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Encuentro nacional por los 50 años de la Conferencia de Medellín y canonización de Mons. Óscar Romero. Testimonio de Claudia Leal

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Fuente: Amerindia
Renacer profético
Medellín, Romero, Francisco
Santiago de Chile, octubre 12 al 14 de 2018
En la mañana del sábado 13 de octubre se presentó un panel con tres testimonios. A continuación, la transcripción (no revisada por la autora) de la exposición de Claudia Leal, teóloga, profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Católica.

Quiero agradecer esta invitación que se me hizo a través de Diego Irarrázaval a quien me es imposible decirle que no. También quiero agradecer a Eugenio sus palabras que me tocan muchísimo y están en sintonía con muchas de las cosas que quiero decir, talvez en otras no. Eso nos falta mucho: aprender a estar en desacuerdo, lo que es fundamental para construir auténtica comunión.

Quiero precisar que lo que digo nace de mi experiencia, de mi historia. Tengo dos hijos: una niña de 3 y un niño de casi 5. Me pregunto: ¿a qué iglesia ellos van a pertenecer? Siento la urgencia de pensar que en unos años más quisiera que hagan la primera comunión de una cierta manera, con un cierto tipo de relaciones. Necesito trabajar para eso.

Voy a compartir algunas reflexiones sobre la iglesia chilena, la situación de la mujer y los desafíos que tenemos.

Lo primer que quiero decir es que como cultura occidental creo que estamos viviendo un giro copernicano porque desde la década del 20 o del 30 del siglo pasado comenzamos a afirmar que las mujeres y los niños son sujetos de derecho y eso es nuevo en la conciencia de occidente.

En la historia de la humanidad encontramos testimonios del sufrimiento y la injusticia que vivían las mujeres y los niños: en la Biblia, en la Ilíada, en los textos clásicos están los testimonios de gente que se compadeció de las mujeres y de los niños, que narró sus experiencias y expresó un sentido de justicia diciendo que algo está mal. Ese sufrimiento de mujeres y niños no tenía ninguna consecuencia legal. Las mujeres y los niños eran objeto de derecho.

¿Hace cuánto que las mujeres votamos? De la década del 40. ¿Hace cuánto que tenemos un buen índice de alfabetización? 40 años o menos quizás. ¿Hace cuánto que realmente importa que las mujeres y los niños sean abusados sexualmente? Hace media hora… de hecho todavía persiste en alguna, poca pero persiste, en alguna legislación latinoamericana un atenuante en el derecho penal para cuando la mujer descubre a su marido con una amante.

Miren esto: en Chile hoy día yo podría cambiar mi identidad sexual, pero todavía no le puedo pagar el seguro de salud a mi marido en Fonasa: los varones pueden tener todas las cargas que quieran, pero yo no. Yo no puedo hacer con mi sueldo lo que quiera.

Estamos viviendo un giro copernicano en términos morales. Se nos ocurrió que las mujeres y los niños son sujetos de derecho y que la injusticia que padezcan va a tener consecuencias legales y estamos recién tratando de entender lo que eso significa.

Me acerco al contexto eclesial. Mi sueño es que estemos a salvo de las tentaciones maniqueas. Desde que el Papa se fue de Chile hasta hoy día me ha tocado escuchar de todo: que esto es un problema de alguna parroquia, que son casos, que si no nos hubieran oprimido a las mujeres esto no hubiera sucedido; o que, si la teología liberación no hubiera sido arrinconada, esto no hubiera sucedido. Me ha tocado escuchar algunas de esas frases demoledoras que mencionaba Eugenio, que tienden a relativizar: ‘no le pongamos tanto’.

Sinceramente, creo que o salimos todos de esta, o no salimos. Y para hacer eso tenemos que darnos cuenta que el abuso sexual es el último eslabón de una cadena de abusos que comienza muchísimo antes: exploro, tanteo, lentamente voy configurando una relación abusiva que en la menor cantidad de casos termina en abuso sexual. Entonces el abuso sexual es la punta de un iceberg que no lo va a resolver la Fiscalía, sino nosotros, quienes hemos sido parte de esa historia.

Llevo 25 años en la iglesia en los que han pasado muchas cosas. San Pablo dice que cuando un miembro del cuerpo sufre todo el cuerpo sufre. ¿Qué nos pasó? ¿Por qué yo no sentí ni me enteré del cuerpo que estaba sufriendo?

No quiero ser autoflagelante, pero yo, en primera persona, tengo que asumir que, siendo parte de una determinada pastoral, no supe que actuar cuando me enteré de pequeños abusos de poder, cuando subestimé los abusos de una persona por su carisma y autoridad, cuando vi disparidad e injusticia entre las personas, cuando se tomaron decisiones arbitrariamente. En una sociedad tan segmentada como la chilena, donde hay incluso supermercados para ricos y para pobres, en una sociedad donde ya no me sorprende que haya personas que tengan que hacer completadas para pagar tratamientos médicos… en esta sociedad, la gestión del poder tiene que ser revisada de raíz y en primera persona. No los del lado, los que no piensan como yo, no los que me caen un poco mal. Yo. Nosotros.

