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Emi Robles: «La jerarquía española reduce la relación a la genitalidad y la vida, a los extremos» -- Jesús Bastante

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Religión Digital

«Con Francisco nos estamos acercando a la gente que va al mercado»
La renuncia de Benedicto XVI «es un buen ejemplo también para el mundo no religioso»
Con todos los problemas que tiene la sociedad, parece que para la Iglesia se reducen a dos (y todos sabemos cuáles son)
Emi Robles es coordinadora de Proconcil, una iniciativa creada para impulsar el proceso conciliar, del que opina que, desde la elección del Papa Francisco, estamos más cerca: «Con Francisco nos estamos acercando a los lenguajes de la gente normal, la gente que va al mercado y que se sube al autobús», dice. Sobre la renuncia de Benedicto XVI, cree que el hecho de que una persona sea capaz de renunciar a su cargo «es un buen ejemplo también para el mundo no religioso».

A la Iglesia española le critica que, «con todos los problemas que tiene la sociedad, parece que para la jerarquía se reducen a dos (y todos sabemos cuáles son)». Y añade que, «a parte de reducir la relación a la genitalidad, la Iglesia reduce la vida a sus extremos». Por último, Emi dirige un mensaje a los medios: «Tenemos que ver si nuestra comunicación ayuda a construir lazos o a seguir haciendo más nudos».

¿Qué es Proconcil?

Es una iniciativa que se lanzó en primavera del año 2002, pero que venía fraguándose desde antes, a partir de la preocupación que tenemos algunas personas por este mundo, que está sufriendo tantísimo por guerra y por hambre, por enfermedades, pobreza, falta de sentido, etc. Nos parece que la Iglesia Católica romana, además de otras instancias, tiene que aportar algo en este sentido, que tiene que ver con la vida en abundancia que nos trae Jesús, con un compromiso por la paz y la justicia, la vida con dignidad y el cuidado de la creación; y además con un elemento muy específico del carisma de Proconcil, que es el de buscar la unidad en la diversidad. Nos preocupa cómo podemos hacer este camino sumando voluntades y reduciendo el desencuentro, tanto dentro de la Iglesia como también con otras iglesias cristianas, otras religiones, o con personas que tienen otras cosmovisiones. El objetivo sería ése: proteger la paz, la justicia, la vida, y hacerlo entre el pluralismo que podemos tener entre nosotros.

Comenzasteis en 2002, cuando se celebraba el 40 aniversario de la llamada a la apertura del Concilio, y ahora estamos recordando sus 50 años. ¿Qué queda del Vaticano II medio siglo después?

Depende de cómo se mire el Concilio, porque hay una tendencia a mirarlo como un evento (es decir, algo localizado, que se celebra durante tres años en el Vaticano, etc.). Sin embargo, nosotros siempre hemos insistido, desde Proconcil, en ver las cosas en términos de procesos. Desde ese punto de vista, el Concilio Vaticano II se fue fraguando ya desde mucho antes, porque en la Iglesia hay una continuidad conciliar, ciertos hilos, desde el Vaticano I al II. El tema de la Modernidad también afectó a la Iglesia, avanzando el proceso de desconexión de la Iglesia con la sociedad. Y todo eso requirió que la Iglesia se fuera planteando cómo abrirse al mundo (que fue uno de los objetivos principales del Vaticano II), pero no sólo para enseñar, sino también para aprender. Porque los de fuera tenían algo importante que decirnos. Y el Concilio se hizo también desde la perspectiva de la unidad de los cristianos y del diálogo con otras religiones.

En estos 50 años han sucedido muchísimas más cosas que en siglos anteriores, no es la misma época. Y eso también es un reto para la Iglesia. La Iglesia tiene otros ritmos, por su propia estructura de relaciones, y por tanto esto significa un reto. Por eso creo que el Concilio en términos de proceso es muy importante, porque el Concilio siguió desarrollándose. Aparecida, por ejemplo, es un desarrollo del Concilio.

