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En torno al Sínodo de la Amazonía (XI): Nuevos caminos ministeriales -- Rufo González

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Corresponsabilidad bautismal y ejercicio del “sensus fidei” están siendo respetados en las iglesias de la Amazonía
“La cura pastoral de la comunidad” sea ejercida por alguien de la comunidad
Vuelta a la eclesiología del Nuevo Testamento. Los apartados bajo el titulo “Iglesia ministerial y nuevos ministerios” (n. 93-96) son auténtica eclesiología del Nuevo Testamento, puesta al día por el Vaticano II:

“`Los laicos son fieles que por el bautismo fueron incorporados a Cristo, constituidos en el Pueblo de Dios y, a su modo, hechos partícipes del `munus´ (oficio) sacerdotal, profético y regio de Cristo, por lo que ejercen su rol en la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo´ (LG 31)…. La Iglesia en la Amazonía, en vista de una sociedad justa y solidaria en el cuidado de la `casa común´, quiere hacer de los laicos actores privilegiados. Su actuación, ha sido y es vital, sea en la coordinación de comunidades eclesiales, en el ejercicio de ministerios, así como en su compromiso profético en un mundo inclusivo para todos, que tiene en sus mártires un testimonio que nos interpela” (n. 93).

Corresponsabilidad bautismal y ejercicio del “sensus fidei” han sido respetados en la Amazonía, y por ello han brotado: “asambleas y consejos de pastoral en todos los ámbitos eclesiales, equipos de coordinación de los diferentes servicios pastorales y los ministerios confiados. Reconocemos la necesidad de fortalecer y ampliar espacios para la participación del laicado, ya sea en la consulta como en la toma de decisiones, en la vida y en la misión de la Iglesia” (n. 94).

Más aún: “Para la Iglesia amazónica es urgente que se promuevan y se confieran ministerios a hombres y mujeres de forma equitativa. El tejido de la iglesia local, también en la Amazonía, está garantizado por las pequeñas comunidades eclesiales misioneras que cultivan la fe, escuchan la Palabra y celebran juntos cerca de la vida de la gente. Es la Iglesia de hombres y mujeres bautizados que debemos consolidar promoviendo la ministerialidad y, sobre todo, la conciencia de la dignidad bautismal” (n. 95).

La conciencia de ser Iglesia les lleva a pedir que “la cura pastoral de la comunidad” sea ejercida por alguien de la comunidad, cargo rotativo para evitar personalismos, representativo de su iglesia a nivel civil y local, encomendado en rito especial. Hay que suponer que esta persona deberá tener preparación adecuada para desempeñar la “cura pastoral de la comunidad” de forma eficiente y real. ¿No se atrevieron a pedir que a esta persona le “invistan del carácter sacerdotal ministerial? Como concesión al orden establecido, afirman: “Queda siempre el sacerdote, con la potestad y facultad del párroco, como responsable de la comunidad” (n. 96).

Los consagrados con los votos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia) reciben una llamada especial del Sínodo: “acompañamiento cercano a los pueblos indígenas, a los más vulnerables y a los más alejados, desde un diálogo y anuncio que posibiliten un conocimiento profundo de la espiritualidad… En comunidades, donde nadie quiere estar y con quien nadie quiere estar, aprendiendo y respetando la cultura y las lenguas indígenas para llegar al corazón de los pueblos” (n. 97). “Proponemos apostar por una vida consagrada con identidad amazónica, fortaleciendo las vocaciones autóctonas… Inserción e itinerancia de los consagrados, junto a los más empobrecidos y excluidos. Los procesos formativos deben incluir el enfoque desde la interculturalidad, la inculturación y diálogos entre espiritualidades y cosmovisiones amazónicas” (n. 98).

“La presencia y la hora de la mujer” (99-103) debe llegar ya hasta el “diaconado permanente para la mujer”. Acuden a una cita de “Evangelii Gaudium” (Exhortación apostólica del Papa Francisco, 24.11.2013) para enfocar la pretensión del Sínodo respecto del papel de la mujer: “La Iglesia en la Amazonía quiere `ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia´”. Responde al llamado papal: “reconocer el indispensable aporte de la mujer en la sociedad…”, y en la Iglesia. Más aún: “es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva… en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales” (EG 103).

También citan a san Pablo VI (n. 100) que afirmaba que “ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud… una mutación tan profunda…” (Pablo VI, 1965; AAS 58, 1966, 13-14). Para ellas piden que: “la voz de las mujeres sea oída, que ellas sean consultadas y participen en las tomas de decisiones y, de este modo, puedan contribuir con su sensibilidad para la sinodalidad eclesial” (n. 101). Y, en buena lógica, piden revisar el Motu Propio de San Pablo VI, “Ministeria quaedam”, para que las mujeres “puedan recibir los ministerios del Lectorado y el Acolitado, entre otros a ser desarrollados”. Y sugieren el “ministerio instituido de `la mujer dirigente de la comunidad´ y reconocer esto, dentro del servicio de las cambiantes exigencias de la evangelización y de la atención a las comunidades” (n. 102). Más aún, solicitan “el diaconado permanente para la mujer”, activando la “Comisión de Estudio sobre el Diaconado de las Mujeres” (n.103). A esta solicitud sólo treinta Padres se opusieron, frente a los ciento treinta y siete, que lo aprobaron.

Hay que seguir promoviendo el Diaconado permanente casado. Los Padres del Sínodo consideran urgente la promoción, formación y apoyo a estos diáconos. Y proponen ampliar su comprensión en estas iglesias: que sean promotores de “la ecología integral, el desarrollo humano, el trabajo pastoral social, el servicio de los que se encuentran en situación de vulnerabilidad y pobreza” (n. 104). Recuerdan a los presbíteros: “el diácono está al servicio de la comunidad”. Y, por tanto, tienen que “apoyarles y actuar en comunión con ellos”. Hay que cuidar su manutención. Sus esposas e hijos deben participar en el proceso formativo (n. 105). Dan orientaciones sobre la formación teológica y pastoral de los diáconos. Hay que cuidar “el diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural, la historia de la Iglesia en la Amazonía, el afecto y la sexualidad, la cosmovisión indígena, la ecología integral y otros temas transversales que son típicos del ministerio diaconal”. Los formadores deben ser “ordenados” y laicos. Debe existir formación continua (n.106).

Formación para el ministerio ordenado. En dos apartados, llamados “Itinerarios de formación inculturada” proponen para formar a los presbíteros de la Amazonía: “una escuela comunitaria de fraternidad, experiencial, espiritual, pastoral y doctrinal, en contacto con la realidad de las personas, en armonía con la cultura local y la religiosidad, cerca de los pobres”. Los buenos pastores de la Iglesia deben vivir “la Buena Noticia del Reino, conocer las leyes canónicas, ser compasivos, parecidos a Jesús, alimentados por la Eucaristía y la Sagrada Escritura”. Destacan la formación bíblica para asimilar “a Jesús como se muestra en los Evangelios”. Me parece un detalle muy importante hoy, cuando sabemos que la Iglesia más clerical ha marginado el Evangelio, dando mayor importancia y relieve a las leyes canónicas (n. 107). Y, por supuesto, inmersión cultural: “ecología integral, eco-teología, teología de la creación, teologías indias, espiritualidad ecológica, historia de la Iglesia en la Amazonía, la antropología cultural amazónica, etc.”. Piden a jóvenes no amazónicos, si quieren ser misioneros aquí, que hagan parte de su formación en la Amazonía (n. 108).

Leganés, 6 febrero 2020

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