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El Vaticano, un Estado espiritual y material. Los trece poderes -- Xavier Pikaza

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Religión Digital

He presentado estos días el tema de la Casa de Pedro, con su suegra (según el evangelio de Marcos) y he visto que el tema interesa a mucha gente. Pues bien, la casa de Pedro es ahora la Curia Vaticana: Edificio, Estado, Institución de poder religioso. Ciertamente, esa Casa puede tener y tiene un fundamento evangélico, como se escribe en su cúpula: “Tu es Petrus et super hanc petram…” (Mt 16, 18: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra…”). Pero es posible que esas palabras y esa piedra deban entenderse de otra forma.

Sea como fuere, los treces poderes del Papa y de la Curia Vaticana han dependido del despliegue posterior de la iglesia, con sus valores y sus limitaciones. Esos poderes han sido en parte buenos y, de alguna forma, pueden y deben conservarse y actualizarse, al servicio del evangelio. Pero, en su forma actual, no responden ya a ese evangelio de Jesús Galileo ni a los «signos de los tiempos».

En esa línea, soy de los que pienso que la administración concreta de la Curia vaticana actual, con su diplomacia política y sus servicios de gobierno unificado, no debe cambiar, sino desaparecer, para que el Papa (que es signo de la comunión de las iglesias) pueda realizar de nuevo un servicio auténtico, como fue el de Pedro. No es que esa administración del Vaticano sea perversa o inmoral, sino todo lo contrario; ella es, en principio, buena y en muchos casos ejemplar; no creo que exista en el mundo un gobierno más honrado. Pero pienso que ya no expresa la aportación del Evangelio. Ciertamente, no todos piensan lo mismo. Por eso presento en público mis tesis, para que otros sigan pensando, asientan o disientan. Lo que digo aquí está tomado de Historia y futuro de los Papas (Trotta, Madrid 2006).

Introducción

He querido destacar ahora los poderes de la Curia Vaticana, que forma el Gobierno del Obispo de Roma, con su red de cardenales y arzobispos, obispos, monseñores y funcionarios, divididos en Secretarías, Consejos, Congregaciones, Tribunales y otras Instituciones, bien organizadas. La teología de la Curia, concretizada a través del Código de Derecho Canónico de 1983 (núms. 360-361) y del Catecismo de la Iglesia católica de 1992 (núms.. 880-887), supone que Cristo ha concedido al Papa toda su autoridad sobre la tierra (conforme a la palabra de Mateo 16, 17-19), de manera que él tiene un poder total (como soberano absoluto, supremo dirigente), un poder hereditario, pues nombra a los cardenales (que elegirán al nuevo Papa); Papa y cardenales de Curia nombrarán después, en clara endogamia (y siguiendo una escala de responsabilidades y honores), a los restantes «funcionarios».

La organización de la Curia Vaticana ha sido fijada por JUAN PABLO II, en su Constitución Apostólica Pastor Bonus de 1988, donde expande lo que dice el Código de Derecho Canónico de 1983, núms. 360-361. En esa línea, la composición y gobierno de la Curia resulta paternalista y absoluta, como un circuito cerrado que se auto-alimenta y perpetúa. Desde ese fondo, podemos resumir de un poco aproximado (y quizá caricaturesco) sus poderes:

1. Poder político y diplomático. Secretaría de Estado

Los Estados Pontificios desaparecieron el año 1870; sin embargo, con los pactos de Letrán (1929), surgió el Estado de la Ciudad del Vaticano que tiene, en principio, unos fines espirituales (no económicos, ni militares), pero que en realidad posee un gran peso político, de manera que el Papa puede presentarse como un Jefe de Estado.

Esta situación, que vincula al Papa con los gobernantes de la tierra más que con los pobres y excluidos, influye de un modo poderoso (y negativo) en la existencia de la iglesia y hace que la vida católica parezca a veces un poco esquizofrénico, si es que quiere ser fiel al evangelio, pues Jesús no pactó con emperadores ni reyes, ni mandó nuncios con poderes e inmunidad diplomática a los reinos de la tierra. En este campo, los cambos deben ser radicales. Tiene que desaparecer el Estado Vaticano, con sus posesiones y funciones (funcionarios), hoy mejor que mañana, si la iglesia quiere volverse de verdad católica, partiendo de los pobres.

