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En nombre de Dios?? Pobres indios, hijos de Dios!! -- Víctor Manuel Patiño

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Historia dela Cultura Material en la América Equinoccial (Tomo 2)
Vivienda y Menaje. Víctor Manuel Patiño( Continuación del capítulo 19)
C) Construcciones de índole religiosa.
Por cédula de Valladolid del 24 de noviembre de 1537, la reina dio instrucciones al gobernador de Nicaragua, para que de común acuerdo con el recién nombrado obispo fray Francisco de Mendavia, tomaran medidas para la construcción de iglesias, “y proveeréis que los, indios más comarcanos a los sitios donde se hubieren de edificar, las ayuden a hacer con la menos vejación suya que ser pueda” (VEGA BOLAÑ0S, 1955, V, 244-245).

El convento franciscano de Granada en Nicaragua, según atestado de 1533, lo hizo con sus indios el teniente Luis de Guevara, hasta terminarlo (Ibíd.., 465, 467, 469, 473, 479).
Cada indio casado en Yucatán debía contribuir con 2 reales para la construcción de la catedral de Mérida (LANDA, 1938, 272). En cada pueblo los indios debían compulsoriamente construir una iglesia, según las ordenanzas dictadas por el oidor Tomás López Medel en 1552 (Ibíd. 340-341).
La ayuda de los indios en Chiapas para la construcción de iglesias, conventos y casas de religiosos, está debidamente consignada en el caso de la orden de predicadores (XIMÉNEZ, 1929, I, 237; 428; 436, 460-461, 462; 483; 485-486).

Quizá fue en Méjico y Guatemala donde más exigencias de esta clase recayeron sobre los pobres indios (LIPSCHUTZ, 1963, 210; MIRANDA, 1952, 20, 86-88; 107-108; 124; SÁNCHEZ ALBORNOZ et al, 1968, 49-50, 51).

Juan de Pineda, en su descripción de la provincia de Guatemala de 1594, se quejaba del acabamiento de los indios, poniendo entre las causas el excesivo trabajo en la construcción de iglesias exorbitantes: “en cada pueblo della han edificado iglesias muy grandes, y tanto que pueblo de trescientos indios sacan los cimientos de la iglesia que podrán caber dos mil, y los cimientos muy hondos, que tendrán dos estados y de ancho diez pies, y estos los hinchen de piedra, cal y tierra que los indios traen a cuestas, porque no tienen otro modo ni manera, ni artificio en qué traer los materiales que están lejos de estas iglesias (SERRANO Y SANZ, 1908, 451-452).

También el de Esquipulas era de tal magnitud, que “no hay ciertamente facultades para mantener la fábrica de semejante templo” (CORTÉS Y LARRAZ, 1958, I, 261); cuánto mas habría costado la construcción.

Hubo una rebelión de indios naparimas en la isla de Trinidad en 1699, porque los querían obligar a hacer iglesias (MORALES PADRÓN, 1960, 173-174).

La reina en cédula de 1535 dirigida al obispo de Venezuela Rodrigo de Bastidas, le notifica que ordenó al gobernador que para la construcción de la catedral de Coro, “provea como los indios la ayuden a hacer” (ARELLANO MORENO, 1961, 122). Las instrucciones se repitieron en cédula del 27 de octubre del mencionado año (Ibíd., 129-130). Un documento de 1581 del obispo de Coro, una carta al rey, indica que la catedral era entonces “de paja y de madera embarrada por de fuera, con ser la primera y la catedral de este obispado”. Y pedía que para hacerla de tapia y teja, se mandara a los indios caquetíos de la real corona y los demás encomendados, “ayuden a esta obra, por ser los vecinos muy pobres y no haber negros en esta ciudad” (ARELLANO MORENO, 1964, 230).

En las ordenanzas de Vázquez de Cisneros para Mérida en 1620 se oficializó la contribución indígena a labores relacionadas con el culto católico. Los encomenderos debían hacer iglesias de tapia en sus encomiendas, con campanas de dos arrobas, destinando para esto el quinto de sus indios (GUTIÉRREZ DE ARCE, 1946, 1160). Una iglesia se menciona en particular, la de Egido, localidad vecina a la ciudad de Mérida (Ibíd., 1182-1183). Se prohibió que los indios cargaran, excepto la madera para las iglesias, hasta donde las pudieran recoger en bestias (Ibíd., 1170; ARCILA FARÍAS, 1957, 269).

En la visita que se hizo por el gobernador Porras y Toledo (1660-1662), resultó que los indios de Guarenas cortaban y sacaban madera para la iglesia (ARCILA FARÍAS, 1957, 361).
La iglesia de Maracaibo fue mandada construir en 1590 por las consabidas terceras partes (MARCO DORTA, 1981, 61).

