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El silencio de los corderos o rebelión en la granja -- Pepe Mallo

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Que tanto monta…
He dudado en encabezar mi reflexión solo como «El silencio de los corderos» o solo como «Rebelión en la granja». Me he decidido por entrambos títulos porque considero que fusionados se corresponden cabalmente con el desarrollo de mi consideración de hoy. Al margen de su escabroso y sórdido argumento, el libro-película “El silencio de los corderos” recibe el título de una pesadilla infantil de la protagonista: hace alusión al espeluznante silencio de muerte tras el gemido de los corderos al ser sacrificados.

“Rebelión en la granja”, por su parte, ejemplifica, a través de personajes animales, una invectiva clara contra el poder, su afanosa ambición y su influencia en los seres humanos. Ambos míticos títulos se me revelan como una diáfana alegoría de la Iglesia.

El contenido de mi reflexión, tras la holganza veraniega, me lo ha proporcionado la noticiosa panoplia eclesial y, sobre todo, los magistrales y sugerentes artículos que Rufo González, en éste su blog, viene desarrollando, desde hace unas fechas sobre la “democratización” de la Iglesia. En ellos denuncia la degeneración eclesial a causa del protagonismo del clero y nos anima a reivindicar la “auténtica sinodalidad” y a “recuperar el protagonismo de la comunidad”.

Es innegable que la Iglesia institucional está configurada como verticalidad absoluta y absolutista. En la cúspide de la pirámide se asienta el Papa con su palabra “infalible”, digamos “definitiva”. En niveles inferiores se sitúan sus “elegidos”, obispos y sacerdotes. En la base de la pirámide, el “rebaño”, los sentenciados al silencio. Según doctrina eclesial, la “Palabra de Dios”, desde su origen, desciende en cascada sobre el “Vicario” de Cristo, empapa a los obispos, recala en los presbíteros… Y ¡ya! Ahí se retiene.

Ellos y sólo ellos ostentan en la Iglesia “palabra” determinante, convincente, indiscutible. De este prorrateo, resulta que, por morbosos instintos de propiedad feudal, existen tantas voces como mitras o estolas. Se invoca el privilegio papal de poseer las “llaves del Reino” y la prerrogativa de “atar y desatar”. Pero se me viene la sospecha de que las llaves sirven más bien para cerrar bocas que para abrir opiniones, y que con frecuencia se estrangula la soga de atar hasta dejar en silencio a los corderos.

El clericalismo no reconoce a los seglares como “pueblo” sino como “rebaño”, los corderos que son guiados por sus pastores. Se les permite opinar, pero no decidir. Estamos viviendo, esperanzados, el proceso sinodal promovido por Francisco. Se habla y se escribe profusamente sobre el tema. Leemos declaraciones de grupos plurales de todos los colores y sabores. El pueblo de Dios, el “rebaño”, ha hablado y presentado propuestas, pero algunos de sus “balidos” no se han dejado oír por los ensordecidos tímpanos del clericalismo. Y ante estas actitudes reticentes y negacionistas, los “inquilinos de la granja eclesial” se rebelan en múltiples sectores, como venimos comprobando.

Clericalismo o sinodalidad. Esta es la disyuntiva. La sinodalidad significa igualdad; el clericalismo, discriminación. La sinodalidad exige acercamiento, comunión; el clericalismo ejerce el distanciamiento y el autoritarismo. La sinodalidad requiere colaboración, corresponsabilidad; el clericalismo cultiva la oposición cuasi-sistemática; lejos de impulsar las distintas propuestas y proyectos, apaga el espíritu profético de la Iglesia “toda”. No es ético recurrir a sutilezas. Porque no se trata de incorporar a los seglares, hombres o mujeres, en puestos y cargos clericales, “clericalizarlos”, transferirlos a sus tinglados, sino de que ocupen tales responsabilidades por “derecho propio de bautizados”. Tampoco se trata de “caminar juntos”, como se dice, sino, sin argucias ni eufemismos, reconocer y refrendar la “iglesia que camina”, desbrozada de desigualdades y privilegios. Y los supremos privilegios clericales son: su ordenación como personas “sagradas” y su posesión indiscutible de la palabra.

Me han sorprendido ciertas declaraciones del cardenal Secretario general del Sínodo de los obispos sobre la interpretación del proceso sinodal. Habla de “no contraponer una Iglesia del pueblo contra una Iglesia jerárquica”, sino que “tiene que prevalecer la unidad”. O sea, que el tal monseñor reconoce palmariamente que existen “dos Iglesias” enfrentadas, la jerárquica y la popular. La unidad que pide no es la igualdad de derechos y funciones, sino que “caminen juntas”. Admite el “caminar juntos”, pero sin rechazar que ellos son los pastores que “dirigen” al “sumiso rebaño”. Actualmente en la Iglesia todas las decisiones importantes las toma la jerarquía, desde el Vaticano y las diócesis hasta las parroquias convertidas en feudos curales. Ellos tienen y retienen la última palabra. “Y su palabra es la ley”.

En el tiempo presente, la Iglesia, con el papa Francisco a la cabeza, se enfrenta a una serie de retos serios y complejos de una amplitud sin precedentes. Sin duda, vivimos uno de esos momentos que reclaman la mayor de las exigencias en la trascendencia de los desafíos, así como en la búsqueda de respuestas adecuadas a dichos retos. Y es deber de todos, como Iglesia, poner en común tales retos y desafíos frente al clericalismo y el autoritarismo. La Iglesia del futuro estará constituida por pequeñas comunidades en las que no existirán pirámides ni categorías ni clasificaciones: “Ya no habrá ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer…”, ni clero ni laicos. Y para ello hacen falta reformas, discutidas, dialogadas… y encarnadas en la realidad. “Dar voz al silencio”… de los corderos.

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