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En torno a “Querida Amazonía” (II): “Lo que la Iglesia ofrece debe encarnarse” -- Rufo González

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Texto espléndido del nº 6 de la Exhortación: el principio encarnatorio
“Dirijo esta Exhortación a todo el mundo”. El Papa sabe que la Amazonía es uno de los pocos biomas (áreas de vida bastante uniformes en clima, flora y fauna) de la Tierra. El sistema más usado en biogeografía reconoce 14 terrestres, 12 de agua dulce y 7 marinos. Además, este bioma está en la selva tropical, alrededor del ecuador, donde vive la mayor diversidad de especies en suelo fértil. Nueve países lo comparten. El Papa desea “despertar el afecto y la preocupación por esta tierra que es también `nuestra´ e invita a admirarla y a reconocerla como un misterio sagrado”. Los retos de la Amazonía afectan a la Iglesia, si quiere anunciar allí el Evangelio. Retos eclesiales que pueden servir para otras muchas regiones de la tierra.

Me parece un texto espléndido el nº 6 de la Exhortación: el principio encarnatorio. Aparece ahí la profunda analogía (“non mediocrem analogiam”) que la Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia veía entre la encarnación del Verbo de Dios y la encarnación del Espíritu en la Iglesia (LG 8). El cuerpo histórico de Jesús y la comunidad cristiana están unidos al Verbo y al Espíritu respectivamente. El Verbo se encarnó en un cuerpo histórico, condicionado por muchos factores sociales, culturales, geográficos… Con ese “cuerpo” nos trae el Espíritu de Dios, anuncia y realiza el reinado de Dios, crea la comunidad del Amor. El Espíritu Santo se une a la Iglesia como sociedad humana, histórica, condicionada por factores sociales, culturales, geográficos… Con ese “cuerpo” histórico, vivificado por el Espíritu, evangeliza y realiza el reinado de Dios. Jesús no confundió su cultura, historia, geografía… con el Espíritu de Dios y su Reino. Ni las primeras comunidades se dejaron oprimir por los factores culturales, históricos, geográficos… confundiéndolos con el Espíritu de Jesús.

Siguiendo esta analogía, entendemos lo que dice “Querida Amazonía”: “todo lo que la Iglesia ofrece debe encarnarse de modo original en cada lugar del mundo, de manera que la Esposa de Cristo adquiera multiformes rostros que manifiesten mejor la inagotable riqueza de la gracia” (n. 6). “Predicación, espiritualidad, estructuras de la Iglesia”, deben encarnarse para que en ellas brille “la gracia”, el Espíritu de Jesús.

Lo fundamental que la Iglesia “ofrece” es sin duda el Espíritu de Jesús, “el don de Dios” (Jn 4,10), que nos hace hijos en el Hijo, constituye la comunión fraterna, da esperanza de vida eterna… Por eso decimos que el Espíritu Santo es “cofundador de la Iglesia”. “El Primogénito entre muchos hermanos constituye con el don de su Espíritu una nueva comunión fraterna” (GS 32). La Iglesia está reunida en el Espíritu Santo (GS 40). La Iglesia es fruto de la donación del Espíritu Santo, que es principio de comunión en la Iglesia. El origen de la Iglesia es fruto de las misiones del Hijo y del Espíritu: “Dios envió a su Hijo (…) para que recibiéramos la adopción filial” (Gál 4,4-5); “Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo” (Gál 4,6). La comunión, misterio central de la Iglesia, se inicia cuan­do los lazos de fraternidad empiezan a surgir. Es una tesis muy antigua: ya San Ireneo (sobre el año 140-200) planteaba el origen de la Iglesia en estos términos: los apóstoles “instituyeron y fundaron la Iglesia distribuyendo a los cre­yentes el Espíritu Santo que ellos habían recibido del Señor”. Un escritor de fina­les del s. IV, Dídimo de Alejandría, hablando del progreso en la verdad como obra del Espíritu, llama a “este divino y magnífico Espíritu: autor, guía y promotor de la Iglesia” (Enarr. in Ep. 2 S. Petri, 3,5. PG 39, 1774. Cf. Y. Congar: El Espíritu Santo, Herder. Barcelona 1983 pág. 210-217).