Los indios del Totumo en la Guajira, en el siglo XVIII, hicieron en un día casa para el cura (ALCACER, 1959, 152, 153-154).
En cédula del 4 de marzo de 1542, dirigida al gobernador de Cartagena, se le instaba que proveyera a la construcción de una casa para el obispo, junto a la catedral (FRIEDE, 1960, VI, 228). Esto se repitió el año siguiente de 1543 (Ibíd., 1962, VII, 83-84).

Por cédula de 14 de agosto de 1540, el cardenal Cisneros dio instrucciones al gobernador del Nuevo Reino para que se procediera a construir iglesias parroquiales, “y que los indios comarcanos de los sitios donde se hubieren de hacer ayuden al edificio de ellas, con la menos vejación suya que ser pueda” (FRIEDE, 1960, VI, 19).
El presidente Venero de Leiva mandó a hacer iglesias en pueblos de indios y así se cumplió (RODRÍGUEZ FREILE, 1984, 82, 93).

El desmesurado templo de Monguí empezado en 1603, fue hecho “con el concurso de los naturales de la región” (ARBELÁEZ y SEBASTIÁN, op. cit.., 384). El 31 de diciembre de 1790, ya casi a fines del período colonial, el cura de Tenjo dice que hizo reparar en 1778 la iglesia a su cuidado: “costié en todo esto, en albañiles que traje, que fue Silvestre Duarte y Francisco Sánchez, mantener peones y pagarles medio jornal, porque en lo demás hacían gracia por ser indios y en beneficio de su iglesia y pueblo (….) cincuenta pesos (Ibíd.. 245).

E l historiador Pedro Simón, en su condición de provincial de su orden franciscana en Santa Fe, emprendió en 1617 la construcción del convento máximo de su religión. En el contrato con el maestro de obra Francisco Delgado, se estipulaba que el convento pondría los materiales, “como son indios, ladrillo, cal, caños, aceite y estopa” (SIMÓN, 1953, I , 28-29, 29). Este había sido precedido en 1550 por otro, así como por el de los dominicos, construidos ambos “con la ayuda que dieron los conquistadores con sus indios, trayendo las maderas, paja y demás materiales” (SIMÓN, 1981-1982, IV, 328). Lo mismo ocurrió para el convento de S. Mar í a Magdalena de Tunja en el año de 1551 (Ibíd., 329).

Para el ensanche de la capilla de Fontibón hacia 1619, bajo la dirección de l “entendido en obras” padre jesuita Juan Bautista Coluccini, los indios locales estuvieron encargados del servicio personal de teja, ladrillo, piedra; traer varas, canas y cabuya (GOSLIN G A, [ 1971], 18-19; 29-30).
Otras dos misiones jesuíticas fueron construidas con el mismo concurso: la iglesia de Tópaga (MERCADO, 1957, I , 412) y en el pueblo de Casanare hecho con indios ajaguas o achaguas se hizo iglesia de guayacán y techo de palma real, “en cuya labor son curiosísimos” (Ibíd., II, 255).

En 1583 el cabildo de Cartago en su primer asiento solicitó ayuda de las cajas reales para refaccionar la iglesia de cañas y paja que amenazaba ruina. El costo debía repartirse por terceras partes: encomenderos, hacienda real y los indios (FRIEDE: DUQUE GÓMEZ, 1963, 319, 320).

El 5 de junio de 1586 el cabildo de Buga dijo que no se podía cumplir la orden de que el convento de los dominicanos se hiciera con indios, “por haberse muerto muchos” y acordó obligar a varios vecinos encomenderos a suministrar mitayos (TA S CÓN, T. E., 1938, 115-116).

La constitución 65 del concilio celebrado en Popayán en 1555 bajo la iniciativa del obispo Juan Valle, ejercía compulsión a los encomenderos para hacer construir de los indios casas donde éstos fuesen adoctrinados (FRIEDE, 1961, JV, 142). Posterior es una cédula (16 de marzo de 1559), sobre la construcción de iglesias por terceras partes (Ibíd., 216). Ya se vio que existían antecedentes mucho más antiguos. La misma obligación que se ha visto en las ordenanzas de Mérida, se estableció por Inclán Valdés para los encomenderos de Popayán, “a costa de los tributos de los dichos indios” (OLANO, 1910, Doc. 4).

Nada destaca mejor la importancia de la ayuda del indio en las construcciones religiosas, que cuando un historiador jesuita afirma que sus cofrades en la región Páez, Cordillera Central, “trabajaron como unos indios haciendo la iglesia” (MERCADO, 1957, IV, 43).

En Pasto se dieron en 1585 indios mitayos para reparar la iglesia parroquial (SAÑUDO, 1938, I , 79). En 1670 se piden y conceden mitayos para reedificar iglesias y capilla mayor de La Laguna, Aranda, Botana, Buesaquillo y Guachucal; el 27 de noviembre de ese mismo año se conceden de a 6 mitayos, menos para el último pueblo (Ibíd., 1939, II, 82).

