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El silencio de los obispos sobre el celibato (21) -- Rufo González

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celibato¿Quiénes sois vosotros para tentar al Señor? (Judit 8, 12)
Hoy -30.10.2018, miércoles de la semana XXX del Tiempo Ordinario-, antes de ponerme a escribir, en el Oficio de Lectura, leo el texto del libro de Judit. Nos da un criterio básico para relacionarnos con Dios: no ponerle condiciones:
– “¿Qué es eso que ha prometido Ozías, de entregar la ciudad a los asirios si en cinco días no viene el Señor en vuestro auxilio? ¿Quiénes sois vosotros para tentar al Señor en el día de hoy y colocaros en lugar de Dios entre los hombres? Estas palabras no provocarán la misericordia, sino más bien excitarán la ira y encenderán el furor. Señaláis a Dios un plazo para que se compadezca y queréis atraerlo a vuestro criterio… No hipotequéis los planes del Señor, nuestro Dios, porque no hay que amenazar ni juzgar a Dios como a un hombre. Por eso, en espera de su salvación invoquémosle en nuestro favor y oirá nuestra voz si le place” (Judit 8, 11-12. 16-17).

Esta mentalidad afectaba a san Juan Pablo II, a pesar de ser santo

Cuentan algunos obispos que Juan Pablo II les preguntaba en la visita “ad Límina” cuántos seminaristas tenían. Si le parecían pocos, les increpaba: “usted ora poco”. Refleja la convicción de que Dios concede nuestra voluntad si le pedimos con insistencia. La fe y la experiencia nos dicen que no es así. A Dios no le podemos poner condiciones ni enseñarle lo que tiene que hacer. “Hágase su voluntad” es premisa para orar. Cuando se pide que se cumpla nuestra voluntad, hay siempre que añadir “si Dios quiere”. ¿Quién dice que la voluntad del Papa, expresada en la ley eclesial, sea la voluntad de Dios?

La voluntad de Dios está en sus dones

A través de los siglos han sido y siguen siendo muchísimos los que creen que la ley que vincula ministerio y celibato no es voluntad de Dios. La voluntad de Dios está en sus dones, en los carismas dados a los cristianos para el bien común. Empeñarse en que los que no tienen el don celibatario no pueden recibir de Dios la vocación ministerial, es una “cabezonería” humana, una imposición ajena la voluntad divina. Jesús, los Apóstoles y la Iglesia de los tres primeros siglos (los trescientos años en que la Iglesia estaba más cerca del Evangelio, sin honores imperiales ni poder secular) se atrevieron a tamaña imposición. La cúpula eclesial, a partir de sentirse poder temporal, empezó a construir un armazón legal y a obligar a Dios a ajustarse a él. Es sucumbir a la tentación del maligno: hacer una acción irresponsable poniendo a prueba la fidelidad de Dios. Exigir el celibato para el ministerio es obligar a Dios a intervenir para avalar nuestra decisión. Incluso se atreven a decir que la “fidelidad al celibato nunca ha sido denegada a quienes la piden” (PO 16). Pura elucubración, falsedad y manipulación propagandística. La falta evidente de vocaciones celibatarias lo atestigua. La experiencia demuestra que Dios no les hace caso, a pesar de su pastoral de monaguillos, oraciones humildes (¿?), constantes y fuertes.

Dios no está obligado a dar juntos celibato y vocación al ministerio

La Iglesia católica occidental lo impone. Si Dios no concede dicho don -celibato por el reino- las comunidades se quedan sin sacerdotes, sin eucaristía. Para poder cumplir el mandato de Jesús: “haced esto en memoria mía” (Lc22, 20), exigen a Dios que conceda el celibato de por vida a quienes presidan la celebración eucarística. Le han enseñado a Dios lo que tiene que hacer: dar los dones de la soltería por el reino y del amor pastoral, a la misma persona. Si no lo hace así, ellos, los jefes, no llamarán a nadie para cumplir el deseo de Jesús. Y así está sucediendo conforme a la ley:

“Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres” (Can. 277, par. 1 Código de Derecho Canónico 1983).

La Iglesia católica en Oriente respeta en parte la Tradición Apostólica

Can. 180: “Para que alguien sea considerado idóneo para el episcopado ha de ser no ligado por el vínculo matrimonial”. Contradice la palabra de Dios: “conviene que el obispo sea marido de una sola mujer…, que gobierne bien su propia casa y se haga obedecer de sus hijos con todo respeto. Pues si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (1Tim 3, 2.4-5).

Can. 373: “El celibato de los clérigos, elegido por el reino de los cielos y tan coherente con el sacerdocio, ha de ser tenido en gran estima, como atestigua la tradición de toda la Iglesia; asimismo ha de ser apreciado el estado de los clérigos unidos en matrimonio, atestiguado por la práctica de la Iglesia primitiva y de las Iglesias orientales a través de los siglos.” (Código de los Cánones de las Iglesias Orientales 1990). De acuerdo con la palabra de Dios: “que el presbítero sea… marido de una sola mujer, que tenga hijos creyentes, a los que no quepa acusar de vida desenfrenada ni de ser unos insubordinados” (Tit 1, 6).

La ley de la Iglesia, más importante que la voluntad divina

El mantenimiento de esta ley atenta contra la conciencia personal evolutiva de los clérigos que tienen derecho a cambiar de opción ante exigencias humanas perentorias (físicas o psíquicas). La brutalidad de la ley arrolla lo humano y divino: vida doble, exilios forzosos, esposas invisibles, hijos clandestinos, , escándalos, derechos a tener pastores y a celebrar la eucaristía, etc. El apego legal de algunos altos dirigentes es tan fuerte que no les deja ver “lo que ven” (Mc 4, 11-12): al Espíritu actuar en presbíteros y obispos casados. Miles de ellos se han visto obligados a dejar el ministerio por no poder humanamente con la observancia del celibato. Pero su ministerio era bueno, fruto del amor pastoral, como el de Jesús. Muchos han creado comunidades donde crece el evangelio y reciben el Espíritu Santo. Habría que recordar una vez más a mucha gente de Iglesia lo que Pablo escribía a los Gálatas: “Quién os ha embrujado?… ¿Recibisteis el Espíritu por haber observado la Ley o por haber escuchado con fe?… El que os suministra el Espíritu y realiza prodigios entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley o por la obediencia a la fe?” (Gál 3, 1-5).

Rufo González

Leganés, diciembre 2018

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