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El valor de la vejez para un mundo nuevo -- Fernando Bermúdez López, teólogo

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Este mes de noviembre se han celebrado las Jornadas de Doctrina Social de la Iglesia de la Comisión diocesana de Justicia y Paz de la Región de Murcia, que giró en torno al “Valor de la vejez para un mundo nuevo”.
El ser humano, tanto desde el punto de vista somático como desde el psicológico, es sumamente vulnerable desde su nacimiento hasta la vejez.

Vive con el riesgo de sufrir toda clase de enfermedades que le pueden llevar a la muerte. Sin embargo, es una dicha llegar a la vejez, que es un motivo de acción de gracias al Dios de la Vida. “La ancianidad no es un tiempo inútil en el que nos hacemos a un lado, abandonando los
remos en la barca, sino que es una estación para seguir dando frutos”, señala el Papa Francisco.

En estas jornadas se abordó el tema de la vulnerabilidad de las personas ancianas, enfermos graves y discapacitados, que se han visto desprotegidos y, en algunos casos, excluidos del debido cuidado. El proceso de envejecimiento suele limitar las funciones corporales y cognitivas y con frecuencia va unido a la disminución de la capacidad para participar en las relaciones interpersonales y sociales. Esta pérdida de relaciones va llevando a la persona anciana a un progresivo aislamiento con todo el impacto emocional que conlleva y, sobre todo, si padecen enfermedades crónicas.

A muchos ancianos y ancianas les afecta y hiere más el ser marginados y olvidados que el mismo dolor, lo cual es causa de una profunda soledad, depresión, destrucción de la autoestima que, incluso, les puede llevar a desear la muerte. El deseo de morir de un enfermo grave surge cuando ya ha muerto socialmente para los demás. La soledad es la antesala de la muerte.

El sistema capitalista neoliberal valora a las personas sanas, jóvenes y bellas, a los hombres y mujeres que generan riqueza, que producen; valora a las personas emprendedoras y célebres deportistas y artistas. Sin embargo, la gente vulnerable es descartada, ignorada y más si sufre alguna enfermedad crónica, porque no genera riqueza, no produce. Para este sistema las personas mayores son una carga para la sociedad, con cuantiosos gastos en sanidad y, en algunos casos son consideradas como
un estorbo.

Una alta personalidad del mundo económico-financiero llegó a decir que
las personas ancianas son un obstáculo para el desarrollo económico. En verdad la sociedad capitalista ha generado un individualismo que mata. Valora más el dinero que la persona. Las políticas que emanan del afán de lucro y del individualismo terminan por ser una fábrica imparable de soledad y de vacío para la gente vulnerable.

Ante esta situación, se requiere la práctica de la compasión, que significa "sufrir con".
Es la capacidad de dolerse con el sufrimiento humano. Es meterse dentro de la otra persona y vibrar con ella. Es un sentimiento de amor, de cariño, de ternura. Pero es también la capacidad de sonreír, de acoger, de abrazar, de llorar y de reír. Es aquí donde se presenta la revolución de los cuidados, que es la esencia de lo humano.
Ciertamente, sin cuidados no hay vida.

Los cuidados paliativos ayudan no solo a aliviar el sufrimiento físico, sino sobre todo a combatir la soledad, fortalecer la autoestima, levantar la esperanza y sentir el amor y la acogida. El espíritu de los cuidados emerge de la misericordia, de la compasión y de
la ternura. El enfermo en fase terminal, con frecuencia sufre una soledad indescriptible. Necesita sentirse acompañado, tocado, acariciado.

El contacto físico es una manera de consolar. El tacto es uno de los medios de comunicación más eficaces.
Cogerle la mano a un enfermo o darle un suave masaje son maneras de acompañarlo, de hacerle sentir nuestra proximidad. Asimismo, el llamarle por su nombre y mirarle a los ojos, en silencio, son actitudes de consuelo. La gente enferma en fase terminal es muy sensible.

Las personas ancianas deben estar en el centro de la atención de la comunidad, señala el papa Francisco. El diálogo entre los niños y los abuelos es fundamental para evitar que la juventud quede sin pasado, es decir, sin raíces. La ancianidad es una fuente de sabiduría y experiencias para compartir con las nuevas generaciones.

Cuando llega el momento del final de la vida, las personas creyentes, de cualquier confesión religiosa, pueden encontrar en su fe una fuerza esperanzadora. La muerte es la puerta a la plenitud de la vida. Por eso estos pacientes, cargados de años y de dolores, no temen morir. Muchos renuncian a los tratamientos de soporte vital porque lo único que van a servir es para prolongar el sufrimiento, por ello prefieren
simplemente, que se les acompañe hasta el final, esperando el momento de cruzar el umbral de la eternidad.

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