Es decir, que el Concilio fue convocado por Juan XXIII, pero no surgió «de la nada»

Claro.

¿Había mucha gente esperando o pidiendo esa «apertura de ventanas», ese diálogo con la sociedad no creyente y con otras realidades?

Efectivamente. También es verdad que hubo temas que en el Concilio no se desarrollaron del todo o se quedaron bloqueados. Otros sencillamente no se planteaban porque no eran temas tan relevantes como lo pueden ser ahora (por ejemplo, el divorcio). Hubo desencuentros en torno a temas como la moral sexual familiar, la paternidad responsable o la vida de los presbíteros. El tema de la mujer, por otra parte, creo que hoy se trataría de una forma más transversal. En torno a la guerra y la paz también aparecieron posiciones yuxtapuestas.
Lo que creo que nos toca hoy es continuar en camino conciliar.

¿Cómo se puede construir el Reino de Dios en la sociedad de hoy?

Debemos hacer una Iglesia más funcional para la misión que tiene que cumplir. Creo que lo primero es la misión de la Iglesia, no las reformas. Las reformas están por detrás, no al revés. Y las reformas no deben responder a caprichos que se nos ocurran o a modas, sino a cómo la Iglesia puede responder hoy mejor a los desafíos que tiene. Y esos desafíos se pueden dar en miles de campos. Por ejemplo, en el de las comunidades, si tenemos miles de comunidades sin eucaristía, eso es un reto para la Iglesia. Si tenemos miles de comunidades pasivas, que no descubren los propios carismas ni los propios dones del Espíritu… eso es otro reto para la Iglesia. Y si tenemos un mundo donde la carrera armamentística va en detrimento de la ecología y de los pobres, ése es otro reto.

La Iglesia tiene que anticiparse a ellos. Y nosotros, desde la función o el servicio que prestamos a la comunidad, tenemos que ser corresponsables. No podemos estar siempre esperando a ver qué hace el Papa o el obispo. Hay que colaborar y cooperar. Tenemos que meternos en una cultura más allá de la participación, para encontrar intereses comunes aunque pensemos diferente sobre determinados temas. Así mantendremos nuestras opiniones particulares (o las cambiaremos, a veces, debatiendo con los otros), pero habrá intereses que nos ayuden a converger. El objetivo es que podamos trabajar juntos, desarrollar la conciliaridad de la Iglesia (esa capacidad desde la diferencia y la diversidad que pudimos ver desde el Concilio de Jerusalén), y al mismo tiempo respetar los distintos enfoques que pueda haber, y trabajar con distintos lenguajes.

¿Parece por el momento el papado de Francisco sintomático de estos vientos de cambio de los que hablas? ¿Cómo habéis vivido tanto su nombramiento, como la necesaria renuncia de Benedicto XVI?

La renuncia de Benedicto ha sido para muchos un signo enorme de esperanza. Más allá de cuáles sean las razones más profundas de por qué renunció, Benedicto XVI fue capaz de desvincular su servicio a la Iglesia de una función concreta, y para mí eso es comprender que la diaconía es el mayor servicio al que todos estamos llamados (mucho más allá de si soy obispo o soy presbítero). Y esto nos viene dado por el bautismo. Por tanto, la renuncia de Benedicto es muestra de que se puede dejar una función pero seguir siendo cristiano y seguir teniendo una vida con sentido sirviendo a la comunidad.

Y luego hay otro elemento, que es que este gesto le aproximó también a los otros obispos, porque de alguna forma les dio el derecho a renunciar cuando lleguen a determinada edad o no se sientan con fuerza. La renuncia le ha igualado, y creo que eso es positivo. También para el mundo no religioso, el que una persona sea capaz de renunciar a su cargo, me parece que también es un buen ejemplo. Por eso creo que en la Iglesia ha habido un antes y un después con la renuncia de Benedicto. También pienso que ha desmitificado la figura del Papa. Por lo demás puede haber diferentes interpretaciones.