También deben suprimirse los obispados y capellanías castrenses, que ratifican el pacto de la iglesia con los poderes militares (sin dejar de anunciar el mensaje a los soldados). Mientras las cosas continúen como ahora, muchos católicos nos sentimos «mentirosos», pues decimos estar al servicio del pueblo, pero estamos de hecho al lado de los poderosos. Ciertamente, otras iglesias sin «Estado Vaticano» se enfrentan también en este campo con grandes problemas, teniendo que buscar otras mentiras para justificarse. Pero aquí hemos querido centrarnos en la iglesia católica.

El poder político se expresa a través de sus nunciaturas, abiertas en casi todos los estados de la tierra. Por medio de ellas, el Papa cumple su función de gobernante, utilizando unos cauces diplomáticos que se sitúan (sitúan a la iglesia de Jesús) dentro del espacio de poder de los estados, que es aún grande, aunque menor que el de las multinacionales. Esa actividad diplomática se extiende también hacia el interior las iglesias, de manera que, de hecho, muchas veces, son los nuncios los que actúan como verdaderos responsables de las iglesias a las que son enviadas, con detrimento de los obispos locales. Eso significa que las iglesias no están gobernadas por pastores, sino por diplomáticos.

2. Poder magisterial. Congregación de la Doctrina de la fe

El Papa, ayudado por comisiones y sínodos (especialmente por la Congregación para la Doctrina de la Fe), siguiendo siempre, en última instancia, sus propias preferencias, promulga documentos oficiales (encíclicas, cartas pastorales, exhortaciones apostólicas), con disposiciones de fe para los católicos. Esos documentos se mueven casi siempre en un círculo cerrado, alimentándose a sí mismos, sin diálogo real con el mundo exterior, ni con los principios cristianos (exégesis bíblica).

Expresión privilegiada de ese poder ha sido el Catecismo de la Iglesia Católica que Juan Pablo II promulgó en 1992. Ese poder magisterial es, sin duda, bueno y necesario; pero da la impresión de que Roma quiere definirlo y resolverlo todo (dejarlo atado y bien atado), no sólo en el plano del magisterio básico, sino en los diferentes campos de la teología y la moral (sobre todo en el plano sexual), como si no hubiera espacio para la autonomía de cada diócesis o iglesia y como si obispos y teólogos fueran sólo unos comentaristas de los documentos de Roma y los fieles cristianos unos simples oyentes (discentes) de una palabra que les viene de fuera.

En ese sentido, al menos conforme a la mentalidad del Vaticano, parece que no existe autonomía para los teólogos ni para los fieles, a quienes la curia romana trata como a menores de edad, sin mucho juicio ni libertad ante Dios. En contra de eso, verdadero magisterio ha sido y sigue siendo la vida de los pobres y la fe de quienes les acogen.

3. Poder misionero. Congregación de Propaganda Fide

La misión pertenece a toda la iglesia, pero ha quedado de alguna forma controlada por la Curia Vaticana, que es ahora la única que tiene ahora el poder de crear nuevas iglesias, instituyendo prelaturas y obispados. Eso significa que las comunidades cristianas «están naciendo desde arriba», de un modo programado, con el peligro de perder su autonomía teológica y su fuerza creadora. Es como si el centro papal desconfiara de las iglesias que pueden nacer, crecer y organizase de un modo autónomo. La curia romana tiene miedo de perder el control sobre las diversas formas de vida y teología cristiana que pueden surgir.

Se trata, en el fondo, de un miedo enfermizo y contraproducente, pues son las mismas iglesias particulares las que pueden y deben abrir caminos de evangelio, como hicieron en tiempos de Pedro. Han de ser ellas las que, desde diversos lugares de la actual periferia (desde África o América del Sur, desde el oriente europeo o Asía e incluso desde Europa), han de abrir nuevas posibilidades eclesiales de pensamiento y vida, de manera que pueda surgir así, partiendo de ellas, un nuevo papado. Estamos ante un nuevo campo de misión (el mundo es distinto) y debemos recuperar los principios del anuncio pascual, en la línea de las primeras comunidades cristianas. Así podemos recordar que el primer misionero no fue Pedro, sino otros, de manera que su grandeza como depositario de las llaves estuvo precisamente en aceptar la misión de otros.

