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«El terror a la historia» o la apertura a lo sagrado: el legado de Mircea Eliade -- Nicolás Panotto, Argentina

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Lupa Protestante

Hace un tiempo atrás me sentí compulsivamente atraído por las propuestas de Mircea Eliade, uno de esos intelectuales post Segunda Guerra Mundial que impactó el mundo académico, especialmente en lo que refiere al estudio del fenómeno religioso. La exégesis bíblica entre las décadas de los ’60 y ’70 estuvo fuertemente influenciada por este pensador. Mas uno de sus más importantes aportes, al menos desde mi perspectiva, reside en ese atrevimiento a proyectar en el plano de lo religioso las búsquedas y esperanzas que se entrecruzaban en el pensamiento de la época.

En este breve trabajo me gustaría resaltar uno de los elementos más importantes que identifico en la propuesta de Eliade, en el cual se deposita una amalgamada relación con su vivencia post-guerra: su filosofía de la historia. Así comienza una de sus más importantes obras titulada El mito del eterno retorno: “Si no fuese por el temor a parecer demasiado ambicioso, hubiésemos puesto a este libro como segundo subtítulo el siguiente: Introducción a una filosofía de la Historia”.1 En este sentido, por un lado Eliade criticará la noción de “realidad” en la modernidad, cuyo marco es la sociedad industrial. Dicho contexto ofrece un medio unificador, un fatalismo real que el mismo “hombre moderno” crea en su falaz deseo por dominar la historia. Dice Eliade: “Ya no hay ‘mundo’, sino tan sólo fragmentos de un universo roto, la masa amorfa de una infinidad de ‘lugares’ más o menos neutros en los que se mueve el hombre en el imperio de la obligación de toda existencia integrada en una sociedad industrial”2

Por otra parte, desde una perspectiva filosófica, Eliade criticará lo que llama “historicismo”. En esta corriente se alistan Hegel y Marx, aunque rescata un cierto sentido mítico en la cosmovisión del segundo (o en la escuela que emerge de él). Describe cómo la sociedad moderna pondera un mesianismo suicida en los mecanismos que crea, para, supuestamente, dar salvación a los males y sufrimientos que, paradójicamente, provoca a través de estos mismos mecanismos y de otros no tan evidentes. En cierta forma, dirá Eliade, el “hombre moderno” se encuentra atado a la historia, aunque cree estar libre (de ella).

A esta crítica al hombre moderno, Eliade contrapondrá la cosmovisión del hombre arcaico. Creo que no exagero al decir que, precisamente, uno de los abordajes fundamentales de Eliade es la noción de historia en la cosmovisión arcaica. Al contrario del “hombre moderno”, el hombre arcaico vive su existencia concreta en la plenitud de la libertad: recrea la historia y la naturaleza en el acto de renovación, en la recreación de los mitos cosmogónicos in illo tempore. De esta manera, se vive en un continuo presente. El “sentido” de esta renovación no implica trasladarse a una realidad aparte de la concreta sino que ofrece una forma particular de vivir en ella. Llegará a decir que el hombre arcaico puede estar orgulloso ya que él sí puede ser libre para crear.

De aquí, entonces, una visión dinámica y por ende no estática del mundo, desde, por ejemplo, los ritos de “renovación”. Es interesante notar la relevancia específicamente escatológica que cobra esta propuesta: los comienzos están orgánicamente unidos tanto al principio como al final de los tiempos. La historia no es una línea consecutiva de causas y consecuencias (al menos, no se restringe a ello). En la perspectiva arcaica, la historia se va renovando en la rememoración de los “hechos primordiales” en el presente.

Desde este abordaje, Eliade realizará un replanteo de ciertos términos en relación a la fenomenología y los estudios de las religiones. Uno de ellos es el de mito. Este término fue profundamente analizado desde principios del siglo XX, aunque Eliade remarca que dicho análisis fue en cierta forma hecho desde el prejuicio moderno frente a la realidad mítica, diluyendo así su impacto y funcionalidad social. Eliade entenderá el mito como “una historia sagrada y, por tanto, una ‘historia verdadera’, puesto que se refiere siempre a realidades.”3

Aquí un replanteamiento de la noción de “veracidad” en lo mítico: ella no se deposita en su equivalencia a hechos empíricamente verificables (como lo propondría un abordaje moderno) sino en su funcionalidad para la vida histórica de la comunidad que lo evoca a través de la rememoración de los hechos primordiales. Esto implica comprender el mito como un tipo de lenguaje específico que surge como marco de respuesta a las limitaciones de la realidad, para crear así nociones de comprensión y prácticas de intervención. En palabras de Eliade,

Cuando parecen destinados a paralizar la iniciativa humana, presentándose como modelos intangibles, los mitos incitan en realidad al hombre a crear, abren continuamente nuevas perspectivas a su espíritu de inventiva […] En última instancia, el Mundo se revela como lenguaje.4

