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En torno al Sínodo de la Amazonía (V): Una Iglesia agradecida -- Rufo González

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La Iglesia en la Región Amazónica, “don de la Providencia”
Como toda obra humana, la entrada de la fe de Jesús en aquellas tierras tuvo sus claroscuros. Es una historia que ya conocemos en el conjunto de la Iglesia. Lo reconoce el Sínodo de la Amazonía en los números 15-16: fue un “don de la Providencia que llama a todos a la salvación en Cristo”. Es un dato de fe: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,4). En medio de la colonización, pervertida por avaricia y dominio, “hubo muchos misioneros que entregaron su vida para transmitir el Evangelio”.

Misioneros que fundaron comunidades, “iglesias de Jesús”, e inspiraron y exigieron leyes y modos humanos de encuentro con aquellos pueblos. Reconoce que Iglesia y poder civil colonizador actuaron a veces en connivencia, desfigurando el mensaje evangélico. Ahora las cosas están más claras, la Iglesia es más libre y puede servir mejor la libertad que nos trae el Evangelio de Jesús.

Recuerdan a los mártires de todas las épocas (n. 16): “Una de las páginas más gloriosas de la Amazonía la han escrito los mártires”, dice el documento. Esto ha sucedido en “momentos y lugares en que la Iglesia, por causa del Evangelio de Jesús, vive en medio de una acentuada contradicción”. Aquí señalan la contradicción respecto de la ecología integral. Pero más adelante (n. 17), escuchan “el clamor de la tierra y el grito de los pobres”. Aquí tienen los dos clamores principales: la tierra, casa común, y la vida de los pobres. En ambos encontrarán la contradicción, si se toman en serio la propuesta de vida de Jesús. En América hay muchos ejemplos. Brilla el caso de persecución y martirio del obispo Oscar Arnulfo Romero, por defender la vida de los pobres. Lo dejó escrito en el discurso de Lovaina (2 de febrero de 1980) al darle el título de Doctor honoris causa de aquella universidad:

“Se ha perseguido y atacado a aquella parte de la Iglesia que se ha puesto del lado del pueblo pobre y ha salido en su de­fensa. Y de nuevo encontramos aquí la clave para comprender la perse­cución de la Iglesia: los pobres. De nuevo son los pobres los que nos hacen comprender lo que realmente ha ocurrido. Y por ello la Iglesia ha entendido la persecución desde los pobres. La persecución ha sido ocasionada por la defensa de los pobres y no es otra cosa que cargar con el destino de los pobres. La verdadera persecución se ha dirigido al pueblo pobre, que es hoy el cuerpo de Cristo en la historia. Ellos son los que completan en su cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo. Y por esa razón, cuando la Iglesia se ha organizado y unificado recogiendo las esperanzas y las an­gustias de los pobres, ha corrido la misma suerte de Jesús y de los po­bres: la persecución.

Esta opción de la Iglesia por los pobres es la que explica la dimen­sión política de su fe en sus raíces y rasgos más fundamentales. Porque ha optado por los pobres reales y no ficticios, porque ha optado por los realmente oprimidos y reprimidos, la Iglesia vive en el mundo de lo po­lítico y se realiza como Iglesia también a través de lo político. No puede ser de otra manera si es que, como Jesús, se dirige a los pobres”.

“El clamor de la tierra y el grito de los pobres” llama a la conversión integral. Conversión que analiza el documento en los números 17-19. La concretan en “una vida simple y sobria”, con “espiritualidad mística al estilo de San Francisco de Asís”, “lectura orante de la Palabra de Dios”, “descubrimiento de los gemidos del Espíritu”, “compromiso por el cuidado de la `casa común´”. Todo esto brota del encuentro con Jesús resucitado que sigue llamando a la fraternidad universal en el Amor de Padre. Quien se ha encontrado con el Amor del Padre-Dios, manifestado en la vida de Jesús, vive de otra manera, y “deja brotar todas las consecuencias del encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea” (LS 217). Se señalan la relación armoniosa con la “casa común, obra creadora de Dios”, la creación de estructuras cuidadoras de la tierra, el trabajo en “sinodalidad” con todos los que quieren el bien de sus hermanos, la promoción de una “Iglesia en salida”, ofrecida a todos los seres humanos.

“El Evangelio vivo es Jesucristo”. Esta afirmación del n.19 me parece básica al hablar de la “conversión integral”. Mirar a Jesús tal como aparece en los evangelios, ver sus relaciones humanas, sus obras y palabras, nos llevan a entender al ser humano, a salir a “las periferias existenciales, sociales y geográficas” de cualquier parte del mundo. El concilio Vaticano II aprobó un texto sobre Jesús, que me parece muy significativo para explicar la conversión integral. Es el nº 22 de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (GS): “Cristo, el hombre nuevo”. Este número culmina el capítulo primero sobre la dignidad humana. En él se menciona seis veces al Espíritu Santo. Es un resumen de antropología cristiana.

En él se han reunido las respuestas principales a la pregunta qué es el ser humano, visto desde Jesús de Nazaret. Rotundamente afirma que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. El primer hombre, nos dice siguiendo la tradición bíblico-patrística, era la figura de Cristo, el nuevo Adán. Jesús manifiesta el ser humano al mismo ser humano en la revelación del misterio y del amor del Padre. Así escla­rece la altísima vocación del hombre. Todas las verdades dichas sobre el hombre en los números precedentes encuentran en Cristo su fuente y su corona. Por eso convertirse a Jesús es lo mejor que le puede pasar a la persona. Es una conversión integral, porque abarca todas las dimensiones humanas: personales, sociales, actuales y venideras, incluso cósmicas. Esta transformación integral es obra del Espíritu divino. Leamos atentamente este párrafo del nº 22 de GS:

…“El ser humano cristiano, hecho conforme a la imagen del Hijo que es Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rm 8,23), con las cuales se capacita para cumplir la nueva ley del amor. Por este Espíritu, prenda de la herencia (Ef 1,4), todo el ser humano es restaurado interiormente, hasta la redención del cuerpo (Rm 8,23): si su Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, quien resucitó a Jesús de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8,11)… Como Cristo ha muerto en favor de todos, y como la vocación última del ser humano es en realidad una, a saber, divina, debemos sostener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que sean asociados a su misterio pascual, del modo conocido por Dios… Cristo resucitó, destruyendo la muerte con su muerte, y nos regaló la vida para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: ¡Abba, Padre! (GS 22).

Toda la exis­ten­cia del cristiano es obra del Espíritu. Cristo nos acoge y transforma en nueva creatura (Gal 6,15; 2Cor 5,17), nos da su Espíritu (“uno y el mismo en la Cabeza y en los miembros”-LG 7-) constituyéndonos cuerpo suyo. El Espíritu es ley interior del cristiano, “la ley del Espíritu de vida” (Rm 8,2). El Espíritu nos capacita para vivir el amor, fruto del Espíri­tu (Gal 5,16-23). El Espíritu nos iguala a todos en la misma dignidad: hijos en el Hijo. El Espíritu nos lleva a las periferias donde viven los más necesitados para restaurar su dignidad rota o deteriorada. Con ellos formamos comunidades fraternas, donde los últimos son los primeros en la mesa de Jesús.

Leganés, 5 diciembre 2019

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