4. Poder teológico, interpretación de la Escritura. Congregación de la Doctrina de la fe

En principio, la teología tiene una función autónoma dentro de la iglesia: ella no es un comentario de las declaraciones del magisterio, sino una actividad propia e independiente de las comunidades, llamadas a repensar el evangelio, con libertad creadora, en la medida en que lo ofrecen a los pobres y lo comparten con ellos. Más aún, la teología no pertenece a la jerarquía ni al ministerio oficial de la iglesia, sino que es una función de todos los creyentes, sin distinción de clero y laicado. Por eso, el Vaticano no tiene que dar autonomía a los teólogos (como algunos pretenden), pues no tiene poder para hacerlo, sino que debe alegrarse de que surjan teologías y experiencias de evangelio, desde la misma vida de las iglesias, que interpretan y recrean con su vida la Escritura.

Aquí se fundó gran parte de la reforma luterana, empeñada en devolver a los cristianos el acceso a la Palabra de Dios (libre interpretación de la Escritura). Se ha dicho que el Papa de los Protestantes es la Biblia y la Biblia de los católicos el Papa. Es posible que esa visión sea exagerada, pero de hecho los papas han querido actuar como si fueran los únicos lectores oficiales la Biblia, con la tarea de explicarla al resto de los fieles. Mientras no cambie esa actitud no habrá reforma de la Iglesia.

El cambio que pedimos es grande, pues ya la teología antigua tendió a quedar en manos de los obispos y luego de los monjes y del clero. Más tarde, desde el concilio de Trento y de un modo más intenso desde finales del siglo XIX, la curia de Roma ejerce un control muy fuerte sobre la investigación y publicaciones de los teólogos, especialmente de aquellos que están vinculadas a la enseñanza oficial (Facultades de Teología) o al ministerio. En este momento son muchos los que afirman que, para la elaborar la teología en libertad, resulta preferible situarse fuera de las instituciones oficiales de la iglesia católica, es decir, de los ministerios clericales y de las facultades de teología reconocidas por la jerarquía.

Otros añaden que la curia romana significa un estorbo (un impedimento y un instrumento de poder) más que una ayuda para el desarrollo de una teología cristiana, que se apoya en la Escritura de Dios y en la vida de los pobres. En este contexto se sitúa la actitud de Juan Pablo II, que ha querido silenciar la teología de la liberación. Ciertamente, el magisterio católico ha tenido y tiene momentos de hondura y creatividad cristiana. De todas formas, mientras los papas no cambien de actitud y empiecen escuchando la vida y teología de los pobres no podrá haber renovación del papado.

5. Poder Sacramental. Congregación de ritos.

Ciertamente, los católicos saben que los sacramentos provienen de Jesús, que son los signos de su acción y presencia poderosa (liberadora, sanadora) sobre el mundo, de manera que han de estar abiertos a los momentos principales de la vida personal y social de los creyentes, conforme a la experiencia y creatividad de las comunidades. Pero, de hecho, los sacramentos oficiales parecen haberse «fosilizado», de manea que a muchos les parece que al Vaticano le importa más la fidelidad a la letra de los ritos que el despliegue de la vida mesiánica de Cristo.

Con la ayuda de la Sagrada Congregación para los Ritos, el Papa define y organiza la liturgia católica romana, fijando las formas exteriores, los gestos ceremoniales y las palabras básicas de todas las celebraciones. El mismo Papa promulga los Rituales para el conjunto de la iglesia, contribuyendo así a la unidad de la liturgia, pero también a su formalismo, de manera que resulta difícil descubrir en ella y por ella la presencia sanadora de Jesús que acoge a los pobres y ofrece su dignidad y esperanza de vida a los pecadores y expulsados de todas las sociedades de la tierra. Estamos ante un reto esencial para la vida de la iglesia, un reto que ministros y teólogos deben asumir y resolver unidos, partiendo de los pecadores y los pobres, que los que están llamados a celebrar el evangelio.