Luego, sobre Francisco, yo distinguiría distintos niveles. En el nivel de la emoción de los primeros sentimientos, la elección de Francisco me ha recordado a las lluvias en un campo seco, que te hacen descubrir de pronto que por ahí abajo había semillas que ni nos imaginábamos que estaban, y que de repente han empezado a brotar. Y la reacción que yo he visto en muchas personas (creyentes y no creyentes) y hasta en medios de comunicación (porque se suele decir que los medios están en contra de la Iglesia, pero más bien es en contra de algunas manifestaciones de Iglesia, no del mensaje de Jesús). El nivel de emoción que ha suscitado con sus gestos yo no me lo podía imaginar. A través de gestos muchas veces se puede expresar más que a través de palabras. Eso es muy positivo, pero tiene un cierto riesgo: primero que la emoción a veces puede ser una ilusión, y que es pasajera; y además hay ciertas personas que se dejan llevar porque es el Papa.

¿La papolatría?

Sí. Creo que tenemos que alejarnos de esto. Cualquier Papa puede hacer cosas muy positivas y en un momento determinado cometer errores (no porque se aleje de la fe, sino porque se equivoque como un ser humano). El ministerio petrino es muy importante como papel de unidad y como gobierno de la Iglesia, pero en la historia de la Iglesia los papas han cometido errores garrafales que a veces han ido contra la Iglesia de Jesús. La Iglesia no es ácrata ni acéfala, es una institución jerárquica, y por tanto es importante que el Papa tenga un liderazgo fuerte, pero que al mismo tiempo potencie la colegialidad y la subsidiariedad. No tenemos que hacer la Iglesia del Papa, sino la Iglesia de Cristo con el Papa, que es diferente.

¿La primera misión del Papa como cabeza de la Iglesia es repartir juego a los demás?

Sí, y en ese sentido creo que ya hay signos que hemos podido ver en este Papa que nos dan pistas. Por ejemplo, el pedir la bendición además de darla, el respeto que tuvo con los periodistas, la empatía, el rodearse de un equipo de asesores de diferentes continentes para alejarse de la Iglesia eurocéntrica… Esto me hace pensar que estamos en camino. Luego habrá que ver cómo se desarrolla el trabajo de las iglesias locales.

¿Qué le pediría a Francisco si tuviera oportunidad?

No me sale mucho pedirle porque me parece que él va a hacer lo que cree que tiene que hacer. Él es un hombre de oración y de contemplación, y que pide la oración de los demás, entonces, lo que le pediría es que siga desarrollando su capacidad de escucha. Cuando yo lo conocí, siendo cardenal, me di cuanta de que es un hombre con una capacidad de escucha enorme, pero no sólo de lo que le parece bueno, sino también de cosas que podrían ser disonantes. Creo que esa disposición la seguirá teniendo, pero alo mejor en este contexto le resulta más difícil.

¿Le parece importante que el Papa Francisco haya decidido vivir en la residencia Santa Marta?

Sí, me parece que eso le pone en una situación mucho mejor para recibir información más plural y más diversa, para que tenga más cauces y no esté tan condicionado. A parte del signo de austeridad que representa vivir ahí, de no querer utilizar un apartamento que es desproporcionado para una persona. Y el tema de intentar evitar el aislamiento es también muy importante. Creo que él va a estar dispuesto a salir a la calle y a que la calle entre en el Vaticano. Esto es fundamental. Estamos cada vez más cerca de los lenguajes de la gente normal, la gente que va al mercado y que se sube al autobús, las madres y padres de los colegios, la gente de las fábricas. Un lenguaje que es importante que la Iglesia incorpore.

¿Piensas que la imagen que da hacia el exterior la Iglesia española es agria o desagradable? ¿Tiene algo que ver la situación que vivimos aquí a ese nivel con la que se está viviendo hoy en el resto del mundo?