En ese sentido hay un concepto que me gustaría introducir. En otros países del ámbito anglosajón, como Irlanda, está bastante desarrollada la noción de la ‘ética profesional del sacerdocio’. Esto es muy importante para mí. Pienso que como comunidad hemos descansado mucho tiempo en la idea que el sacerdocio es una vocación y no una profesión. Entonces, ordenan un chiquillo y al día siguiente asumimos que ya es un gran predicador de retiros, un gran gestor de dinero, un gran comunicador, un gran profesor de teología, un gran acompañante espiritual, un gran confesor, un gran líder. Y la precariedad en que los dejamos es enorme.

Cuando hablo del sacerdote podemos extender el discurso a los agentes pastorales. Cuando cancelamos la dimensión profesional de nuestra acción, cancelamos el espacio para hablar de derechos y deberes, para ver cómo se resuelve un problema, qué derechos y deberes tienes tú en cada una de las relaciones.

Creo muy importante hacernos cargo de la necesidad de introducir una reflexión sobre cómo se va a ejercer el poder, de la magnitud que sea, en los próximos años. Por una parte, tenemos que hacernos cargo que en Chile hay curas viviendo con ingresos de $ 2 y medio millones y otros con 300 lucas al mes. Eso no puede seguir así.

Por otro lado, hay que enseñarle a quien tenga el poder que hay que rendir cuentas periódicamente, que las grandes decisiones jamás se toman solo, por ejemplo. Hay muchos aspectos de la gestión del poder que requieren un diálogo que no es fácil, pero necesario.

En conexión con esto mi esperanza es que nosotros podamos tener, crear y gestar opinión pública católica. Me parece que, durante las últimas décadas, nosotros como creyentes católicos hemos perdido bastante tiempo en separarnos internamente: religiosos y diocesanos; jesuitas y franciscanos; consagrados y laicos; jerarquía y pueblo. Tenemos imágenes, prejuicios, unos de otros. Cada uno se junta con los que le caen bien, los que le invitan más y los que en el fondo están de acuerdo conmigo. Pero, ¿y después cuando quisiéramos que como comunidad creyente tengamos una voz? La prensa cita al cardenal Medina quien, con el respeto que le pueda tener, no creo sea la persona que hoy día represente el modelo de creyente católicos para dialogar con la sociedad civil. Se necesitan más rostros visibles, voces empoderadas, sin miedo.

Creo que todos podemos sentarnos en una mesa y soñar juntos una iglesia a corto, mediano y largo plazo teniendo eventualmente desacuerdos en algunas formas de abordar la vida, en algunas maneras de comprender la tradición cristiana, pero tenemos que estar de acuerdo en que nunca más la dignidad de los miembros singulares de nuestra institución, es menos importante que el estatus de ella.

La dignidad de cada miembro de nuestra comunidad es un valor infinitamente superior a lo que pase con esta institución. Probablemente es eso lo que grupos de la jerarquía no han captado. Es tremendamente evidente que mucha gente tiene dificultad para adherir al diagnóstico de Francisco quien dice que esto es una cultura de abuso y encubrimiento. Hay mucha gente que tiene mucha dificultad para adherir a eso y que tiene mucha rabia y que quiere que esto se acabe y estamos muy lejos para que se acabe. Nosotros apenas hemos escuchado el testimonio de abusos, de varones de la zona central con medios sociales, humanos, económicos, que han dado una batalla de 10 años que no cualquiera la sostiene. Todavía vamos tener que sentarnos y quitarnos toda la ansiedad para escuchar el relato de las mujeres, de la gente de provincia, de los pobres. También de muchos sacerdotes. Eugenio es una excepción. Hay muchos sacerdotes que están choqueados. No saben si han sido víctimas, victimarios, un poquito de ambos.

Tenemos que estar preparados para acogerlos y sostenerlos. No son ellos quienes nos tengan que rendir cuenta en este momento. Los vamos a tener que sostener nosotros.

Por último, sólo presento esta idea. Es imprescindible que, de aquí a mediano plazo, nuestra iglesia como comunidad total, unida, pueda dialogar serenamente con las teorías de género. Es un dato de la causa. Los niños de 4 años ya lo tienen en el ADN. También tenemos que sentarnos a conversar sobre sexualidad, los roles de las mujeres y de los hombres, también los hombres han pagado un precio por los roles que la sociedad les ha asignado. Tenemos que tener esta conversación.

Creo que todo lo dicho aquí, por Eugenio y por mí, está en el Vaticano II. Creo que la Gaudium et Spes sigue siendo un mensaje en el horizonte, no en el pasado. Y caminamos hacia él.

Muchas gracias.

https://www.medellinchile.cl/materiales.html

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