En Otavalo se aprovecharon indios para ayudar en la construcción de la iglesia (PÉREZ R., 1947, 188-189).
Para construir la catedral de Quito, el rey, los vecinos y los indios dieron de a diez mil pesos (J. DE LA ESPADA, 1897, III, 57). La parte de los indios estaba representada en jornales y en madera (Ibíd., 89; VARGAS, 1967, 308; 164). Los conventos se harían a costa de los naturales (J. DE LA ESPADA, 1897, III, 99).

Por cédula de 19 de octubre de 1566, se acompañó otra de 1563 — la primera dirigida a la Audiencia de Quito y la segunda a la del Perú — por la cual se dispuso que se dieran todas las facilidades y se fomentara la construcción de conventos, especialmente de la orden franciscana. Si los pueblos donde se hicieren estas construcciones estaba encomendado a la corona, los gastos correrían por cuenta de ésta, “y que ayuden a la obra y edificio dellos los indios de los tales pueblos”; si fueren pueblos encomendados a particulares, se harían a costa del rey y del encomendero, “y que también ayuden los indios de los tales pueblos encomendados”, porque siendo en beneficio de todos y la obra tan santa, “justo es que todos ayuden a ella” (GA R CÉS G., 1935, I , 129-131, 130).

En términos muy semejantes se repitió la orden por cédula de octubre 20 de 1568 (Ibíd., 165-166). En 1573, en unas ordenanzas sobre fundación de pueblos de indios, reconociendo la pobreza de éstos y que no tenían sino su trabajo personal para sustentarse, se dispuso que no tributaran durante el primer año, para que pudieran durante él hacer en la nueva población “casas e iglesias y chácaras” (Ibíd., 243-246). En ese mismo año de 1573 se autorizó a la Audiencia de Quito para proceder como creyera conveniente en la solución de peticiones hechas por el obispo de esa ciudad, una de las cuales se refería a la construcción de iglesias nuevas y a la terminación y ornamentación de las que ya estuvieran construidas, por cuenta de encomenderos y de indios de cada lugar (Ibíd., 246-249, 248).

Tomados de los tributos de indios vacos se concedieron en 1589 a los dominicos de Quito 500 pesos ensayados por siete años para la reparación de su templo y convento (PÉREZ, 1947, 43-44).
En 1605 se emprendieron trabajos de construcción de la iglesia de la Compañía de Jesús en Quito, en la cual trabajaron en forma destacada los indios (JOUANEN, 1941, I , 96). Por confesión de parte, la mano de obra resultaba baratísima (Ibíd., 1943, II, 382).

Cuando se establecieron las cajas de comunidad, hechas con aportes de los indios, sobre ellas recayeron entre otras cargas, la de contribuir a la construcción de iglesias (GARCÉS G., 1935, I , 553; ARCILA FARÍAS, 1957, 327)..
Indios de Riobamba ayudaron a construir la iglesia de la Compañía de Jesús (JOUANEN, 1941, I , 291-292).

En 1683 por disposición del cabildo de Cuenca, trabajaban más de 200 peones mitayos en la construcción de templos y conventos de la Compañía, Santa Teresa, monjas de la Concepción, Hospital Real, de modo que casi no quedaba quien trabajara en el campo (PÉREZ, 1947, 238).
Mitayos de Otavalo se llevaron para construir el convento de Quito en 1579 (COMPTE, 1885, I , 55-56).

El presidente Vaca de Castro ordenó en 1542 que se construyera en Lima una iglesia nueva, para lo cual los dueños de indios debían mandarlos a trabajar en ello y que llevaran adobes y madera; a quienes no lo hicieran, se les suspendería el derecho sobre los indios y éstos se enviarían a trabajar a otras partes (COBO, 1956, II, 361-362). Por cédula de 1550 se dispuso que para la iglesia del obispado peruano se contribuyera en la misma forma que lo decretado para otros lugares, por terceras partes entre el gobierno, los encomenderos y los indios.

En 1595 el virrey Velasco los repartió en esa forma, y el sistema seguía funcionando hasta mediados del siglo XVII (Ibíd., 368).
La mano de obra indígena era importante en obras de ayudas religiosas y hospitales (ANÓNIMO, 1968, 186). Según cédula de 23 de marzo de 1550, los indios debían ayudar en la construcción de conventos (CALANCHA, 1639, 83, 84).

