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En la diócesis de Getafe “se han retrotraído a la liturgia preconciliar” -- Pepe Mallo

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“EN ESTO NO OS PUEDO ALABAR” (1Cor. 11,22)
“Hacía por lo menos cincuenta años que no `oía´ misa”
He vuelto a “oír misa”: ¿regresión, trastorno, retroceso…?
¡¡Quién lo diría!! Hacía por lo menos cincuenta años que no oía misa. Sí, sí, así, como lo lees. Pero de un tiempo a esta parte, he vuelto, no sin pena, a “oír misa”. No se trata de un regreso, sino de una regresión; no de retorno, sino de trastorno; vale decir, de un retroceso, de una reculada. Antaño iba “a celebrar la Eucaristía”, a festejar el encuentro, vivencia de la comunidad, y hogaño no me queda más remedio que “oír la misa”. Significa que en ciertas iglesias hemos vuelto a ritos litúrgicos del concilio de Trento, al “Juan Palomo” eucarístico, “yo me lo guiso, yo me lo como”. La Eucaristía es “el sacramento de nuestra fe”. Lo reconocemos explícitamente. Sin embargo, se ha tergiversado y desfigurado hasta tal punto el mensaje original del evangelio que lo hemos convertido en algo casi ineficaz para vivir la auténtica “Cena del Señor”. Se ha reducido a ceremonia rutinaria, carente de convicción y compromiso. Ya san Pablo denunciaba esta deformación en Corinto (1Cor 11,17-22).

Los nuevos “rectores” de mi parroquia
Por no teorizar generalizando, voy a ceñirme a los nuevos “rectores” de mi parroquia y a los de las iglesias del entorno. Yo los definiría como “funcionarios del rito”. Se han retrotraído a la liturgia preconciliar, implantando ceremoniales de la misa tridentina. A las «funciones” litúrgicas presididas por ellos les sobran gestos y ceremonias como para que los asistentes tengamos conciencia de haber participado en la auténtica Eucaristía. (Entrecomillo “funciones” porque considero que estos gestos están más cerca del espectáculo teatral que de la celebración litúrgica). ¿Puede alguien imaginar a Jesús en la última cena inclinarse, acodarse sobre la mesa ante el pan y el vino y, engolando la voz, pronunciar lentamente, como enigmáticas, arcanas o sibilinas, las palabras “Tomad y comed.. tomad y bebed..”? ¿Puede alguien pensar que Jesús, en ese momento, mandó arrodillarse a los discípulos para adorar las especies “sacramentales”? ¿Puede alguien sospechar que Jesús ordenara a los sirvientes de la casa (léase monaguillos) que repicaran cascabeleras campanillas en ese momento?…

Es una “puesta en escena”, lo que significa que no es cena. El decoro en la liturgia y el respeto por lo sagrado no está reñido con la naturalidad y la sencillez. Los gestos ostentosos y/o afectados no engrandecen más la “fuente y el culmen” (PO 5) de la vida de la Iglesia. ¡¡Qué sencilla fue la “cena de despedida” de Jesús y las restantes “cenas del Señor” celebradas por los primeras comunidades!! Sin artificio, sin ceremonia ostentosa. ¿Habrán leído estos sacerdotes de marras, fanáticos de las leyes, la “Constitución sobre la sagrada Liturgia (Sacrosantum Concilium)” del Vaticano II? (Lógicamente, la pregunta es pura retórica). El Concilio Vaticano II dio un giro de 180º también en liturgia. La prueba más patente es la posición del sacerdote de cara a los fieles; aunque sospecho que algunos preferirían seguir dando la espalda corporalmente, como lo hacen intencionalmente.

