Enviado a la página web de Redes Cristianas
Fuente: Observatorio eclesial
Vivimos tiempos distópicos. El horizonte parece haber
desaparecido. En realidad, estamos en el corazón de una crisis planetaria de tal gravedad que podría signifi-car el fin de la especie humana.Sin embargo, la Tierra ha atravesado quince grandes procesos de extinción masiva.
Pero la vida siempre ha sobrevivido. Mantengo la esperanza de que también esta vez sobrevivirá, aunque no sin dolorosos sacrifi-cios que deberán pagarse en vidas humanas y en pér-didas para la naturaleza.Estimo que inauguraremos otra era geológica, aquella que el gran cosmólogo Brian Swimme denomina la era ecozóica (cf. The Hidden Heart of the Cosmos: Humani-ty and the New Story, 1996).
Él coordina a cerca de cien científicos en California que estudian la historia del universo. Según él, lo ecológico,aquello vinculado a la Casa Común (oikos = casa), ad-quiriría centralidad.La tecnociencia, la propia inteligencia artificial y todos los demás saberes estarían al servicio del cuidado de este don sagrado con el que el universo o Dios nos han agraciado: el planeta vivo, la Tierra, Gran Madre, Pa-chamama y Gaia, junto con todos los seres que ella ha generado y en ella viven y conviven.Todos los seres humanos nos sentiríamos parte de la naturaleza y sus guardianes, hermanos y hermanas unos de otros y de los demás seres, porque todos so-mos parientes al poseer el mismo código genético fun-damental.
Viviríamos en sinergia con el Todo.El reino de las necesidades habría quedado atrás y to-dos disfrutaríamos de los beneficios del reino de la li-bertad, agradecidos al Creador, viviendo felices y en paz permanente, bajo la luz y el calor benéfico del sol.Esta utopía se encuentra presente en los arquetipos más ancestrales de todos los pueblos, desde la «Tierra sin Males» de los pueblos originarios hasta el «nuevo cielo y la nueva tierra» de las Escrituras judeocristianas.
La historia no es lineal. Conoce lo inesperado e incluso lo improbable, algo que el recientemente fallecido Ed-gar Morin no dejaba de recordarnos. La historia da sal-tos cuánticos, como cuando, hace 3.400 millones de años, surgió de un océano primitivo la primera célula viva. Ella es la madre de todos los vivientes. Ese arqui-arquetipo podría irrumpir para hacer su historia junto con la naturaleza y la especie humana.Sería la esfera de la paz siempre soñada y anhelada desde el surgimiento de la conciencia y de la estructura de nues-tro insaciable deseo, hace algunos millones de años.
Entonces ya no se hablará más de paz, porque ella se habrá transformado en el aire que respiramos, en el alimento que nos sostiene y en la realización de un sueño finalmente cumplido.Mientras la flora y la fauna crezcan y se multipliquen,mientras una pequeña flor amarilla crezca entre piedras áridas, mientras sigan naciendo niños, será una señal de que Dios todavía cree en su creación y no deja de amar a la humanidad.¿Una utopía? Sí, pero necesaria para no desesperar y para dar lugar a la esperanza que, fine finaltier (al final de todo), no suele defraudar.(amerindiaenlared.org)

