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“El verdadero poder del Papa es servir a los más débiles” -- Giacomo Galeazzi

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La Stampa

La Misa de Inicio del Ministerio Petrino; las palabras de Francisco ante 200 mil fieles
«Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su vértice luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y recibir con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños», subrayó el Papa Francisco ante la multitud que se reunió en la Plaza San Pedro hoy por la mañana.

Explosión de alegría popular y silencios de intensa oración. Francisco habló claramente esta mañana en la Plaza San durante la Misa de Inicio del Ministerio Petrino del Obispo de Roma. Antes de recibir de las manos de los cardenales Jean-Louis Tauran y Angelo Sodano respectivamente el palio y el anillo del pescador, el Pontífice rezó en la tumba de San Pedro.

«Miserando atque eligendo» es la frase que eligió en su escudo Pontificio. El Papa hizo que se detuviera el Jeep entre la multitud y se bajó para besar a un parapléjico. Además de los 130 delegados de todo el mundo, estuvieron presentes 32 jefes de Estado, 6 reyes, 3 príncipes, 11 jefes de Gobierno. Las delegaciones de las Iglesias y confesiones cristianas fueron 33, entre las que destaca la presencia del Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomeo I. También había delegaciones judía, musulmana, budista… Eran 180 los concelebrantes.

Después, Francisco comentó el Evangelio partiendo del pasaje en el que se describe de qué manera José siguió las órdenes del Ángel del Señor: “En estas palabras se encierra ya la la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1)”.

El Papa se preguntó durante la homilía: “¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor.

Y después añadió: “¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu”. Es por ello que “José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas”. En la figura de José, indicó el Papa Francisco, “vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación”.

En los Evangelios, San José se muestra como un hombre fuerte, valiente, trabajador, pero en su ánimo emerge una gran esperanza, que no es la virtud de un débil, sino todo lo contrario, indica fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura hacia el otro, capacidad de amor. Por ello el Papa Francisco exhortó: “No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura”. Porque “Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen”.

(vatican insider)

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