6. Poder ministerial. Cong. De Obispos

En el principio, los ministerios surgían de la vida y creatividad de cada iglesia, capaz de nombrar a sus obispos y presbíteros, que eran portadores de la vida y teología de las mismas comunidades, en comunión con las restantes comunidades de la Gran Iglesia. Pero de hecho, a través de una larga historia, cuyos rasgos más salientes se encuentran vinculados, como hemos visto, con la crisis del constantinismo y la reforma gregoriana del siglo XI, el Papa se ha reservado el poder de nombrar, dirigir y remover a los obispos de la cristiandad católica (y a través de ellos a sus presbíteros). De esa forma, todos los obispos se han vuelto de hecho delegados de la única diócesis mundial del único obispo real, que es el de Roma, que no solamente les nombra, sino que les da la «investidura» religiosa (ministerial).

A través de la Congregación de los Obispos, el Papa puede dirigir la estructura y funcionamiento de todas las iglesias, como si pasara por sus manos la vida y el poder creador del evangelio. Ciertamente, algunos obispos se sienten autónomos y actúan de forma carismática, al servicio de la libertad cristiana y de la creatividad teológica. Pero otros muchos parecen simples servidores del Papa que les nombra y dirige. De esa forma, la teología deja de ser reflexión y despliegue del misterio, para convertirse en comentario de los textos del magisterio. Por su parte, los ministros cristianos parecen desligarse de la fuerza creadora de Jesús, para convertirse en delegados del ministerio total de los papas.

7. Poder Legislativo.

Ciertamente, en el principio de la «ley» cristiana (que según Pablo es expresión de gracia y libertad) sigue estando el Evangelio. Pero en la práctica, ese evangelio acaba volviéndose una referencia lejana, una inspiración espiritual a la que la iglesia se remite, pero sin apoyarse de verdad en ella, de manera que la mayor parte de la legislación canónica proviene de otras fuentes, que pueden ser valiosas (como el derecho romano), pero que ya no son cristianas. Por otra parte, las leyes concretas de la vida de la iglesia las traza y define el obispo de Roma, quien (conforme a la lectura oficial de Mt 16, 17-19) ha recibido de un modo directo todo el poder legislativo, como lo ratifican las normas del Código de Derecho Canónico que rigen y dirimen jurídicamente casi todos los espacios de la vida cristiana.

También en este campo, la iglesia católica puede parecer esquizofrénica: ella ha nacido para abrirse hacia los pobres y excluidos (pecadores), más allá de todo legalismo «judaizante»; pero después se ha vuelto más legalista que el mismo judaísmo antiguo, de manera que los pobres-pecadores no encuentran en ella un espacio donde estar a gusto.

La teología del Concilio Vaticano II (1962-1965) ha procurado beber y ha bebido de las fuentes del Nuevo Testamento, abriendo un camino de renovación cristiana, desde los pobres del mundo, pero después parecer haber quedado sofocada por el nuevo Código de Derecho Canónico, cuyas fuentes son más paganas (helenistas e imperiales) que cristianas. Esto es lo que dice un teólogo tan poco sospechoso de rebeldía contra Roma como el Abad G. LAFONT, Histoire théologique de l’Église catholique, Cerf, Paris 1994; Imaginer l´Église catholique, Cerf, Paris 1995.

8. Poder Ejecutivo.

Está vinculado al poder ministerial y legislativo de los que acabamos de hablar. A través del nombramiento de todos los obispos del mundo, el Papa (la curia romana) puede ejercer y ejerce un control directo sobre el conjunto de la iglesia, utilizando para ello las diversas Congregaciones y Secretarías del Vaticano, con sus métodos de «secreto reverencial» paternalista. Las cosas más importantes se deciden de un modo misterioso, quizá con oración, pero sin que se conozcan ni publiquen los motivos, de tal forma que a veces la Curia Vaticana puede compararse al famoso Castillo de las obsesiones de Kafka. Esa actitud deriva posiblemente del miedo al evangelio y a la libertad humana.