El Espíritu se ha ido concretando en diferentes rostros o paradigmas de Iglesia. En Occidente se ha construido poco a poco un modelo de iglesia: latino, patriarcal, clerical, piramidal, etc., que ha terminado por anular en muchos aspectos el Espíritu de Jesús. Con el agravante de hacer creer que esa “encarnación” cultural era voluntad divina, definitiva, inamovible. Y ese es hoy el origen de muchos problemas eclesiales: clericalismo, celibato, papel de la mujer, infantilismo laical… Si la “predicación, la espiritualidad, las estructuras de la Iglesia”, deben encarnarse en la cultura de tiempos y lugares, el Espíritu de Jesús -revelado en el evangelio- está abierto a modos actuales de elegir personas, de repartir tareas, de estudiar estrategias evangelizadoras, de cuido de la comunidad para que viva en el Espíritu de Jesús.

La “revuelta” de las mujeres cristianas, exigiendo cambios pastorales, jurídicos, litúrgicos… tiene perfecto encaje en el Evangelio de Jesús. El patriarcalismo eclesial es una encarnación cultural, proveniente del imperialismo romano y medieval, que choca frontalmente con la cultura actual. Si en un momento parecía lo mejor para consolidar la fe cristiana, hoy se ve claramente como una causa determinante de la desigualdad humana, y, en buena lógica, de desafección eclesial. Nadie puede aceptar que la diferencia biológica de género, innegable, sea constitutiva de dominación y primacía natural querida por Dios. Lo que hace la Iglesia al negar la participación igualitaria en los ministerios eclesiales, es un atentado al Espíritu de Jesús. Por mucho que los Papas insistan en que esta cuestión está zanjada en la praxis eclesial, biblistas y teólogos insisten en que no es verdad revelada como voluntad perenne de Jesús el querer excluir a las mujeres del ministerio ordenado. Los ministerios los ha ido configurando la Iglesia, siguiendo el Espíritu de Jesús, teniendo en cuenta sus necesidades (He 6, 1ss), los tiempos y la cultura de la época.

Lo mismo ocurre con el celibato. Mantener la disciplina actual -obligatorio para el ministerio ordenado- es no encarnarse en la cultura actual que sostiene como derecho humano universal, permanente e inviolable, el poder formar una familia. Ahí radica la causa principal de la decisión de casarse que vienen adoptando muchos presbíteros y algunos obispos. Se han dado cuenta, “ha crecido su conciencia de la eximia dignidad que compete a la persona humana, de cómo ella misma está por encima de todas las cosas, y de que sus derechos y deberes son universales e inviolables” (GS 26). Los dirigentes eclesiales no lo quieren reconocer como un signo de los tiempos. De ahí que nieguen categoría de voluntad de Dios al hecho masivo de sacerdotes casados, pidiendo ejercer el ministerio. No han perdido la “caridad pastoral” (PO 14), como supone la ley eclesial. Quieren ejercer sus derechos humanos en libertad.

La cultura actual se aviene mejor con las comunidades cristianas, diseñadas en el Nuevo Testamento, donde todos hablan, valoran, deliberan y deciden con arreglo a sus ideales…. Y no hace falta decir que el Espíritu de Jesús está animando a la Iglesia a repensar -hacer teología- desde los que más sufren la desigualdad en bienes y dignidad. Incluso el pluralismo religioso tiene un nuevo tratamiento desde los actuales derechos humanos y la ética común

De este principio encarnatorio arrancan los cuatro sueños del Papa (n. 7): el social (“derechos de los más pobres, de los pueblos originarios, de los últimos…”), el cultural (“riqueza cultural…, donde brilla de modos tan diversos la belleza humana”), el ecológico (“hermosura natural…, la vida desbordante que llena sus ríos y sus selvas”) y el eclesial (“regalar a la Iglesia nuevos rostros con rasgos amazónicos”).

¿Respeta el texto en los cuatro sueños el “principio de encarnación” del Verbo y del Espíritu Santo? Comparto la opinión del franciscano Leonardo Boff que cree que en el cuarto sueño, al Papa Francisco le ha entrado el miedo del infierno eclesial: “¡Ay, cuán dura es esta selva salvaje, áspera y fuerte, cuyo recuerdo renueva el miedo!” (Dante Alighieri, “Divina Comedia”. (Infierno I, v. 4). Lo iremos viendo.

Leganés, 5 marzo 2020

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