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¿En qué consiste el conflicto España-Cataluña? -- Benjamín Forcano

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Benjamín Forcano1Causas que lo provocan
RAIZ DE LA CRISIS NACIONALISTA
Al igual que la crisis social, que a todos nos afecta, se dice ser económica; la crisis catalana, se dice ser nacionalista. Pero ni la una ni la otra tienen raíz en la economía o el nacionalismo. La crisis económica radica en la anulación de la Etica, con ausencia de unos valores universales que fueron sagrados, tales como la igualdad y la justicia, la solidaridad y el sentido comunitario de los bienes, que tienen como asiento la dignidad humana.

Excluida la dignidad humana como quicio de la convivencia humana, se pasa a reemplazarla por otros presupuestos: la primacía de la raza, de la nación, de la clase, de la religión, del género,… encaminados a imponerse sobre la base del poder y del dinero. La llamada, pues, crisis económico-social y política es efecto de una crisis estrictamente ética. Al proyecto de organizar la convivencia sobre el principio de la dignidad de la persona, se lo suplanta por el principio de la desigualdad, justificadora de toda explotación de los unos por los otros.

Las naciones, como territorios donde nacen los seres humanos, han existido siempre, y no dejarán de existir en el futuro. Y siempre supimos que la categoría territorio, llámesele patria, nación o como se quiera, fue un valor relativo y secundario, subordinado al valor primero de la persona. Sirve, no obstante, señalar la diferencia que existe entre patria y nacionalismos. Todos tenemos nuestra patria, de pequeña a más grande, que se amplía en círculos concéntricos: pueblo o ciudad; provincia o autonomía, nación (España), continente (Europa), planeta (Tierra).

La persona tiene una dignidad específica, que se extiende a todos los miembros de la especie humana, que la constituye en fuente de derechos y obligaciones y que hace que nadie pueda utilizarla como medio en cualquier orden jurídico-político existente.

Siendo persona, se tienen derechos universales inviolables. No todos podemos ser españoles y alemanes, o españoles y chinos, o españoles y australianos, ni exigimos que nos reconozcan como tales, pero sí todos somos personas. Y estemos en España, Alemania, China o Australia se nos debe el trato de personas. Ningún ser humano es esclavo, robot o mercancía y todos- sea cuales fueren sus variables circunstancias de raza, patria, lengua, clase, cultura, etc… – poseen el valor universal de la igualdad, opuesta a toda discriminación.

Es legítimo, absolutamente natural querer su patria, donde ha nacido, defenderla, valorar su historia, lengua, costumbres y cultura y compartirla con otros. Pero, nunca, nadie puede aspirare a absolutizar su patria como superior e imponerla a otros. Es el mal de los nacionalismos.
Hoy, ideologías de carácter nacionalista, se empeñan en sobreponer los valores accidentales de patria, lengua, cultura, … por encima de la dignidad y derechos de la persona, a sabiendas de que hoy existe una nueva conciencia cultural y ético-jurídica que facilita el intercambio de lo que nos es común y primario, debido precisamente a que todos somos personas.

Todo territorio, históricamente hablando, ha ido albergando una o varias lenguas, una o varias culturas, uno o varios derechos, una o varias políticas, dentro de una relación unitaria y plural, que nos distingue con pueblos de otros territorios. Y esa relación de unidad y comunión, que se extiende a todos como personas, actúa y rige dentro del propio territorio como la primera a la hora de regular la convivencia y también en la relación articulada con otros pueblos.

Si, en esa red de unidad plural y diversa, falta el hilo central de la persona, pujarán por imponerse camuflados los reclamos de la carne y de la sangre, – de lo nativo, de lo racial, de lo particular…- con perjuicio o negación de lo universal de la persona, de su dignidad y derechos.
Lo primero que cuenta, pues, -siempre debiera ser así- es la hermandad y no la nacionalidad. Una y otra conviven juntas, -con una historia singular en cada caso- y nunca en los posibles conflictos se debe sacrificar lo primero a lo segundo. Y si preferimos lo segundo –vivir aparte como nacionalistas distintos- lo haremos seguramente por razones que no defenderán por igual, la dignidad, el bien y los derechos de todos.

Este enfoque, intrínseco a una cultura cristiana, – por lo menos en Occidente- ha sido primigenio, por derivar de la enseñanza del Liberador de Nazaret: ” Quien acoge a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me acoge”(Mt. 25, 31-46), “El que quiera ser primero entre vosotros, que sea el último y servidor de todos” (Mc. 9, 35), “Todos vosotros sois hermanos” (Mt. 23, 8-9), “Mi madre y mis hermanos son todos aquellos que cumplen con la voluntad de Dios, es decir, que obran con justicia y amor-“(Mr. 3, 31-35).

Jesús acaba de una vez con todo particularismo religioso, establece una vinculación estrecha entre el amor a Dios y el amor a los hombres de toda patria y cultura, y asienta una unión consustancial entre la adoración a Dios y la práctica de la justicia entendida sobre todo como liberación de los empobrecidos.

Considero, por tanto, que la crisis nacionalista tiene como raíz la postergación de la persona –su dignidad y derechos- supuesto de la ciudadanía universal. Supuesto éste que se oculta en el horizonte económico-político de muchos que gestionan el Bien Común, al desechar que, para una auténtica convivencia humana, lo primero de todo es tratarnos como personas y, si personas como hermanos, y si hermanos como iguales.

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