habla del futuro de la Iglesia, «aunque el de la vaticanista ni me preocupa ni me interesa. Que hagan lo que quieran y punto. Me preocupa que se refresque la buena noticia y el mensaje de Jesús y eso siempre estará en una iglesia de base. Si aquellos se acercan a la gente descubrirían otra cosa».

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