Una de las causas de la célebre rebelión de los jéberos del Marañón fue el trabajo a que se los sometía en las misiones jesuíticas, de cargar maderos grandes y pesados para la iglesia y la casa del padre (MARONI, 1889, 216). El jesuita P. Gaspar Vivas decía que indios se habían rebelado a veces por obligarlos a hacer iglesias (JOUANEN, 1941, I , 625, 629).
La costumbre no cesó ni en el período republicano. Los indios del Putumayo construyeron iglesias y conventos en Guineo, a donde a veces bajaban frailes de Sibundoy a predicar, a principios del presente siglo (HARDENBURG, ¿1913? 77 – 78).

Algunos laicos llamaron la atención sobre el abuso de consumir ingentes recursos humanos indígenas en la construcción de obras religiosas. “Los templos que se han hecho en Chucuito son demasiado de costosos y superfluos edificios, y como eso es sólo parecer de los sacerdotes, unos hacen y otros deshacen y ocupan infinidad de indios sin pagarles cosa alguna” (MATIENZO, 1910, 180). Había pueblos del Perú donde los mitayos hicieron 40 iglesias, cuando antes bastaba un sólo templo al sol (SANTILLÁN, 1968, 137). Esto era una constante.

Todavía en 1804 el intendente de Guamanga Demetrio O’Higgins, daba cuenta de que en el partido de Vilcas – Guaman, “En la [iglesia] de Chuschi servida por el cura Dr. Don Diego de Silva se ha fabricado una nueva iglesia a distancia de cuatro cuadras de donde está la antigua, servible y sin deterioro; y los naturales se me quejaron de esta fábrica, porque la había levantado sólo con el trabajo de ellos sin mayor necesidad, y que aun cuando la hubiese, podía haberse construido a costa de las ingentes cofradías que tiene esta doctrina…” (JUÁN y ULLOA, 1983, II, 634-635 y nota pie 635 – 637).
El mismo Juan de Ovando del Consejo de Indias, en su informe de 1571 sobre la visita que practicó en ese cuerpo, recomienda que las iglesias regulares que se construyan en Indias se podrían sustentar “con menos costa y sin el fausto que es menester para iglesias seculares”, añadiendo que “las iglesias serían de la forma que los apóstoles al principio las instituyeron” (J. DE LA ESPADA, 1891, 21 – 22).

Según esto, no había bastado para frenar la tendencia al fausto religioso, la cédula de 1548 en que se recomendaba que los monasterios en América fueran humildes y moderados (GANTE, 1954, 23-24). Entre las instrucciones de gobierno dadas al virrey Toledo del Perú en 1568 figura esta: “En los edificios de las iglesias, y en lo que toca al servicio del culto divino, en algunas partes, según se entiende, hay gran falta y en otras ha habido exceso y desorden, alhajándolas con mas magnificencia y suntuosidad de lo que convendría según el sitio y lugar donde se hacen, con mucho trabajo y vejación de los indios y mudándose fácilmente de los monasterios que están labrados a otras partes para labrarlos de nuevo, y ocupando asimismo dichos indios en músicas y otros ministerios que parecen superfluos y profanos” (HANKE, 1978, I , 106).

Tales instrucciones fueron casi invariablemente repetidas a los sucesores de Toledo, como Enríquez (HANKE, 1978, I , 45, 81, 106, 162); Velasco (Ibíd., II, 14); Montesclaros (Ibíd., II, 95); Chinchón (Ibíd., III, 15-16, 41-42 y Mancera (Ibíd., III, 104).

A propósito del auxilio de mil ducados dado por el Consejo de Indias en 1610 para el convento franciscano de Tunja, aquél cuerpo encargó a la autoridad civil “que tenga la mano en estos conventos para que no sean suntuosos y sean decentes”. Esta política suasoria persistía a fines del XVIII, pues en 1788 se daban recomendaciones similares para el templo de San Francisco de Popayán (ARBELÉEZ y SEBASTIÁN, 1967, (4), 50-51).

A esto se atribuye la sobriedad arquitectónica religiosa en la Nueva Granada, en contraste con la profusa ornamentación y el lujo de tales edificios en Méjico.
En la época del despotismo ilustrado algunos funcionarios civiles reaccionaron contra esa práctica. José de Iturriaga, comisionado para establecer los límites entre España y Portugal en la cuenca del Rionegro, escribía hacia 1758 al rey, proponiendo medidas de buen gobierno aplicables en nuevas fundaciones: “sobre todo si los indios se ven libres de las cargas de las misiones, como fábrica de iglesia, casa del padre y su servicio; era preferible preocuparse más por el bienestar de los mismos indios (RAMOS PÉREZ, 1946, 311).

Otras consideraciones sobre este tema se han hecho aparte. Las otras maneras en que el indígena tributaba para fines religiosos, como los servicios personales a los curas, doctrineros y frailes, suministro de alimentos, los camaricos y otros derramaderos, no forman parte de la historia de la vivienda y por eso no se tratarán aquí.

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