Otros dos términos importantes a tener en cuenta son lo sagrado y lo profano. Estas dos, según Eliade, son modalidades de estar en el mundo.5 En línea con lo que hemos visto, lo sagrado es lo real por excelencia (en el sentido de aquellos tiempos primordiales que se recrean en la historia), y a la vez potencia, eficiencia, fuente de vida y de fecundidad. El deseo del hombre religioso (transposición directa que hace Eliade con el “hombre arcaico”) de vivir en lo sagrado “equivale, de hecho, a su afán de situarse en la realidad objetiva, de no dejarse paralizar por la realidad sin fin de las experiencias puramente subjetivas, de vivir en un mundo real y eficiente y no en una ilusión”.6 En otras palabras,

La rebelión contra la irreversibilidad del Tiempo ayuda al hombre a “construir la realidad” y, por otra parte, le libera del peso del Tiempo muerto, le da la seguridad de que es capaz de abolir el pasado, de recomenzar su vida y de recrear su mundo.7

Uno de los elementos, a mi interés, más importantes del abordaje de Eliade, es la práctica de la imaginación intrínseca al fenómeno religioso y la búsqueda de lo sagrado. La funcionalidad comunitaria de los mitos como producto del acto de imaginación de las comunidades dentro del marco de la búsqueda de lo sagrado, abre la historia y sus circunstancias. “En resumen, la presencia de las Imágenes y de los símbolos es lo que conserva ‘abiertas’ a las culturas: a partir de cualquier cultura, australiana tanto como ateniense, las situaciones-límites del hombre se revelan perfectamente gracias a los símbolos que sostienen a estas culturas.8 En contraposición a una lectura facilista y moderna del tema, que podría entender “imaginar” como proyectar fuera del contexto, Eliade entiende el fenómeno religioso reflejado a través de los mitos y símbolos que nacen de su dinámica en la historia como una manera, precisamente, de proyectarse dentro ella. “Tener imaginación es ver el mundo en su totalidad; porque la misión y el poder de las Imágenes es hacer ver todo cuanto permanece refractario”.9

Por último, es interesante el análisis crítico que Eliade realiza sobre la cosmovisión judeo-cristiana. La gran originalidad de esta corriente religiosa, dirá, fue la transfiguración de la historia en teología.10 Desde esta visión, la historia se comprende como “epifanía de Dios”. La particularidad de esta tradición es una revaloración de los arquetipos illud tempus, en la misma historia. Si “Dios todo lo puede”, entonces el ser humano también. Por ello, dirá Eliade, el cristianismo es la religión de la modernidad: aunque en la tradición judeo-cristiana existe esta dimensión de lo sagrado y de lo arquetípico en la misma historia, el hombre moderno injerta la noción de progreso para comprender y evaluar este último concepto.

Aunque son muchas las críticas que podríamos hacer a las propuestas de Eliade, no puedo dejar de resaltar una apreciación que sentí al leer sus textos: la importancia del ejercicio imaginativo en el campo religioso hacia la apertura y la dinámica de la(s) historia(s). El abordaje de Eliade nos ayuda a resignificar nuestras prácticas religiosas, especialmente en lo que refiere al impacto del fenómeno de lo divino en nuestra existencia a través de la mediación de lo simbólico, gestada en el ejercicio de la imaginación. Encuentro en estas propuestas un refrescante impulso y un rico desafío para quienes somos religiosos y religiosas: el poder transformador que tienen los gestos, las palabras y los mundos simbólicos que emergen de la imaginación compartida y construida en comunidad, reunida en el encuentro con la manifestación divina, a través de aquellas prácticas que intentan expresar sentido al curso de la historia.

_______________________________________________________
1 Mircea Eliade, El mito del eterno retorno, Planeta-Agostini, Barcelona, 1984, p.7
2 Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, Guadarrama, Barcelona, 1981, p.14
3 Mircea Eliade, Mito y realidad, Guadarrama, Barcelona, 1981, p.13. Dice más adelante: “Para el hombre de las sociedades arcaicas, por el contrario, lo que pasó ab origine es susceptible de repetirse por la fuerza de los ritos. Lo esencial para él es, pues, conocer los mitos. No sólo porque los mitos le ofrecen una explicación del Mundo y de su propio modo de existir en el mundo, sino, sobre todo, porque al rememorarlos, al reactualizarlos, es capaz de repetir lo que los Dioses, los Héroes o los Antepasados hicieron ab origine. Conocer los mitos es aprender el secreto del origen de las cosas. En otros términos: se aprende no sólo cómo las cosas han llegado a la existencia, sino también dónde encontrarlas y cómo hacerlas reaparecer cuando desaparecen”. (Ibíd., p.20).
4 Mircea Eliade, Mito y realidad, Guadarrama, Barcelona, 1981, p.149
5 Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, Guadarrama, Barcelona, 1981, p.10
6 Ibíd., p.16
7 Mircea Eliade, Mito y realidad, p.148
8 Mircea Eliade, Imágenes y símbolos, Planeta-Agostini, Barcelona, 1994, p.185
9 Ibíd., p.20
10 Ibíd., p.176

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