Parece que el Vaticano quiere llenar todos los huecos, resolver todos los problemas, como si los demás creyentes no pudieran pensar, como si los clérigos menores y los simples fieles corrieran el riesgo de equivocarse y perderse tan pronto como quedan solos, antes Dios y su conciencia, aunque sean muchos y se unan e invoquen la presencia del Espíritu, en la línea de Hech 15, 28: «Nos ha parecido a nosotros y al Espíritu Santo…».

Ciertamente, la iglesia sigue hablando de los pobres y pecadores, pero no les concibe como portadores del evangelio, sino como sujetos de una ley a la que deben someterse. Así lo destacó Y. CONGAR, a quien más tarde nombrarían cardenal, denunciando, a mediados del siglo XX, una actitud que por desgracia impera en la jerarquía de la iglesia. «El Papa actual, sobre todo desde 1950, ha desarrollado hasta la manía un régimen paternalista consistente en que él y sólo él dice al mundo y a cada uno lo que hay que pensar y cómo hay que actuar. Pretende reducir a los teólogos al papel de comentaristas de sus discursos, sin que, sobre todo, puedan tener la veleidad de pensar algo…» (Diario de un teólogo (1946-1956), Trotta, Madrid 2004, 472).

«Ahora conozco la historia. Llevo muchos años estudiándola; ha dejado claro ante mis ojos numerosos acontecimientos contemporáneos, al tiempo que la experiencia vivida particularmente en Roma me aclaraba esta historia. Para mí, es una evidencia que Roma sólo ha buscado siempre, y busca ahora, una sola cosa: la afirmación de su autoridad. El resto le interesa únicamente como materia para el ejercicio de esa autoridad. Con pocas excepciones, ligadas a hombres de santidad e iniciativa, toda la historia de Roma es una reivindicación asumida de su autoridad y la destrucción de todo lo que no sea sumisión» (Ibid., 473).

9. Poder judicial.

La iglesia de Roma no conoce un poder judicial independiente, sino que los mismos que promulgan las leyes y promueven su cumplimiento tienen después el poder de sancionarlas, a través de sus diversos tribunales eclesiásticos. Conforme a un principio que se viene aduciendo en Roma por lo menos desde el año 500 (en las así llamadas Falsificaciones de Símaco) y que ha sido fundamental en las Decretales seudo-isidorianas del siglo XI (y en el Dictatus Papae de Gregorio VII), la prima sedes (sede romana) a nemine iudicatur (no puede ser juzgada por nadie), mientras ella puede juzgar a todas las restantes sedes y agrupaciones de cristianos.

Es evidente que en este espacio no ha entrado la luz de la gracia del evangelio que se expresa en la palabra originaria de Jesús: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7, 1 par). Como representante peculiar de Jesús, el Papa debería ser un signo privilegiado de la superación del juicio, representante de un amor que se ofrece y regala, sin imponerse y sin sancionar su autoridad en términos jurídicos.

Pues bien, en contra de eso, apoyados en el genio judicial de la vieja Roma pagana, el Papa y su Curia, han venido a convertirse en norma judicial suprema, colocándose ellos mismos por encima de todo juicio. Ciertamente, dicen, y con toda razón, que la iglesia no es una democracia (no es poder de demos o pueblo poderoso, capaz de regular sus asuntos por derecho), sino signo de la gracia de Dios; pero lo dicen para que los demás se sometan, mientras ellos les juzgan desde arriba. Da la impresión de que los responsables del Vaticano quieren que los fieles sean cristianos (que no juzguen), pero lo hacen con medios no cristianos (juzgado ellos a todos), como hacen siempre las dictaduras.

10. Poder espiritual «carismático».

La Curia de Roma ejerce también el control simbólico de la santidad, dirigiendo unos procesos canónicos que pueden conducir a la beatificación y/o canonización de ciertas personas, para que sean veneradas en el conjunto de la iglesia (desde Santa Teresa de Calcuta hasta San Josemaría Escrivá de Balaguer, entre los modernos). En esos procesos, que pretenden marcar las líneas de santidad que han de seguir los católicos, la Curia sigue empleando una «prueba» muy ambigua y, en el fondo, muy poco evangélica: apela a los posibles milagros de los presuntos beatos o santos para canonizarlos.

