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Enrique de Castro: «El Evangelio no está en la Iglesia vaticana» -- Jesús Bastante

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Religión Digital

«Las grandes herejías fueron las que hizo la Iglesia del poder cuando excomulgaba y condenaba a la hoguera»
Marçal Sarrats, periodista de la Cadena SER, viene a presentarnos su libro «Así en la Tierra», uno de cuyos protagonistas es Enrique de Castro, párroco de San Carlos Borromeo, el centro pastoral de Entrevías. «Enrique de Castro y la Iglesia de los que no se callan», es el subtítulo de la obra publicada por Cuadrilátero Libros. Y a fe que Enrique no lo hace. «La fe es patrimonio de la humanidad. Y la distancia óptima es el abrazo», afirma

Enrique de Castro critica que, «desde que Juan Pablo II puso a todos los obispos de su misma cuerda, no hay diversidad en la jerarquía». Ante las acusaciones de herejía que se lanzaron contra la parroquia de San Carlos Borromeo hace años, el sacerdote aclara que «no es verdad que no hagamos liturgia, hacemos liturgia adaptada a nuestra gente». «En el Evangelio no hay un código de moral, y mucho menos un código de moral sexual», dice.

Asegura que no se puede ir de Entrevías, «porque me he enamorado de aquella gente, y no te vas del lado de quien quieres», y cuenta que «la gente que viene a hacer algo por los demás al cabo de muy poco tiempo se da cuenta de que son los demás los que están dando sentido a su vida».
«La fe es patrimonio de la humanidad», concluye. Y «la distancia óptima es el abrazo».


Marçal, ¿cómo ha sido tu aproximación al universo de Enrique y de Entrevías?

Fue una aproximación casual. Yo sabía lo que sabíamos todos por los medios: el conflicto de 2007, las misas multitudinarias para evitar el cierre… Sabía de la existencia de Enrique como sabía de la existencia de Javi. Un día, hablando con la editora, pensamos que ahí podía haber una historia. Entonces llamé a Enrique para ver si nos podíamos ver, y el primer día que nos vimos me dijo: «Si vienes a escribir sobre mí, no. Pero si quieres contar lo que ves, lo que hay y lo que hacemos, entonces podemos intentarlo». A partir de ahí empezamos a hablar, y también con toda la gente que tiene alrededor y que hace tantas cosas. En ese momento me di cuenta de que sí que había una historia, y me convencí para publicarla.


¿Qué viste?

En la calle se suele hablar de que hay otra Iglesia. «Los obispos son una cosa, pero hay otra Iglesia», se dice. Es una frase muy establecida, pero muchas de las personas que la pronuncian piensan que esa otra Iglesia sólo está en África, fuera de nuestro país. De lo que yo me di cuenta es de que hay una «microsociedad» muy potente y con ganas de hacer muchas cosas también aquí. Descubrí ampliamente la historia de Enrique, y descubrí todas las cosas que están haciendo para ayudar a la gente desahuciada (pero no de ahora, de siempre), a los chavales de El Gallinero, a la gente que tiene problemas ahora mismo porque la crisis achucha… Una historia, en definitiva, demasiado amplia como para concentrarla en 288 páginas. Pero bueno, el libro salió como un conjunto de pinceladas.

Enrique, cuando tú llegaste a Vallecas ya estaba allí el Padre Llanos. ¿La Iglesia que vosotros habéis intentado construir tiene que ver con la que trató de construir también Llanos?

Cuando yo llegué a Vallecas en el año 72, Llanos estaba en El Pozo. Yo estaba en el Alto del Arenal, y teníamos encuentros de curas de la zona muy a menudo, entre los curas que trabajaban, los curas que estaban metidos en la lucha por las libertades al final del franquismo… Algunos de esos curas estaban afiliados a partidos políticos, también estaban por allí la JOC y la HOAC… Había mucha riqueza en ese sentido. Por eso tuve encuentros con Llanos.

Luego, cuando bajé a Entrevías en el año 81, sí que empecé una relación más directa con Llanos. Nos veíamos permanentemente, comíamos muchas veces juntos… Él prologó mi primer libro, y se acercó al mundo de los chavales porque vivían conmigo, y él quiso trabajar con ellos. Mi relación con Llanos ya fue con el Llanos viejo, que prácticamente ya no tenía actividad concreta en El Pozo.


¿Cuándo llegaste a San Carlos?