Hay una situación muy penosa, y es que cuando nos preguntan cuál es la situación de la Iglesia en España inmediatamente pensamos en algunos nombres y en determinadas conductas. Pero luego resulta que eso ni es mayoritario ni tendría por qué ser representativo. Pienso que hay diversas tendencias dentro de la Iglesia, y una es la de estar con la gente, ver cómo vive la parroquia o la comunidad, ayudar a los pobres, apoyar a la gente necesitada, dar un mensaje de acompañamiento. Y yo creo que esa Iglesia existe, y que está presente en parroquias, en algunos obispos, en la CONFER… está diseminada por ahí y es grande y extensa. Lo que pasa es que muchas veces no se ve. También hay medios de comunicación de Iglesia que estáis intentando dar un mensaje que revele la diversidad.

Pero las otras tendencias tienen que ver con cómo se cree la gente que se difunde el mensaje católico. Algunos se piensan que porque salga mucha gente a la calle gritando «¡Señor, Señor!», estamos haciendo Iglesia. En cambio, hay gente que piensa que ése no es el camino, sino más bien buscar el Reino de Dios y su justicia todos los días.

¿Y esas tendencias son compatibles?

En Proconcil hemos reflexionado muchas veces hasta qué punto podemos trabajar juntos, en diversidad, sin que se rompa la red. Nosotros pensamos que nos tenemos que alejar del pensamiento dualista que nos divide en conservadores o progresistas, porque eso lleva a la lógica de desear que lo que se parece a mi pensamiento me conviene, y lo que no, a ver si se elimina.

¿Se pueden eliminar los clichés?

Nos cuesta trabajar juntos porque estamos lejos y no nos conocemos lo suficiente, pero es posible. Hay que trabajar el espíritu de misericordia y la humildad, y saber que podemos aportarnos. Como decía una vez Casaldáliga, la paloma necesita dos alas, la derecha y la izquierda. A veces a la gente que está más cercana a análisis políticos le puede faltar aquello que brota del corazón. Ahora, hay límites: creo que con el fundamentalismo y la corrupción no se puede trabajar. El Papa dijo en el Líbano que el propio fundamentalismo es una forma de corrupción, como la corrupción financiera o la corrupción pecaminosa de abusos. Y también el fundamentalismo, porque eleva mi interpretación a categoría de absoluto. Desde ahí no me permite encontrarme con los demás. Por eso veo peligroso el reduccionismo de la Iglesia española.

Si sales a la calle ves a la gente preocupada por el paro, por los desahucios, por la educación y la sanidad, por la falta de sentido y porque se cortan las relaciones humanas, porque no tenemos tiempo para estar con la familia… Y, sin embargo, parece que los problemas de la Iglesia se reducen a dos (y todos sabemos cuáles son). A parte de reducir la relación a la genitalidad, se reduce la vida a sus extremos. No es la vida como un continuo, no es la vida de todos y todas. Hay toda una argumentación en torno a «los inocentes», pero lo que tenemos que proteger es toda la vida. Porque el Señor hace salir el sol sobre justos y pecadores.

Tendremos que debatir, tendremos que traer a expertos independientes de todo lobby, tendremos que preguntarnos por la misericordia. Entonces podremos caminar mejor.
Por eso creo que hay tendencias peligrosas, porque incluso van unidas a otro tipo de intereses externos a la Iglesia (políticos y financieros). Porque si para que la Iglesia tenga una presencia pública el fin va a justificar a los medios (y entonces tengo que venderme a tal política), ya hay corrupción de por medio.

Está empezando un nuevo proceso conciliar, ¿cree que acabará en un nuevo Concilio, o en la exigencia de la revisión de lo que no se ha llevado a cabo del Vaticano II?

En Proconcil nos planteamos esto cuando empezamos, porque la nuestra era una iniciativa hacia un nuevo Concilio. En 2002 dirigimos una carta al Papa, pero no a Juan Pablo II, porque tampoco planteábamos que la iniciativa tuviera que ser respondida en ese mismo momento convocando un Vaticano III. La carta fue firmada por más de 40 obispos católicos, como símbolo de comunión, y en ella decíamos que queríamos caminar hacia un nuevo Concilio en forma de proceso conciliar participativo y corresponsable.