Por otra parte, conforme a unos métodos más políticos que evangélicos, el Vaticano tiende a canonizar a las personas que han seguido mejor su línea de poder, como si ofreciera un tipo de condecoración «post mortem» a los defensores de su proyecto político-social (evidentemente, con excepciones que confirman la regla). En esa línea se sitúa también el control doctrinal y organizativo del Vaticano sobre los movimientos espirituales de la iglesia, que sólo se aprueban y declaran positivos cuando siguen las directrices oficiales de la estructura jerárquica. El problema no es sólo de Roma, sino de esos movimientos que, en vez de expandirse en libertad, sin necesidad de avales jerárquicos, acuden muy pronto a Roma para recibir la confirmación del papado (perdiendo su independencia carismática).

11. Poder sobre los movimientos de vida religiosa.

Estrictamente hablando, la vida religiosa quiso ser un signo de presencia y compromiso carismático en la iglesia, y así lo ha sido muchas veces desde antiguo: sus miembros se situaban fuera de la estructural clerical, manteniéndose alejados de las instituciones, para desarrollar un tipo de vida evangélica (vinculada a veces con movimientos ascéticos de tipo platonizante o gnósticos), desde los anacoretas antiguos de Siria y de Egipto hasta los monjes medievales de Oriente y Occidente, desde los franciscanos y mendicantes del siglo XII hasta los pentecostales de la actualidad.

Pues bien, a partir de la reforma gregoriana del siglo XI, en un proceso que ha desembocado en el centralismo del siglo XX, todas las órdenes religiosas se han «romanizado» en el sentido más intenso de la palabra, en parte, a través de la «exención», que las hace de algún modo independientes respecto a los obispos de cada lugar. Eso ha dado a los religiosos mayor libertad y autonomía, pero ha hecho que se vuelvan en general más sumisos, de manera que permanecen bajo el control directo del Papa y de la curia. Todas las órdenes significativas tienen su casa central en Roma y de Roma reciben aprobación y directrices, como si no pudieran trazar un camino por sí mismas.

Para superar ese modelo, es muy posible que las nuevas formas de vida religiosa (y los nuevos movimientos carismáticos) tengan que «dejar de acudir a Roma», para vivir su libertad cristiana, desde las raíces del evangelio. Hace años escribió J. B. METZ un libro profético sobre la vida religiosa: Las órdenes religiosas. Su misión en el futuro próximo como testimonio vivo del seguimiento de Jesús, Herder, Barcelona 1988. Cf. D. O’MURCHU, Rehacer la vida religiosa. Una mirada abierta al futuro, Publicaciones claretianas, Madrid 2001; J. A. GARCÍA, En el mundo desde Dios. Vida religiosa y resistencia cultural, Sal térrea, Santander 1989.

12. Un poder patriarcal, supremacía de género.

Resulta ingenuo condensar los poderes anteriores en claves de disputa de género, pero es evidente que el despliegue del papado se vincula con el triunfo del patriarcalismo, que ha venido dominando en la iglesia a partir del siglo III d. C. En ese sentido, el Vaticano es un monumento a la sin-razón, que se eleva en nombre del evangelio, pero que no responde a la inspiración del evangelio. No nos extrañamos de ello, porque estamos dentro: una ceremonia papal donde sólo ofician hombres (varones), un cónclave o concilio donde sólo intervienen hombres, casi todos ancianos, vestidos de un modo que quiere ser sagrado, pero que no es evangélico, es algo no sólo irritante, sino carente de sentido.

El problema no se resuelve con la ordenación presbiteral o episcopal de las mujeres (cosa que en las actuales circunstancias debería hacerse ya), sino con un cambio radical en la organización de la iglesia y en la visión de sus ministerios. Ciertamente, se pueden encontrar argumentos ontológicos (y de naturaleza humana) para mantener la situación actual. Pero, cuanto más elevadas parezcan las razones ontológicas, ellas resultan menos verdaderas, pues sirven para ocultar el patriarcalismo vaticano, que convierte a las mujeres en criadas (y de segunda categoría). El argumento de que la grandeza del cristiano consiste en servir a los demás es verdadero, pero resulta aquí contrario al evangelio, pues emplea el nombre de Dios (¡Dios lo quiere!) como una forma de exclusión y sometimiento femenino, mientras que la exigencia y gracia del servicio cristiano se aplica por igual a varones y mujeres.