El Concilio define con precisión:
“La santa Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas, que exige la naturaleza de la liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano, “raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido”.
“Por tanto, la Iglesia, con solicito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada.” (SC. 14 – 48)

El clericalismo quiere brillar en la liturgia
La casta del clericalismo, autocrático y opresivo durante tantos siglos en la Iglesia, se ha atribuido la expresión “celebrante” no solo para su ministerio específico, sino para las funciones colectivas, arrebatadas a la comunidad, adjudicándose la propiedad de lo sagrado. El gremio del ritualismo, con falaces argumentos doctrinales, se ha apropiado funciones propias de todos los bautizados. Contra el espíritu evangélico, han ido elaborando normas litúrgicas a su conveniencia, a su postureo, al estilo de la casta sacerdotal judía. Prepotentes, se resisten a llamar “sacerdotal” a la acción común de los cristianos en la eucaristía. Lo consideran intromisión en sus funciones “sacerdotales”.

Donde se confirma lo dicho con algunos ejemplos
Evento histórico, verídico y comprobatorio, que motiva mi reflexión de hoy. Me ha sucedido hace unos domingos. En el momento de la doxología de la plegaria eucarística, solemos recitar, como siempre hemos hecho, las palabras “Por Cristo, con Él y en Él…”. Al terminar la proclamación, el sacerdote, herido en su ego ritualista, comenta en público: “He oído un murmullo repitiendo las palabras que yo pronunciaba”. Y lee en el misal que, según las normas litúrgicas, estas palabras corresponden exclusivamente al sacerdote, y los fieles solo deben responder “amén”. ¡Qué dosis de liturgismo y qué poco sentido de liturgia! La doxología de la plegaria eucarística es precisamente un “brindis”, una alabanza, reconocimiento de su amor, que la comunidad eucarística eleva al Padre en comunión con Cristo y el Espíritu. Por tanto, puede ser proclamada por toda la comunidad.

“En esto no puedo alabaros”
En la última cena, Jesús no instituyó la Eucaristía para ser adorada, sino para ser partida, repartida en comunidad y asimilada. Jesús no instituyó un sacramento para estar encerrado en un sagrario, sino para que celebráramos su presencia entre nosotros: “Haced esto en memoria mía”. El centro de la celebración no está ni en el altar ni en el culto, sino en nuestra vivencia comunitaria. Aquel hecho no fue un “ritual sagrado”, sino una “cena”, en la que se vivieron unas experiencias, entre ellas el gesto del lavatorio de los pies con la interpelación: ¿Entendéis lo que acabo de hacer? Pues haced vosotros lo mismo”. Y cuando Jesús dice: “Haced esto en memoria mía”, “haced esto para que me tengáis siempre presente”, no se refiere sólo al momento que denominamos transustanciación, sino que la palabra “esto” engloba la “cena entera”, conjunto de experiencias vividas allí aquella noche. Esta es la verdadera vivencia de la “Cena del Señor”. Por eso, Pablo reprocha a los corintios: “En esto no puedo alabaros”. Les increpa que la están falseando, que han convertido la celebración eucarística en algo individual (“cada uno come su propia cena”), sin respetar a la Comunidad.

Todos “reducidos” a decir “amén”
Han perdido el sentido comunitario de la eucaristía. Han monopolizado todas las intervenciones, incluso se han adueñado de la comunidad entera. Todo ha quedado reducido a decir “amén”, en el doble sentido de respuesta a una plegaria y de sometimiento a la norma o al criterio del sacerdote. Se han instalado en el rito y en la rutina. Nuestras eucaristías se han convertido en una liturgia puramente ritual. Se ha exagerado extremadamente la significación de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha menospreciado la esencia comunitaria de la eucaristía. Una cosa es la liturgia y otra el ritualismo. Y lo malo es que la celebración eucarística expresa lo que es la comunidad celebrante. Una eucaristía sin vida supone una comunidad sin vida, “esclerotizada”.

¿Cuánto tiempo de “oír misa” me quedará todavía?
Esperemos, en breve, no tener que asistir al “sacramento de nuestra fe” como “extraños y mudos espectadores” y recuperar la “participación plena, consciente y activa” que nos propone el Concilio.

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