Yo había dimitido de la parroquia anterior porque lo de los chavales asustaba. Un cura me llegó a decir que si los chavales seguían viniendo él se iba. Tenían miedo. Así que los dejé tranquilos y me fui a finales del 81. Estuve cuatro meses o así de «cura vago», como se dice. Sin asignación. Hasta que Iniesta me pidió encargarme de la parroquia de San Carlos, y dije que sí.

¿Cuál ha sido el trabajo fundamental en Entrevías a lo largo de estos largos 30 años?

El intento por parte de los curas ha sido el de estar muy cerca de la gente, y que la parroquia estuviera abierta a todos. Al final del franquismo lo entendimos muy bien, porque había determinados grupos que necesitaban zonas de clandestinidad para encontrarse, porque no estaba permitido. Entonces, nuestras parroquias estaban al servicio de eso.


En la presentación del libro hablabas de Vallecas como tu «segundo seminario»

Sí, porque en el primer seminario me formé como sacerdote, pero en Vallecas lo aprendí todo. Pero a todo el mundo le pasa lo mismo: el juez Beltrán, por ejemplo, cuando baja a Vallecas también tiene se segundo seminario, entiende otra manera de ser juez.

En esa época comenzaba el pontificado de Juan Pablo II. ¿Crees que supuso un proceso de involución que dejó a un lado (casi fuera de la legalidad) a la Iglesia que vosotros representáis?

Bueno, yo creo que no nos pudieron apartar nunca, pero es verdad que muchas de las personas que participaban en el asociacionismo ciudadano de Vallecas y otros barrios, que empezó en los años 70, cuando llegó la Transición se marchó a otras áreas, a formar parte de la Administración… Entonces dejaron los barrios desiertos. Lo mismo ocurrió en la Iglesia, porque hubo muchos curas que se marcharon, y de aquella Iglesia con aquella manera de pensar fueron quedando menos grupos, porque ya se empezaron a nombrar obispos y a ordenar curas con otra mentalidad muy distinta.

Juan Pablo II mediáticamente era un hombre encantador, pero fue el que se cargó el Concilio Vaticano II, y a muchos obispos y teólogos, con Ratzinger como brazo derecho, que luego sería su sucesor.

¿Este cambio se reflejó en la dimisión de Tarancón, aceptada sorprendentemente rápido en comparación con otros arzobispo de Madrid, como el actual, que ya lleva dos años de prórroga?

Sí. Fue una marcha atrás. Creo que Juan Pablo II no asumió el Concilio Vaticano II. Y eso se notó en los nombramientos, porque puso a todos los obispos de su misma cuerda. Ya no hay diversidad, al menos en la jerarquía. Antes había mucha más.

Como tanta gente que se fue en esos años, ¿no has tenido alguna vez la tentación de dejarlo?

No. En ese momento los curas, los movimientos sociales y los cristianos de base estábamos muy mediatizados, quizá por la lectura política del Evangelio que hacíamos. Yo tuve la suerte de que me apareció como un estallido el mundo de la marginación y de lo social. El mundo de los excluidos, la droga, los chavales de la calle… Y más tarde, en 2001, las manifestaciones a favor de los inmigrantes ilegales, que se escondieron en nuestras parroquias, el aluvión de la inmigración… Ésa es la riqueza que a mí me ha dado sobre todo Vallecas, y por tanto yo no me puedo ir de allí, porque yo me he enamorado de aquella gente, y no te vas del lado de quien quieres.


Se os ha acusado mucho de hacer «cosas que no se deben hacer en la iglesia», como acoger a inmigrantes indocumentados, que en las misas participen personas de otras confesiones, utilizar el recinto parroquial como un lugar para encerrarse y manifestarse… ¿Qué tiene que ser la iglesia como templo?

Sin duda, un lugar de encuentro. Si no es lugar de encuentro, no sirve para nada. Pero lugar de encuentro en la vida. La parroquia tiene que hacer que toda la gente que necesita la Buena Noticia (el Evangelio) la puedan encontrar a través de la gratuidad, del mundo del acogimiento, que se encuentren a gusto y no se sientan rechazados, sino como en casa. Y para hacer esto hay que quitar todo aquello que estorba. No es que hagamos «cosas que no se pueden hacer en la iglesia», es que si las iglesias no hacen estas cosas (lucha, acogida, cambio, vida…), entonces no tienen nada que ver con el Evangelio de Jesús.