Ciertamente, la historia es venerable y maestra de la vida, pero el hecho de que las cosas hayan sido así a lo largo de casi dieciocho siglos no exige que lo sigan siendo en el futuro. El patriarcalismo no es el único problema de la iglesia, pero es muy importante. Sin la igualdad radical de varones y mujeres en cuanto cristianos, portadores del mensaje y de la vida de Jesús, no podrá haber reforma de la iglesia ni cambio del papado, como veremos en el capítulo siguiente.

13. ¿Poder económico?

Resulta más difícil de evaluar, aunque algunos piensan que sigue siendo básico, pues se encuentra estrechamente vinculado al poder político (que hemos situado al principio de este electo de poderes). En el fondo de bastantes problemas de la administración papal ha existido, por lo menos desde la Baja Edad Media, una cuestión de dinero.

Pues bien, la organización de la Curia Romana y el mantenimiento del Estado Vaticano necesita un fuerte soporte económico, que no se puede comparar al de las grandes compañías multinacionales, pero que resulta considerable, sobre todo, si se tiene en cuenta que no va dirigido al bien de los pobres, sino al mantenimiento de una institución de poder. Por otra parte, el control directo o indirecto que la Curia Romana (o los organismos oficiales) ejerce sobre los ministros de la iglesia tiene un elemento económico, que varía entre los diversos países, pero que sigue siendo considerable. Jesús no necesitó dinero para promover su mensaje, como indica de forma paradigmática la escena del joven rico (cf. Mc 10, 17-31), pero la administración de la iglesia romana necesita recursos, de tal forma que ella puede aparecer, en principio, como poco evangélica.

Evidentemente, el tema es difícil de resolver, pues toda institución requiere medios económicos, como saben los movimientos religiosos modernos, cristianos o no cristianos, católicos o no católicos. Pero todo nos permite sospechar que la financiación del Vaticano no está sólo al servicio de la comunicación económica de bienes y de la vida de los pobres, sino que tiene elementos de despliegue monetario que parecen más cercanos al sistema capitalista que al evangelio. Sólo un retorno radical a la pobreza de Jesús (apertura a los pobres y pecadores) podrá hacer que la iglesia sea de nuevo cristiana, como veremos en el capítulo siguiente.

Conclusión

Nunca había tenido el papado tanto poder «religioso» como ahora, ni aún en el tiempo de los Estados Pontificios. Nunca había funcionado de manera tan perfecta ni «honrada» en sentido humano, pues la inmensa mayoría de los funcionarios del Vaticano son moralmente intachables. Pero el problema no es de honradez personal, sino de funcionamiento. Las personas principales del sistema vaticano son honradas e incluso ejemplar, pero la autoridad que ellas tienen no responde a la novedad del evangelio. Estoy convencido de que Jesús ha concedido al Papa (y a todos los cristianos), toda su autoridad; pero esa autoridad no va en la línea de los trece poderes indicados. Estoy también convencido de que el proceso de los poderes de papa ha terminado: ha llegado a su plenitud y, a pesar de sus grandes valores, ya no sirve. Eso significa que debemos volver atrás, desandar el camino, retomar evangelio, más allá de la reforma gregoriana y del constantinismo, más allá de la misma helenización de la iglesia antigua.

Aquí está la paradoja. El papado ha logrado triunfar, asumiendo todos los poderes, pero lo ha hecho de tal forma que en su triunfo se encuentra su fracaso. Ha ganado la partida dentro de la iglesia católica, pero sus poderes (¡que no son malos!) no son los del evangelio. También el Templo de Jerusalén había triunfado en tiempos de Jesús y se estaba acabando la reconstrucción de sus edificios, patrocinada por Herodes el Grande, un bandido rico, nombrado rey por el imperio. Aquel templo tampoco era malo (¡había en él infinitas cosas buenas!), pero no respondía a la novedad profética de Israel, de manera que las grandes experiencias y esperanzas del pueblo creyente quedaban fuera de su recinto y de sus instituciones sagradas, como supo ver Jesús.

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