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En este Discurso de Francisco no se revaloriza el sacerdocio del Pueblo de Dios -- Rufo González

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Papa51“La cercanía al pueblo” huele a clericalismo (A)
Discurso del Papa Francisco sobre el sacerdocio (6)
El texto sobre “la cercanía al pueblo” del “Discurso del Papa sobre el sacerdocio” (Roma 17.02.2022) está elaborado sobre citas de la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”. Sobre todo del capítulo 5º: “Evangelizadores con Espíritu” (n. 262-286). Lo que la Exhortación pastoral atribuye a todo el Pueblo de Dios y a sus agentes pastorales de los diversos ministerios, el “Discurso” lo reserva para “cada uno de nosotros”, es decir, para los ministros “ordenados”.

La primera afirmación ya lo patentiza: “la relación con el Pueblo Santo de Dios no es para cada uno de nosotros un deber sino una gracia”. Y lo justifica con la cita: «El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con Dios» (EG 272). El número 272 pertenece al capítulo quinto, al apartado sobre “El gusto espiritual de ser pueblo” [268-274]. Dicho apartado está encabezado por este principio básico de la eclesiología: “La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo: «Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios» (1 Pe 2,10)” (n. 268).

El “Discurso” silencia este primer párrafo y cita el resto: “«Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo.

Así redescubrimos que Él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia» (EG 268)”. El Discurso concluye: “para comprender de nuevo la identidad del sacerdocio, hoy es importante vivir en estrecha relación con la vida real de la gente…”. Sin duda el Discurso se refiere al “sacerdocio jerárquico”, cuando EG afirma todo lo citado como “identidad del sacerdocio bautismal”, común.

También esta otra cita: “«… Jesús quiere que toquemos la miseria humana… Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo» (EG 270)”. ¿Qué gente de Iglesia habita “esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana”? Desde luego no los curas casados, que con razón han escrito inmensas “Historias de fe y ternura” (Moceop. Albacete 2006).

Es significativa la omisión del n. 269 de EG: “Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo. ¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos!… Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad” (n. 269). La segregación clerical, evidente en el celibato y en el hábito -obligatorios legalmente, aunque exigidos con diferente urgencia y radicalidad-, impide “integrarnos a fondo en la sociedad y compartir la vida con todos… comprometernos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás”.

Cita parcialmente el n. 273: “Recordemos que «la misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar» (EG 273). Pero curiosamente calla lo que sigue: “Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo” (EG 273).

Se pretende dar al sacerdocio ministerial lo que es propio de todo cristiano coherente. En realidad eso ha venido haciendo el Clero desde que existe y se adueñó de la Iglesia. Como no comprende los ministerios de los demás, no se duele de los sacerdotes casados privados del ministerio: “Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme”. Por mantener la ley celibataria, han “destruido” personas apasionadas por Jesucristo y su misión. La ley sobre el Espíritu. Al ídolo celibatario se le ha ofrecido la eucaristía (no puede celebrarse sin sacerdote célibe), el cuidado pastoral (sólo el célibe ha sido autorizado para presidir y guiar la comunidad), y hasta «la vida» de quienes no pueden con la carga del celibato (han sido marginados, desposeídos, de su «misión en la tierra»).

Silencia las bases del sacerdocio bautismal de EG:

– “Todo el Pueblo de Dios anuncia el Evangelio… Todos somos discípulos misioneros” (n. 111). “En todos los bautizados… actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar” (n. 119). “Todos llamados a crecer como evangelizadores (n. 121).

– “La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos —sacerdotes, religiosos y laicos— en este «arte del acompañamiento»” (n. 169). “Más que nunca necesitamos de hombres y mujeres que, desde su experiencia de acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu… Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar… Sólo a partir de esta escucha… se pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento, despertar el deseo del ideal cristiano, las ansias de responder plenamente al amor de Dios y el anhelo de desarrollar lo mejor que Dios ha sembrado en la propia vida…” (n. 170). “… Los discípulos misioneros acompañan a los discípulos misioneros” (n. 173).

En este Discurso de Francisco no se revaloriza el sacerdocio del Pueblo de Dios. Da a entender que Jesús, único y eterno sacerdote, sólo asoció a su misión a los clérigos. Por ninguna parte aparece el esquema comunidad-diversidad de ministerios. La Comunidad de bautizados, el Pueblo de Dios, “reino y sacerdotes de Dios, su Padre”, el “sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo” (LG 10)… queda en penumbra. Lo que en EG es común pasa a ser exclusivo del ministerio clerical. Así se fomenta el clericalismo, que el mismo Papa tanto fustiga.

Su “Discurso” romano alimenta la ambigüedad. Deja vigente el esquema clérigos-laicos, sacerdotes-pueblo. El esquema de San Pío X: “pastores-rebaño…, jerarquía-multitud de los fieles… Sólo en la categoría pastoral residen la autoridad y el derecho de mover y dirigir a los miembros hacia el fin propio de la sociedad; la obligación, en cambio, de la multitud no es otra que dejarse gobernar y obedecer dócilmente las directrices de sus pastores” (“Vehementer Nos”. Encíclica de 11 Febrero 1906).

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