Sin embargo, se os acusó de herejía por utilizar rosquillas para consagrar, por no utilizar las casullas y demás ornamentos, porque la liturgia fuera participativa…

En una asamblea con el obispo auxiliar había unas 200 personas, y hubo alguna que al intervenir le preguntó qué por qué llevaba esos ropajes. ¿Por qué se presenta distinto a nosotros? Si usted es como nosotros.

No es verdad que no hagamos liturgia, hacemos liturgia adaptada a nuestra gente. No es liturgia gregoriana ni en latín, porque eso nuestra gente no lo entiende. Ellos cantan las canciones de la calle, que conocen, y ellos entienden muy bien lo que son el pan y el vino, y que unas madres pueden perfectamente hacer un bizcocho o unas rosquillas y llevarlas allí. La liturgia evangélica es una mesa, la mesa de Jesús, y en torno a esa mesa nos sentamos todos. También los de otras religiones, ¡menos mal! Porque el Evangelio trasciende cualquier religión, y trasciende también a la religión católica. Es la Buena Noticia para todo el mundo.

El Papa Francisco ha lavado los pies a una musulmana. Y en aquella asamblea de la hablaba antes, un musulmán le preguntó al obispo: «¿Por qué ustedes, los jefes de las religiones, nos hacen enemigos entre nosotros? Aquí hemos descubierto que no somos enemigos: vivimos en las mismas casas, ellos nos ayudan para buscar trabajo y papeles, nosotros ayudamos en la parroquia…». Si los musulmanes, como los ateos o agnósticos o creyentes de otra religión vienen a nuestra mesa, todos juntaremos las manos y tomaremos el pan y el vino, porque es para todos. Lo que hay que preguntarse es respecto a qué es esto heterodoxo: ¿respecto a una doctrina de la Iglesia que se ha apartado del mundo de los pobres?

¿No es al fin y al cabo la heterodoxia otra forma de hacer las cosas?

Por supuesto. Las grandes herejías fueron las que hizo la Iglesia del poder cuando excomulgaba y condenaba a la hoguera. Todavía ahora, quince siglos después, se están arrepintiendo. La variedad debe estar servida.

¿El Evangelio está en la Iglesia-estructura de hoy?

En la Iglesia vaticana, tal como se presenta, yo diría que no. Porque Jesús dijo no al poder, acabó con la separación entre templo y ser humano. Puso al ser humano por encima de la ley y por encima de la religión. Hizo al hombre «dueño del sábado». Además entró en el templo de Jerusalén y derribó las mesas de los cambistas, encolerizado por el negocio que tenían montado. Por todo eso, pienso que hoy sin duda entraría al Vaticano y diría «esto no».

¿Y cómo se cambia eso?

El Papa puede marcharse de allí.


¿Del palacio?

Del palacio ya se ha ido, y eso es bueno. Pero el día que se vaya de Vaticano me voy a verle a donde sea. Le buscaría por donde fuera, porque en esas circunstancias me encantaría encontrarme con el vicario.

¿Crees que algo así podemos esperarlo de Francisco?

No lo sé todavía. Sin duda está haciendo gestos nuevos. Lo que más me ha gustado es la carta que ha escrito a la Conferencia Episcopal Latinoamericana, CELAM, diciéndoles que vuelvan al espíritu de Aparecida, que es el espíritu de la Teología de la Liberación. Es decir, retomar aquello que querían hacer desaparecer.

¿Piensas que vaya a hacer de verdad una Iglesia «de pobres y para los pobres», como dijo en Roma?

Puede que sea una declaración de intenciones, pero me imagino que lo tiene muy difícil allí. Eso es un búnker.

¿Lo mejor que podría hacer, en principio, es coger la baraja y repartir juego?

Lo que espero que ocurra es que deje actuar. Él utilizó la expresión «unidos en la diversidad», y creo que es justamente a eso a lo que tenemos que volver. Unificar es un grave error. El dogma es un grave error, al menos cosificado como lo hacen. Una moral cerrada es un grave error. En el Evangelio no hay un código de moral, y mucho menos un código de moral sexual. El Evangelio es amar, compartir, acoger… O sea que cuando se habla de cosas que están ahora en el candelero, como el aborto, el condón, etc., Jesús estaría diciendo «acoged a la gente, por Dios. No excomulguéis». La Iglesia debería estar con la persona que sufre, no echarla. ¿Cómo podemos hacer eso?

