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EL RETORNO DE LA RELIGIÓN A LA POLÍTICA. Alberto Piris, general de artillería en la reserva y analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)

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Rebelión

Una ojeada retrospectiva al año transcurrido permite observar el afianzamiento de un fenómeno preocupante: el retorno de la religión a la política. Y con él la inyección en la política internacional de las peligrosas dosis de fanatismo que propicia la creencia en un dios, firme y ciega, basada en unas tradiciones y libros sagrados de dudoso origen y no menos discutible contenido.

Al leer el párrafo anterior la mente del lector no debería orientarse inconscientemente solo hacia el mundo del radicalismo islámico, que tanto espacio ocupa hoy en los medios de comunicación y tantas preocupaciones suscita en muchos pueblos y en sus gobernantes. El fanatismo desinformado no es monopolio de ciertos seguidores de Mahoma. Según una encuesta del Instituto Gallup, el 50% del electorado estadounidense cree literalmente en la mítica aventura bíblica protagonizada por Noé y los suyos, y atribuye al libro sagrado la máxima autoridad en lo relativo a la creación del mundo y a la aparición de la vida sobre la Tierra, aunque contradiga toda evidencia científica y se oponga frontalmente a la más elemental racionalidad humana.

Si tanta degradación intelectual se produce en el país más avanzado, científica y tecnológicamente, de toda la humanidad ¿qué no cabe esperar de otros pueblos en los que las bases del conocimiento y del aprendizaje humano son dictadas por autoridades religiosas, en vez de ser explicadas por los prestigiosos profesores de Harvard o Stanford?

También la política interior de algunos países se ve afectada por esos ramalazos del retorno al sectarismo religioso. Véase, si no, la polémica levantada en España en torno a la enseñanza religiosa a cargo de un Estado donde no existe formalmente una religión oficial. Son muchos los que, entrando agriamente en esta porfía, no alcanzan a comprender los dos niveles elementales que afectan a la cuestión: el primero sería establecer cómo se explica en clase la influencia de las religiones en el mundo; y el segundo llevaría a distinguir con claridad entre el estudio de las religiones y su práctica individual. No se trataría de juzgar si una religión es mejor que otra, sino de analizar el papel que han desempeñado y desempeñan en la sociedad. Pues ni siquiera los españoles logramos ponernos de acuerdo en esto, y una vez más es la religión la que actúa a modo de cuña separadora.

Así que, tanto en el ámbito internacional como en el estrictamente local, el retorno de la religión a un mundo donde el secularismo y la separación entre Iglesia y Estado parecían mayoritariamente garantizados, al menos en los países más desarrollados, complica la resolución de muchos problemas en esta primera andadura del siglo XXI.

Encomendándose a Alá y asumiendo su supuesta voluntad, se estrellaron los terroristas suicidas saudíes en las Torres Gemelas de Nueva York; invocando a su Dios, el presidente Bush atestiguó haber escuchado el mandato divino para invadir Iraq. De poco sirve que un intelectual de origen islámico (bajo el seudónimo de Ibn Warraq) afirme que la promesa de las 72 vírgenes que aguardan en el paraíso a cada suicida islámico se basa en un error de traducción de los textos sagrados: es seguro que seguirán surgiendo voluntarios para el sacrificio a medida que EEUU, Israel o cualquier país no musulmán aumente con su violencia el número de muertos musulmanes, lo que hoy sucede cada día. No son muertos en un enfrentamiento ordinario: son muertos religiosos; esto agrava muy seriamente la situación.

Sin más que repasar la Historia se puede comprobar la resplandeciente verdad manifestada por un premio Nobel estadounidense (Steven Weinberg) cuando afirmó que “con religión o sin ella, las malas personas actúan perversamente y los buenos suelen hacer el bien. Pero es necesario que intervenga la religión para que sean los buenos quienes actúen perversamente”.

Eludiendo el aparente maniqueísmo de la frase citada, a todos se nos alcanza la crueldad de los innumerables casos en los que en nombre de la religión se ha asesinado, torturado, calumniado y envilecido al ser humano. No hace falta, para ello, volver a contemplar el conocido video del general Videla comulgando piadosamente, teniendo las manos manchadas con la sangre de sus víctimas.

El filósofo estadounidense Mark Taylor recordaba en un artículo reciente que los docentes universitarios se arriesgan hoy en EEUU a ser hostigados e incluso amenazados de muerte si en sus lecciones explican cuestiones que contradigan la ortodoxia de la Biblia. Se lamenta de que lo “religiosamente correcto” ha pasado a ser obligatorio, tras la época de lo “políticamente correcto”, en el trato con los alumnos.

Concluía con este sombrío vaticinio: “Las señales de alerta son claras: A menos que no se entable un diálogo auténtico dentro de cada religión y también entre ellas, desde el fundamentalismo religioso hasta el dogmatismo secular, los conflictos del futuro serán probablemente aún más letales”.

Aún desconfiando de la eficacia de los diálogos con el fanatismo, pero con esta idea en la mente, estimado lector, abordaremos el nuevo año 2007, sin perder la esperanza de que la racionalidad humana recobre alguna vez de nuevo el control de la situación y se imponga al creciente delirio religioso.

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