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El terrible 2010 que nos espera -- S. Mc Coy

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Cotizalia

Una de las reflexiones que más tiendo a repetir entre aquellos que tienen por bien recabar mi opinión sobre el devenir de los acontecimientos pasados, presentes y futuros es que 2010 va a ser el año clave en la resolución de esta crisis. Será el trágico pero necesario colofón a cerca de tres años de dificultades.

Trágico pues la ilusión de que se ha avanzado mucho en la resolución de los problemas que provocaron su estallido se enfrentará con la constatación de que se agota la munición y que nos encontramos casi como al principio en términos tanto de endeudamiento del sistema como de desequilibrios globales. Imprescindible este post de Robert Shiller en NYT sobre el particular (New York Times, What if a recovery is all in your head?). Necesario porque servirá para empezar a establecer las políticas adecuadas que la economía real necesita para salir del atolladero en el que se halla y que pasan por sustituir la urgencia por la diligencia de una vez por todas antes de que sea demasiado tarde.

No es difícil llegar a tal conclusión. Nos encontramos en el momento de mayor expansión monetaria global de la Historia. No sólo el precio oficial del dinero se encuentra por los suelos, sino que ocurre lo mismo con la referencia utilizadas por las entidades financieras para prestarse el dinero entre sí. De modo paralelo, y por si fuera poco, las autoridades correspondientes han decidido contribuir al festín de la liquidez inyectando dinero a demanda a un coste irrisorio, por una parte, y abaratando la financiación mediantes compras selectivas de activos financieros vinculados a sectores deprimidos como el inmobiliario, por otra. De este modo, cierto, se habría resuelto el potencial riesgo sistémico del sistema bancario y sucedáneos.

Si en este entorno excepcionalmente benigno las instituciones financieras no prestan ni a empresas ni a particulares, olvídense de que lo hagan en 2010 (V.A., Por qué la banca tiembla ante 2010): la contracción de su margen financiero, por una parte, y el aumento de una morosidad corporativa que, ellas mismas, con su cicatería, habrán contribuido a crear, por otra, harán que mantengan aún más tirantes las bridas de la financiación, generando así un círculo vicioso que sólo la acción administrativa será capaz de romper. ¿Cómo? Obligando a que una parte sustancial de las inyecciones institucionales se destinen al aumento del crédito al sector privado (determinado por el banco central respectivo) y estableciendo un mecanismo de riesgo privado con aval parcial público que permita que el dinero fluya allá donde se necesita (por imposición del ejecutivo). De lo contrario, seguiremos viendo cómo el dinero de los contribuyentes no revierte más que en los bolsillos de unos escogidos que no tienen más mérito que el habernos llevado al borde del abismo.

Ocurre lo mismo con la política fiscal. Nunca como hasta ahora los gobiernos han intervenido en la economía de una manera más aparatosa en términos de pluralidad de iniciativas y recursos para llevarlas a cabo. Se ha reforzado el funcionamiento de los estabilizadores automáticos a través de toda suerte de mecanismos de sostenimiento de la demanda, por una parte, y asistenciales, por otra. Sin embargo, al igual con lo que ocurría con las actuaciones sobre los tipos de interés, el esfuerzo ha sido baldío tanto en términos de mejora sostenida del consumo y la inversión como de generación de empleo. El resultado ha sido un endeudamiento público sin precedentes en un entorno de colapso de los ingresos públicos y de aumento del gasto asistencial recurrente cuyo repago e intereses amenazan con nuevos sobresaltos (Telegraph, How to prepare for potential global collapse). Es el fruto de unas propuestas, en muchos casos, de contenido más político que económico que buscaban satisfacer a colectivos concretos antes que al conjunto de la ciudadanía. Es momento del borrón y cuenta nueva, eso sí, con un margen de maniobra mucho más reducido para empezar a pensar de verdad en lo estructural frente a lo coyuntural.

Es de prever, y vuelvo al origen de esta pieza, que sea en el ejercicio 2010 cuando la excepcionalidad de las medidas adoptadas comience a revertirse. El BCE ya ha anunciado un freno a las inyecciones extraordinarias de liquidez para marzo de 2010 mientras que la inflación reciente de activos financieros y materias primas (de forma interrelacionada) colocará al supervisor norteamericano en una situación cada vez más incómoda para mantener su inusitada laxitud actual. Por su parte, la necesidad de cumplir con el Pacto de Estabilidad en 2012, obligará a los gobiernos de la Unión Europea a administrar con más rigor sus recursos desde ya si no quieren exponerse a las sanciones comunitarias (que me da que les importa lo justo, pero bueno), mientras que el excesivo endeudamiento del Tesoro norteamericano puede en un momento dado devenir en una crisis de confianza sobre su capacidad de repago y su moneda, que provocaría nuevos y más preocupantes momentos de incertidumbre a nivel global. No puede crecer ilimitadamente.

¿Qué ocurrirá entonces? Una situación muy parecida a la que nos enfrentamos en el verano de 2007. De repente se constatará que la alharaca financiera no es más que humo, un permanente reciclado de dinero entre la banca, con la ayuda de los bancos centrales, y los gobiernos. Que la economía real ha avanzado poco o nada desde el inicio de la crisis, especialmente en las sociedades desarrolladas. De hecho, habrá ido hacia atrás como los cangrejos al sufrir una reducción sustancial de su riqueza patrimonial que responde por unas deudas que apenas se habrán reducido marginalmente en el periodo. Que el problema de base, por tanto, no sólo no se ha resuelto sino que ha aumentado con el tiempo, resultado de la generosidad con la que se ha tirado de recursos públicos.  Y que es momento de que establecer políticas que tengan por objetivo quienes son el sostén último de todo el entramado macro: ciudadanos y empresas, clientes y proveedores, a su vez, del sector financiero, raíz de su existencia. Será, sin lugar a dudas, la última oportunidad antes de que sea demasiado tarde. Ya verán. Buena semana a todos.

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