¿Está preparada la institución eclesiástica para cambiar esa dinámica de negativa y de condena, por una actitud de acogida?

No lo sé. Está todavía reciente lo de la niña nicaragüense excomulgada por abortar tras haber sido violada. A ojos de cualquier ser humano, eso es una bestialidad. Como pienso que es una bestialidad que se presente una acusación particular para condenar al del códice, pidiéndole una barbaridad de años (muchos más que el fiscal). ¿Es que ahora nos estamos planteando nosotros que lo que tenemos que hacer es condenar? Si Jesús a lo que ha venido es al perdón, a la reconciliación, al encuentro entre nosotros. Una Iglesia así se hace muy lejana para mucha gente. No nos sirve.


¿Cuál es la Iglesia que te gustaría ver en el futuro?

Sigo pensando en la Iglesia de abajo. El obispo Óscar Romero, que asesinaron el El Salvador, era un hombre conservador, pero él cambió cuando se acercó a la gente y vio sus problemas y su sufrimiento. Tarancón también era un hombre conservador. Hemos tenido muchas figuras de obispos que, por acercarse a la gente, han cambiado su vida y ha hecho más visible el Evangelio.

El obispo es el que te confirma en la fe, pero creo que no podemos esperar de las grandes figuras del poder que vengan a solucionar las papeletas. Tenemos que construir desde abajo y sin miedos. Al superar los miedos (no digo vencerlos), estamos demostrando que tenemos fe. Jesús dijo «¿por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?», refiriéndose a la falta de fe no como ateísmo, sino como cobardía. Y si nosotros nos vamos quitando los miedos, vamos haciendo también más posible que la gente que está arriba se acerque y cambie.

Marçal, ¿qué has aprendido durante el proceso de elaboración de este libro?

Un libro así te marca completamente. El juez Arturo Beltrán lo dice en el texto: «¿Cómo voy a juzgar yo un caso de asesinato en un barrio que no conozco, que no he pisado ninguna vez?». Y al periodista le pasa lo mismo, porque también necesitamos conocer de qué estamos hablando. Un periodista que admiro profundamente suele decir que los periodistas tenemos que ser «objetivos en cuanto al hecho, pero subjetivos en cuanto a la mirada». Eso es lo que he intentado yo, porque en el libro he contado objetivamente los hechos que han pasado, pero a la vez te vas metiendo, vas conociendo, y te sientes cómodo ante el trabajo de esta gente que ha encontrado otra manera de hacer algo por los demás.

Cualquier que conociera el trabajo que allí se hace cambiaría. Porque es una manera de trabajar por los demás que se aparta completamente incluso de la manera que tiene la Iglesia. Es la revolución del abrazo, que no deja de ser más que conocer a la otra persona. Allí compartes muchas cosas, incluidas penas y alegrías, y en ese compartir te encuentras con gente muy diversa.


¿Al final lo más importante es la gente?

E- Sí. Creo que lo que Marçal ha descubierto en nuestro barrio es que la distancia óptima es el abrazo. Si yo he tenido una preocupación en estos últimos años de mi vida ha sido la de rescatar la fe para los chavales. Porque la fe se ha metido dentro de las sacristías, dentro de lo sacral, como un elemento religioso. Pero la fe es un elemento humano. El ateo puede tener tanta fe o más que yo: fe en el ser humano, fe en la vida, fe en la lucha, fe en la utopía…

Esto es lo que hemos ido descubriendo entre todos: que la fe es patrimonio de la humanidad. También tenemos que tener claro cómo son las cosas: yo agradezco, por ejemplo, que los chavales me hayan aceptado en su círculo, porque sé que no les he traído yo al mío. Yo soy el que viene de fuera a sus vidas, a implicarme con ellos. Así es como te vas haciendo incondicional, ellos se van haciendo incondicionales contigo, ellos adquieren seguridad y tú también la adquieres con ellos (porque la realidad es que te protegen), cambian ellos y cambiamos nosotros, sacas la riqueza que tienen, participamos en la pelea de las madres… La gente que se acerca y que viene a hacer algo por los demás al cabo de muy poco tiempo cambia el chip y se pregunta qué venía a hacer por lo demás, cuando son los demás los que están dando sentido a su vida. Ese descubrimiento es lo que hace que se cree una microsociedad en la que todos somos parte de lo mismo.

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