Queríamos aportar palabras y experiencias entre todos, con el mayor diálogo posible con las iglesias cristianas y con otras religiones, y también escuchando a las personas comprometidas con la paz, la justicia y la vida. Y respecto a la metodología, pensábamos que teníamos que aprovechar las nuevas tecnologías de comunicación. Pensábamos que desde el trabajo en las parroquias y en las comunidades podíamos ver signos de ese proceso conciliar. La Conferencia Latinoamericana de Religiosos, por ejemplo, empezó lo que yo creo que es un proceso conciliar de la vida religiosa, pero al que ellos le llamaron (para no crear conflicto) Camino de Emaús. El Consejo Mundial de Iglesias también formaba parte de este proceso, así como algunos aspectos que no son intraeclesiales, pero que tienen que ver con el desarrollo de valores de justicia y paz, y que en mi opinión forma parte de lo mismo.
Por tanto, si el Papa quiere convocar un nuevo Concilio, estupendo.

Si quiere convocar varios locales, o quiere mejorar los Sínodos y que no sean sólo deliberativos… bienvenidas sean esas ideas. Está claro que el Papa puede potenciar el proceso conciliar desde su función, y yo espero que lo haga. El Papa puede potenciar que se aborden determinados temas que hoy preocupan a la comunidad cristiana. Pero luego el desarrollo tiene que ser con cierta independencia, las iglesias locales tienen que poder debatirlo desde sus propias realidades. La conciencia de la Iglesia universal tiene que identificarse también a nivel local, con sus pecualiaridades. El proceso conciliar tal como nosotros lo pensamos va por ahí, y se podía hacer con Juan Pablo II, se podía hacer con Ratzinger, y ahora esperamos, por las características de Francisco, que en este momento pueda ser impulsado con mucha fuerza.

¿Le gustaría dejarnos un mensaje final?

Sí. Una cosa a la que nosotros le damos mucha importancia es a la metodología. No pensamos en el proceso conciliar solamente como reuniones, y le damos mucha importancia a la mediación y a la comunicación. Necesitamos una comunicación veraz, que no esté sesgada, y que además sea positiva. Y esto no se está dando por el propio pensamiento dualista que tenemos, y que enseguida nos divide en buenos o malo. También tiene que ver con los intereses determinados que los medios pueden tener, más allá de la voluntad de los periodistas.

Pero creo que tenemos que cuidar muchísimo esto. Tenemos que ver si nuestra comunicación genera fraternidad, si ayuda a construir lazos o si sigue haciendo más nudos, y si podemos ejercer una labor mediadora que aproxime a la gente, que tienda puentes y nos haga ver que estamos en la misma barca, que no condene. No podemos desear que la Iglesia dé un mensaje de gozo y de esperanza si las cosas que nosotros mismos decimos abren heridas. Hay mensajes bélicos y mensajes de misericordia, y los nuestros tienen que saber reconocer al otro aunque sea diferente. También debemos ser críticos, pero con las actuaciones que nos parece que van en contra del Evangelio. Tenemos que trabajar en esto.

TITULARES

-El camino del proceso conciliar tenemos que hacerlo sumando voluntades y reduciendo el desencuentro

-La Iglesia tiene otros ritmos, por su propia estructura de relaciones

-Que una persona sea capaz de renunciar a su cargo me parece que es un buen ejemplo también para el mundo no religioso

-Que Francisco no haya querido utilizar un apartamento que es desproporcionado para una persona representa un signo de austeridad

-Con Francisco nos estamos acercando a los lenguajes de la gente normal, la gente que va al mercado y que se sube al autobús

-Con todos los problemas que tiene la sociedad, parece que para la Iglesia se reducen a dos (y todos sabemos cuáles son)

-La Iglesia, a parte de reducir la relación a la genitalidad, reduce la vida a sus extremos

-Esperamos, por las características de Francisco, que en este momento pueda ser impulsado con mucha fuerza el proceso conciliar

-Tenemos que ver si nuestra comunicación ayuda a construir lazos o a seguir haciendo más nudos

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