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En la España de Rouco, sin aborto legal, infinidad de mujeres morían desangradas a manos de cualquier carnicera sin escrúpulos -- María Pilar Queralt del Hierro

Publicado en

El Plural

Las “católicas” familias del franquismo esconden innumerables miserias
Parece ser que la Iglesia Católica y sus fieles más ortodoxos viven horas de zozobra. Han encendido todas las alarmas en la certeza de que, en esta España de nuestros pecados (nunca mejor dicho), la pervivencia de la familia corre grave peligro. Curiosamente la alarma se produce cuando, como bien dijo María Antonia Iglesias en La Noria el pasado 27 de diciembre, el estado concede una sustanciosa subvención por hijo nacido, declara numerosas a las familias con tres o más hijos con las ventajas que ello conlleva, y los mayores, los minusválidos o los enfermos pueden acabar sus días en compañía de sus allegados gracias a las ayudas otorgadas por la ley de dependencia.

Antes de continuar me gustaría dejar claro que soy una total defensora de la familia y sus valores, siempre que estos se basen en la libertad, el respeto y el amor entre sus miembros. Pero que también me niego a que se me imponga un modelo único de familia. Algo que, en mi opinión, parece pretender Monseñor Rouco Varela. Cierto que la Iglesia Católica, como cualquier otra institución, tiene derecho a manifestar sus opiniones puesto que estamos en un país libre, pero, en ningún caso, puede pretender elevar sus preceptos a la categoría de leyes.

Una España sin divorcio, sin aborto…Eso ya sucedió en décadas anteriores cuando el nacional-catolicismo campaba a sus anchas en la España de Franco. Resulta preocupante pensar que en el horizonte de los asistentes a la macro-Eucaristía de la madrileña plaza Colón del pasado 28 de diciembre, se hallara aquella España, católica a machamartillo, en la que ciertamente no existía el divorcio pero se practicaba el “ahí te quedas”; no estaba legalizado el aborto, pero infinidad de mujeres morían desangradas a manos de cualquier carnicera sin escrúpulos o, si su economía se lo permitía, escapaban al extranjero para interrumpir su embarazo.

…y sin homosexuales
En aquella España, hoy pretérita, tampoco había homosexuales ni transexuales. Al menos oficialmente. Si los había — que los había– se veían forzados a disimular su condición bien para evitar ser motivo de escarnio, recibir crueles tratamientos médicos o dar con sus huesos en la cárcel acusados de “vagos y maleantes”. Unos seres humanos obligados a refugiarse en la mentira, a encerrarse en ghettos, a contraer falsos matrimonios o a llevar a cabo extrañas componendas como la que obligó, por ejemplo, a la bailarina Tórtola Valencia a adoptar como hija a su joven amante.

Las “católicas” familias de la España franquista
Aquella España sin divorcio, sin aborto, sin homosexuales… por lo visto, estaba plena de familias ejemplares en las que las mujeres estaban sometidas por ley a sus maridos hasta el punto de no poder siquiera viajar sin su consentimiento expreso (aún en el caso de estar separadas legalmente), abrir una cartilla de ahorros o…¡trabajar! Esposas sumisas, relegadas a la condición práctica de menores de edad, a quienes cuando sufrían malos tratos, se les aconsejaba resignarse y procurar no sacar a los maridos de sus casillas con “cosas de mujeres”.

La catarsis familiar de los años sesenta

Pero aún con este panorama, si no general, si oficial y mayoritario, la familia sobrevivió. Y lo hizo, gracias a la fuerza de los vínculos afectivos que “pasaban” de leyes autoritarias e injustas, pero también por la catarsis que, desde los últimos años sesenta, se produjo en el seno de muchas familias españolas. Por que precisamente cuando el enfrentamiento generacional fue más belicoso que nunca y cuando muchos matrimonios eclesiásticos se fundamentaban más en la tradición social que en la profesión de una fe concreta, muchos españoles de bien se esforzaron por buscar nuevas fórmulas de convivencia.

Trabajando a favor de la familia
Al tiempo que el país se abría camino hacia la democracia, en el seno de la familia se ensayaron fórmulas más distendidas que permitieron que todos sus integrantes pudieran desarrollarse como seres de pleno derecho. Porque esa y no otra es la función del núcleo familiar: la formación de personas, no de individuos obedientes y sin criterio que se limiten a reproducir esquemas previos. Y una persona puede crecer como tal tanto en una familia monoparental, como con padres de igual o distinto sexo. Lo único importante es que se le sepa transmitir respeto ante las opciones ajenas –incluidas, por supuesto, las religiosas–, sentido de la justicia, responsabilidad para tomar su propio camino, y la necesaria apertura de miras para sobrevivir en un mundo, como el del siglo XXI, cada vez más cambiante y plural.

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