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En España no se confiesa ni Dios -- José Manuel Vidal

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Somos Iglesia Andalucía

Alerta roja en la Iglesia católica ante la situación del sacramento de la penitencia. La confesión está de capa caída. Clínicamente muerta. El 80% de los católicos españoles ha dejado de confesarse. El Papa Ratzinger acaba de advertir a los curas desde Roma: «No os resignéis jamás a ver vacíos los confesionarios».
El padre Carrión, de 81 años, espera en el confesionario, como cada día, la llegada de penitentes. Nadie se acerca, pero no se desanima. «Lo que ocurre es que la gente ya no nos ve como intermediarios ante Dios, sino como personas normales. Y da corte acudir a contar determinados problemas o sentimientos a alguien que es como tú».

La Conferencia Episcopal proporciona cada dos años estadísticas detalladas de la práctica sacramental en España. Con cifras de todos los sacramentos, menos del de la penitencia. Dicen que por la dificultad de medir un sacramento tan individual. Pero hay quien cree que a la propia Iglesia le avergüenza constatar numéricamente la casi total desaparición de la confesión.

El caso es que las escasas encuestas que hay al respecto son obra de algunos medios de comunicación de instituciones religiosas que prefieren no esconder la cabeza debajo del ala. Sólo el 15% de los católicos adultos se confiesa al menos una vez al mes. Entre los jóvenes, el porcentaje no llega ni al 5%. Y eso, entre los católicos convencidos.

«La gente acude a comulgar sin confesarse», se quejan los curas. «Y los que se confiesan parece que no tienen de qué acusarse. No hay conciencia de pecado», advierten los obispos.

Los 10 mandamientos siguen en pie, pero la mayoría de los católicos se saltan unos cuantos sin conciencia de culpa. Se van los pecados clásicos y llegan otros nuevos: el genocidio, el terrorismo, el tráfico de armas o de drogas, la corrupción, la especulación, la evasión fiscal o los atentados contra el medio ambiente.

Lo que poca gente sabe es que también hay pecados que, aunque se confiesen, no los puede perdonar un simple cura. Ni siquiera un obispo. Están reservados al mismísimo Papa. Son cinco: robar hostias consagradas para ritos satánicos; violar el secreto de la confesión; la pederastia; abortar o colaborar en el aborto, y agredir u ofender al Papa. Pecados excepcionales que los católicos cometen a menudo, porque la Penitenciaría Apostólica, el organismo vaticano encargado de examinarlos, dice que no da abasto.

Las causas de la alergia al confesionario son de lo más variado. Algunos católicos creen que el pecado es algo superado. O lo consideran un tabú inventado por la iglesia para dominar las conciencias de la gente. Los católicos más comprometidos tienden a confesarse de los pecados sociales, «los que hacen daño a los demás», pero no de los personales.

«Surge una tipología de creyente, cada vez más abundante y difícil de cambiar, que no ve pecado en casi nada, salvo en lo estructural y, en consecuencia, no siente necesidad alguna de confesarse», admiten los obispos.

La confesión individual y auricular se introdujo en el siglo XII y sólo se concretó minuciosamente en el Concilio de Trento, en el siglo XVI. De hecho, los obispos españoles reunidos en el Concilio III de Toledo en el año 589 condenaron como «atrevimiento execrable» la confesión privada. Y la confesión frecuente sólo se generalizó en el siglo XX.

Desde el Concilio, se hicieron muchos cambios en la administración del sacramento y en la actitud de los confesores. El confesor ha dejado de ser un inquisidor-juez, para convertirse en un paño de lágrimas. Incluso a la hora de preguntar, Roma les aconseja que lo hagan «con tacto y con respeto a la intimidad». Y les pide que no impongan «excesivas penitencias».

Hasta el tradicional confesionario fue sustituido por otro tipo de habitáculo más cómodo.

Durante los años 70 y 80, una vía de escape del confesionario fue la celebración comunitaria de la penitencia. Hoy, incluso eso se ha perdido. Entre otras cosas, porque la jerarquía ha prohibido casi por completo esa fórmula.

¿Volverá por sus fueros la confesión? No lo tiene fácil. A diferencia de algunos otros sacramentos, como la primera comunión, el bautismo o el matrimonio, la confesión no es un rito social y, por lo tanto, no se mantiene al socaire de las presiones sociales y comerciales.

Además, los curas también escapan del confesionario, al que algunos llaman «quiosco». La deserción de los fieles viene precedida, a veces, de la de los propios curas.

La confesión siempre mantuvo una «dimensión terapéutica». Muchas veces, el confesor es el psicólogo de la gente más sencilla y más pobre. Pero no es fácil ser un buen confesor. Exige disciplina, paciencia y una profunda vida espiritual. Pasar, como dice Juan Masiá, «del confesionario al pacificatorio». Es decir, «recuperar la riqueza pacificadora y terapéutica del confiteor, porque sólo así, la muerte del confesionario prefigurará la resurrección de la confesión»».

José Manuel Vidal Extracto de un extenso reportaje publicado en Religión Digital 12.07.09

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